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   Saber de la historia

La estirpe sugestiva
  A propósito de un ensayo de Santiago Rebasa (segunda entrega)
   
  Por Mauro  Vallejo
   
 
En 1958, y a cambio de una suma de dinero demasiado suculenta, Jean-Paul Sartre acepta escribir un guión para el director de cine John Houston.1 El filósofo francés cumple con su parte del contrato inicial, y al año siguiente entrega la primera versión del guión sobre los tempranos pasos de Freud en el mundo de las neurosis. La película se estrena finalmente en 1962, con Montgomery Clift en el papel del psicoanalista. En el ínterin Sartre rompió relaciones con el director, y ha renunciado a que su nombre aparezca detrás de la producción cinematográfica. Mientras el autor de El ser y la nada, se arrepentía de haber invertido su tiempo en intentar convencer a los americanos, Anna Freud ponía su grito en el cielo al saber que el director pensaba otorgar el papel de una de las pacientes de Freud a Marilyn Monroe.

Sería ridículo esperar del guión sartreano una fidelidad obsesiva a las fuentes históricas. Los milagros no existen, y los pocos meses invertidos por Sartre en la lectura de la biografía de Jones y de la primera edición de las cartas a Fliess, dieron por resultado un relato que comete, en más de una ocasión, descuidos imperdonables si se tratara de un historiador. La fortaleza del único escrito freudiano de Sartre debe ser buscada, empero, en otros elementos. Por ejemplo, en el clima dramático que permea sin respiro las primerísimas páginas. De hecho, el guión arranca en los pasillos de un hospital de Viena, con una mujer que padece de ceguera histérica y que, ante la negativa del jefe Meynert, espera ser ingresada en la institución. Sartre pinta a Meynert como un médico racionalista y obcecado, que se burla con desprecio de la pobre paciente, a la que acusa, ante la mirada obediente de sus alumnos, de simular vilmente sus molestias. A pesar de que al día siguiente debe tomar el tren que lo llevará hacia París, Freud se encuentra entre los jóvenes que rodean al maestro. A diferencia de ellos, el futuro creador del psicoanálisis cuestiona los diagnósticos lanzados por Meynert sobre los síntomas de la histérica, y se atreve a realizar in situ unas sencillas manipulaciones que muestran a las claras que la paciente no simula en lo más mínimo. Meynert, derrotado pero sin perder su aplomo, sonríe y le pide a Freud que lo alcance luego en su oficina. Allí tendrá lugar un diálogo que, por sí mismo, alcanza para hacer del guión de Sartre una pieza digna de su autor. Si comparásemos el escrito de Sartre con la obra magistral de Jorge Baños Orellana, podríamos decir que esa Novela de Freud tiene todos los puntos débiles de los que La novela de Lacan carece –porque, afortunadamente, bajo este último puente pasaron las aguas de Benjamin, Barthes y lo mejor de los estudios literarios–, pero que también goza de la maestría en la utilización de los recursos narrativos que su autor supo tomar de la literatura que eligió –en el caso de Sartre, como ya sabemos, Flaubert y Zola son los dos únicos nombres que cuentan–. En aquel encuentro inicial entre Meynert y Freud, el maestro juega sus mejores cartas para disuadir a su discípulo de no tomar el tren hacia París. Le pregunta, con tono impaciente, por el impulso que lo mueve a cometer la locura que está a punto de forzar un rumbo en su vida: ir a estudiar al lado del “charlatán” de Charcot, que pierde su tiempo en barbaridades como la histeria y, peor aún, la hipnosis. Esa jugada está perdida de antemano. Meynert lo sabe, y por ese motivo deja para el final su estocada más incisiva: acorrala a Freud diciéndole que si abandona su sueño parisino, podrá reemplazarlo sin dilación en su puesto docente. Freud agradece con sincera emoción el ofrecimiento, pero no piensa deshacer sus valijas.

Sartre no se equivocó al elegir esa escena como punto de partida de su guión. En efecto, los meses en París significarán para Freud uno de los pocos acontecimientos de una vida sin demasiados sobresaltos. Los días junto a Charcot le permitieron la introducción perfecta al mundo de la hipnosis; al lado del maestro francés aprendió el valor patógeno de las representaciones. De ahí a Bernheim había sólo un paso, que no tardó en dar. El invento de Freud sería la eterna reelaboración de esas lecciones.

El ensayo de Santiago Rebasa nos introduce, desde otro ángulo pero con iguales beneficios, a esa historia primigenia. Al subrayar que en la reseña freudiana de Forel de 1889 recae sobre la figura de Meynert una operación fundacional del psicoanálisis, Rebasa nos allana el camino para poner de relieve otra operación que vertebra con igual fuerza los primerísimos cimientos del edificio del inconsciente. Nos referimos a la necesidad apremiante que Freud vivenciaba de colocar su labor bajo el influjo asegurador de un maestro. Los grandes cismas de la aventura freudiana pueden ser decodificados también como los afanosos ensayos por hallar una estirpe distinta.

Al contrario de lo que deja traslucir Sartre, es probable que Freud haya dejado Viena, a fines de 1885, con una sensación de inseguridad. Meynert le había asegurado hasta ese entonces la certeza de pertenecer a una estirpe gloriosa, la de la anatomía del sistema nervioso (en lengua alemana). Pero Freud sentía ya la necesidad de mudar de familia, y fue a París con esa sed del huérfano, pero sin la conciencia clara de lo que iba a buscar. Y allí encontró un padre, y no uno cualquiera. Se trata, lamentablemente, de una época poco conocida de la vida de Freud, sobre todo por la escasez de fuentes. De hecho, apenas regresado de París, el médico de Viena publicó poco y nada; en mayo de 1887 brindó dos conferencias sobre hipnosis, que no se han conservado. La publicación de las cartas a su mujer, comenzada hace poco, quizá ayude algún día a despejar las muchas incógnitas que persisten sobre esa etapa vital. Lo que es seguro es que, para espanto de su antiguo maestro, el nuevo Freud se había tomado tan en serio sus aprendizajes en Francia quien ahora comentaba a todo el mundo acerca de las bondades del hipnotismo terapéutico. Se mostraba entusiasmado incluso con su aplicación en terrenos problemáticos; a comienzos de 1887, por ejemplo, llegó a publicar una breve reseña, ciertamente positiva, de un ensayo en el que un colega relataba cómo el uso de la hipnosis había servido con éxito para devolver la audición a algunos niños sordos de nacimiento...2
________________
1. Sartre, Jean-Paul (1959) Freud. Un guión. Madrid: Alianza Editorial; 1985.
2. Freud, S. (1887) Referat über Berkhan, “Versuche, die Taubstummheit zu bessern, und die Erfolge dieser Versuche”. Zentralblatt für Kinderheilkunde, vol. 1, no. 6, pp. 36–7.
 
 
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