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   La repetición

“…Io antes de hablar, quesería decir algunas palabras”
  Por Sergio Zabalza
   
 
Polémica en el bar se llamaba aquel mítico programa de la tele en el que, tras algunos diálogos desopilantes, volaban las sillas, las mesas, las tazas y las cucharitas. Una vez restablecida la calma, los parroquianos solicitaban la opinión del dueño del café: un gallego que detrás del mostrador respondía: “io antes de hablar quesería decir algunas palabras”. Nos reíamos, una y otra vez, pero aquella paradójica frase coincidía con uno de los postulados esenciales del psicoanálisis: la repetición está en el inicio de la palabra. Es como si antes de hablar, algo ya estuviese hablando en nosotros.
Por algo, nuestros hijos nos piden que, una vez y otra vez, les relatemos el mismo cuento. ¿Pero: es el mismo? Todo indica que hay casos –el arte, el juego, el chiste– en que la repetición acerca una novedad. La clínica se suele servir de ellos.

La repetición es un tren estacionado entre dos realidades.Por ejemplo, un niño de nueve años de edad que padecía una incesante inquietud motora, se quedaba extasiado ante los videos que mostraban atroces choques de trenes. Sentado en el diván, y fascinado por el horror, exclamaba: ¡¡¡Miraaaa!!!, cada vez que el monitor mostraba al convoy, que tras arremeter contra un colectivo de línea, se subía al andén de la estación Flores del ferrocarril Sarmiento. ¡¡¡Miraaa!!! gritaba…, mientras su cabeza giraba hacia mí que, sentado a su lado, asentía, también fascinado, aunque no por los trenes.
Luego nos sentábamos en el piso y, con unos vagones y una locomotora de juguete, durante largos minutos construíamos un tren. La acción –realizada con notable concentración– era acompañada con un fonema, similar al sonido que emite la bocina del tren, y que el niño repetía con fruición: mmm, mmm, mmm….

Mi conjetura es que, mediante este dispositivo, el paciente efectuaba la misma maniobra que el gallego detrás del mostrador: “antes de hablar quesería decir algunas palabras”. Sólo que ahora la repetición jugaba a favor de su subjetividad. Esto es: el niño podía detenerse porque esta vez los choques quedaban a cargo de los trenes.
En la obra de Freud encontramos dos términos de la lengua alemana para distinguir entre estas diferentes realidades que la repetición articula con mayor o menor suerte para el sujeto. En “La Interpretación de los sueños”, por ejemplo Wircklichkeit denomina aquello que el sentido común adopta como “la realidad” (hoy es un día soleado, valga la ilustración); y en “La pérdida de la realidad en la neurosis y la psicosis” Realität es aquella que, como nos explica el gallego, habla antes de que hablemos. Se trata, esta última, de las huellas mnémicas que, por su contenido traumático, alimentan los fantasmas que conforman nuestra vida psíquica.
Entonces, un análisis permite construir una Wircklichkeit –un trencito para el caso de nuestro pequeño paciente– más acorde con la Realität que nos constituye, de manera que la polémica quede a cargo de los fantasmas, y el sujeto –ahora detrás del mostrador– sepa que siempre: “antes de hablar, quesería decir algunas palabras”.

De la memoria a la ex sistencia. Ahora bien, ¿en qué consiste este olvido que precipita la repetición? Lacan propuso el retorno a Freud, pero su enseñanza no fue una mera repetición, sino que aportó novedades sustanciales para la clínica. Por ejemplo, el lugar de la rememoración. Indaguemos en este punto. (Pero, por supuesto, antes de hablar quesería decir algunas palabras).

La teoría del conocimiento que Aristóteles sugiere en De Anima, indica que primero está la sensación, luego la imaginación y por fin la memoria. Pero, si seguimos a Freud, bien podemos colegir que, en realidad, aquella se trata de una teoría del desconocimiento consagrada por el sentido común. Es que el aparato psíquico freudiano invierte el orden que postula el Estagirita, a saber: primero está la memoria (las huellas mnémicas), luego la imaginación y por fin la sensación. Suficiente para descartar toda posibilidad de percibir las cosas tal como son –si es que eso existe en algún lado–, nuestra memoria construye una realidad cuya prioridad es narcisista. Entonces, lejos de un galpón donde almacenar los recuerdos, la memoria es la capacidad de olvidar1, luego –sea en la vigilia o en el sueño–, no cesamos de repetir un olvido inolvidable.

