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   Saber de la historia

Un reguero de pirotecnia. Freud a los ojos del espiritismo argentino (1939)
  Por Mauro  Vallejo
   
 
En las semanas posteriores a la muerte de Sigmund Freud, numerosos intelectuales argentinos dieron su último adiós al creador del psicoanálisis desde las columnas de distintas revistas y periódicos locales1. En esta oportunidad reproducimos uno de esos relatos necrológicos, escrito por una de las principales figuras del espiritismo porteño, Luis Di Cristóforo Postiglioni (1909-1979), y editado en su órgano de difusión más emblemático, la longeva revista Constancia.

Segismundo Freud2. “El gran psicólogo moravo falleció el 23 de septiembre de 1939, a los 83 años de edad, en Londres.
Discípulo de Charcot y de Mesmer, compañero de Breuer que es, con mucho, el verdadero inspirador de su luego famosa doctrina, Freud tomó contacto muy pronto con el doctrinarismo fisiológico por aquel entonces en boga; las localizaciones cerebrales, los estados hipnoides, la incipiente terapia del subconsciente y otras no menos mecanizadas y empíricas concepciones, materialistas todas en última instancia.
Su obra maestra fue la creación del psicoanálisis, enjundiosa concepción que hizo que toda una generación de estudiosos tuvieran propensión a indagar y estudiar en una nueva modalidad interpretativa de ciertas y determinadas manifestaciones de la vida.

El psicoanálisis, bien sea por méritos propios, bien sea porque aparecía en un momento exhausto de la interpretación fisiológica mecanizada o, tal vez, por la degustación de nuevos horizontes que contenía y por la dosis un tanto sexualista que lo ornamentaba, la cuestión es que tuvo una extraordinaria difusión.
No deseamos abrir juicio definitivo sobre si toda esta difusión del psicoanálisis ocurrió para su bien o para su mal; el caso es que trascendió las esferas especializadas y todo el mundo hablaba, conocía y opinaba respecto a Freud y al psicoanálisis. Tal como ocurrió con la fobia de Einstein y su teoría de la relatividad pero, en el caso del psicoanálisis ocurrió para peor ya que desviado –y menoscabado como concepción estudiosa filosófica especulativa– hacia el teatro, la novela y el cine, divulgando en artículos, ensayos, revistas, diarios y demás, creció mucho el acápite de tendencia mórbida y llegó a crearse como una cosa indivisible psicoanálisis, cuestión sexual, aberración y morbidez conceptual. Aquí naufragó toda la magnífica posibilidad psicoanalítica. Surgieron los alumnos y, con ellos, los panegiristas y los detractores, tal como ocurre en todo movimiento revolucionario ya que la tesis del psicoanálisis era toda una revolución en el pensamiento estudioso.
Es que el psicoanálisis era todo un procedimiento nuevo que hacía factible el sondeo del subconsciente humano; esta introspección era realizada con el buril de la semiología: el interrogatorio. Y aquí asistimos a una coincidencia con un punto de arranque definitivo de la homeopatía. Se tendrá o no se tendrá éxito según se diagnostique para el ‘similia similibus curantur’ (lo similar se cura con lo similar). En efecto: todo dependerá de quien interrogue y hacia donde lleve el interrogatorio y de la interpretación que le dé a los datos que se aportan. Como en homeopatía, también el psicoanálisis depende, más que del procedimiento a emplearse o del procedimiento en sí, de quién es el que lo efectúa.
El psicoanálisis dió categoría a la noción del suconsciente por aquel entonces (¿y porqué no ahora?) noción muy despreciada ya que toda la fenomenología psíquica se refería a lo consciente, sin que ésto quiera significar que fuera conocida la noción conciencia tal como surge clara simple a la vez de los principios de la escuela espírita.

