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   Los fantasmas del analista

Deseo del analista... un deseo sin fantasma
  Pero... ¿vive acaso el analista sin fantasma? Y... ¿qué función cumple durante la cura?
   
  Por Silvia Amigo
   
 
La única herramienta técnica para conducir un análisis es un deseo muy peculiar, adquirido hacia el final del análisis. Se trata del archicitado deseo del analista. Singularísimo, este deseo no se sostiene en fantasma alguno. Puesto que proviene justamente del atravesamiento del fantasma primordial, ese que sostiene el deseo en un escenario donde se suman 1 más a (esto es, se representa que hay relación entre sujeto y Otro), pero donde a la vez el padre que nos castiga, ese que hacemos existir en la trama del fantasma, se obstina en restar (ficcionamos que lo hace él, El Padre, gozándonos) 1 menos a, haciendo que no haya relación. Mientras esté vigente este fantasma aseguramos conseguir goce “en la escala invertida de la ley del deseo”. Goce fálico a través del cual, aquejados del minus de goce que padecemos por habitar el lenguaje parásito, nos consolamos con nuestro plus de jouir. Debemos esta formación nuclear al padre… del que debemos desasirnos para no ser eternos niños.

Primordial, este fantasma logra que se liguen nuestras cuerdas entre sí, y los unos a los otros, por el amor al Padre: de ahí que atravesarlo implica abandonar, respecto del padre, una religio infantil.
Hendido este bastión, podrá advenir un deseo que no aspira a obtener goce en escala alguna, aunque no se trate de ningún deseo “puro”. Sí, abre al enigmático “amor sin límites” que menciona Lacan1 y que ha hecho correr un pequeño río de tinta. Otra vez: no se trata de ningún amor “superior”, mayor que el habitual, mucho menos “El Amor” sino de uno que no conoce el límite del golpe del padre.
Este deseo peculiar, que el procedimiento del pase (aunque criticado, hay miga para extraer allí) intenta formalizar, debe de regir la conducción de un análisis. Por ello es a la vez herramienta técnica y reaseguro ético, enlazados en un nudo que no puede desolidarizarse en la práctica analítica. Técnica y ética son una cara moebiana en psicoanálisis; así como con toda facilidad y hasta cinismo se desolidarizan en el discurso de la ciencia!

Transmitido exclusivamente en el análisis del analista (aunque no despreciemos aquí en lo más mínimo los otros pilares de su formación) este deseo no sostenido en fantasma alguno deja surgir algunas preguntas pertinentes. Por un lado Lacan desde muy temprano criticó duramente, y con toda razón, la noción de contratransferencia, que en este contexto podríamos definir como la trabazón interfantasmática entre analizante y… ¿analista?
En cuanto se roza, en cambio, la noción de resistencia se ingresa en un terreno más ríspido. Pareciera que Freud la hubiera ubicado en el analizante: en su yo, su superyó, su ello; siempre interrumpiendo el trabajo analítico. Lacan, por su parte, fue taxativo: la resistencia es la del analista. Desde luego lo es de modo deletéreo cuando de contratransferencia se trata. El clinch interfantasmático de la dupla (aquí vale el término dual) es responsabilidad del fracaso de la cura y sólo es atribuible al analista, teniendo derecho el analizante de hacer jugar su fantasma en medio de la cura en la medida que lo precise, para hacerlo oír, ver, tornarlo patente.

