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Indagaciones sobre la cuestión del amor (VII)
  Por Luis F. Langelotti
   
 
Somos ubicados en el lugar de poseedores del ágalma.1 Tenemos, sabemos, brillamos. Algún rasgo nos hace deseables para el analizante eventual. Para muchos pacientes no, por eso o ni vienen, o al poco tiempo se van. Al menos al principio, nada hay de diferente con respecto a las relaciones cotidianas de amor. Pero detrás de la máscara del amor, lo que se busca es el deseo, ante todo, el propio, el que únicamente puede hallarse, vaya paradoja si las hay, a través del Otro. Sin esta paradoja, no existiría el psicoanálisis.

Pero, tal como lo dice Lacan, es el analista quien ocupará el lugar del hipnotizado. Es muy fuerte realmente decir esto, ya que estamos admitiendo, en cierta medida… ¡que estamos enamorados de nuestros pacientes! Suena incómodo, sobre todo para la pregonada asepsia analítica corriente, pero es algo que dice el propio Lacan, por ejemplo, en el El Seminario VIII: “Para nosotros, si nos dejamos guiar por las categorías que hemos producido, el sujeto es introducido como digno de interés y de amor, erómenos, en el comienzo mismo de la situación. Es por él por quien estamos ahí.”2 O también: “… ¿porqué el movimiento del amor o del odio estaría en sí excluido? ¿Por qué descalificaría al analista en su función? (…) Yo aún diría más – cuanto más analizado esté el analista, más posiblemente será que esté francamente enamorado, o francamente en estado de aversión, o de repulsión, bajo las modalidades más elementales de la relación de los cuerpos entre ellos, respecto de su partenaire.”3

Entonces, resulta válido pensar que, en el inicio, el hipnotizador-oráculo es el analizante, quien porta las huellas de un saber inconsciente al que nos alienaremos en nuestra función clínica. No temo decir que para que tal alienación pueda producirse, es necesario que el analista sea sujeto del inconsciente. Un análisis implicará especialmente dejarse tomar por el discurso del Otro del analizante. La así denominada “suspensión” de la función sujeto en el analista no implica una abdicación moralista que haría del mismo una suerte de monje ascético de Templo, sino que sus deseos particulares deberán supeditarse al deseo superior de analizar. Es decir, sólo su deseo de analista podrá orientarlo intuitivamente en los bosques pantanosos de la neurosis a la que ha decidido supeditarse. Cualquier referencia a un Saber, a un manual, a un encuadre, a un título universitario (de grado o de posgrado), a una moral, a una Escuela o a un Colegio, etc., no será más que patraña narcisista y defensa (resistencial) ligada a su propia neurosis, no saldada más o menos suficientemente en su propio análisis. Anteponer la consistencia y el principismo obstruirá profundamente la alienación exigida a los significantes del analizante.4

De todos modos, cabe señalar que, ciertamente, Lacan matiza esa hipnosis y ese amor del analista en relación al analizante, situando el genuino meollo de la situación transferencial: “… hay un efecto latente, que está vinculado a su no-ciencia, su insciencia. ¿Insciencia de qué? – de aquello que es precisamente el objeto de su deseo de un modo latente, quiero decir objetivo o estructural. Este objeto está ya en el Otro, y en la medida en que esto es así, está, lo sepa él o no, virtualmente constituido como erastés.”5 Implicancia irreductible de la situación analítica donde se efectúa una sustitución metafórica a la que llamamos, clásicamente, amor de transferencia.

En el Seminario que vengo citando, Lacan dice que: “Somos, en último término, en nuestra presencia, nuestro propio sujeto, en el punto donde este se desvanece, donde está tachado. Por eso podemos ocupar el propio lugar donde el paciente, como sujeto, a su vez, se borra, y se subordina a todos los significantes de su demanda.”6 Pocas veces nos escuché decir algo semejante a los analistas contemporáneos, quienes damos la lata todo el tiempo con que “en el análisis no somos sujetos”, fórmula que muchas veces promueve la desimplicancia más apática y desinteresada, que termina haciendo del analista un técnico objetivo aplicacionista de un saber estandarizado, perfectamente útil al conformismo social. Bueno, Lacan acá está diciendo que podemos - y hasta debemos - ocupar el lugar del sujeto del analizante. Es muy fuerte. Pero, se entiende, se trata de alienarse a su alienación (la neurosis de transferencia es una neurosis del psicoanalista) y esto implica, necesariamente, poner la escucha, el cuerpo y deponer la consistencia de ser – siempre avalada en algún tipo de Otro.

