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   Los fantasmas del analista

¿Qué hace ese psicoanalista en la nave de los locos?
  Por Leonardo Leibson  y Julio Lutzky
   
 

“… sólo se pueden crear cosas de valor allí donde se encuentra una resistencia de la materia o de las personas a quienes van dirigidas (…)
Por tanto, hay que buscar para la creación terrenos nuevos, para volver a encontrar la dificultad,
 la situación de peligro imprescindible en la producción de toda obra seria y responsable
”.
Stanislaw Lem

Todos parecemos saber qué es la psicosis, pero sobre todo creemos que eso es, que implica un ser. Decimos de tal o cual que es un psicótico. Presumimos una ontología en el diagnóstico. Le atribuimos el ser a ese término (así como a otros de la nosología: también decimos que se es1 neurótico, histérico u obsesivo, y así siguiendo). Y acentuamos que si alguien es psicótico, lo fue siempre y lo será para siempre. Redoblamos la cuestión ontológica sumándole esa nota de eternidad inmutable. Y a partir de ahí engendramos toda una serie de supuestos (igualmente eternos e inmutables) acerca de cómo y qué implica ese ser psicótico.
Pero dejemos de lado, al menos por un momento, en qué nos basamos para hacer ese diagnóstico y por qué, y detengámonos en un hecho. Existe una considerable cantidad (y calidad) de sociedades, asociaciones, grupos y colectivos en los que participan sujetos que solemos calificar o diagnosticar como psicóticos.

Las sociedades en las que participan psicóticos pueden haber sido forjadas con el propósito de que estos, los psicóticos, se vean beneficiados de una u otra manera por el funcionamiento de esa agrupación. O sea, han sido hechas para los psicóticos por otros sujetos que, presumiblemente, no caen bajo esa denominación diagnóstica.
Pero también la experiencia nos demuestra que, históricamente además, existen y existieron un sinnúmero de instituciones, organizaciones y demás en las que los psicóticos toman parte, no necesariamente como protagonistas ni como usuarios sino simplemente así: siendo parte de esas organizaciones sociales. Esta lista abarca tanto estructuras religiosas de todas las índoles y orientaciones (desde la Iglesia Católica hasta la Escuela Científica Basilio, suponiéndolas como los extremos de un amplísimo espectro que agrupa desde las religiones organizadas y milenarias hasta las pequeñas sectas sostenidas por un puñado de devotos, incluyendo grupos sincréticos o heréticos, organizaciones espiritistas, cientistas, teosóficas, etc.), como agrupaciones políticas de todo tipo, clase, color y orientación, hayan estado entronizados en poderes omnímodos y de apariencia eterna o hayan conformado grupúsculos efímeros de iluminados de vanguardia. Un amplio, inabordable espectro. Al que debemos agregar toda índole de instituciones: educativas, asistenciales, científicas (entre las cuales las instituciones psicoanalíticas no tendrían un lugar menor), etcétera.

¿Cómo articular este hecho con la tan aseverada imposibilidad del psicótico de establecer un “lazo social” (lien sociel, dice Lacan)? O sea con la célebre afirmación de que el psicótico está en el lenguaje pero no en el discurso, por lo que “no hace” lazo social. ¿Qué quiere decir esto, de dónde proviene? No nos ocuparemos ahora de ese análisis, sí de algunas de las consecuencias de esa estocástica de la exclusión que hace recordar el éxito de la noción bleuleriana de autismo como la que mejor definiría el ser esquizofrénico.2

¿Hacen lazo social los alcohólicos que anónimamente se reúnen día a día? ¿O los feligreses que concurren regularmente a su parroquia, sea esta religiosa, política o psicoanalítica? Porque sabemos que entre esos feligreses… están los que son psicóticos. Solo parece faltar una asociación que se llame “Psicóticos Anónimos”.
La experiencia dice de numerosos casos de sujetos que caen bajo el diagnóstico de psicosis que no sólo forman parte de instituciones de toda índole sino que el hecho de hacerlo se puede convertir en algo fundamental en sus vidas. Y que si algo los priva de esa posibilidad, pueden ocurrir catástrofes subjetivas de todo tipo.
Hay que destacar que la participación de estos sujetos no suele pasar desapercibida, o al menos que en algún momento deja de pasar desapercibida. Y que cuando eso ocurre muchas veces el desenlace comporta la expulsión o exclusión de la institución de la que se trate.

