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   Colaboración

Indagaciones sobre la cuestión del amor (parte VI)
  Por Luis F. Langelotti
   
 
Introducción
Quisiera dejar oír una esperanza, para empezar. Espero que algunas de las preguntas que establecí – directa e indirectamente – y de las afirmaciones desarrolladas a lo largo de las entregas, hayan sido disparadoras en el lector de nuevas preguntas y conjeturas, tanto teóricas como clínicas, en su quehacer cotidiano como psicoanalista. También son bienvenidos los comentarios críticos y las preguntas sobre lo dicho, apertura que invita al diálogo constructivo entre colegas. Prosigamos.

Bucles de retorno sobre lo dicho
Puede parecer una obviedad, pero vale la pena decirlo nuevamente. En el origen, el enamoramiento es del Otro. Es decir, durante la temprana infancia no se trataría solamente del Edipo como direccionalidad de un deseo del niño hacia sus padres – versión freudiana clásica -, sino ante todo de un deseo que le llega al niño desde el campo del Otro “de los primeros cuidados”. Como lo plantea Lacan cuando trabaja el “caso” Hamlet, es el genitivo subjetivo el que mayor peso tiene en la expresión “el deseo del Otro” (como si dijéramos “el odio del pueblo” en lugar de “el temor del castigo”).

Si decimos que lo originario es el amor del Otro y si, además, recordamos que para Freud el enamoramiento implica situar al “objeto” (con Lacan diríamos, un significante) en el lugar del Ideal1, entonces, quien estará en el lugar del hipnotizador-oráculo es, vaya extrañeza, ¿el niño? Creo que es válido pensarlo así, pues. El hipnotizador-oráculo es primitivamente el niño a quien, rubricado por una traza unaria, se le provee del goce fálico de sugestionar desde ese lugar Ideal. Aquí estaría la tan mentada identificación primaria canibalística al Padre muerto. Pero aquí falta, aún, el sujeto.

Lo interesante sería que el niño – saturado de libido hasta entonces – sea depuesto de ese lugar de identificación al S1 materno2 – necesario pero insuficiente para la alienación constitutiva del sujeto. Es decir, tiene que haber un pasaje desde el enamoramiento-idealización del bebé hacia la progresiva identificación (imaginaria), edificativa del yo. Pero, ¿qué es lo que posibilita tal pasaje?3
El punto inicial con respecto a lo materno, sitúa la omnisapiencia del Otro y la omnipotencia del niño, además de la indiferenciación. La noción de individuo tal vez deba pensarse como siendo esa junción primera donde el bebé es tenido por la madre, como una parte esencial y estructurante de su economía subjetiva. El niño es respuesta y mismidad. En este punto, el Otro deberá anteponer su falta.

El bebé debe advenir pregunta y diferencia. Cuando el Otro ama con la garra, la identificación al S1 puede ser tenaz y llevar a la prepotencia narcisista, efectos de rigidización y consecuente fragmentación de la realidad - no necesariamente psicótica, aunque aquí se escuche con mayor nitidez lo señalado. Cuando se ama con la garra, exaltación del S1, puede forcluirse la causa, el verdadero resorte del amor (como lo venimos viendo).4 El fanatismo materno por el Padre muerto5, trasmite una demanda aplastante que exige coincidencia acrítica con el S1 inconsciente en ella. Lo interesante es que ese Otro pueda transmitir – y que el niño pueda captar - algo más.6

La castración es caer de la omnipotencia, correlativa de una caída del Otro del lugar de la omnisapiencia.7 El Saber del Otro – ambos genitivos – es hendido cuando irrumpe la falta, esa que se transmite, por ejemplo, allí donde la madre se banca no entender qué le pasa al niño en su llanto, en su angustia, en su no-idealidad. El Otro debe bancarse la degradación del lazo, dar lugar a la “transferencia negativa”, a que algo no cierra, no alcanza o, más bien, a que algo comienza a sobrar. Este punto de “sobra” exige la aceptación de la pérdida, porque es una demanda de separación. El “destete” es, ante todo, un duelo de la madre - genitivo subjetivo, una vez más.
El niño va siendo depuesto del lugar del S1 a medida que se va perdiendo de la signación originaria en tanto hay lugar para una in-coincidencia y un resto - una mancha al decir de Silvia Amigo. El niño debe perderse como falo (pasar al inconsciente esa significación, simbolizarse la falta) porque la inclusión como sublime emblema (del narcisismo materno) lo excluye como sujeto. Si está el falo, falta el sujeto. Para aparezca el sujeto, debe faltar el falo materno, esa “quinta pata del gato” que no existe pero… que la hay, la hay.

