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   Tiempos de Anorexia

Anorexia Now
  Por Silvia Fendrik
   
 
Josep Toro, el prestigioso psiquiatra conductista de origen catalán, en su libro El cuerpo como delito sostiene que la única anorexia que merece tal nombre es la de nuestra época. Luego de una exhaustiva investigación histórica y geográfica, llega a la conclusión que la anorexia se debe a los ideales de delgadez impuestos por la cultura sumados a la predisposición biológica. ¿Acaso las neurociencias no han comprobado que, en las mujeres, la restricción alimentaria lleva a una alteración del sistema serotonérgico cerebral al incidir en la producción de serotonina y por consiguiente de prolactina, cosa que no ocurre en los varones? La mayoría femenina se explica definitivamente por la conjunción entre la predisposición genética y el sometimiento a la moda actual de la delgadez. Por eso, no todas las culturas producen anorexia, se trata de nuestra cultura, porque es la única en la que existe este ideal estético, además de ser la única que cuenta con criterios para medir y diagnosticar “con objetividad” los desvíos patológicos en la alimentación que empiezan –siempre e inequívocamente– por un signo inconfundible: “Me veo gorda”.

El ¿razonamiento? conductista: un estímulo –el modelo cultural– sumado a la disposición genética produce una respuesta – “me veo gorda”. Sin embargo Toro tropezó con un contraargumento. Algunos etnopsiquiatras comprobaron que hay anoréxicas africanas que “no se ven gordas”. Ahora bien, ese contraargumento le sirve para reafirmar su tesis, ya que “como bien se sabe” la anorexia sólo existe en las sociedades de abundancia, y por lo tanto las anoréxicas africanas no “deben” ser anoréxicas... tal vez sufren hambre “de verdad”: “Es evidente que cualquier comportamiento hay que procurar entenderlo en su contexto histórico y cultural”. Por eso, cuando mencione a las famosas “santas anoréxicas” Josep Toro dirá con el debido respeto que la peculiar conducta alimentaria de esas santas mujeres se basaba en raíces religiosas... aunque sus drásticas restricciones alimentarias, sus pérdidas de peso, su obsesividad en la persecución de sus objetivos alimentarios, sus sorprendentes vitalidad e hiperactividad, dibujan sin duda un cuadro compatible con la anorexia nerviosa tal como hoy la concebimos. Pero claro, no sabemos si las santas padecían de la distorsión de la imagen corporal ni el temor a engordar que tan significativos resultan para nuestros diagnósticos actuales. Ciertamente, nada indica que los padecieran. Así pues, en la Edad Media la causa de la restricción alimentaria era de índole religiosa. Más aún, nada más alejado de “esas mujeres ayunadoras, negadoras del cuerpo, que una preocupación estética por el mismo”. “La aplicación rigurosa de nuestros criterios diagnósticos obliga a no clasificar como anoréxicos los casos ‘históricos’”. Ciertamente.

Las santas y las histéricas no eran anoréxicas tal como hoy concebimos a la anorexia. Quiero destacar aquí el término “concebimos”, porque es justamente eso, cómo la “creamos”. Toro encontró que algunas pacientes de Charcot en el siglo XIX también “se veían gordas”, pero piensa que Charcot lamentablemente hizo de este miedo a engordar aislado una generalización indebida. Por su parte Pierre Janet, que también habló del miedo a engordar como una “idea fija” de algunas de sus pacientes “histéricas”, lo único que demostró es que esta era una idea fija de... Pierre Janet. ¿Acaso en esa época el ideal de belleza no eran las mujeres rellenitas? “La falta de pruebas es contundente, sobre la distorsión de la imagen corporal en las santas y en las histéricas de Lasègue, Gull, Charcot, Pierre Janet, y... Sigmund Freud.” En éstas ni siquiera había una motivación religiosa, sino un miedo a ingerir alimentos, (de múltiples causas o de causa desconocida). Toro lamenta que los psiquiatras, y Freud en particular, no se hubieran preocupado más por los factores culturales, y se hayan –en el caso de Freud– extraviado en la “tan pasada de moda interpretación de la sexualidad” (sic). La estética de la delgadez como única instigadora del “cuerpo delictivo” del siglo XX para Toro es crucial.

Las anoréxicas comenzaron a “verse gordas”, o sea a ser anoréxicas, recién a mediados de los años ‘20. Los ideales estéticos de la delgadez ya existían en esos tiempos (como puede verse en las revistas de moda de la época) como una estética de clase alta, la única que accedía a la moda. Los medios de comunicación de masas no habían alcanzado el nivel actual, que permite la homogenización de la moda en distintas clases sociales. A principios de siglo las niñas y adolescentes de clase alta –las victimas par excellence de la anorexia mental (o histérica) desde que fue descrita a fines del siglo XIX como cuadro psiquiátrico per se– estaban bastante aisladas y eran educadas en colegios privados sin mayor acceso a los nuevos criterios estéticos, pero una vez que éstos se hicieron masivos, la anorexia se volvió epidémica.

