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   Determinismo y Elección

Duelo por el destino, destino del duelo
  Por Marcelo Negro
   
 
I. Lo que sigue es producto de una investigación en curso.
Encontrará el lector un territorio clínico siempre complejo (cuerpo, soma, psicoanálisis), duro de articular, donde una incursión por la bibliografía específica muestra las mismas preguntas repetidas sin cesar. Indudablemente se trata de lo real y de los límites de la formalización. Una viñeta funcionará como soporte de elucubraciones, conjeturas propias o prestadas; quizás los devaneos necesarios a todo work in progress.

II. M. viajó de joven a Israel para desarrollarse profesionalmente. Le fue bien, muy bien. Un trabajo que le gustaba, buen dinero. Según cuenta, no sin nostalgia, una vida feliz. Se casó allí con su actual esposa.
La decisión de volver a la Argentina, en medio de dicha bonanza, estuvo sostenida en dos motivaciones:
un pedido de su padre para que regrese y lo ayude en su empresa (iba a estar mejor junto a él);
que su hijo, aún no concebido, el hijo por venir (el hijo porvenir), no muera en la “eterna” guerra con los palestinos, cuando por edad y obligación le pudiese corresponder ser parte del servicio militar obligatorio.

La vida al regreso tiene sus idas y vueltas familiares, comerciales… No pocas decepciones.
La empresa del padre no funcionaba tal cual éste se la describió: muchas deudas, la economía crítica del país... Hubo que cerrarla. Deudas impagas.
Algunos emprendimientos propios que quisieron tomar cierta envergadura, también fracasaron: problemas con los socios, la economía crítica del país, cierres. Deudas impagas.
Tuvo con su esposa dos hijos: un varón y luego una mujer, cuatro años menor.
Atiendo a H., su hijo: una enfermedad oncológica atípica para un joven de su edad (19 años) finalmente termina con su vida. Una enfermedad atípica por su edad y, según dichos de los propios médicos, por la violencia de su presentación: en pocos meses lo condujo por un cruel sendero somático y psíquico, puro dolor de existir, al desenlace fatal.
En función de su duelo, a pocos meses del deceso del joven, M. consulta conmigo.

III. Es común, en los dispositivos interdisciplinarios de cuidados paliativos, que los que sobreviven al “ya muerto” consulten con el mismo analista que atendió al por entonces gravemente enfermo. Más aún si hubo entrevistas familiares o personalizadas con ellos, en función del trágico momento personal y familiar.
Será trabajo necesario ubicar las variables de dicha demanda. Diferenciar entre, para mencionar una situación habitual, lo que sería una demanda de análisis, de lo que puede ser, y muchas veces es, la interpelación a un “testigo” del drama, al que sabe por profesional y porque estuvo allí, al que “se quedó” con algunos secretos o palabras del fallecido…
Tomo a M. en tratamiento.
IV. La posibilidad de acceso a un “doble material psíquico” (hijo/padre), puede poner al analista en una perspectiva más que interesante para escuchar la transmisión generacional de fantasmas, mandatos, traumas familiares, ideales, silencios.
Este doble divisadero tiene el riesgo de coagular sentidos en función de analogías rápidas o cierto uso simplificado del par causa/efecto, en desmedro de nuestra causalidad psíquica que no es simple ni aristotélicamente eficiente. Desde este doble divisadero, un cálculo simple se hace presente, riesgoso por su tentadora evidencia: H. muere a la misma edad que, fantasma paterno mediante, le hubiera correspondido morir en el campo de batalla.
La misma edad… ¿Casualidad? ¿Destino? ¿Causalidad?
Causalidad: ¿Conjetura meramente imaginaria o pregunta clínica con peso específico propio?

V. Es importante puntuar algunos ejes del trabajo de duelo de M., típicos y no tanto.
Enojo con Dios. Mudez dolorosa.
Fluctuación entre una figuración obscena (inspeccionar con sus ojos el cuerpo putrefacto de su hijo) y un velo apaciguador (la bella piedra que es vestidura de su última morada).
Exilio: el mundo dividido entre aquellos padres que tienen a sus hijos y aquellos que los perdieron. Como un paria lleva el peso de la pérdida. Con vergüenza. (“Le será preciso aprender, reaprender, día tras día, semana tras semana, mes tras mes, que va a tener que nadar lo mejor posible en este exilio eterno, en calles llenas de padres, de hijas (hijos) de otros padres.”1)
El enojo con Dios no discurrió hacia cierta aceptación, inevitablemente dolorosa, de lo sucedido (“Dios me lo dio, Dios me lo quitó”, aquiescencia a una ley natural inexorable), sino que permaneció como un afecto asociado a un despojo del que fue víctima. Aquí, detención del trabajo de duelo.
(Carta de Freud a Pfister del 27 de enero de 1920: “La pérdida de un hijo parece ser una ofensa grave, narcisista; es probable que lo que se denomina duelo no venga sino después”.)
Intento de un después:

