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   Conceptos fundamentales del psicoanálisis

Deseo del analista y abstinencia (segunda parte)
  Por Lucas Boxaca  y Luciano Lutereau
   
 
Llegamos, entonces, a una primera reflexión sobre el tema que aquí concierne. En este punto, podemos decir que el ir en contra de la inercia comprensiva –fundamentalmente, por parte del analista– es una de las formas de entender la abstinencia en sentido amplio.
Podemos agregar que no debe reducirse la inercia comprensiva a la de los puntos ciegos en la percepción analítica, dados por la peculiaridad del analista, sino que deben aquí también ser tenidas en cuenta las categorías del “cuerpo doctrinario” del analista y de la comunidad analítica con la que éste interactúa cotidianamente. Ese “cuerpo” también puede ser operante a la hora de definir el valor de un fenómeno clínico. De allí la insistencia de Freud y Lacan en tomar el caso en su particularidad. He aquí el sentido –según Lacan, en su conferencia sobre el síntoma (1975)– de una afirmación freudiana respecto de no encasillar un caso por adelantado:

“Es exactamente lo que nos dice Freud –cuando tenemos un caso, lo que se llama un caso, en análisis, nos recomienda no ponerlo por adelantado en un casillero. Quisiera que escuchásemos, si se me permite la expresión, con total independencia respecto a todos lo conocimientos adquiridos por nosotros, que sintamos lo que enfrentamos, a saber, la particularidad del caso. Es muy difícil porque lo propio de la experiencia es preparar casillas. Nos es muy difícil, a nosotros analistas, hombres o mujeres, con experiencia, no juzgar acerca de ese caso que está funcionando y elaborando su análisis, de no recordar en relación a él otros casos. Cualquiera sea nuestra pretendida libertad –pues esa libertad es imposible creer– resulta claro que no podemos barrer con lo que es nuestra experiencia. Freud insiste mucho al respecto y si esto fuese comprendido, daría quizá la vía hacia un modo harto diferente de intervención pero no puede serlo.”

Lo dicho anteriormente no debe llevar a concebir la abstinencia como una postura “ideal” o una actitud “preestablecida” que tenga que tomar el analista. La “no comprensión” brinda un marco general para la aproximación hacia el relato del consultante, pero no debe entenderse que el “principio soberano” se resuma en sostener la posición de suspensión del juicio –que los filósofos denominaron “epoché”–. En sentido estrictamente analítico, el clínico debe extremar sus conjeturas hasta llegar a dar cuenta de un evento particular del ejercicio de la abstinencia en una cura dada ante “la puesta en acto de la realidad sexual del inconsciente”. En otros términos, una ocasión que la función del deseo del analista se vuelve operatoria y produce efectos (por supuesto, analíticos).

Abstenerse de comprender tampoco quiere decir que se aproxime a lo que tiene que escuchar ausente absolutamente de sus esquemas de comprensión de la realidad –al menos en un primer tiempo lógico al recibir el testimonio del analizante–; por una especie de espanto a salirse de una posición neutral. En este primer tiempo, aunque siempre dispuesto a cuestionar los juicios que se le generen, hasta un prejuicio puede acomodar lo que hay que escuchar de un caso. ¿No nos preguntamos, por ejemplo, en el caso de la “joven homosexual”, cuánto habría valido la pregunta de sentido común que se le podría haber hecho a la joven en el momento en que declaraba que no estaba entre sus deseos el de apenar a sus padres? ¿No podría Freud haberse dirigido al yo, ocupando la posición del tonto útil, y preguntarle: “Le parece que tirarse a las vías del tren no produce pena a sus padres”? No sugerimos que el sentido común sea la vía de la escucha analítica, todo este artículo denuncia esa pendiente; simplemente decimos que una dosis de necedad en la escucha en ocasiones puede rendir en la medida en que se esté dispuesto a no hacer persistir las conclusiones que ella nos sugiere. En este sentido habremos de mencionar la reflexión que realiza Lacan en “Función y campo de la palabra y el lenguaje en psicoanálisis” (1953):

“El único objeto que está al alcance del analista, es la relación imaginaria que le liga al sujeto en cuanto yo, y, a falta de poderlo eliminar, puede utilizarlo para regular el caudal de sus orejas, según el uso de la fisiología, de acuerdo con el Evangelio, muestra que es normal hacer con ellas: orejas para no oír, dicho de otra manera para hacer la ubicación de lo que debe ser oído.”

En otras palabras, pensamos que en ocasiones la necedad del sentido común nos permite ubicar, tal como lo hacía el genial detective Columbo, algo que hay que escuchar y discernir en el relato del analizante. No deja de ser cierto que, luego, en un segundo tiempo de la escucha, a través del cuestionamiento del prejuicio surgido en el clínico de forma automática, el enigma en juego –en lo que “le ha hecho ruido” al analista– sólo pueda ser contestado por las asociaciones del analizante y no por las categorías del que escucha.
No está de más, entonces, aclarar que para esas ocasiones en las que se plasma el deseo del analista en la cura, no existe –ni es aconsejable que alguien se embarque en la empresa de listarla– una serie de conductas estandarizadas, “abstinentes”, para el analista; es decir, intervenciones que se puedan pensar a priori de la experiencia, que podría aplicar mecánicamente en cada caso. Como todos los conceptos analíticos, el de abstinencia requiere ser articulado con el dispositivo y con la dinámica de una cura dada. En la próxima entrega de esta columna trabajaremos nuevamente sobre un caso para demostrarlo.
 
 
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