La negativización del falo corre a cuenta de la función del padre, a la que pienso irreductible a lo simbólico.8
El objeto del deseo (y del goce) materno debe poder ubicarse en algún cuerpo presente, más allá del propio cuerpo del niño. Hablábamos de la metáfora del amor en cuanto que operatoria subjetivante de la madre. Si el Dios schreberiano (el Otro y no el padre) “no sabe nada de los vivos”, es porque no ha habido subjetivación en él, ese mismo Dios es un Dios maquinal, robótico, inanimado. El puro emblema fagocita la vida, aplastamiento absoluto de la necesidad por la demanda, sin margen del deseo, resto que sólo aparece cuando en el Otro de la demanda hay más que pura respuesta (“papilla asfixiante”): ¿será el sujeto mismo un efecto del amor (de la ternura, del interés, de la palabra, del buen trato)? Planteo la pregunta. Por lo pronto, sí podemos afirmar que la respuesta infinita es quimera narcisista que, a fin de cuentas, abole la verdad de la castración, la cual posteriormente se colará de un modo tanto más masivo cuanto que mayor haya sido la renegación operada.

La función paterna es la incidencia de un S2 que alienará al sujeto al discurso del inconsciente en donde ya está implicada, a su vez, una separación fantasmática con respecto al objeto del goce del Otro (basta con prestarle atención al así llamado por Lacan discurso del amo). Esto habilitará los sucesivos giros discursivos que habrán de producirse en un análisis.
El segundo tiempo del Edipo, en donde la madre aparece privada del falo, implica la confrontación imaginaria con el padre - o quien haga de cuenta que lo es - en tanto poseedor de a: i´ (a). Esto sitúa la emergencia del ágalma, brillo fálico, prestigio narcisista del otro especular a quien se le supone un saber/ tener sobre el goce del Otro (materno). El tercer tiempo del Edipo, el que debería acentuarse en un análisis, supondrá el corrimiento del velo imaginario sobre la causa real, en el sentido de una reorientación del deseo.
Me propongo proseguir esta articulación en una próxima entrega, en donde también voy a abordar la cuestión del amor del psicoanalista, situando cómo este último interpela fuertemente cierta sintomatología clínica contemporánea, caracterizada principalmente por la rigidez, la asepsia y el tecnicismo - como efectos de la anteposición del Saber - de quienes sostienen dicha función.

Buenos Aires, Marzo 2014.

