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   Colaboración

Posiciones del hombre frente al amor
  Por Carolina Rovere
   
 
Como la dimensión amorosa se teje en la trama misma de la neurosis, el problema del amor siempre se presenta con la modalidad típica de la histeria u obsesión. La histeria se queda con las ganas en el amor, sosteniendo siempre que existe una mujer que las tiene todas; y el obsesivo sufre en secreto haciendo de su vida un viacrucis permanente que hace imposible acceder al objeto que causa su deseo, en pos de un Otro absolutizado.
¿Pero por qué el amor es un problema? Amor y castración van de la mano, el amor implica siempre un encuentro con la propia falta: “me haces falta” se dicen los enamorados. Y esto en los hombres tiene una relevancia sustancial: reconocerse en falta es feminizarse.

1. Corazas para el amor: el cálculo, lo efímero, el rechazo, el seguro contra todo riesgo. Si la posición frente al amor es siempre femenina, por estructura representa una dificultad mayor para hombres que para mujeres, aunque estas no se quedan muy atrás, sobre todo en estos tiempos en donde encontramos una tendencia creciente a la virilización en el mundo femenino, tal como lo sostiene Lêda Guimarães.1
Un hombre que se asume enamorado corre un alto riesgo: castrarse. Cuando el hombre es tocado por el amor muchas veces no puede tolerarlo, en este caso se ubica al reparo permaneciendo en una posición que lo resguarde. Protegerse contra los riesgos que ocasiona enamorarse es una respuesta típica en los hombres y el mejor antídoto es construirse una coraza protectora que puede adquirir múltiples modalidades de presentación.
El cálculo: es una situación muy común y la encontramos en toda la epifanía de argumentos que los hombres construyen para no involucrarse con una mujer que les interesa, es muy probable que el cálculo sobrevenga cuando ya el hombre ha sido tocado por una mujer que le importa, aunque también se puede ubicar en toda la sarta de pensamientos que impiden el acceso a ella, con muy buenos argumentos y tal vez los mejores, que abonan la idea de mantener distancia. Esto da como resultado que no pueda llamarla, ni decirle nada o mostrar algún signo de interés. Situación que aleja a cualquier mujer que pretenda tener una relación estable con un hombre, ya que este accionar abona la idea de no ser deseada.

El obsesivo va en el sentido contrario al objeto que causa su deseo. Bernardino Horne tiene una formulación bien precisa, nos dice que “La neurosis obsesiva es una burocratización de la fobia”. Es una manera clara y certera de presentar a la obsesión hermanada con la fobia, es decir con un disfraz de enredos laberínticos que preservan al sujeto del encuentro con la falta. Pero, ¿cuándo se precisa de una fobia? La fobia se instaura cuando el sujeto se encuentra con una falta que tiene para él estatuto de abismo, es decir de ilimitado y el peligro es perder el ser bajo el signo del fantasma de devoración, como nos enseña Lacan en el “Seminario 4”. A la hora del amor, el obsesivo teme ser devorado por un Otro que desea. Por eso es mucho más fácil, para él, someterse a cualquier requerimiento que se imponga dentro de los cánones de la demanda y evitar encontrarse con la mujer de sus deseos, o por qué no de sus sueños.

Otra forma de presentación de esta caparazón es lo efímero, muy frecuente en las relaciones de hoy en día, en donde abundan los encuentros ocasionales, el acceso rápido, lo pasajero y lo fácilmente olvidable. Son estas, todas formas de preservarse o de no involucrarse en una relación en donde el deseo esté comprometido. Tal vez sea esta la nueva vestidura del anacrónico “don Juan” que, como posición viril o masculina hoy la encontramos tanto en hombres como en mujeres.
Hablemos del rechazo; en realidad este se presenta bajo una modalidad renegatoria: hacer como si nada hubiera ocurrido y afirmarse en la convicción de que la vida puede seguir perfectamente bien, igual que antes. Lo que está renegado en este caso es el “acontecimiento” amoroso. Para mí es Alain Badiou quien lo explica de la mejor manera: “El amor se inicia siempre con un encuentro. Y a este encuentro yo le doy estatuto –de alguna manera metafísico– de acontecimiento, es decir, de algo que no ingresa en la ley inmediata de las cosas”2. “El encuentro entre dos diferencias es un acontecimiento, algo contingente, sorprende. Las sorpresas del amor”3. El movimiento renegatorio es un empeño en no dar lugar, porque como dice Badiou, todo acontecimiento no ingresa ni encaja en la ley inmediata de las cosas, es decir en nuestro mundo previo. Por eso un encuentro-acontecimiento divide el tiempo en un antes y un después. Muchas veces se requiere de gran coraje para asumir los efectos de ese encuentro que cambia con lo pre-establecido y con el programa calculado de antemano.

Pero vayamos ahora al seguro contra todo riesgo, término que emplea Badiou en su Elogio del amor. Muchos hombres y también mujeres, intentan hacer del amor un lugar de seguridad absoluta en donde el riesgo sea cero, así intentan construirse un modo “seguro” de vincularse que proteja, a los seres atravesados por la sexuación, de la posibilidad de enamorarse. Nos propone los siguientes eslóganes: “¡Tenga el amor sin el riesgo!”, “¡Se puede estar enamorados sin caer en el amor!” “¡Usted puede enamorarse sin sufrir!” 4 Pero bien sabemos que el amor riesgo cero es otra cosa que amor.