No podría hacérsele reproche alguno por esta eventualidad. Pero… ¿qué de la resistencia? ¿Se trata acaso de la misma situación? Utilizando su “único invento” el analista francés postuló en el lugar de agente del discurso analítico al analista mismo como semblante de a. Pero a es el lugar mismo de la detención de la fluidez del relato, es el escollo a la deriva asociativa… Entonces, si excluyéramos que el analista ingresara con su goce fálico, el que le asegura su propio fantasma de sujeto (como quien dice de “civil”)… ¿cómo no pensar que su resistencia es parte crucial de las curas que dirige? Pongamos algunos puntos en claro, al menos un tanto. No puede no suceder que el fantasma del analista (el que llamáramos más arriba de su condición “civil”) esté perpetuamente fuera de juego. Cuando está en juego, su cuerpo siente el rayo del goce fálico que lo atraviesa también cuando escucha a su analizante. Si su análisis lo ha conducido al deseo del analista, se desasirá con facilidad, ésa que le ha aportado ese fin, de ese goce para hacerse engarce2 del objeto a del que hará semblante, pudiendo llevar adelante el acto analítico. Afirmamos que no puede estar abolido el fantasma y su goce fálico aun en el final del análisis del analista. Todo el peso ético del deseo del analista se asienta en esta capacidad del analista de usar el goce fálico que atraviesa su cuerpo no como la ocasión, tal como lo dijera Freud, de “sentir un agradable cosquilleo”3; sino el momento de percibir su resistencia… al goce fálico para que pueda hacerse presente el semblante de a. Haciéndose engarce, montura del objeto que “el sujeto no es en tanto no es el falo”4. Recién entonces el analizante podrá agujerear su identificación al padre, al falo, y alcanzará su verdad de objeto que fuera para el Otro en los momentos de su alienación, de su pasaje al acto estructural. En otras palabras, comenzará a reescribir horadándolo, su fantasma.
El maestro vienés nos legó un historial donde el sujeto, “Hombre de las ratas”, así nombrado por el analista que escribe su caso, dándole el nombre del objeto que no dejaba de ser para el Otro, según se dedujo en su análisis, hasta que la labor analítica incidiera: una rata (retenida en la ampolla rectal del padre) intercambiada por unos florines que su madre le daría su progenitor. Identificado al padre, este pequeño se creía destinado a la gloria del gran hombre o del criminal destacado. Pues es así que el historial permite describir… al propio padre.

Es en su síntoma obsesivo de la improbable deuda imposible de saldar con el teniente A, ese que el “teniente cruel” (que, como el soberano, como el padre, “no se puede equivocar”) había señalado como pagador inverosímil de sus lentes; que con intermitencias se deja escuchar la cuestión de las deudas de juego y honor jamás saldadas por su padre (¿gran hombre o criminal?) con el regimiento al que pertenecía (Spielraten) de la de la palabra empeñada a la mujer amada y abandonada bien cerca del altar (Heiraten), la de los plazos incumplidos para saldar sus hipotecas y plazos (raten) los bebés (ratitas, ratten, en el alemán ordinariamente usado) intercambiados por florines en el pacto de factura anal que selló su nacimiento. Toda esta secuencia de letras ciñe el objeto a que nuestro sujeto es, en tanto no es el falo. En tanto no lo es, perforada esa identificación, puede emerger alguna idea de lo que el sujeto fue llamado a ser.
Consideremos ahora, en cambio, la experiencia frustrada del mismo maestro, (al que también le debemos la franqueza con que nos comenta, nos lega sus desaciertos) con la así llamada joven homosexual. Recordemos la consulta de los padres por la suicida niña doliente que padeció de un desamor materno muy bien descripto por el mismísimo Freud cuando comenta las entrevistas preliminares con su agudeza clínica habitual. Sus padres, en cambio, sólo registraban la molestia social que acarreaba su descarado cortejo de la cocotte. Dos palabras, apenas sobre la Liebesversagung, el rehusamiento o frustración de amor. Esta rehusamiento resulta deletéreo, no siéndolo la frustración de goce, una de las figuras inaugurales de la falta. “Desamor” no implica más o menos palabras tiernas dedicadas al sujeto, más o menos mimos (aunque pueden ser agradables), sino que “amor” señala el reconocimiento de la dignidad del otro como sujeto, lo que impone al Otro que de él se ocupa un detener ante esa dignidad el goce que lo haría presa indigna. Entre las diversas variedades del desamor podemos también contar con el abandono (sólo se abandonan objetos que consideramos propios y descartables) y la falta de augurio para el crecimiento sexuado. Pues bien, nuestro maestro vio claro que esta combinatoria de desamor hacia la niña en apuros estaba en curso cuando entrevistó a los padres. Y lo dejó consignado negro sobre blanco en el historial que nos legara.