Recuerdo el caso de una consultante que vino a unas pocas entrevistas, con ansias de que el tratamiento fuese “lacaniano”, ya que esa era la “orientación” de su anterior analista, en donde abundaban las intervenciones que “apuntaban al sin sentido” pero a quien decidió abandonar, entre otras cosas, por haberse dado una situación donde la analista en cuestión intervino “más como persona que como analista.” Se me ocurrió preguntarle si acaso ella consideraba que el analista no era, también, una persona. Al poco tiempo de formulada la pregunta de mi parte, no continuó con su tratamiento (bueno, ni siquiera lo empezó): ¿habrá sido porque se gestó allí más que un “sin sentido” un sentido otro, no demasiado interesante para la racionalidad del yo? Por otro lado, creo que el vocablo “persona” se presta a confusión y sobre todo para nosotros los analistas. Habría que discutirlo un poco. Básicamente, o lo pensamos como yo o lo pensamos como sujeto. En este segundo sentido, hablar de persona ¿no equivaldría en cierta medida a hablar de sujeto de la falta, único sujeto posible para el psicoanálisis? Parecería que la consultante se confrontó en su anterior análisis – no es más que una vaga conjetura, obviamente - con la no-coincidencia entre la función analista y quien la soporta (quien le pone el cuerpo). Y esto, ¿no es confrontarse, pues, con la castración del analista?
Creo que hasta aquí he dicho muchas cosas, razón por la cual estimo conveniente continuar este discurrir en una próxima entrega en donde, entre otras cosas, me aproximaré brevemente a esta idea de “persona”, tomando una vez más a nuestro amigo Octavio Paz. La idea es poder articular algo de lo que vengo diciendo con la época actual y con la clínica.



1 “Por el solo hecho de que hay transferencia, estamos implicados en la posición de ser aquel que contiene el ágalma, el objeto fundamental que está en juego en el análisis del sujeto, en cuanto vinculado, condicionado por la relación de vacilación del sujeto que nosotros caracterizamos como aquello que constituye el fantasma fundamental, como aquello que instaura el lugar donde el sujeto puede fijarse como deseo.” Lacan, J.; “Crítica de la contratransferencia” en El Seminario, Libro 8, La transferencia. Paidós, Buenos Aires, 2013. Capítulo XIII, Pág. 223.
2 Lacan, J.; Op. cit.
3 Lacan, J.; Op. cit. Pág. 214.
4 Suelen ser momentos complicados aquellos en los que hay que dar cuenta de nuestras decisiones clínicas en relación a la situación con el analizante (corte de la sesión, pasaje al diván, silencios, no dar otro horario en alguna ocasión, valor y cobro de honorarios, etc.). Lo interesante es siempre poder intervenir desde nuestro deseo de analizar, el cual habría que pensarlo más que como un deseo-meta, como un deseo-límite en el sentido de que muchas cosas quedarán irreductiblemente por fuera – por imposibles - en la relación con el analizante y en la situación analítica. La enunciación del analista se juega precisamente en el modo de poner palabra y cuerpo a la singularidad técnica de nuestro campo, apuesta condicionada por el «convencimiento» [Überzeutung] del analista para con la propuesta clínica del análisis. Ahora bien, “convencimiento” no implica necesariamente “rigurosidad”, “ortodoxia”, “fidelidad”, cuestiones todas estas que, a mi entender, pueden empobrecer el estilo. Y esto es todo un tema ya que estilo y enunciación para mí son nociones íntimamente asociadas. Cuanto menos estilo existe, podemos conjeturar que mayor es la preeminencia de la demanda del analista y de su fantasmática. Es decir, la preeminencia de enunciados analíticos acertados – exactos – suele ser una coraza yoica allí donde la posición analítica es lábil. O se es exacto o se es verdadero. Creo que la clínica psicoanalítica exige que haya más veracidad que exactitud en su función. Y esto es inseparable de la posición del propio analista en relación al psicoanálisis, ya que tranquilamente se puede caer en una postura fanática con relación a él. Creo que el camino de un análisis debería llevarnos a reír de las solemnidades (idealizaciones) del psicoanálisis en el sentido de una degradación donde, a fin de cuentas, valoremos el hecho de que hacemos lo que podemos, tanto como analistas, así como, como analizantes.
5 Lacan, J.; Op. cit. Pág. 223-4.
6 Lacan, J.; “El no de Sygne” en Op. cit. Capítulo XIX, Pág. 305.
 
 
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