VI. “Y en medio de todo eso, de repente/ me caigo/ me hundo,/ soy solo/ la sombra de la sombra/ del que camina allí/ solitario, del/ que está inscribiendo en mi tierra/ con unos pasos muy pesados/ el veredicto:/ en todo lo que existe,/ en todo lo que existe/ (ahh, mi niño/ pequeño, mi preciosa-/ pérdida)- en todo lo que existe/ desde ahora/ resonará el eco/ del no existir”.
En Más allá del tiempo, David Grossman, escritor y poeta israelí, le intenta poner letra al eco del no existir; un intento de elaboración de su preciosa-pérdida. El 12 de agosto de 2006 Uri Grossman, su hijo, cumpliendo con el servicio militar obligatorio, muere en el sur del Líbano, cuando su carro de combate es alcanzado por un misil de Hezbolá.
M. encuentra en Grossman a un par:
M. = Grossman
H. = Uri
El exilio es menos solitario.
También encuentra la letra que puede ayudarlo a escribir su propia pérdida, la vorágine de recuerdos, de vacíos que acechan detrás de cada puerta, en cualquier horizonte.
Grossman “sabe” (doble inscripción psíquica del escritor): Y juntos/ nacimos/ al otro lado,/ sin/ palabras, sin/ colores, y aprendimos/ a vivir/ el negativo de la vida. […] Eso es lo que te pasó a ti: has caído/ fuera del tiempo, del tiempo/ en el que yo me encuentro/ pasando/ ante ti: una figura/ está sola/ en un muelle/ una noche/ cuya negrura/ se ha derramado de ella/ hasta dejarla vacía./ Te estoy viendo, hijo mío/ pero no te toco./ No te toco/ con las antenas de/ mi tiempo”.
M. incursiona, a través de esta poética intermediación, en el campo de batalla en el que su hijo nunca estuvo… Y sin embargo: “Murió con las botas puestas, como un guerrero”. La caída en combate de la que lo quizo librar, finalmente sucedió.
Y M. vuelve, sin conciencia en principio del atajo tomado, a la encrucijada de su decisión original: la sustracción de su hijo al Dios de los Judíos. (Abraham huyendo antes que el mandato del Señor se haga oír.)

VII. La misma edad… ¿Casualidad? ¿Destino? ¿Causalidad?
La casualidad, predicada como contingencia, impondrá al sujeto un encuentro con lo real de una pérdida inesperada. Será con sus marcas subjetivas que el sujeto hará un trabajo de duelo que, sería de esperar, lo saqué de su obsesión con el cadáver, lo devuelva a la vida aún sin él, lo devuelva al tiempo.
¿Qué decir sobre el destino?
Aún en su laico uso cotidiano, es difícil despegar de este concepto su origen teo-teleológico. O ya está escrito, voluntad del Señor. O es un efecto de lectura: “estaba escrito…”, cumplió su destino”.
O es una enunciación que sostiene una creencia, retórica performativa: quién de nosotros, los argentinos, no tiene por sabido ya, ¡y que la realidad lo desmienta!, que estamos “condenados al éxito” (ex presidente dixit)…
Hay un solapamiento posible entre destino y determinismo que nos concierne en el psicoanálisis: solemos llamarle, con sus diferentes matices clínicos, compulsión a la repetición. Concepto donde resuena lo ya escrito, que no tuerce su eficacia subjetiva si no opera, sobre dicho texto, una intervención que invite a construir una diferencia, una salida de un goce parasitario; un punto apaciguador, un punto y aparte, una coma al menos.
Una frase superyoica viene transfiriéndose entre las generaciones de hombres de la rama paterna, puede rastrease entre el padre de M. y H.: “hay que poner todo, poder todo, darlo todo”. ¿Quién? ¿Quién lo hará? ¿Quién se sacrificará? ¿A quién se sacrificará?
(Freud: “Así, el superyó del niño no se edifica en verdad conforme al modelo de sus progenitores, sino según el superyó de ellos; se llena con el mismo contenido, deviene portador de la tradición de todas las valoraciones durables que se han reproducido por este camino a lo largo de las generaciones.”)

