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   Determinismo y Elección

Elección y experiencia de la castración
  Por Raúl Yafar
   
 
I. Insospechadamente en el Seminario 16 Lacan retoma el tema de la elección en la neurosis: “si tomamos las cosas en el nivel del viraje decisivo que constituye biográficamente el momento de eclosión de la neurosis, vemos que se ofrece una elección, y lo hace de manera tanto más apremiante cuanto que ella misma determina ese viraje” (las cursivas son mías).
Examinemos más en detalle esta proposición: el momento de la eclosión de la neurosis implica un viraje, un desvío, una deriva, una variante ante algo que se bifurca, y en este movimiento vale hablar de una elección. De inmediato veremos cuál.
Pero, además, tenemos que destacar dos detalles: 1) ésta se realiza con apremio –expectativa angustiada, diría Freud–, lo que la hace necesaria; y 2) ella misma –es decir, esa elección– es ya una determinación, porque el viraje que se produce es consubstancial con ella. Un movimiento, digamos, “deter­mi­nado” –por lo tanto, direccionado– se especifica gracias a ese acto electivo.
¿Se elige, para Lacan, entre qué dos opciones? Una opción es lo que se “presentifica” para el sujeto: el punto de imposibilidad (o de infinito) “introducido por la proximidad de la conjunción sexual”. En términos del Lacan posterior se presentificaría, en esta primera alternativa, la experiencia de la imposibilidad de la relación sexual.
La otra opción es la correlativa: “proyectar” esa imposibilidad leyéndola como insuficiencia, cosa que se justifica en la infancia, pero es “evitación” neurótica ya en la adultez, cuando es posible el ejercicio de dicha experiencia castrativa. Claro que esto conllevaría la angustia concomitante a la vida pulsional.
Como sea, el viraje que se elige determina que esa insuficiencia “enmascare”, dice Lacan, la imposibilidad.
Tenemos aquí el carácter de máscara, de semblante, de escenografía que la insuficiencia le ofrece a la neurosis: estamos en el terreno del fantasma como andamiaje-sostén del deseo, cuando éste fracasa en la conjunción sexual.1
La máscara del fantasma como “muleta del deseo” –decía Lacan dos años antes–, supliendo y revistiendo, con sus simulacros, los avatares de la insuficiencia… para que la imposibilidad no se note.
La experiencia de lo imposible de la relación sexual –es decir, la vida pulsional como trazado en acto–, difícil de soportar, se sustituye mediante la repetición de un fracaso, donde las significaciones siempre ubican al sujeto en un lugar de desecho insuficiente.

II. Veamos una ilustración clínica brevísima: una joven ha tenido dificultades para desprenderse de una figura paterna excesivamente erotizada a lo largo de muchos años de conversaciones intimistas –el tono sigiloso de esa complicidad será crucial–.
Por fin, se decide a comenzar una pareja con un muchacho extremadamente hipoafectivo y silencioso. En la vida sexual ella es dominante. Teatralización y exageraciones, dirigidas a la mirada de un hombre impasible. Él alcanza una satisfacción leve y rápida, mientras que ella no siente ninguna sensación de ningún orden. Actúa, eso sí, todo lo que supone que es deseable para un hombre.
Uno de los motivos de su consulta es la frigidez, otro es la elección de hombres poco participativos y comunicativos, sin empuje laboral, sexual o discursivo alguno.
Tras el encuentro de los cuerpos, él se queda dormido rápidamente. Entonces ella tiene el rito de ir al baño donde encuentra una satisfacción autoerótica. La escena fantaseada es violenta: un grupo de hombres rudos la posee. No la lastiman, pero no tienen miramientos a la hora de satisfacerse con su cuerpo. El coito es clásico, con ella debajo e inmóvil. Hay mucho “murmullo” de fondo, pues los hombres hablan entre ellos, aunque no dicen nada en especial, más bien hacen comentarios breves y descriptivos sobre la intensidad de la situación. Hay ruido ambiental, que proviene de las calles cercanas, aunque ella no tiene modo de realizar un llamado de auxilio. Hay un matiz sordamente pesadillesco, pero el goce masturbatorio es intensísimo.

