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   Conceptos fundamentales del psicoanálisis

Los usos del caso clínico (PRIMERA PARTE)
  ¿Por qué seguir leyendo a Freud?
   
  Por Marcelo Mazzuca  y Luciano Lutereau
   
 
Ya no vivimos en la época de los historiales freudianos. Desde hace algunos años, la difusión de la experiencia psicoanalítica se realiza a través de “viñetas”, “recortes”, “fragmentos”, a expensas de que incluso Freud tituló el caso Dora a partir de su carácter fragmentario. Por lo tanto, no es una razón de extensión lo que diferencia la clínica freudiana de los modos actuales de comunicación de la experiencia, sino la selección y el recorte de uno o más fragmentos de un material que sin embargo no se mide respecto de ninguna totalidad.

En todo caso, todavía en nuestro tiempo se confunde la clínica con la experiencia misma, y se la considera como la mera enumeración de referencias a tratamientos, se la reduce a “atender pacientes”, y se olvida que el clínico es el que, a partir de reflexionar sobre su acto, se preocupa por la transmisión de ciertas coordenadas que, en una cura, implican movimientos de esa posición ante el conflicto que Lacan llamó “sujeto”.
Desde este punto de vista, el historial freudiano no es una vieja forma renovada de la “historia clínica” (de la medicina) que recolecta y reúne datos que se suponen objetivables; es un dispositivo propiamente analítico que permite elaborar la experiencia en términos de un saber reacio a la objetivación, que a diferencia de la ciencia no forcluye al sujeto.

De ahí que la distinción principal entre lo que entendemos en psicoanálisis por un caso clínico y otros modos de testimoniar la experiencia radica en que aquél no sirve como ejemplificación. Un caso no se escribe para verificar un saber disponible, sino para esclarecer algún punto oscuro que, en la experiencia misma, empuja hacia el concepto, fuerza a repensar nuestras nociones habituales, obliga a reconocer que –en la práctica del psicoanálisis– siempre somos principiantes, al menos en el sentido de remitirnos permanentemente a los principios freudianos que guían su accionar, como aquel que propone abordar cada caso como si fuera el primero.
Con mayor precisión, debería añadirse que si un caso clínico no sirve de ejemplo, es porque se constituye como ejemplar, es decir, reclama para sí la apertura de un modo de pensar ciertos momentos de la experiencia y adquiere estatuto paradigmático. De ese modo, no hay mejor caso que el de Dora para pensar en la histeria; ¿por qué? ¿Cuál es el objetivo de Freud en la presentación de este informe? Como lo dice desde un comienzo, su objetivo es dar cuenta de cómo los sueños se engarzan en el curso de un tratamiento y, a continuación, exponer la génesis y ensambladura histérica, pero no a partir de un saber previo ni con la intención de acomodar cada nuevo tratamiento de histeria al modelo predeterminado. Por el contrario, ya desde las primeras páginas notamos que la teoría del trauma formulada en “Estudios sobre la histeria” le trae problemas a Freud; quien, cuando finalmente consigue que Dora cuente la escena de la tienda, ¡por fin!, le permite a su joven paciente hablar de aquello que más le interesa: las aventuras del deseo de su padre.

Dicho de otro modo, Freud no escribe el caso Dora para corroborar un saber sabido, sino para dar lugar al despliegue de un relato que permite advertir cómo y en qué punto su teoría fracasa al intentar dar cuenta de una experiencia a partir de la cual se abre un nuevo movimiento.
De la misma manera, tampoco debería creerse que Freud utilice esa referencia casuística para ubicar las diferentes instancias de un mecanismo anónimo, ni para reducir su perspectiva de análisis a una mera delimitación de una categoría psicopatológica.