1 Freud, S (1921); “Enamoramiento e hipnosis” en Psicología de las masas y análisis del yo. Obras completas, Biblioteca Nueva, Buenos Aires, Tomo III, Capítulo VIII.
2 “Materno” no va de suyo a la persona de la madre. Semejante nominalismo no coincidiría con nuestro pensar analítico. “Materno” es del orden del Gran Otro, no más.
3 El significante adialéctico si hay algo que no produce es una significación subjetivante. El significante adialéctico va derecho viejo a la significación psicótica-objetivante. Una significación a la que podemos llamar también goce. Del goce del Otro se sale vía la articulación significante que está del lado de lo que se llama discurso, habla, palabra. Lo imaginario se des-rigidiza en función de la posición en la que el niño queda frente al Otro. La soltura del yo no es independiente de la soltura del sujeto con respecto a la palabra del Otro y en ese sentido, la soltura del yo – si se quiere, más que su “fortaleza”, su endeblez – está supeditada a la falta, esa casa del sujeto del deseo cuya ausencia puede tornar un infierno la vida misma.
4 El amor garra puede implicar la forclusión o la represión de la causa, dependiendo creo, también, de la posición electiva del sujeto adviniente en ese movimiento mismo. Si tomamos la serie falta – pérdida – causa, en la neurosis la problematización estaría a nivel de la causa en tanto esta es tomada por el fantasma como escena donde el S1 , articulado a un S2, sujeta la circulación del objeto a poniéndolo al servicio de un goce siempre el mismo (por eso un análisis, al desmontar el fantasma, conlleva también la apertura de nuevos goces). En cambio, en las psicosis, la problematización estaría más bien a nivel de la pérdida. Hay una pérdida que no se termina de escribir como tal, razón por la que el objeto no puede devenir causa del deseo. En la melancolía, por ejemplo, hay una verdadera “disciplina de la pérdida” (expresión de Badiou), pero donde nunca se termina de perder. En la manía, por su parte, el objeto a falta en su función de lastre, de límite, lo cual también es, precisamente, su valor de pérdida. El maníaco no puede perder, lo que lo lleva a perderse “infinita y lúdicamente” como metonimia, mortificado por la cadena del significante.
5 Fanatismo que no es más que el odio al padre castrado - real -, que la sitúa, a su vez, frente a su propia castración.
6 O algo en menos…
7 Recuérdese esa frase de Lacan del Seminario VI: “Hay correlación entre este no saber en el Otro y la constitución de lo inconciente.”
8 Estimo que la incidencia crucial del padre, tal vez más ligada al “tercer tiempo” del Edipo que al segundo – tal vez -, debe pensar en sintonía con esa referencia de Lacan a “lo degenerado del padre” que plantea a propósito del caso Juanito en su Seminario IV. Tiene que haber uno que tenga, que detente la potencia macha, barrando a la madre y situando así la apertura al lado femenino de las fórmulas de la sexuación. Lo que barra al Otro es la femineidad en su ex–sistencia con respecto al goce del falo. No-todo se reduce a la sugestión del niño (enamoramiento del Otro) en relación al goce fálico que él puede aportarle a ella. Tanto porque el niño no es en sí su causa, así como porque hay Otro goce y no es del falo, irrupción de la insuficiencia infantil que deberá articularse a una lógica edípica en el sentido de una inscripción de la derrota. La novela familiar del neurótico (NFN) da cuenta, así, de un trabajo perelaborativo (¿père-laborativo?), de anudamiento en donde hay asimilación no-renegatoria de la opacidad de lo real (del Otro goce). De todos modos, siguiendo a Fernando Ulloa, la NFN tranquilamente puede ser también renegatoria de lo real y, entonces, gestar engendros fetichistas sintomatizantes. La NFN cumple la función de negar lo real. Pero otra cosa es re-negar [Verleugnung], es decir, aquí se niega que se niega. Esta posición puede producir efectos sintomáticos radicalmente diferentes a aquellos que entendemos como un retorno de lo reprimido (retorno de lo negado). Trabajando estas cuestiones, pensábamos con algunos colegas aquello que plantea Freud respecto de la posición subjetiva frente a las fantasías. Si las fantasías ya suponen una elaboración de la castración (cierto grado de negación), han de tornarse patológicas allí donde se las reprime, es decir, ¿donde se redobla la negación? Es otro modo de pensar la cuestión de la renegación. Por otro lado, con respecto al delirio psicótico, podríamos pensar que se trata de algo elaborativo pero no père-laborativo. En las psicosis, pienso en el caso Schreber, el Otro goce deviene goce del Otro. La metáfora delirante aparece allí como una apariencia de mediación fálica, de regulación simbólica. Lacan plantea – si mal no recuerdo en el Seminario XVIII – que el Falo es lo que obtura la relación sexual. Es interesante pensar entonces en cómo, en las psicosis, la no-mediación fálica reclama una suplencia que haga de cuenta que obtura la relación sexual con el Otro, donde el peligro es la desaparición misma del sujeto por la fagocitación significante. Schreber es esa lalengua fundamental, como objeto, opacidad primitiva en la relación al mundo hablante – deseante y gozante -, caos fónico que reclama una intervención sexualizante. Sexualizante es la sujeción por el S1 maeterno (una madre enamorada para la que el bebé significa algo, erotiza al cachorro), pero con ella no basta para producir un sujeto del deseo, sí un falo imaginario. Sexualizante será, strictu sensu, el enganche paterno, ya que es a partir de su incidencia castratoria cómo se introduce la diferencia sexual propiamente dicha y el agenciamiento del amor, inseparable de a, instrumento con que el erastés ama. ¿El padre transmite, entonces, menos el falo que el a? ¿Es el Otro quien transmite el falo y el padre quien, por su parte, transmite el a? ¿El padre real, al poner en juego el falo ya no como “meteoro” sino como significante de la falta (Ф), posibilita, a su vez, la operacionalización del a como causa? ¿En las psicosis – quizá más patentemente en la vertiente paranoica – hay significación fálica sólo que está suspendido su agenciamiento subjetivo, por la problematización de a en su valor de pérdida? Preguntas que dejo planteadas, para pensar.
 
 
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