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   La repetición

No se trata del destino sino de la repetición
  Por Elina Wechsler
   
 
Debemos a Freud la postulación del Complejo de Edipo como “una formación humana universal, ligada al concepto de destino”. Al final del capítulo III de “Más allá del principio del placer” introduce la noción de compulsión de destino para mostrar la potencia de la pulsión de muerte que lleva al paciente neurótico a repetir en transferencia el desengaño edípico, que deja como secuela un daño permanente en calidad de cicatriz narcisista, clave del complejo de inferioridad de los neuróticos.
El intento edípico, “emprendido con seriedad trágica”, escribe Freud, se ha ido a pique. No ha podido realizarse. Sin embargo, se repite el intento a pesar de todo, una compulsión esfuerza a ello. Se repite a pesar del displacer, se repite más allá del principio del placer.

Ejemplifica este “eterno retorno de lo igual” a través de una epopeya épica: la Jerusalén liberada, del poeta italiano renacentista Torcuato Tasso. El destino, piedra basal de la tragedia, cobra ya toda su dimensión psicoanalítica al ser leído por Freud como determinismo inconsciente, no tan sólo del neurótico sino del sujeto humano como tal.
Lo que el psicoanálisis establece es por tanto el aspecto repetitivo de las historias personales. Mientras en la compulsión neurótica el sujeto juzga estos actos como absurdos y sin embargo se ve compelido a cumplirlos, el sujeto de la Schicksalzwang se ve apresado por una compulsión que ignora como tal. Freud lo expresa así:
“Se conocen individuos en quienes toda relación humana lleva a idéntico desenlace: benefactores cuyos protegidos se muestran ingratos pasado cierto tiempo, y entonces parecen destinados a apurar entera la amargura de la ingratitud; hombres en quienes toda amistad termina con la traición”.
Lo que el psicoanálisis establece es por tanto el aspecto repetitivo de las historias personales. El sujeto se coloca una y otra vez en la misma posición, pero no la reconoce. A la idea popular: “se trata del destino”, Freud responderá con contundencia “se trata de la repetición inconsciente”.

Miguel o “los niños prestados”. Miguel consulta desesperado luego de que su novia le planteare el fin de la relación luego de tres años. Tiene 50 años, como ella, ha tenidos varias relaciones pero nunca se casó ni tuvo hijos y relata que siempre fue su deseo pero nunca lo logró, que su destino es la soledad.
Luego de varias entrevistas donde lo acompaño en su desolación, su angustia, su pena, le pregunto qué ha perdido al perder a Ana. Su contestación lo impresiona: a las hijas del matrimonio anterior de su pareja (de 14 y 17 años) y a los sobrinos pequeños de una hermana menor de Ana a la que está muy unida y veían muy a menudo. Entonces interpreto: “Niños prestados”.

Miguel se emociona y empieza a relatar la clave de su repetición. Su madre fue la única de cuatro hermanos que tuvo hijos: Miguel y su hermana menor. Los tres tíos solteros (dos hombres y una mujer) “se quedaron” a ambos porque tenían una mejor posición económica. Esta hermana tampoco se casó ni tuvo hijos. En este punto comienza su análisis.
Miguel no había conectado nunca su condición de niño cedido con el apego a los hijos de sus mujeres (no era ésta la primera vez). Tampoco su sentimiento de desolación con aquél viejo sentimiento de profunda pena cada vez que su madre se iba luego de la visita del domingo.