Esta perspectiva, sin embargo, dejaría expedito el camino para ubicar en el nudo de la operatoria analítica a la rememoración. No en vano Freud hablaba de los enlaces falsos que la neurosis establece a expensas de la represión, como si de alguna manera pudiésemos llegar a un núcleo de verdad en el trabajo analítico. Por lo pronto, el trabajo que nuestro pequeño paciente desarrolla en su sesión no parece apoyarse tanto en la rememoración, sino en la singular tarea que Freud describe para las neurosis traumáticas, esto es pasar una y otra vez por el mismo lugar: soñar una y otra vez el hecho traumático, el cual no necesariamente coincide con alguna verdad. Por ejemplo, el psicoanalista catalán Miquel Bassols2 comenta que en la caso de las víctimas sobrevivientes del atentado de Atocha, acontece una llamativa coincidencia. El contenido de los sueños de estas personas no comprende tanto lo que efectivamente sucedió, sino lo que podría haber sucedido, según la fantasía de cada sujeto. Esto es: el nudo del trauma está en lo que no cesa de no suceder y no en el hecho efectivamente acontecido.
Polémica en el bar se llamaba aquel mítico programa de la tele en el que, tras algunos diálogos desopilantes, volaban las sillas, las mesas, las tazas y las cucharitas. Una vez restablecida la calma, los parroquianos solicitaban la opinión del dueño del café: un gallego que detrás del mostrador respondía: “io antes de hablar quesería decir algunas palabras”. Nos reíamos, una y otra vez, pero aquella paradójica frase coincidía con uno de los postulados esenciales del psicoanálisis: la repetición está en el inicio de la palabra. Es como si antes de hablar, algo ya estuviese hablando en nosotros.
Por algo, nuestros hijos nos piden que, una vez y otra vez, les relatemos el mismo cuento. ¿Pero: es el mismo? Todo indica que hay casos –el arte, el juego, el chiste– en que la repetición acerca una novedad. La clínica se suele servir de ellos.

La repetición es un tren estacionado entre dos realidades.Por ejemplo, un niño de nueve años de edad que padecía una incesante inquietud motora, se quedaba extasiado ante los videos que mostraban atroces choques de trenes. Sentado en el diván, y fascinado por el horror, exclamaba: ¡¡¡Miraaaa!!!, cada vez que el monitor mostraba al convoy, que tras arremeter contra un colectivo de línea, se subía al andén de la estación Flores del ferrocarril Sarmiento. ¡¡¡Miraaa!!! gritaba…, mientras su cabeza giraba hacia mí que, sentado a su lado, asentía, también fascinado, aunque no por los trenes.
Luego nos sentábamos en el piso y, con unos vagones y una locomotora de juguete, durante largos minutos construíamos un tren. La acción –realizada con notable concentración– era acompañada con un fonema, similar al sonido que emite la bocina del tren, y que el niño repetía con fruición: mmm, mmm, mmm….

Mi conjetura es que, mediante este dispositivo, el paciente efectuaba la misma maniobra que el gallego detrás del mostrador: “antes de hablar quesería decir algunas palabras”. Sólo que ahora la repetición jugaba a favor de su subjetividad. Esto es: el niño podía detenerse porque esta vez los choques quedaban a cargo de los trenes.
En la obra de Freud encontramos dos términos de la lengua alemana para distinguir entre estas diferentes realidades que la repetición articula con mayor o menor suerte para el sujeto. En “La Interpretación de los sueños”, por ejemplo Wircklichkeit denomina aquello que el sentido común adopta como “la realidad” (hoy es un día soleado, valga la ilustración); y en “La pérdida de la realidad en la neurosis y la psicosis” Realität es aquella que, como nos explica el gallego, habla antes de que hablemos. Se trata, esta última, de las huellas mnémicas que, por su contenido traumático, alimentan los fantasmas que conforman nuestra vida psíquica.
Entonces, un análisis permite construir una Wircklichkeit –un trencito para el caso de nuestro pequeño paciente– más acorde con la Realität que nos constituye, de manera que la polémica quede a cargo de los fantasmas, y el sujeto –ahora detrás del mostrador– sepa que siempre: “antes de hablar, quesería decir algunas palabras”.