Por el contrario, cuando Freud analiza el síntoma de la afonía de Dora nos muestra una actitud particular de la histérica ante el amor, que actualmente sigue vigente: amar a la distancia, a partir de la necesidad de que el otro no esté presente para de ese modo no sentirse “ahogada”, para poder así “extrañar”, “añorar”, buscar “refugio en las fantasías” o apostar al goce propio de las “reminiscencias”. Es en ese punto donde el clínico podría preguntarse y preguntar: ¿no es algo triste amar una ausencia? ¿No es algo insatisfactorio requerir que el otro no esté para necesitarlo? Y en última instancia, ¿no es acaso triste, insatisfactorio y cobarde (es decir, neurótico) preferir el mutismo del síntoma que el abismo de la palabra de amor? Más allá de la respuesta, y de las ráfagas de prejuicios que pueden inmiscuirse en el accionar del analista, Freud no aplica un mecanismo: construye una posición subjetiva, un cierto conflicto con el amor.
Lo mismo podría decirse respecto del síntoma del asco. En absoluto se trata de que Freud suponga que Dora debería haber sentido placer ante el beso de un hombre como el Sr. K, o al menos no es eso lo determinante. Se trata más bien de interrogar un modo particular de responder a partir del rechazo. La posición histérica de Dora radica en sustraerse frente a la suposición de que el Otro goza con ella: otro nombre de la posición neurótica ante el deseo. He aquí, en resumidas cuentas, el contenido de lo que Freud llamaba “fantasía de seducción”. Por eso es que puede afirmar que no dudaría en llamar histérica a cualquier persona que respondiese de este modo en una circunstancia semejante, más allá de invocar la inervación del cuerpo como condición en apariencia indispensable.

En este sentido, lo sintomático es una posición conflictiva. Y en este punto, el sujeto mismo es el síntoma, irreductible a toda psicopatología de inspiración psiquiátrica o teoría de los mecanismos psíquicos, en tanto –como suele afirmar Gabriel Lombardi–* implica la potencia electiva del ser hablante, en la medida en que se encuentra moralmente concernido con dicha situación. De ahí que el neurótico use el síntoma, y todo analista que tienda a objetivarlo recaerá indefectiblemente en hacerle el juego a esa respuesta que se presenta tan habitualmente como un “estado de cosas”, como “lo que me pasa”, como aquello que sencillamente “es así”, etc.
En resumidas cuentas, un síntoma no se tiene, se lo encarna, razón por la cual Lacan acostumbraba a decir que era objeción y no efecto. De la misma manera, un caso clínico –si se lo usa de manera adecuada– no se convierte en el efecto de una determinada teoría sino en objetor de cualquier doctrina.

Esto último es particularmente notorio en el caso del síntoma privilegiado de Dora: la tos. No sólo porque a él conducen hilos asociativos desde la afonía (incluso estaban asociados en su forma de presentación), sino porque en la tos se advierte el modo de conversación de Freud con el síntoma: a partir de la convergencia entre los reproches al padre y la aparición del síntoma, aquél postula la hipótesis de un vínculo entre ambos, cuestión que se comprueba cuando Dora sostiene que el padre era un “hombre de recursos” (que, en alemán, suena equivalente a afirmar su impotencia). Dicho de otro modo, es partiendo del equivoco como Freud logra ubicar la particular versión del Otro que importa para Dora: un Otro que desea a pesar y a partir de su impotencia. De ahí que, años después, Lacan pudiera sostener que el partenaire de la histeria es el “amo castrado”.

En definitiva, no se trata de que Freud parta del síntoma de la tos para atribuirle una fantasía –lo cual sería reducirlo a una explicación metapsicológica, útil para la teoría pero desvinculada de la praxis–, sino que encuentra en dicho síntoma la posición de Dora respecto del deseo. Una posición que se caracteriza por otorgar mayor interés a los signos del deseo del Otro antes que a la realización del mismo, posición que, en su situación, le sirve de amparo ante la elección de dejarse tomar por un hombre o bien servirse del padre como garante del refugio en la enfermedad.

* Este texto se inscribe en la materia electiva “Los usos del síntoma” (Facultad de Psicología, UBA) a cargo del Prof. Gabriel Lombardi.
 
 
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