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   Los fantasmas del analista

Fantasmas de la clínica
  Por Hugo Dvoskin
   
 
La angustia y el fantasma se encuentran anudados, pues ambos ocupan el mismo lugar en la estructura: “… en lo referente a aquella estructura tan esencial llamada el fantasma, verán ustedes que la estructura de la angustia no está lejos de ella, por la razón de que es ciertamente la misma”.1 Desde el comienzo, en el Seminario 10, Lacan es taxativo en este punto. Este aforismo es consecuente con pensar la angustia como efecto de la vacilación o de la resquebradura del fantasma. Allí donde el fantasma estaba llamado a sostener la realidad psíquica y garantizar algún sentido, su fractura implica la irrupción de la angustia.

Inversamente, el fantasma viene a organizar un campo y pone coordenadas temporo-espaciales que impiden que la angustia irrumpa. El fantasma se constituye en la defensa estructural y antonomásica frente a la angustia. Quebrado, el acting out y el pasaje acto son los caminos que asoman. Interrogarse por los fantasmas del analista es preguntarse por los recursos que el analista instrumenta, o con los que cuenta, para poner parapetos a la angustia que podría habitar en un psicoanálisis.
Apenas un poco después, Lacan asevera que todo analista novel debería sentir esa angustia. En El trabajo del analista2 situaba que la condición de novel no necesariamente refiere a la juventud o a los inicios de la práctica. Podría tomárselo como una referencia a las primeras entrevistas, a los primeros momentos de cada análisis. Ese movimiento permitiría situar que la angustia del analista es intrínseca a la clínica. “… el analista que entra en su práctica, no está excluido de sentir, gracias a Dios, aunque presente muy buenas disposiciones para ser un psicoanalista, en sus primeras relaciones con el enfermo, en el diván, alguna angustia”.3
Fenoménicamente puede verificarse en las supervisiones que hay algo propio de la función del analista y en los efectos de los fenómenos de transferencia que genera angustia, más allá incluso de los diagnósticos que hubiera de los pacientes –la referencia de la cita anterior es a los enfermos y no a los analizantes–. La praxis sería causa suficiente para que se produjera angustia.

¿Qué de la clínica podría producir esta concurrencia de factores? Hipótesis. Cabe sostener que la transferencia en y al psicoanálisis conduce a la apertura del deseo del analizante. Es esencial para el analista situar el deseo y articular su lugar pues es ese el punto de mira del mensaje freudiano y es allí donde encuentra su fundamento. El deseo, a su vez, implica una significativa otredad en tanto –aun siendo el deseo del Otro– sitúa la diferencia entre un sujeto y un otro, la singularidad y la identidad de cada quien. De modo que la clínica necesariamente, en el tiempo de la interpretación, cuando la interpretación dice la media verdad y muerde lo real, nos lleva a encontrarnos con el otro en tanto absolutamente distinto de uno. Esa alteridad que el deseo conlleva para el sujeto, en este caso para el analista, supone en cada escansión en que el inconsciente del analizante convoca a la escucha un encuentro con un deseo ajeno, desconocido.
Lógica, entonces, que conduce a que la interpretación se encuentre cada vez entre los goces permitidos al analista. “El goce del acto de interpretar queda determinado por el contrato mismo ya que el analista se ha comprometido a escuchar (…) el goce de cobrar queda determinado porque el psicoanálisis es el modo de subsistencia del analista y porque el analizante paga por su acto de hablar”.4 Si el goce que la interpretación supone, “desbordara” los límites del fantasma del analista, la angustia se presentificaría.