Miguel no era consciente de su repetición y experimentaba frente a ella una extrañeza sintomática que nombraba como destino. Su análisis le va permitiendo situar este desconocimiento en relación con la transmisión de sus objetos primordiales, a identificaciones alienantes a las que su Yo quedó prendido y no ya a un infortunio oracular.
Separar el mito individual de la certeza será así uno de los ejes de todo análisis que no consiste en la búsqueda historicista del pasado pero tampoco es pura conjetura. Se desplegará en un nuevo espacio producido entre el analista y el paciente en transferencia creando un decir nuevo que permita la emergencia de lo inédito. Será entonces creación de otra versión del mito edípico, de la leyenda familiar, a partir de la deconstrucción de lo narrado.
El paciente se asienta inconmovible sobre su destino imaginario como en un trono narcisista comandado por la repetición de la desgracia. La palabra del analista, lejos de legitimar cualquier discurso sobre el ser, se dirigirá al mito individual como artificio engañoso al servicio del goce más allá del principio del placer.

La palabra del analista quiebra la omnipotencia imaginaria del destino ya que introduce la interpretación y la construcción allí donde impera el sentido congelado y fijo de la queja.
Es desde allí que los analistas escuchamos, sufrimiento que encubre la repetición patológica y que aplasta la posibilidad de realizar lo que dice desearse.
El analizante, ayudado por la palabra del psicoanalista a desanudar lo sintomático no escapará sin embargo a aquellos significantes privilegiados que le han otorgado un lugar en este mundo. Podrá, sin embargo, desanudar los impasses que lo condenaban al mismo sufrimiento, a las mismas obligadas correlaciones, a las mismas elecciones.

El paciente en asociación libre es dicho, es sobrepasado por los enunciados que pronuncia. De allí el asombro que Miguel experimentó frente a su propias palabras, y a la conexión que la analista, en atención flotante, dejó brotar sin amortiguar e interpretó para hacer significar la repetición que antes de ser dicha para ese Otro privilegiado permanecía muda.
Por eso, interpretar es “des-interpretar”, marcar la falla cubierta por la certeza del mito, conducir hacia una nueva ignorancia que permita una reordenación simbólica para cortar la repetición.
Lo que desvela la interpretación no es una lectura equivocada que cabría reemplazar por otra, traducir en suma, sino el equívoco que el discurso vehiculiza. Cada analista tendrá que vérselas con esta disolución de la certeza, con la pérdida de todo supuesto sentido trascendente, con los momentos críticos de la destitución subjetiva en cada paciente, de la certeza que sólo podía sostenerse al precio de la repetición sintomática.
El trabajo analítico se sostiene en esta paradoja: nunca podrá encontrar refugio en la verdad de los hechos puros o el valor unívoco de los signos primeros y sin embargo, logrará transformaciones en el destino imaginario del sujeto siempre que relance la producción del inconsciente, el nuevo decir y al tiempo, la esperanza de cambio en el porvenir.

No se trata de un lector que se mantiene a distancia del texto proponiendo una clausura, una traducción sino un decir nuevo producido por el dispositivo analítico mismo. Este nuevo decir es el advenimiento de lo inconsciente. Se trata de la creación de algo nuevo que ni analista ni paciente conocían antes de producirlo en común.
Interpretar remite a una interrogación sobre la repetición, a una pregunta no formulada y destrona la ilusión de encontrar un texto último que daría cuenta del punto del origen y el punto de la verdad. Interpretar es lograr que el texto del paciente no coincida más consigo mismo.
Abre el discurso a nuevas metaforizaciones. Insta a poner a trabajar los síntomas, deshaciendo las condensaciones y los desplazamientos que los constituyeron, abriendo la vía asociativa. La interpretación invita a seguir hablando, a interrogar lo petrificado, a volver sobre aquello de lo que nada quería saberse. La interpretación produce un efecto de verdad aunque no sea La verdad.
El analista provoca al texto, lo hace hablar para producir una crisis de la verdad del relato conmoviendo el ordenamiento que subyace a la repetición para transformarla.
Si transita un análisis, el sujeto ya no atribuirá su destino trágico a la fatalidad sino a su propia implicación en las redes que urdió con su historia, a la fantasmática que teñía sus elecciones, a los engranajes de un circuito repetitivo del que no podía sustraerse.