El psicoanálisis restauraba a favor del subconsciente –casi siempre mórbido– un papel preponderante en las actitudes y en la conducta. El pasado reprimido creaba complejos, los complejos ordenan y perfilan a la personalidad humana tal como ella es y no como ella aparenta ser. Tal es la síntesis del psicoanálisis.
Mecanismo, deseos, impulsos, complejos, sueños, libido, extravertido. Como todo nuevo conocimiento, proveyó todo un arsenal de vocablos, expresiones de conceptos. Así nació todo un arsenal y una nueva interpretación de viejas palabras.
El freudismo era un reguero de pirotecnia; el todo, esto es, método, procedimiento eliminatorio, grado de la libido establecida, deducciones y terapia consecuente eran, en suma, los elementos que iban a dar la resultante del método psicoanalítico por excelencia: interrogatorio e interpretación de las imágenes. El simbolismo de las imágenes era la piedra de toque del psicoanalista, verdadero retorcedor y exprimidor de sensaciones. La precisión del significado del símbolo de cada imagen del sueño es una cosa definitiva. De tal manera, los grandes aciertos y los grandes descalabros se dan la mano continuamente en los anales psicoanalíticos. Como puede verse, el procedimiento técnico importa dificultades enormes; el lenguaje de los símbolos siempre tiene algo de medioevo y muchos no perdonan a Freud este reverdecer de una casuística esotérica a su manera.

El todo es una cuestión de interpretación y, he aquí el escollo más grande que se puede formular: sobre una cuestión de interpretación no se puede hacer ciencia, tal como la concebimos.
Freud no fue ninguna improvisación ya que toda su obra señala una lenta, gradual y progresiva deglutinación de procederes; en manera alguna fue Freud un repentizado; su capacidad para descifrar, diremos así, el lenguaje de los símbolos, fue muy grande y su tendencia a fortificar una posición filosófica o sea un freudismo que trascendiera la atmósfera mórbida de la interpretación psicoanalítica pura y exclusivamente, se acentuó mucho en los últimos tiempos pero aquí, precisamente, se apagó la estrella que ya comenzaba a intermitir.

En sus últimos tiempos, Freud padeció bastante a raíz de acontecimientos que conmovieron la atención mundial sana: casi perseguido con ensañamiento, hizo tristes reflexiones acerca de la capacidad del hombre para asimilar procedimientos tendientes a mejorar la condición humana. Si como hombre de ciencia sus conclusiones, como es lógico que así fuera, suscitaron negaciones y aceptaciones a granel, su dosis de labor como heraldo de la verdad rastreada al través de libros e investigaciones, deben merecer nuestro más profundo respeto. Según se desprende de nuestra posición de espíritas, lamentamos tanto esfuerzo fallido.
A pesar de ello, su conducta de siempre como hombre, en contra de toda opresión, sea cual fuere, a favor del respeto y de la dignificación de los procederes en la sociedad humana, precisamente todo lo que le acarreó tantos disgustos, esa actitud, repetimos, merece la más sincera recordación y aprobación.
Ella es la que le acompaña, ahora, en el recuerdo de quienes saben que morir es nacer en otra forma, es liberación y balance, meta y punto de partida al mismo tiempo”. L. M. Di Cristóforo.

______________
1. Muchas de esas notas necrológicas fueron comentadas y reproducidas por H. Vezzetti en: Freud en Buenos Aires (1989). El lector hallará en esa obra el análisis más completo de la circulación de las ideas psicoanalíticas en la cultura de Bs.As. entre 1910 y 1940.
2. L. M. Di Cristóforo, “Segismundo Freud”, Constancia. Revista Quincenal de Espiritualismo, Sociología y Psicología, Año LXII, N° 2545, Buenos Aires, 16 de Octubre de 1939, pp. 619-621. He conservado la ortografía del original. Ese artículo no había sido analizado o retomado hasta el momento por ninguno de los estudios referidos a la historia del psicoanálisis argentino. Debo a la gentileza del Lic. Juan Corbetta el acceso a ese material. Para un comentario más detenido del texto de Di Cristóforo, véase la sección “Historia Viva” de www.elsigma.com.
 
 
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