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   Psicoanálisis y Género

Las partes de Adèle: Nombrar lo femenino.
  Por Jacquie  Lejbowicz
   
 
Cuando uno se sienta en la butaca a presenciar la finura y exquisitez con que “La vida de Adèle - 1ra y 2da parte” nos homenajea –porque hay películas con las que de verdad el espectador se siente homenajeado, respetado, y, por tanto, agradecido– no puede evitar preguntarse, luego de los comentarios leídos, si lo que esta a punto de ver es el retrato de un amor lesbiano, o la realización fílmica de las fantasías que al respecto tiene el director, Abdellatif Kechiche. Tal vez ni una cosa ni la otra. Si solo se tratara de eso, la película no tendría la trascendencia y capacidad de conmover que un acto artístico verdadero tiene.

En principio, una pregunta posible es si hay una especificidad del amor lesbiano. O una especificidad del amor heterosexual. Más allá de la del género de quienes lo llevan adelante. (O “son llevados por el”, conviene decir).
¿Hay un tipo de amor lesbiano? O también, ¿hay un tipo de amor heterosexual? En todo caso hay amores, y hay tal vez también, lo que podríamos llamar modos de lo masculino y modos de lo femenino, más allá del género.
La película instala diversos planos desde donde plantearse estas y otras preguntas. El director tunecino toma la novela gráfica “El azul es un color calido” de la artista franco-belga Julie Maroh –quien se declara lesbiana y feminista– como punto de partida para una recreación propia de sus preguntas sobre el amor y las mujeres.

El tratamiento de las diferencias, es uno de los planos posibles para pensar la película: Ostras versus fideos con salsa; es una de las metáforas que pueden tomarse para pensar las diferencias entre la artista de pelo azul, Emma, de familia aristocrática e intelectual, y Adèle, orientada a saberes donde lo culinario y la docencia se conjugan con un gusto por la literatura que no tiene porque convertirse, pese a los ideales insistentes de Emma, en un “tener que escribir”.
¿Por qué Adèle tendría que escribir? ¿Acaso eso tendría mas valor que su placer por atender a quien ama? ¿O ser artista devendría una exigencia para estar a la altura del circulo de artistas que rodean a Emma, en vez de ser la maestra entusiasta que comparte largas horas de su vida con los niños?

Cualquier submundo esta habitado por prejuicios, y en sus proclamas corre el riesgo de nuevamente reinstalar la segregación y el rechazo, que supuestamente denosta.
¿Hay –por qué no preguntárselo– un ideal lesbiano de lo que debe ser una lesbiana, emparentado con un ideal feminista, así como ideales heterosexuales de lo que debe ser un hombre, o una mujer?
Adèle, en todo caso, siempre es sapo de otro pozo, y eso no le quita valerosidad en ningún momento. Por el contrario, se afirma con timidez y a la vez con fiereza en su particularidad. En la particularidad de sus elecciones.
Emma, en cambio parece quedar atrapada en cuestiones propias de la sexualidad “viril”, degradación de la vida erótica incluida, cuando queda dividida entre el deseo por Adele y la elección de una vida familiar con su actual mujer y la hijita de esta.

Julie Maroh aclara que, como autora, no se siente traicionada por Kechiche, porque seria estupido rechazar cualquier cosa bajo el pretexto de que es diferente de lo que ella hizo. Sin embargo, como lesbiana y feminista, considera (“Quant au cul!”) que, lesbianas, eso es lo que falta en la película.
Efectivamente Kechiche hace, sobre todo, una película sobre el amor, sobre el despertar de la primavera, la iniciación y el crecimiento en una adolescente de un deseo que la transfigura y la transforma sin que nada pueda volver a ser como antes. Y, sobre todo –no podría ser de otra manera– hace una película para enterarse a medida que la realiza, de su propia versión del amor de una mujer.

El partido que saca el director de los cuerpos de dos mujeres, los usos que hace de esos cuerpos, generan el que no quede duda de que es su propia mirada, direccionando la de los espectadores, la que esta en juego.
Su pregunta, que conmueve y produce masiva identificación en los espectadores, es por el amor en una mujer, por el goce femenino. Y esto, se ve no solo en el uso de los cuerpos, o en las palabras que hace decir a algunos personajes masculinos (el famoso mito de Tiresias pasado por la experiencia de haber sido por un tiempo, mujer); sino, sobre todo, en el rostro demudado de Adèle, transformado por el amor, por el deseo, por el dolor, por la ternura, o el desgarro.
Adèle Exarchopoulos, la actriz que da nombre, cuerpo y rostro a la película (en la novela grafica de Majoh, el nombre del personaje era Clementine), no deja de llevar también una parte del nombre del director (Abdellatif). Adèle, es entonces un modo de nombrar lo femenino. Como se lee, lo femenino no es privativo de ningún sexo.

Más allá de las diferencias entre director y autora, la película arrastra las consecuencias de un viejo amor. Julie Maroh dice en su blog sentirse en un proceso demasiado inmenso e intenso, a partir de la repercusión de la película: “La idea de la repercusión de nuestros actos de escribir un cuento ridículo de los 19 años y llegar a que… hoy en día”.

Adèle interpreta a Abdellatif, que interpreta a Julie. Cada uno retoma y recrea el amor de quien lo antecede. La incidencia de un deseo que iniciado en ese cuento (¿ridiculo?) de los 19 años, va traspasando a cada uno hasta que, transmutado en hecho artístico, alcanza al espectador.
Como dice la canción de Chico Buarque:

Futuros amantes, quizás
se amarán sin saber
con el amor que yo un día
dejé para vos

Nombrarlo ridículo denota el horror de Julie Maroh al propio acto, y a su alcance y consecuencias.
Más allá de las elecciones y condiciones eróticas, parece que hay posiciones de consentimiento o de rechazo de lo femenino. Lo femenino, lo misterioso, lo enigmático, puede ser rechazado tanto por hombres como por mujeres, tanto por heterosexuales, como por homosexuales, transexuales o por lesbianas.
O admitido. Y ahí, las consecuencias.

 
 
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