Terminará con la obstinada búsqueda de la causa de la tragedia, tan presente en los comienzos del análisis, reconociendo que como a todo sujeto humano, una historia particular lo marcó y produjo una lógica inconsciente que guió sus valores, sus ideales y sus repeticiones.
Reconciliarse con la historia y sus azares es en gran medida dejar de quejarse del destino, que ya no aparecerá escrito por ningún oráculo.
Se tratará de discernir lo inconsciente por otras vías que las del síntoma, librado el paciente de inhibiciones en el trabajo, en el sexo, en el amor, a ellos ligadas, y enfrentar de otra manera el destino, tal como contestaba Freud a su paciente del último capítulo de “Estudios sobre la histeria”.
La mujer y el hombre ya no se sentirán los héroes trágicos determinados por un destino particular que los conminaba a ejecutar siempre lo igual, y lo inédito producido por el análisis posibilitará también lo inédito en el porvenir.
Caída del heroísmo, atenuación del goce de lo trágico. Deseo, en fin, desprendido de la tragedia de la repetición. Los pacientes suelen preservar la memoria del sufrimiento de los comienzos, y suelen recordárnoslo en el último trecho analítico a la manera de: “Antes yo…” o “¿Se acuerda cuando le decía…?”. Cambios de posición que muchas veces implican renuncias narcisistas y placeres endogámicos difíciles de abandonar.
Avanzado el análisis y una vez concluido, el sujeto seguirá deseando pero más a resguardo de las tentaciones de la repetición. Al movilizar toda la estructura psíquica produciendo un viraje en los engranajes repetitivos y con ello las ataduras que hasta allí imponía; al desconectar el sufrimiento del circuito masoquista y hacer caer las construcciones narcisistas por el desprendimiento de aspectos alienantes de las identificaciones imaginarias se llegará a ese nuevo estado postulado por Freud que diferencia al neurótico analizado del no analizado.

Los héroes se encaminan inevitablemente hacia el desastre, hacia la catástrofe. El paciente neurótico, como el héroe trágico, cree sufrir un destino injustificado del que no puede sustraerse. Llega al análisis soportando una tragedia subjetiva que al final del proceso, en el mejor de los casos, caerá.
El sufrimiento, transformado en pregunta, y el deseo de saber, promueven la entrada en análisis. Salir de las tragedias neuróticas implica haber atravesado un análisis y enfrentar de otro modo el porvenir.
En el final, el sujeto ya no se sentirá el héroe determinado por ningún destino marcado por el oráculo. La tragedia habrá virado hacia el drama y los conflictos y pesares inherentes a la vida como tal podrán ser enfrentados sin conducir a un desenlace por repetitivo, fatal.
No hay tragedia en la vida de los dioses. La tragedia es atributo de la falta humana. Y así, nos reconoceremos como determinados por los objetos primordiales que nos han otorgado un lugar en este mundo pues de ellos nos viene el mito generacional, el oráculo. Aquello mismo que nos permite hablar, anhelar, amar, crear, vivir en suma como humanos, nos ha tornado sujetos atenazados por la repetición en los atolladeros de los trágicos callejones sin salida neuróticos.
No podemos curarnos del Inconsciente ni de sus efectos permanentes, pero sí de las marcas como maldición, de lo que del Otro quedó en nosotros como imaginaria impronta del destino.

Bibliografía
Freud, S (1920): “Más allá del principio del placer”. Vol. XVIII. Amorrortu. Buenos Aires. Obras completas. 1992.
— — (1893-1895): “Estudios sobre la histeria”. Bs. As. Amorrortu, Vol. II. 1992.
— — (1937): “Análisis terminable e interminable”. Bs. As. Amorrortu. Vol. XXIII. 1992.
Steiner, G.: La muerte de la tragedia. Venezuela. Monte Ávila Editores. 1991.
Wechsler, E: Psicoanálisis en la tragedia. De las tragedias neuróticas al drama universal. Biblioteca Nueva. Madrid. 2000.
 
 
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