De la memoria a la ex sistencia. Ahora bien, ¿en qué consiste este olvido que precipita la repetición? Lacan propuso el retorno a Freud, pero su enseñanza no fue una mera repetición, sino que aportó novedades sustanciales para la clínica. Por ejemplo, el lugar de la rememoración. Indaguemos en este punto. (Pero, por supuesto, antes de hablar quesería decir algunas palabras).
La teoría del conocimiento que Aristóteles sugiere en De Anima, indica que primero está la sensación, luego la imaginación y por fin la memoria. Pero, si seguimos a Freud, bien podemos colegir que, en realidad, aquella se trata de una teoría del desconocimiento consagrada por el sentido común. Es que el aparato psíquico freudiano invierte el orden que postula el Estagirita, a saber: primero está la memoria (las huellas mnémicas), luego la imaginación y por fin la sensación. Suficiente para descartar toda posibilidad de percibir las cosas tal como son –si es que eso existe en algún lado–, nuestra memoria construye una realidad cuya prioridad es narcisista. Entonces, lejos de un galpón donde almacenar los recuerdos, la memoria es la capacidad de olvidar1, luego –sea en la vigilia o en el sueño–, no cesamos de repetir un olvido inolvidable.

Esta perspectiva, sin embargo, dejaría expedito el camino para ubicar en el nudo de la operatoria analítica a la rememoración. No en vano Freud hablaba de los enlaces falsos que la neurosis establece a expensas de la represión, como si de alguna manera pudiésemos llegar a un núcleo de verdad en el trabajo analítico. Por lo pronto, el trabajo que nuestro pequeño paciente desarrolla en su sesión no parece apoyarse tanto en la rememoración, sino en la singular tarea que Freud describe para las neurosis traumáticas, esto es pasar una y otra vez por el mismo lugar: soñar una y otra vez el hecho traumático, el cual no necesariamente coincide con alguna verdad. Por ejemplo, el psicoanalista catalán Miquel Bassols2 comenta que en la caso de las víctimas sobrevivientes del atentado de Atocha, acontece una llamativa coincidencia. El contenido de los sueños de estas personas no comprende tanto lo que efectivamente sucedió, sino lo que podría haber sucedido, según la fantasía de cada sujeto. Esto es: el nudo del trauma está en lo que no cesa de no suceder y no en el hecho efectivamente acontecido.
Al respecto, en “El Atolondradicho”, Lacan escribe una frase acompañada de un comentario: “Que se diga queda olvidado tras lo que se dice en lo que se escucha”.

“Este enunciado, que parece de aserción por producirse en una forma universal, es de hecho modal, existencial como tal: el subjuntivo con el que se modula su sujeto lo testimonia”.3
¿Sería abusivo considerar que esta formulación repite, contempla o incluye la perspectiva de una Realität y una Wircklichkeit aunque desde un ángulo que aporta sustanciales índices clínicos?
Por lo pronto, Lacan afirma que “lo que se dice en lo que se escucha” es del orden del semblante en tanto el que se diga convoca “no tanto a la memoria sino, cómo se dice: a la existencia”4, aquello que si bien “solo existe no siendo”5, determina la singularidad en el ser hablante. Podemos ahora reformular la intervención que nuestro querido gallego enuncia detrás del mostrador, a saber: su antes de hablar –que determina su quesería– no es más que un hueco, el olvido de una nada traumática. La repetición de sus palabras ilustra el borde de un vacío esencial por fuera de toda verdad y recuerdo. De esta manera, en un análisis la historia está al servicio de ubicar este rasgo que ex-siste a la verdad, a la memoria y a la repetición, o si prefieren: la repetición como diferencia absoluta: mmm; mmm; mmm;…, “no hay universal que no tenga que contenerse con una existencia que lo niegue”6, mmm; mmm; mmm…