La clínica nos puede graficar algo de lo planteado hasta aquí. Veamos un caso: Se trata de una relación que “funcionó” durante años sin ningún compromiso de ambos, se llamaban semanalmente o quincenalmente generalmente muy tarde, es decir no dando lugar a ningún programa sino como si fuera algo espontáneo, se da cuando se da. El problema se suscitó cuando ella empieza a darse cuenta que él le importaba, y allí las cosas cambiaron radicalmente para ambos. Cuando ella se dio cuenta que comenzó a involucrarse mucho, le dijo que se iba a alejar y el hombre la dejó ir. Él no pudo-quiso asumir compromiso alguno, con su deseo. Este caso de la clínica es bastante común y podemos –seguramente al leerlo– encontrar distintas resonancias en situaciones similares. Por ejemplo es muy frecuente en hombres casados que se vinculan con otra mujer “aclarando”, de antemano, que no van a llegar muy lejos en un compromiso, cuando en realidad después se verifica que esta relación llegó muy lejos en el tiempo, calidad o en la frecuencia de encuentros. ¿Cómo se puede decir a priori cómo uno se va a manejar con un amor? ¿Cómo calcular anticipadamente los efectos que va a tener el Otro sobre uno?

2. ¿Qué es una mujer para un hombre? Lacan nos propone dos premisas como respuesta a esta pregunta. En el “Seminario RSI” dice: “¿Qué es una mujer (para quien está estorbado por el falo)?: Es un síntoma”5 Formulación muy interesante porque sabemos que el síntoma es una formación del inconsciente, y si una mujer entra a formar parte del inconsciente del hombre, quiere decir que él se ha sentido tocado por ella. Y es así como se manifiesta en sus retoños: una mujer es sueño, es síntoma, es acto fallido, es lapsus. El deseo del hombre por esta mujer es más que claro. Pero, hay que poder admitirlo.

Luego en el Seminario “El sinthome”, nos dice que la mujer es para el hombre su sinthome6. Acá ya hemos avanzado en la formulación y la ubica como el nudo que anuda a un hombre. ¡Qué lugar! Aunque es importante precisar que el sinthome, cuarto nudo que hace que lo real, simbólico e imaginario se mantengan juntos, puede adquirir distintos valores. Por ejemplo en el caso Schreber, el amor a su mujer cumple una función de estabilización subjetiva. Pero también el sinthome es el broche que se construye como resultado de un análisis, es decir: el goce como broche que anuda al sujeto cuando pudo salirse de la lógica que sustenta la neurosis. En este último caso es el lugar más preciado que podría tener Una mujer para un hombre.

3. Con-sentir al amor, Con-sentir, escrito así, nos lleva a un doble movimiento: por un lado el del consentimiento, en este caso al amor, y por el otro lado a la decisión de “sentir con” eso.
Antes hablamos de coraza, ahora la propuesta es el coraje como actitud necesaria en un hombre cuando una mujer se vuelve inolvidable. No todos los hombres pueden ni quieren con-sentir, ya que esto implica un profundo compromiso ético. Ya sabemos que el deseo no es cómodo, siempre se requiere pagar por él, cuesta.
Cuando un hombre se dispone al amor, los efectos de alegría y entusiasmo se manifiestan rápidamente, pero cuando puede con-sentir al amor y deponer sus defensas, los beneficios son mayores no solo para él sino para quien elije caminar a su lado. Estos que ahora son Dos, diferentes pueden construir juntos un nuevo andar que no es la sumatoria de uno más otro, sino algo nuevo que surge y se arma entre uno y otro. Uno no es siempre el mismo con cada pareja que tenga, uno es cada vez algo distinto y algo parecido, abrirse a un nuevo amor es construir un nuevo espacio común.
Para que esto sea posible el hombre debe declinar algo de su interés fálico, es decir: feminizarse. Feminizarse en el amor no implica ser afeminado. Feminizarse es una posición que al hombre lo enriquece y le suma virilidad. Es la decisión de con-sentir al encuentro con el otro y hacer de ese encuentro una experiencia inédita, única. La característica principal del amor que toca una verdad es la novedad.
Cuando Una mujer cree en su hombre y sabe de su dificultad, puede ayudarlo, si él lo permite, a salirse de su rigidez y de su armadura defensiva. Ella debe creer en él y él con-sentir a ella y a lo femenino que le despierta; él debe dejarse llevar por su amor. Poder consentir al acontecimiento amoroso, como encuentro siempre contingente, requiere de una posición decidida frente al amor que deje atrás el modo neurótico de existir.
_____________
1. Lêda Guimarães, “El estatuto de la feminidad en nuestros días”, en Revista Logos N°7, NEL-Miami, Buenos Aires, Grama Ediciones, 2012.
2. Alain Badiou, Nicolás Truong, Elogio del amor, Buenos Aires, Paidós, junio de 2012; Página 34.
3. Ibídem.
4. Ibídem; página 16.
5. Jacques Lacan, Seminario RSI, Clase del 21 de enero de 1975. Inédito.
6. Jacques Lacan, Seminario El Sinthome, Buenos Aires, Paidós, 2006; página 99.
 
 
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