Estos bordes son justamente los recursos, más precisamente las protecciones yoicas y fantasmáticas, que el analista dispone para que la angustia no lo tome. Mencionaremos algunos, no con la pretensión de ser exhaustivos, sí con la intención de situar algunos nombres posibles y centrales de la cuestión. 1.- la piedad o la conmiseración; 2.- el autoritarismo o la hipnosis; 3.- el deber ser o ser ejemplo de; 4.- el furor curandi.- 5- el ideal de independencia, la autonomía y el promover ser proactivo.
La piedad, en primer lugar y que tomaremos como eje, porque la interpretación del deseo –el deseo es la interpretación– implica situar al sujeto frente a las consecuencias de su posición subjetiva. Todo deseo en alguno de sus límites supone pérdidas para el sujeto en nombre de ganancias que aún no se tienen y no están garantizadas. Piedad también porque el analista, no teniendo él ese deseo que sitúa, vacila ante la imposibilidad de no poder saber si él asumiría esos riesgos. No es una posición especulativa o conciente. Es el resultado de una identificación con el padecer que acompaña la pérdida por el deseo que se tiene. El analista intenta ahorrarle el trabajo al paciente, lo mantiene en el campo del placer por los temores que supone que el deseo arañe el más allá de ese principio. Singularmente, la conmiseración tiene un formato especial cuando se propone como salida maníaca para el duelo bajo la forma de una búsqueda de gratificación inmediata como beneficio indemnizatorio frente a las pérdidas. Se intenta forzadamente transformar, o quizás simplemente apresurar, la pérdida en beneficio sin haber transitado previamente el duelo. Bajo el sintagma “la vida sigue” y sus infinitas variantes, se hace oídos sordos al analizante que anuncia que algo de la vida se le ha detenido. Dentro de cierto lacanismo, el aforismo teórico de “la no relación sexual”, “la falta de objeto” o “el objeto falta” fue instrumentado para renegar del concepto freudiano de fijación y el de la dificultad de la libido a abandonar sus posiciones.

El autoritarismo es un fantasma que se correlaciona con el saber que el analista se adjudica. Aquí el analista pone en escena que aquello que “sabe” es “lo mejor” para el otro. Es un desfiladero entre el saber que tiene por su “métier” y el que tiene por su experiencia. Psicología y experiencia son un par complejo que hacen borde con la ignorancia, esa pasión de no querer saber. El analista recurre a argumentos más allá de lo dicho por el analizante. Sólo se requiere que el paciente aplique lo que el otro, con sutilezas, le explica. Es una maestría en la que se transmite la experiencia. Que mayoritariamente los analistas sean “mayores” en edad que sus pacientes da el soporte fenoménico para que esto encuentre sostén en la práctica cotidiana. Lacan, en la clase del 17 de marzo de 1954 decía: “Pareciera –aquí reside el problema– que este acto de la palabra sólo progresa siguiendo la vía de una convicción intelectual proveniente de la intervención educadora, es decir superior, del analista. El análisis progresaría así por adoctrinamiento”.5

Sin superponerse, se intersecta con la pretensión de ser “ejemplo”, de ofrecerse como identificación, como modelo. La ilusión que gira en torno a la vida privada del analista, con “su vida resuelta, sin problemas”, es otro soporte fenoménico (ilusorio) para que este fantasma del analista tome su lugar. Podría sintetizarse en la pregunta “¿usted qué haría en mi lugar?”. Dicho así, el analista fácilmente dirá “no estoy en su lugar”, pero el desliz, como se enuncia supra, es sutil y quizás aparece como un menú de posibles respuestas que no estaban en el discurso del analizante. Creativo, inteligente, ideas audaces, el analista trabaja para el campo resistencial, con buenas propuestas para la vida del sujeto que analiza, pero no necesariamente en la dirección de su deseo, o en el tiempo psíquico de ese sujeto. Podría afirmarse, entonces, que la resistencia sería saber la respuesta adecuada a cualquier interrogante o demanda que el analizante se formule.
Es lógico suponer que los analizantes lleven adelante las ideas del analista como si fueran propias, actúen la fantasía del analista con relación a qué sería lo mejor. Serían actings que se sitúan en rigor más cerca del cumplimiento o del querer quedar bien. Liberados de la inhibición por el análisis, los pacientes cuentan con una valentía que los lleva a correr riesgos por causas que no son propias.6 Demandas de amor de querer ser reconocido que responden a la demanda de amor del analista verificable en esos regalos en forma de supuestas buenas ideas. Corresponde al tiempo de la enseñanza de Lacan en la que subrayaba las resistencias provenientes del analista que se suplementaban con la pasión por el furor curandi. Esa voluntad del terapeuta de ayudar al paciente a sacarse “eso” de encima lo más pronto posible. Se le quita a la “enfermedad” el valor de síntoma como concepto psicoanalítico, la de ser un decir que articula y anuda un deseo. Sólo se pondera y se le da el valor de padecimiento y goce parasitario, que por cierto lo tiene, pero que si el sujeto ha quedado aferrado al mismo no es por voluntarismo, ni conductas mal aprendidas, ni construcciones apresuradas de posiciones masoquistas o ficciones psicologisistas de boycot, sino porque un deseo quiere ser escuchado en ese síntoma que habla.