El analista detrás del mostrador. De allí la relevancia del equívoco significante en la clínica. “Que se diga queda olvidado tras lo que se dice en lo que escucha” supone que Realität y Wircklichkeit van juntas, como las dos caras de la Banda de Moebius, sin que el ser hablante advierta que el discurso siempre dice más de lo que uno cree expresar. Por algo, tanto la puntuación de una frase, la cita o el corte, son todas maniobras de las que el analista se sirve para hacer escuchar al sujeto una versión diferente a la que el sentido estereotipado de su narcisismo lo tiene acostumbrado. No en vano el azoro, tal como manifiesta Lacan en “La dirección de la cura”, es señal de que algo ha hecho mella en la defensa del sujeto. Por algo, destacamos la sorpresa de nuestro pequeño paciente: ¡¡¡Mira!!! (¿qué intervalo traumático agitaría semejante exclamación?)
En definitiva se trata de hacer jugar ese hueco en la sesión, ese intervalo que, en el antes de hablar, algo habla en nosotros. A veces basta con poner en juego la posición princeps del analista, a saber: no comprendo, sobre todo cuando el sujeto –en virtud de la repetición–, da por naturalizadas las consecuencias de lo que está narrando. Por ejemplo:
Paciente: “—Mi pareja dejó abiertos los mails, obvio me puse a revisarlos…”
Analista: “—¿Obvio?”
Intervención que, con probabilidad, dará lugar a una justificación a la que tampoco hay que brindar el alivio de la comprensión. Quizás por eso, Lacan propone el “no es eso, que es el vagido de la llamada a lo real”7, allí donde aparece la inconsistencia del Otro, o la angustia del sujeto, si así lo prefieren.
Lo cierto es que sin repetición, no hay azoro posible. El analista registra las insistencias, una suerte de ritmo.

Síntoma: entre el asesinato y la tontería. El retorno a los textos de Freud no fue una mera repetición porque el olvido de aquella obra fue leído por Lacan como un síntoma, a saber: como eso que está en el lugar de algo que no fue, pero que además, no cesa de no suceder: sea el hallazgo que nos permita dejar de repetir, la píldora de la felicidad; o la solución definitiva para que nunca más haya accidentes de trenes. Sin dudas, la esperanza es el resorte de la insatisfacción. (Y nos hace olvidar a Freud).
No hay solución para el malentendido humano, tampoco para la repetición. Quizás por la misma razón, en el seminario “De un discurso que no fuera del semblante”, se dice que el psicoanálisis es un saber en fracaso (o un saber en jaque8, según las traducciones), aunque nunca el fracaso del saber. Luego: para que un tratamiento no caiga en la mera repetición o en la esperanza tonta, o en el olvido de Freud, en lugar de intentar satisfacer a la demanda, el practicante debe otorgar a la palabra del sujeto la dignidad de síntoma, eso que está en el lugar de algo que no fue: un emparche singular y mal-dito que, en el mejor de los casos, se construye para andar malavenido en la vida. Lo divertido es que la vía regia para efectuar esa maniobra que propicia la transferencia de trabajo se apoya en la repetición. Por ejemplo:
Paciente: “—Soy una tonta, siempre arruino todo”.
Analista: “—¡Eso!, quiero que me cuente las tonterías de la semana, no me arruine la sesión con alguna genialidad, eh?”
La risa de la paciente marca que “tonta” insinúa colocarse en Otra escena, allí donde la repetición pasa por el hueco que conmueve lo anquilosado y propicia la novedad. Desde esta perspectiva, el antes de hablar del gallego está en el mismo agujero que famillionario9 atraviesa para salvar la dignidad del pobre ante su pariente rico: el barón de Rothschild. Pero también el mismo hueco –o tumba– donde Hamlet mata a Laertes (el fantasma de su propia tontería) para así salir de la inhibición. Chiste y asesinato, duelo y agudeza, pérdida y recuperación, estaciones obligadas en el tránsito para salir de la repetición padeciente y cuya eficacia consiste en saber hacer allí con un rasgo singular imposible de no repetir. Por ejemplo: el antes de hablar que nuestro gallego repite de manera impenitente. Entonces: ¿el síntoma tiene que ver con lo necesario, lo que se repite, y el sinthoma –esa invención subjetiva que propicia un cambio de posición–, con la contingencia?
Bueno, io antes de hablar…
__________________
1.    Jacques Lacan, El Seminario: Libro 12, Problemas cruciales del psicoanálisis, clase 4 del 6 de enero de 1965, Inédito: “El olvido freudiano es una forma de la memoria, su forma misma, la más precisa”.
2.    Miquel Bassols, “ Las neurociencias y el sujeto del inconciente”. Conferencia en Granada, abril del 2011. http://www.revconsecuencias.com.ar/ediciones/011/default.asp
3.    Jacques Lacan, El Atolondradicho en Otros Escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, p. 473.
4.    Jacques Lacan, op. cit., p. 474.
5.    Jacques Lacan, El Seminario: Libro 19, …ou pire, Buenos Aires, Paidós, 2013, p. 132.
6.    Jacques Lacan, “Otros Escritos”, op. cit. p. 475.
7.    Jacques Lacan, “Otros Escritos”, op. cit. p. 476.
8.    Jacques Lacan, El Seminario: Libro 18, “De un discurso que no fuera del semblante”, Buenos Aires, Paidós, 2010, clase 7 del 12 de mayo de 1967.
9.    Sigmund Freud, “El Chiste y su relación con lo inconsciente”, en Obras Completas: Parte analítica. Introducción: “un precioso chiste de Heine, quien hace gloriarse a uno de sus personajes, el pobre agente de lotería Hirsch-Hyacinth, de que el gran barón de Rothschild lo ha tratado como a uno de los suyos, por entero «famillonarmente» («famillionär»).”
Al respecto, en “El Atolondradicho”, Lacan escribe una frase acompañada de un comentario: “Que se diga queda olvidado tras lo que se dice en lo que se escucha”.
“Este enunciado, que parece de aserción por producirse en una forma universal, es de hecho modal, existencial como tal: el subjuntivo con el que se modula su sujeto lo testimonia”.3
¿Sería abusivo considerar que esta formulación repite, contempla o incluye la perspectiva de una Realität y una Wircklichkeit aunque desde un ángulo que aporta sustanciales índices clínicos?
Por lo pronto, Lacan afirma que “lo que se dice en lo que se escucha” es del orden del semblante en tanto el que se diga convoca “no tanto a la memoria sino, cómo se dice: a la existencia”4, aquello que si bien “solo existe no siendo”5, determina la singularidad en el ser hablante. Podemos ahora reformular la intervención que nuestro querido gallego enuncia detrás del mostrador, a saber: su antes de hablar –que determina su quesería– no es más que un hueco, el olvido de una nada traumática. La repetición de sus palabras ilustra el borde de un vacío esencial por fuera de toda verdad y recuerdo. De esta manera, en un análisis la historia está al servicio de ubicar este rasgo que ex-siste a la verdad, a la memoria y a la repetición, o si prefieren: la repetición como diferencia absoluta: mmm; mmm; mmm;…, “no hay universal que no tenga que contenerse con una existencia que lo niegue”6, mmm; mmm; mmm…