VIII. La cuestión del determinismo psíquico de la enfermedad de H., eso sí nos convoca a un arduo trabajo teórico-clínico.
Conjeturas: Una deuda impaga en el origen: un hijo sustraído ab initio a los designios del destino. ¿Estaba escrito en el A que esa deuda debía pagarse? ¿Ya estaba el misil significante incrustado en el cuerpo de H., esperando la hora de explotar? ¿Cómo es que esa deuda se paga, que pudo inscribirse en el cuerpo de H. al punto de quitarle la vida “a su debido tiempo”?
(Así como algunos colegas se inclinan rápidamente por rubricar estas hipótesis –la mitad de la biblioteca–; para plantear estas preguntas hay que poner en suspenso también la duda fácil o la sonrisa socarrona de otros, tributarios de un psiquismo solipsista, a pesar de lecturas indubitables de Freud y Lacan -la otra mitad de la biblioteca-.)
Un pensamiento teórico y clínico que aborde las preguntas arriba explayadas, nos pone en la senda de un determinismo a lo Jean Guir en su libro Psicosomática y Cáncer2 (“El sujeto se constituye en el representante orgánico de una historia de los cuerpos de su linaje, haciéndose eco de la aberrante inscripción que consignan los significantes de su filiación”, p. 22. El autor también habla de “significantes fechables que constituyen para el sujeto el cifraje de un real […]”, que se activan ante determinados acontecimientos. Además: “Rupturas específicas de la estructura del nombre propio y especialmente de su degradación en nombre común”, p. 7).
De cuño lacaniano, Guir es un autor llamativamente poco retomado en los textos actuales.
También aquellos colegas que trabajan con el conjunto temático: configuraciones vinculares, tendrán mucho para decir, sostengan su producción en la obra de Lacan o no. “Tópica intersubjetiva”3 es, para el caso, un constructo teórico interesante de estudiar, sobre todo para ubicar el impacto en los cuerpos (o no) de ciertas relaciones de linaje.
La investigación en curso no reniega ni desdeña de otros paradigmas, menos aún si el encuentro con los mismos interroga los propios conceptos fundamentales.

IX. Nuestro método no nos autoriza a ir más allá que lo que la clínica específica del caso (o los casos) pudo elaborar. Así pues, de acuerdo con lo consignado en parágrafos anteriores: determinismo incomprobable.
Los hilos del tratamiento de H. no llegaron a un mojón tal que, por ejemplo, se encontrase un posible consentimiento (o asentimiento) subjetivo al pago de una deuda, vía ofrenda de su propia vida. Si un real somático desplegó su virulencia destructiva, o si un factor psíquico dio cuenta de un destino pulsional específico, tanático, no podemos saberlo a partir de H. (Más bien se trató con él de un trabajo arduo: joven mortalmente herido, presa de una enfermedad aberrante, y afectado por la espesa angustia de la muerte propia y un sufrimiento que parecía sin límites.)

VI. El doble divisadero nos hace ahora volver al duelo de M.
¿Qué es un hijo? ¿Qué es un hijo para un padre? ¿Qué es un hijo para este padre?
Mi niño pequeño, mi preciosa-pérdida: sí. El hijo “joya” (sic): sí. El hijo promesa (la promesa que todo hijo es…): sí.
Y también, el hijo que aún en su lecho de muerte, debía seguir poniéndolo todo, pudiéndolo todo, dándolo todo…
No habrá para M. duelo posible si el trabajo no hace mella en esa omnipotencia paterna que no sólo es deseo amoroso de todo padre (salvar a un hijo de la muerte, siempre) sino narcisismo omnisciente: arrebatarle premeditadamente un hijo al destino, el padre que haría posible semejante proeza, el que todo lo puede…
_______________
1. Raimbault, Ginette. La muerte de un hijo. Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión, 1997, p. 76.
2. Guir, Jean. Psicosomática y Cáncer. Buenos Aires: Ediciones Paradiso, 1984.
3. Gomel, Silvia. Transmisión generacional, familia y subjetividad. Buenos Aires: Lugar Editorial, 1997.
 
 
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