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   Conceptos fundamentales del psicoanálisis

Deseo del analista y abstinencia (tercera parte)
  Por Luciano Lutereau  y Lucas Boxaca
   
 
En 1911, Freud publica “El uso de la interpretación de los sueños en psicoanálisis”. Encontramos en este escrito una extraña declaración:

“Quien aborde el tratamiento analítico querrá obtener la interpretación más completa posible de cada sueño que el enfermo le cuente. Sin embargo, pronto se notará que se mueve en unas constelaciones sumamente diversas, y que si quiere llevar a cabo su designio entra en colisión con las tareas más inmediatas de la terapia.”

No obstante, ¿a qué dificultad se refiere?

“Luego de los primeros esclarecimientos, la producción onírica es tan copiosa, y tan vacilante el progreso del enfermo en el entendimiento de los sueños, que el analista no puede apartar de sí la idea de que ese ofrecimiento de material no sería sino una exteriorización de la resistencia, luego de experimentarse que la cura no puede dominar el material que así se le brinda. Y de esta manera, la cura se ha quedado rezagada un buen trecho respecto del presente y ha perdido el contacto con la realidad.”

El analista ve entonces cómo la burocracia onírica invade poco a poco el espacio de la cura: ¿a qué se debe este curioso fenómeno? Tal como es presentado y descrito, el fenómeno es resultado de lo que en el diccionario analítico es designado como “resistencia”. No obstante, ¿cuál es el núcleo del motivo por el que los pacientes atiborraban de sueños a Freud?
Quizás en el consejo que Freud trasmite logremos aislar un retorno de aquello que está en la causa del detenimiento. La indicación no es otra que la de guiar la escucha de acuerdo con la regla fundamental:

“A semejante técnica [el abarrotamiento onírico] hay que contraponer esta regla: para el tratamiento es del máximo valor tomar noticia, cada vez, de la superficie psíquica del enfermo, y mantenerse uno orientado hacia los complejos […] casi nunca será lícito demorar esta meta terapéutica en aras del interés por la interpretación de los sueños.”

¿Por qué Freud desestima el interés que le pueda causar el trabajo analítico de los sueños? ¿Por qué eso daría la salida? Podría argumentarse que allí no hay más que el precepto genérico de la abstinencia “de denegar las satisfacciones que más intensamente reclama” el paciente –según la expresión de “Nuevos caminos de la terapia analítica” (1918)– pero hay algo más. Continuemos con la descripción del “procedimiento” del cual Freud se sirve para ubicar ese elemento:

“¿Qué hacer con la interpretación de los sueños en análisis? Más o menos esto: Uno se conforma cada vez con los resultados interpretativos que pueda obtener en una sesión, y si no alcanzó a discernir por completo el contenido del sueño, no anota esto como una deuda […]. Por lo tanto, no se hace excepción a la regla de tomar siempre lo primero que al enfermo se le pase por la mente, aun a costa de interrumpir la interpretación de un sueño. Y cuando los sueños se vuelvan copiosos y extensos, uno renunciará entre sí de antemano a una solución completa.”

Por lo tanto, ¡no se trata tanto de que el paciente tenga que renunciar a “una satisfacción sustitutiva en la cura” sino que el que debe renunciar es el analista, a su propio interés por el jeroglífico que el sueño constituye! ¿Resultaría inverosímil pensar que los sueños a Freud “le llovieran” por su deseo articulado a la condición de “inventor del método que resuelve el enigma de los sueños”? No por nada la indicación técnica culmina con una mención directa de un sucedáneo del deseo:

“En general, hay que guardarse de mostrar un interés muy especial por la interpretación de los sueños y de despertar en el enfermo la creencia de que el trabajo se quedará por fuerza detenido si él no aporta sueños.”

Retomando las reflexiones que nos ocupan en el presente artículo, la abstinencia –desde esta perspectiva– es “uno de sus principios soberanos de la cura” pero no debe pensarse que se trata de un principio que recae exclusivamente sobre el analizante, sino que al mismo tiempo rige sobre el analista y sus pasiones. Dichas pasiones no necesariamente son aquellas ruidosas como el amor y el odio sino que bien pueden ser aquellas silenciosas que se disfrazan de preceptos doctrinarios. Quizás sean estas pasiones las más difíciles de sortear, si el analista no se destituye como sujeto, a la hora de ocupar el lugar al que es llamado en el dispositivo, volviéndose así causa de la resistencia. Tal como lo dice Freud en “Puntualizaciones sobre el amor de transferencia”:

“No son las groseras apetencias sensuales de la paciente las que crean la tentación; ellas provocan más bien el rechazo y hace falta armarse de tolerancia para admitirlas como un fenómeno natural. Son quizás las mociones de deseo más finas, y de meta inhibida, […] las que conllevan el peligro de hacer olvidar la técnica y la misión médica a cambio de una hermosa vivencia.”

Lo desarrollado hasta aquí nos lleva a concluir que para hablar de la abstinencia en sentido estricto, es necesario referirse en un sentido positivo a un evento particular acontecido en una cura dada, en tanto que su sentido propiamente analítico es una plasmación del acto y no una forma deontológica abstracta que el analista debería adoptar.
 
 
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