Es tan curioso como patético que los únicos lugares de donde los psicóticos no son expulsados, sean los servicios hospitalarios para aquellos considerados “crónicos”3. Esta manera de considerar la psicosis es vecina y solidaria con la de la psiquiatría –y, en rigor, dependiente de sus desarrollos–. En vez de hablar de forclusión del Nombre del padre la psiquiatría definió y sigue definiendo a la psicosis en términos de pérdida o carencia del sentido, de la razón, de la realidad. Y avanzó, a lo largo de dos siglos, en una concepción de la psicosis como un modo degenerado, deteriorado, deficiente, universalmente carente, de la personalidad o del psiquismo. A lo que se suma la idea de enfermedad crónica y destructiva de lo que pudiera haber de “humanidad” en el paciente afectado, empobrecedora y deteriorante hasta llegar a convertir al individuo (o sea, al “ex­-individuo”, dado que se encuentra cada vez más dividido, disgregado, desarticulado, escindido) en una masa amorfa de movimientos mínimos centrados y cerrados sobre sí mismo. Proceso inevitable, propio del curso natural de esta enfermedad y que los medicamentos pueden enlentecer precariamente pero no evitar.

Claro que no se trata de rechazar el trabajo y el legado de la psiquiatría. Por ejemplo, la pulcra descripción que hizo, por ejemplo, un Kraepelin de los modos de presentación clínica de la locura. Su trabajo, así como el de tantos otros clínicos, permite delimitar con precisión la diversidad que alberga el campo de la psicosis. El problema no es la descripción ni la delimitación del grupo. Lo que adquiere función de fantasma es la hipótesis de que se trata de una enfermedad esencial que implica un desvío irreversible que no puede sino llevar hacia la pobreza y el deterioro bajo cualquiera de sus formas. Este fantasma es compartido por los psiquiatras y los psicoanalistas, aunque no con los mismos efectos.
En este sentido es llamativo que en el seno mismo de la disciplina psiquiátrica surja un artículo como el de Robert B. Zipursky, Thomas J. Reilly y Robin M. Murray, titulado ”The Myth of Schizophrenia as a Progressive Brain Disease4, donde se dice: “Históricamente la esquizofrenia ha sido considerada como una enfermedad deteriorante (…) Los autores de esta revisión examinaron críticamente la evidencia de los estudios longitudinales de: 1) los resultados clínicos, 2) los volúmenes de resonancia magnética del cerebro, y 3) el funcionamiento cognitivo. (…) [y] llegaron a la conclusión que la mayoría de las personas con esquizofrenia tienen el potencial de lograr la remisión a largo plazo y la recuperación funcional (…).”
Sería interesante que los psicoanalistas también nos podamos interrogar acerca de los efectos del fantasma de la cronicidad y el deterioro, contrastándolo con lo que la práctica nos enseña. Porque parece haber dos modos de leer los hechos de la práctica: 1) una que se asienta en pensar lo que tendría que haber pasado o sido y ni pasa ni es, lo que lleva a la visión (“clínica de la mirada”) de que algo no hay allí, o sea que se trata de una estructura deficitaria con respecto a otra que no lo sería. O 2) considerar lo que sí ocurre y poder preguntarse en qué consiste eso que ocurre y a qué lógica responde. El camino freudiano que Lacan retoma se apoya en este segundo modo de lectura de los hechos de la clínica. Donde no es cuestión de si hay (en la neurosis) o no hay (en la psicosis) sino de cómo es lo que hay, en uno y otro caso5.

Es partir de esta cuestión de método que debemos considerar las características y posible eficacia de la inclusión de un psicoanalista en el diálogo con la psicosis, en los diversos lugares donde este puede darse.
La forclusión del nombre del padre del lugar del gran Otro ha tenido una consecuencia entre otras. Al proceder a la división radical del campo entre neurosis y psicosis, se ha efectuado la enseñanza de que se es o no se es loco. En efecto a eso llegaba el “psiquiatra” Lacan al discutir con los posfreudianos que encontraban la psicosis por doquier. Pero no fue su última palabra y ya en ese mismo tercer seminario se ve que no es lo mismo “ser” que “ser loco”, el verbo en su uso copular casi desaparece. La locura es un significante cada vez menos amo gracias a uno de los programas que se dio Lacan a lo largo de su seminario: crear un psicoanálisis capaz del albergar la psicosis.
Que el psicoanálisis sea capaz de albergar a la psicosis altera al psicoanálisis y también altera a los dispositivos donde se atienden dichos psicóticos. Porque el hecho de que en el camino del psicótico se cruce un analista puede convertirse en un acontecimiento. Para el psicótico, pero sobre todo para el psicoanalista. Pero eso dependerá de lo que el analista haga con sus fantasmas.

