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   Conceptos fundamentales del psicoanálisis

Deseo del analista y abstinencia (primera parte)
  Por Luciano Lutereau  y Lucas Boxaca
   
 
En la primera entrevista en el consultorio de un Hospital Público Mirta expresa, entre otras preocupaciones, que no sabía por qué había concurrido, dado que su plan era dejar su trabajo –“lo único que tengo además de mi madre”– y viajar a otra provincia. Agrega: “Ni se te ocurra intentar convencerme de que no lo haga”. El analista atina a decir lo poco que le permite decir una consulta de estas características, al mismo tiempo que enuncia su propia sorpresa: “Si no se va a la provincia, la espero la semana que viene”.

La semana siguiente, tras haber esperado unos 20 minutos en el consultorio, el analista encuentra a la consultante en la ventanilla de admisión del hospital. La escena convoca a profesionales y algunos pacientes del Servicio de Psicopatología, los cuales se convierten en testigos de su queja ante el administrativo: “El psicólogo no me quiere atender”.
Siendo una de sus primeras semanas en el hospital, el analista consigue salir del embarazo momentáneo en el que se encuentra y le dice: “Todavía tenemos tiempo…”. La hace pasar al consultorio. Alborotada, Mirta dice que al ver la puerta cerrada del consultorio se enojó porque no la había querido atender y que estaba a punto de irse.
Se trataba aquí de un modo de presentación un tanto particular, que suponía una posición muy consistente del analista. Este no quería atenderla, y ella no lo toleraría, se quejaría y luego se iría. La entrevista se extendió unos minutos más, los suficientes como para que Mirta explique que el terapeuta le parecía muy “joven”, pero que volvería a la consulta la semana siguiente.
Resultó ser entonces un momento de dificultad para el analista. ¿Podría escuchar a esta paciente?

No hay razón para dejar que el misterio perdure. El tratamiento continuó, y este modo de presentación resultó ser instructivo en cuanto al modo en que se desplegaría la demanda en la cura. Demuestra ser el primer evento de una serie de ocasiones en las que el analista supuestamente no la quiere atender o la quiere expulsar por ya ser “demasiado tarde” para que su situación psíquica mejore.
Situemos aquí nuestros primeros interrogantes clínicos: no está de más decir que la presentación de la consultante reviste dificultades que le son inherentes, pero –de acuerdo con Lacan– si se trata de poner al analista en el banquillo, podríamos preguntarnos: ¿qué complicó al analista en un inicio?
Antes de contestar a esta pregunta permitámonos un rodeo por la literatura, que nos servirá para ilustrar la dificultad en juego. Se encuentra en un breve relato de Julio Cortázar titulado: “Lucas sus intrapolaciones”.

“En una película documental y yugoeslava se ve cómo el instinto del pulpo hembra entra en juego para proteger por todos los medios a sus huevos, y entre otras medidas de defensa organiza su propio camuflaje amontonando algas y disimulándose tras ellas para no ser atacada por las murenas durante los dos meses que dura la incubación.
Como todo el mundo, Lucas contempla antropomórficamente las imágenes: el pulpo decide protegerse, busca las algas, las dispone a su refugio, se esconde. […] Considerablemente deprimido, Lucas decide que a estas alturas lo único que cabe es una especie de intrapolación: también esto, lo que está pensando en este momento, es un mecanismo que su conciencia cree comprender y controlar, también esto es un antropomorfismo aplicado ingenuamente al hombre.
‘No somos nada’, piensa Lucas por él y por el pulpo”.

¿Qué es lo que empantana al documentalista y luego a Lucas cuando realiza su ‘intrapolación’? Para decirlo rápidamente: explicar los comportamientos antropomórficamente. Comprenden demasiado pronto y vuelven malas a las murenas, y maternales a los pulpos. Se trata de la trampa del antropomorfismo o el conocimiento que recorre las vías de la comprensión. En su “Conferencia en Ginebra sobre el síntoma”, Lacan lo diría en estos términos:

“El hombre está capturado por la imagen de su cuerpo. Este punto explica muchas cosas y, en primer término, el privilegio que tiene dicha imagen para él. Su mundo, si es que esta palabra tuviese algún sentido, su Umwelt, lo que lo rodea, él lo ‘corpo-reifica’, lo hace cosa a imagen de su cuerpo”.

¿Qué incumbencia clínica tiene esta indicación? Dado que la compresión enmarca la experiencia en algo ya conocido, ella hace que tendamos a escuchar siempre lo mismo. Acción del pensamiento que los teóricos de la comunicación ilustran con el ejemplo de las dos personas que se encuentran, una le pregunta a la otra cómo anda, y éste le responde: “Tengo problemas con mi suegra”. ¿Qué pensamos inmediatamente? Típicamente que la suegra no cesa de criticarlo. Ahora, si uno atraviesa el muro de la significación compartida, ¿no podría ser el caso de que el hombre esté preocupado por el estado de salud de la madre de su mujer? ¿O, inclusive, que el problema es que se encuentra enamorado de ella?
No debe pensarse que el analista sería inmune al sesgo que le impone la comunicación al ser llamado a ocupar la posición del oyente. Pensamos con respecto al consultante y lo que le sucede, y algo nos lleva a que intentemos comprender. La comprensión es una dimensión inherente a la comunicación y la aptitud del analista para hacer algo con esta pendiente es puesta a prueba a la hora de recibir un consultante –y en numerosas ocasiones en el trascurso de un tratamiento–. La metáfora que utiliza Lacan es lo suficientemente gráfica:

“Es verdaderamente muy difícil para un analista, considerando aquello que tiene que enfrentar, no ser aspirado por el glu-glu de ese escape, de esa cosa que lo captura, a fin de cuentas, narcisísticamente en el discurso del analizante”.

Volvamos entonces a nuestra pregunta: ¿qué complicó al analista en un inicio? Se trata justamente de la pendiente de la comprensión en la escucha; pero, ¿en qué punto? El analista efectivamente había sido encontrado por el significante “joven”, no sólo porque a través del significante cualquiera había sido representado allí por parte de la paciente (no es ese el problema), sino que es allí donde había sido alcanzado. En efecto, se sentía “joven” y en situación de estar dando los primeros pasos en la práctica. Podría decirse, inclusive, que “joven” había interpretado bastante ajustadamente la vergüenza sentida ante la queja de la paciente en la ventanilla del hospital. “Joven” no había alcanzado el estatuto de significante cualquiera, sino que había sido comprendido en un sentido unívoco, aquel que representaba la inexperiencia.

¿Qué operación permite la continuidad del análisis? Justamente el trabajo sobre el término, en el fuero “interno” del analista; la percepción de que ese “joven” lo localiza, pero no de acuerdo a las propias coordenadas subjetivas sino las del único sujeto que debe haber en el análisis: el analizante. Es a raíz de ese corte con lo que había sido comprendido por el analista, que ese término alcanza el estatuto de significante. Algunas entrevistas más trascurren hasta que surge finalmente algo que indica un cambio de vía para el “joven” donde el analista había sido ubicado desde el inicio y, quizás, fuera la apoyatura de la florida fenomenología de las primeras entrevistas: tras el relato de una situación de desencuentro amoroso, Mirta despliega una de las máximas de su madre: “Cuando te ponés vieja los hombres te dejan de atender”.
 
 
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