El analista detrás del mostrador. De allí la relevancia del equívoco significante en la clínica. “Que se diga queda olvidado tras lo que se dice en lo que escucha” supone que Realität y Wircklichkeit van juntas, como las dos caras de la Banda de Moebius, sin que el ser hablante advierta que el discurso siempre dice más de lo que uno cree expresar. Por algo, tanto la puntuación de una frase, la cita o el corte, son todas maniobras de las que el analista se sirve para hacer escuchar al sujeto una versión diferente a la que el sentido estereotipado de su narcisismo lo tiene acostumbrado. No en vano el azoro, tal como manifiesta Lacan en “La dirección de la cura”, es señal de que algo ha hecho mella en la defensa del sujeto. Por algo, destacamos la sorpresa de nuestro pequeño paciente: ¡¡¡Mira!!! (¿qué intervalo traumático agitaría semejante exclamación?)
En definitiva se trata de hacer jugar ese hueco en la sesión, ese intervalo que, en el antes de hablar, algo habla en nosotros. A veces basta con poner en juego la posición princeps del analista, a saber: no comprendo, sobre todo cuando el sujeto –en virtud de la repetición–, da por naturalizadas las consecuencias de lo que está narrando. Por ejemplo:
Paciente: “—Mi pareja dejó abiertos los mails, obvio me puse a revisarlos…”
Analista: “—¿Obvio?”
Intervención que, con probabilidad, dará lugar a una justificación a la que tampoco hay que brindar el alivio de la comprensión. Quizás por eso, Lacan propone el “no es eso, que es el vagido de la llamada a lo real”7, allí donde aparece la inconsistencia del Otro, o la angustia del sujeto, si así lo prefieren.
Lo cierto es que sin repetición, no hay azoro posible. El analista registra las insistencias, una suerte de ritmo.