Vemos al partenaire sexual multiplicado, segmentado en varios personajes, dando mayor intensidad a la escena, al mismo tiempo que es notorio que no basta con un solo personaje para hacerla sentir algo. La tiene que tomar una turba anónima y desubjetivada. El instrumento fálico también está multiplicado y es obvio en su presentación. Pero el sonido de fondo alimenta sigilosamente el verdadero desenvolvimiento de su goce, bien contrapuesto a la mudez de su pareja.
Vayamos a la estructura de lo que ocurre: lo primero que resalta a la lectura es la duplicidad de las escenas. Hay una escena neutra en la cama y otra candente en el baño, hay dos planos antinómicos. Lo que caracteriza el cuadro de la situación es que el despliegue del encuentro potencialmente amoroso está apartado del escenario del goce.
Los términos no son los del atravesamiento de una experiencia radical de la imposibilidad en la relación (rapport) de goces –lo que sólo se atestiguaría en un coito más logrado–, sino los de un desdoblamiento donde se objetiva la insuficiencia del desempeño de los dos partenaires de la pareja –sea por falta de intensidad, por inhibición o por desconexión con respecto a sí mismos–. Esto representa una anulación de la castración estructural.
1) En la soledad del baño ella es objeto de un número de hombres, de cada uno en serie, pero están desubjetivados: ninguno la conmueve, sólo la gozan. Es de todos y de ninguno. Como en toda escena de promiscuidad, la mujer está en la mira del Padre.

El deseo de la histérica es el deseo del Otro Paterno, pero a nivel imaginario. El “buen” Dios que la entrega pero no la suelta, pues ella no goza de y con la singularidad de “su” hombre, sino que es presa del “hombre-en-sí”. Detrás de la serie de hombres decididos está “El” hombre en bruto, el Hombre-Uno (con mayúscula) al que se entrega en la ensoñación… mientras es poseída por todos esos “lejanos” que no significan nada.
Marquemos la soledad del baño, a escondidas de la castración. La escena es aparentemente masoquista, pues es violada “a placer” de los otros, pero ser tenida por cualquiera es ser de nadie, es estar aún al cobijo del Otro paterno. El todos-nadie es sostén de su deseo “solitario”, deseo sin comedia, deseo como voluntad pura escenificada en su fantasma. Ella es objeto del Amo-único desde (y en) un goce frío y cerrado. Como el padre no cae, el objeto de su goce no se vacía, persiste sin juego discursivo, apuntalado en un señuelo espeso y opaco, en este caso sonoro: el objeto invocante se despliega en la extensión de un marco que ella misma administra.

2) En la cama está su pareja monogámica, un hombre-uno (con minúscula), un hombre común, pero con nombre propio, en una relación historizada, en un lazo social de pareja, opuesto a la puntualidad reiterada de cada masturbación, en la que es gozada por los anónimos. Pero aquí no siente nada, ella es Otra en su actuación casi paródica. El vínculo se sostiene en la insatisfacción sexual, ella puede deambular dentro de un show unipersonal, ofrecido a la mirada impávida de su hombre, pero ese deseo que se desliza y dura –como dura la relación de pareja a través del tiempo– no tiene consistencia de goce, no tiene corte orgásmico, sólo hace al aburrimiento y a la mostración sin gozo.