Muchos dispositivos de atención psiquiátricos, clásicos o modernos, muchas veces se circunscriben a saber si el paciente toma o no la medicación, si la toma de más o de menos, antes o después del horario indicado, etc. Y también a controlar si su conducta es adecuada o no, si los vecinos o los familiares se quejan; en resumen, si hace o no mucho desastre. Los “trastornos de conducta” indicarían si la medicación es o no la adecuada en calidad y en cantidad. Además, los dispositivos de atención no suelen abundar. Las fallas de una red social son evidentes. En todo caso, es ahí que el lazo social no se constituye… pero no por responsabilidad de los dichos psicóticos6.
Pero, aun cuando estos dispositivos existen y funcionan con cierta eficacia, ¿de qué manera la presencia de psicoanalistas en ellos tiene consecuencias en el rumbo que estas instancias toman y en lo que hace a sus consecuencias? Dado que no es nuestro propósito negar la cuota de autenticidad y eficacia que tienen las intervenciones de la psiquiatría, sino plantear que el problema es que la pregunta acerca de lo que puede estarle ocurriendo a ese paciente, en ese dispositivo, aparece como trivial, burocrática o directamente no se formula.

La presencia de un psicoanalista en los dispositivos asistenciales instala esa pregunta y no como una curiosidad sino como el eje de una práctica. Porque, al formular esa pregunta, quien lo hace se cuenta en lo que allí ocurre. Considerar al síntoma en su envoltura formal mediante los efectos de creación que supone habilita una dimensión ética del problema clínico que la existencia del loco plantea. Esa dimensión modifica el campo de acción y los efectos de estos dispositivos.
Es notable que la reticencia de los psiquiatras o psi no psicoanalíticos a la presencia de los psicoanalistas allí, se confabula con la reticencia, a veces extrema, de muchos psicoanalistas a formar parte de equipos interdisciplinarios o a actuar en la interdiscursividad, con la excusa de que el psicoanálisis es en sí mismo (nuevamente la cuestión ontológica) y no debe entremezclarse con otras prácticas, porque de hacerlo terminaría desvirtuándose o diluyéndose. Dejaría de ser.
¿No es esto tener muy poca confianza en la práctica del psicoanálisis? Práctica que, lo sabemos por muchos testimonios, no se reduce a la presencia de un analista y un analizante en un lugar cerrado cuyo mobiliario básico es un diván y un sillón. ¿Qué nos hace creer que no podría haber psicoanálisis en un grupo de lectura de diarios, o en un taller de juegos, o en una salida colectiva, o en una sesión de musicoterapia, etc., etc.? Es cierto, no es obligatorio que en esas situaciones se den efectos analíticos. Tampoco es obligatorio ni necesario que eso ocurra en un diván. Pero el hecho es que se producen, en ambos casos.

Sin embargo, lo más interesante es que lo que podemos dar cuenta acerca de las experiencias en cuales se aprecian los efectos de la inclusión de psicoanalistas en dispositivos de esta índole, instigan a preguntarnos acerca de cuál es la operación, el acto, la intervención que el psicoanálisis habilita y produce.
En tanto el analista hace algo con los fantasmas de la pobreza, el deterioro y la fijeza, la práctica con la psicosis, y en especial en los dispositivos “no convencionales”, nos enseña acerca de qué se trata en la psicosis, pero sobre todo acerca de lo que la práctica misma del psicoanálisis se ha traído de la nave de los locos.
________________
1. Me siento tentado de escribir “és”, acentuando la cuestión del ser. Una grafía desprolija pero tal vez acertada, aun como chiste, modo del decir o del escribir.
2. Es notable todo lo que surge al contrastar ese “ser esquizofrénico” con el “dicho esquizofrénico” al que Lacan ubicó en el mundo. Sobre todo en el equívoco que se da en el pasaje del francés al castellano: el dicho: así nombrado/llamado / el dicho: efecto (olvidado) de un decir.
3. E incluso en la actualidad, cuando se confunde desmanicomialización con recortes presupuestarios, o con negocios inmobiliarios, esto no es del todo así.
4. “El mito de la esquizofrenia como una enfermedad cerebral progresiva” en Schizophrenia Bulletin. Volumen 39, número 6, página(s) 1363-1372. Se lo puede leer en http://schizophreniabulletin.oxfordjournals.org/content/39/6/1363.full
5. Un claro y bello ejemplo de este camino es el modo de pensar la diferencia entre neurosis y psicosis en el artículo que lleva ese nombre. Cf. Freud, S. (1924a) “Neurosis y psicosis”, en Obras Completas, Amorrortu, Buenos Aires, 1976, págs. 161-176
6. No porque no existan los centros de acogida, ni las casas de medio camino, ni los hospitales de día, ni los dispositivos interdisciplinarios e interdiscursivos (desde proyectos de talleres con capacitación y salida laboral hasta otro tipo de proyectos como radios, grupos de teatro, talleres de escritura, etc., que si existen es debido, en su mayor parte, a iniciativas de algunos colectivos que funcionan aisladamente y que deben luchar contra la oposición y obstaculización de burocracias varias cuando no contra el rechazo decidido de ciertos estamentos.). Pero son a todas luces insuficientes y precarios, carentes de verdadero apoyo y del soporte de un proyecto que los dinamice.
 
 
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