El adoctrinamiento y la piedad son los soportes fantasmáticos de una práctica comprensiva y de la de proponerse como modelo a seguir, que serían justamente las puertas de cierre a nuestra praxis. “… les advertí que una de las cosas que más debemos evitar es precisamente comprender demasiado, comprender más que lo hay en el discurso del sujeto. No es lo mismo interpretar que imaginar comprender. Es exactamente lo contario”.7 Este proceso se suplementa con la creencia en los hechos traumáticos y por ello, paralelamente, el analizante advertido teme que su analista se vea engañado y suponga que su “tragedia” demande conmiseración, confundiendo el valor fantasmático de lo traumático con el valor fáctico “… de acuerdo con la evidencia clínica, su dimensión fantasmática es infinitamente más importante que su dimensión de acontecimiento”.8

¿Podría no haber esos fantasmas? ¿Podría el analista quedar liberado? ¿Sería posible una dirección de la cura en la que el trabajo analítico transcurriera entre la angustia del analista y una confrontación permanente del analizante con su deseo?
Freud en su correspondencia con Pfister le desaconsejaba preocuparse por la síntesis. “En la técnica psicoanalítica no hay necesidad alguna de una labor sintética especial: el individuo mismo atiende a ello mejor de lo que podríamos hacerlo nosotros”.9 También por los analistas, agregamos nosotros, al hacer de su práctica un relato posible. En este sentido, no hay intervención posible en el campo simbólico que no esté tomada, antes y después, por lo imaginario y el fantasma. De modo que los fantasmas del analista no podrían no tener lugar en la clínica. La cuestión es si esos fantasmas en lugar de ser un efecto de estructura y ponerse al servicio de un encuentro cordial y formal, sustituyen la escucha. Allí el analista se mantendría en la zona de comodidad, lejos de toda angustia, lejos de todo encuentro con el deseo del Otro que es lo que le irrumpe al analista cuando el analizante escucha en el acto interpretativo su deseo y “debe” confrontar las consecuencias.

No tan forzadamente, podría postularse que el análisis transita por un desfiladero que requiere pericia y equilibrio, es una opción de hierro que presenta riesgos a ambas laderas: la angustia que supone su acto, la conmiseración (paradigma de sus fantasmas) que dificulta la escucha.
_____________________
1. Lacan, J. El Seminario, Libro 10, La angustia. Ediciones Paidós, p. 11.
2. Dvoskin, H. El trabajo del analista. “Obstáculos en la cura y angustia del analista”. Letra Viva, p. 193.
3. Lacan, J. El Seminario, Libro 10, La angustia, Ediciones Paidós, p. 13.
4. Biesa, A. y Dvoskin, H. El medio juego. Letra Viva, p. 220.
5. Lacan, J. El Seminario, Libro 1. Los escritos técnicos de Freud. Ediciones Paidós, p. 169.
6. Dvoskin, H. Pasiones en tiempos de cine, de próxima aparición, Letra Viva.
7. Lacan, J. El Seminario, Libro 1. Los escritos técnicos de Freud. Ediciones Paidós, p. 120.
8. Ídem, p. 61.
9. Jones, Ernest. Vida y obra de Sigmund Freud. Tomo II. Carta a Oskar Pfister del 9.10.18. Editorial Nova, p. 476.
 
 
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