Vale la pregunta de si ella adopta la estrategia para poder estar con alguien en pareja, para sostener a este hombre, pese a que le resulta altamente insuficiente para la satisfacción sexual o si, por el contrario, un hombre así, tan alicaído, es un buen sostén para su compulsión perentoria masturbatoria al servicio del soliloquio paterno.
Por otro lado, ella no le cuenta a él de su “vicio” privado, cuida el lazo afectivo de la posibilidad de la irrupción de esa “cosa” que pende por fuera de su amor: sólo la reserva para la intimidad del baño. En realidad se aman y no han de separarse, planean proyectos futuros –comprar casa, emigrar al interior, tener un hijo–. Pero el deseo para alcanzar el goce dependería de algún rasgo parcial que fuera, proveniente de él, condición de su satisfacción de mujer. Pero ella no incorpora “eso” de él, permanece fiel a la separación entre goce y deseo, entre Uno y uno, entre Padre y hombre. El Padre no la lleva al altar donde su hombre la espera.
La diferencia sexual está separada del goce: él no es su hombre, sino que goza de su show; ella no es su mujer, él no la hace gozar sino que ella goza –solitaria– el goce de Todos.
Ella sostiene una relación con un hombre retraído, al que desea pero insatisfactoriamente. Lo cuida para no desilusionarlo y no le cuenta de su dificultad sexual. Y se cuida para no poner en riesgo su falta ante él. Y al mantenerlo en la ignorancia no apuesta a un hacer –algo– con él, para él, desde él, a través de él –donde experimentaría las contingencias de algún otro deleite–.
Tenemos entonces un fantasma consistente, no sexuado, en estado de compactación, donde ella es “víctima”, reducida a objeto sin implicación subjetiva. Y el único goce es repetir esa escena en su imaginación.
Como en los fantasmas de fustigamiento el escenario es extenso y consistente. Pero en la escena de sexo real, la demanda del otro no se contesta con un goce que manifieste la castración de cada uno. El muchacho la quiere y se supone que aspira al disfrute compartido. Pero todo queda en el goce preliminar: sólo en la imaginación es sacudida por la intensidad. El carácter ajeno de la acción le permite decirse a sí misma: “yo no lo quise, pero me forzaron...”. Y agreguemos, lo hicieron esos “enviados del Otro”. Esto no le impide sentirse miserable al salir del baño.
Donde estuvo lejos de su hombre. Y a salvo de él.

III. Volvamos al fragmento inicial de Lacan. Éste agrega luego algo más: hay una elección también del analista, sólo que en él es escapatoria, pretexto o excusa. En sus términos: “la coartada que la imposibilidad obtiene de la insuficiencia es también la inclinación que puede escoger la dirección, como la llamé, del psicoanálisis”.
Eso nos lleva a algunos años más atrás aún, al Seminario 10: Lacan retoma allí el término de degradación (Erniedrigung) que usa Freud, pero lo resignifica de otro modo. Está indignado cuando escucha “argumentos” que intentan justificar la permanencia de traspiés en las relaciones entre el hombre y la mujer, pero verificándolos gracias al “malentendido” significante –que es estructural– y así fundamentar la necesariedad de los fracasos y desengaños de cada uno.

Paradójicamente la insuficiencia neurótica se disfraza de imposibilidad “obligada”, fundamentada por la teoría psicoanalítica.2
Califica de envilecedor el efecto de esas opiniones, es decir, abusos de la teoría para racionalizar problemas personales, que así intentarían ser diluidos. Estas se ubican “más acá” de lo que intenta teorizar: “hablar de malentendido no es hablar de fracaso necesario”. Y se distancia de ello afirmando que, aún en el seno de la falta de “complementación genital”, es posible llegar al goce “más eficaz” por las vías mismas del malentendido.
La experiencia de castración –el orgasmo es la única experiencia donde la angustia “se completa”– se marca en el sujeto mediante el ejercicio singular de la pulsión en el coito: ésa es la otra cara de la no-relación-sexual.
Si la neurosis es la evitación angustiosa de esa experiencia de lo imposible reduciéndola a una insuficiencia, sintomática o no, del partenaire o del propio sujeto; aquí los analistas usan asimismo la teoría de Lacan como coartada para sus propias dificul­tades.
Lo que tiene consecuencias en los padecimientos de los analizantes: no profundizando la intelección teórica de la neurosis, se argumenta con una lectura “neurótica” de la teoría, es decir, una lectura homeomorfa de la elección neurótica que hemos estudiado.
Sólo que adecuada (y soportablemente) revestida con máscaras –esta vez– freudo-lacanianas.
__________________
1. Ver FANTASMA en-el-borde-de-la-neurosis, Raúl A. Yafar, Ricardo Vergara Ediciones, 2012.
2. Algo semejante ocurre cuando se justifican –apelando a Freud, en este caso– los percances sexuales apelando a que “algo” en la pulsión misma la hace incompatible con la satisfacción. Nada más lejos del “goal” lacaniano devenido barradura del sujeto.
 
 
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