Ahora bien, mientras este difícil análisis trascurre (bien sabemos los analistas la dificultad sin par de un análisis “por encargo”) resulta que en vez de validar este desamor como verdadera herida y tratar de coadyuvar a la rotación de la pequeña de la posición de objeto sobrante, deyecto molesto, hacia otra eventualidad para su devenir… nuestro maestro siente el agradable cosquilleo… ¡del orgullo! ¡Pero si acaba de descubrir el complejo de Edipo (cuya versión invertida aún no había visto la luz)! Cómo privarse del goce (fálico) de espetarle una preformateada interpretación edípica a esta niña en la única sesión en que es franca, llora angustiada y describe la indisimulada preferencia, las ventajas de todo tipo que la madre dispensaba a sus tres hermanos varones. Freud le dirá: usted se queja de su madre porque preferiría ocupar su lugar a la vera de su padre. ¿Fin de toda posibilidad de que la cosa funcione? Aún no: Aparecerán los “sueños mentirosos”, último intento de la joven de sacudir, da hacer conmover al satisfecho Herr Proffesor. Picado ahora por el cosquilleo del orgullo herido, Freud no hallará (como lo hizo tantas otras veces) la vía de encontrarse con ese objeto a deducir que el analizante fue y del que hacemos de montura. El análisis encalla, y en este caso, para siempre. La oportunidad se ha perdido. Ha ganado el fantasma aun no atravesado del analista, lo que le cerrará el camino para hacerse objeto en semblante de aquello que el sujeto fuera desde aun antes de ver la luz.

Respecto de esta jovencita Lacan tampoco sale indemne. En su brillante tratamiento del caso durante su cuarto seminario, no vacilará en calificarla de homosexual, cuando en verdad el único diagnóstico que la niña aceptó le fue ofertado por uno de los médicos que la asistiera en uno de sus tres tentativas de suicidio: asexual. Y así era. La joven quería amar y ser amada, quería aquello que le faltó en los inicios. Para desear sexualmente (hombres o mujeres) hubiera necesitado llenarse, por así decirlo, de la libido sexual de la que el amor del Otro le hubiera permitido replecionarse. Dado que ese amor da (lo que no tiene) y no pide devolución en especias. Hubiera tenido alguna chance de haberse encontrado un buen puerto vía el amor de transferencia si este hubiera sido interceptado por el deseo de analista que, esta vez, ¡hélas!, faltó a la cita. Baste leer la fulminante y certera crítica que dirige al profesor la joven, llamada por sus biógrafas Sidonie Csillag.5
Qué decir de los vulgares fantasmas de los analistas de todos días: que el paciente se vaya y nos abandone su persona y los ingresos que nos depara, que moleste demasiado, que nos perjudique cometiendo un pasaje al acto público y oneroso o un acting out molesto. Que hable mal de nosotros, que juzgue para mal lo que vislumbra de nuestra vida privada, de nuestros eventuales traspiés…

Si bien un analista con suficiente oficio ha dejado caer como obstáculo insalvable estos escollos, que pueden poner en jaque a un joven practicante, no habría problema si se presentasen… en tanto y en cuanto apenas hubieran producido el cosquilleo que mencionáramos más arriba, la operatoria de vaciamiento de goce fálico y la aparición del engarce de a se presentaran de la mano del deseo del analista, ese que se sostiene sin fantasma en el momento en que es requerido y durante el acto del que es fuerza de tracción. Fuera de esas circunstancias, aun atravesado, el fantasma, claro que con mucha más souplesse, se rearma y sostiene tanto el deseo (el de “civil”) ése que se debe al padre del que se puede prescindir… sirviéndose de él, como el alcance de goce fálico. Dado que nadie, por supuesto tampoco el más excelso analista, vive inmerso en el éxtasis perpetuo del Otro goce aun cuando se hallase en el tramo final de su análisis. A pesar de que, si ha concluido su análisis, no vivirá constreñido por sus fantasmas únicamente al goce fálico que este le provee.
__________________
1. Así lo hace en el apartado cuarto de su Seminario 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Paidós, Buenos Aires,
2. Véase Paola, Daniel, La resistencia del analista. Editorial Peperina, Buenos Aires, 2013.
3. La cuestión del “agradable cosquilleo”, ése al que el analista no debe ceder, es reportado por Freud en “El amor de transferencia”. Que el lector no se confunda. No se trata sólo ni principalmente del cosquilleo del deseo sexual, aunque pudiera serlo. Se trata de cualquier indicio de goce fálico que nos provee el analizante. Resquemor, desagrado, rabia, orgullo teórico o cualquier otro, etc. Allí la exigencia ética se deja sentir con todo su peso. Es ese el momento de poner a jugar el deseo del analista, virando la nave del análisis hacia el puerto del semblante de a.
4. Lacan, Jacques Lángoisse Seuil, Paris.
5. Voigt, Diana y Rieder, Inés. Sidonie Csillag: La joven homosexual de Freud, El cuenco de plata, Buenos Aires, 2004.
 
 
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