Síntoma: entre el asesinato y la tontería. El retorno a los textos de Freud no fue una mera repetición porque el olvido de aquella obra fue leído por Lacan como un síntoma, a saber: como eso que está en el lugar de algo que no fue, pero que además, no cesa de no suceder: sea el hallazgo que nos permita dejar de repetir, la píldora de la felicidad; o la solución definitiva para que nunca más haya accidentes de trenes. Sin dudas, la esperanza es el resorte de la insatisfacción. (Y nos hace olvidar a Freud).
No hay solución para el malentendido humano, tampoco para la repetición. Quizás por la misma razón, en el seminario “De un discurso que no fuera del semblante”, se dice que el psicoanálisis es un saber en fracaso (o un saber en jaque8, según las traducciones), aunque nunca el fracaso del saber. Luego: para que un tratamiento no caiga en la mera repetición o en la esperanza tonta, o en el olvido de Freud, en lugar de intentar satisfacer a la demanda, el practicante debe otorgar a la palabra del sujeto la dignidad de síntoma, eso que está en el lugar de algo que no fue: un emparche singular y mal-dito que, en el mejor de los casos, se construye para andar malavenido en la vida. Lo divertido es que la vía regia para efectuar esa maniobra que propicia la transferencia de trabajo se apoya en la repetición. Por ejemplo:
Paciente: “—Soy una tonta, siempre arruino todo”.
Analista: “—¡Eso!, quiero que me cuente las tonterías de la semana, no me arruine la sesión con alguna genialidad, eh?”
La risa de la paciente marca que “tonta” insinúa colocarse en Otra escena, allí donde la repetición pasa por el hueco que conmueve lo anquilosado y propicia la novedad. Desde esta perspectiva, el antes de hablar del gallego está en el mismo agujero que famillionario9 atraviesa para salvar la dignidad del pobre ante su pariente rico: el barón de Rothschild. Pero también el mismo hueco –o tumba– donde Hamlet mata a Laertes (el fantasma de su propia tontería) para así salir de la inhibición. Chiste y asesinato, duelo y agudeza, pérdida y recuperación, estaciones obligadas en el tránsito para salir de la repetición padeciente y cuya eficacia consiste en saber hacer allí con un rasgo singular imposible de no repetir. Por ejemplo: el antes de hablar que nuestro gallego repite de manera impenitente. Entonces: ¿el síntoma tiene que ver con lo necesario, lo que se repite, y el sinthoma –esa invención subjetiva que propicia un cambio de posición–, con la contingencia?
Bueno, io antes de hablar… 
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1. Jacques Lacan, El Seminario: Libro 12, Problemas cruciales del psicoanálisis, clase 4 del 6 de enero de 1965, Inédito: “El olvido freudiano es una forma de la memoria, su forma misma, la más precisa”.
2. Miquel Bassols, “ Las neurociencias y el sujeto del inconciente”. Conferencia en Granada, abril del 2011. http://www.revconsecuencias.com.ar/ediciones/011/default.asp
3. Jacques Lacan, El Atolondradicho en Otros Escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, p. 473.
4. Jacques Lacan, op. cit., p. 474.
5. Jacques Lacan, El Seminario: Libro 19, …ou pire, Buenos Aires, Paidós, 2013, p. 132.
6. Jacques Lacan, “Otros Escritos”, op. cit. p. 475.
7. Jacques Lacan, “Otros Escritos”, op. cit. p. 476.
8. Jacques Lacan, El Seminario: Libro 18, “De un discurso que no fuera del semblante”, Buenos Aires, Paidós, 2010, clase 7 del 12 de mayo de 1967.
9. Sigmund Freud, “El Chiste y su relación con lo inconsciente”, en Obras Completas: Parte analítica. Introducción: “un precioso chiste de Heine, quien hace gloriarse a uno de sus personajes, el pobre agente de lotería Hirsch-Hyacinth, de que el gran barón de Rothschild lo ha tratado como a uno de los suyos, por entero «famillonarmente» («famillionär»).”
 
 
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