Esta es una brevísima síntesis del fundamento al “verse gorda” como signo inequívoco de la anorexia tal como hoy la concebimos. Con los criterios actuales, las conductas de autoinanición de otras épocas, junto con las que aparecen en países no occidentales, pueden clasificarse como “trastornos del comportamiento alimentario no especificados”. (Los lectores podrán apreciar aquí la estética inconfundible de las últimas versiones del DSM)
Ahora bien: ¿qué explica que no todas las mujeres que viven en esta cultura y quieren estar delgadas y están tan bien predispuestas genéticamente, sean anoréxicas? Es sencillo: según Toro –y tantos otros– son los factores “secundarios”: familiares, personales, psicológicos, etc. Dicho de otro modo, al ser estos factores secundarios predisponentes, facilitadores, pero no causales, nos encontramos frente a una falacia inadvertida: los “factores secundarios” por suerte evitarían que todas las mujeres sean anoréxicas. A la serie causal cultura más predisposición genética hay que restarle entonces los factores secundarios. Esta es la serie, aparentemente complementaria de Toro: cultura + predisposición biológica – factores secundarios = anorexia. Espero que los lectores reconozcan en este “razonamiento”, tan lógico, y tan sencillo e impecable, la antítesis de la series complementarias propuestas por Freud para la causalidad psíquica. Recordemos que éstas no suman ni restan sino que proponen un a posteriori lógico, que no pretende predecir ni universalizar ninguna causa, ni aislarla como si fuera única. La causa única, o múltiplo de una, siempre está en el registro de lo imaginario, son las imágenes que el yo tiene de sí mismo y de sus circunstancias: padres, familia, sociedad, reclamos, quejas, autoestima, talles inadecuados, ideales culturales, “ser” mujer, etc. Etcétera. El “ni-ni”, ni “naturaleza”, ni “cultura”, que ya desde los Tres Ensayos inaugura la senda freudiana, la de la causalidad psíquica, es precisamente el camino opuesto al del Joseph Toro, el camino del “y” + “y” + “y”. ¿Y?

Frente a este cuadro de situación el remedio que propuso Toro es conocido: atacar a los medios, a la cultura, a las modelos ultradelgadas, en una palabra, hacer prevención primaria. Y una vez contraída la enfermedad, tratamientos conductistas basados en programas “personalizados” de recompensas y castigos para “reeducar” los hábitos alimentarios. ¿Qué lógica subyace a este discurso que sostiene que todas las mujeres están predispuestas bio-genéticamente a la anorexia y que los ideales estéticos producen –lógicamente– estragos irreversibles en los cuerpos femeninos adolescentes?

Si combinamos silogísticamente las dos afirmativas universales tenemos: “todas las mujeres están predispuestas genéticamente...”. “La anorexia es producida por la cultura de la imagen”. Conclusión: todas las mujeres sometidas a la cultura de la imagen son anoréxicas. Dado que las excepciones son casos particulares en los que han actuado “factores secundarios” inhibitorios, el mix de las dos afirmativas universales conduce a la siguiente falacia: o bien las mujeres no-anoréxicas no viven en esta cultura. O bien no son mujeres.

Pero la anorexia no tolera metáforas, ni chistes. Por detrás de la realidad fenoménica sin velos simbólicos, se oculta, sin embargo, una lógica aristotélico-kantiana implacable que explica que el discurso biomédico conductista y los medios de comunicación que lo reproducen se hayan apoderado gozosamente del cuerpo de las anoréxicas y no quieran soltarlo. ¿Acaso las “modelos” no comienzan a caerse de las pasarelas y a convertirse en cadáveres exquisitos en esos reality shows que día a día, o noche a noche, se ofrecen a los espectadores pasivos del festín mediático? La modanorexia es lo que se necesita corroborar cada vez que muere una modelo. Es un libreto tan fácil, tan simple, tan reducido a una sola variable, que se lo puede memorizar fácilmente. Se trata de un guión único que fabrica mujeres-masa y ahora se autoriza, en nombre de una nueva palabra clave llamada precisamente “masa” corporal, a medirlas y pesarlas como si fueran mercancías. Modanorexia (o modarexia) es el término que propongo para nombrar el “combo” que ha devenido slogan publicitario.

“¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento? ¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en información?” Estas son palabras de un poema de T.S. Eliot titulado La roca. Y... precisamente, en el tema de la anorexia nos encontramos con una roca. Nada permite la más mínima metáfora, ni siquiera una advertencia sobre la complejidad del tema, ni qué hablar sobre la antiquísima historia de la anorexia, cuando no existían los actuales cánones de belleza. La íntima relación de la anorexia con la sexualidad femenina –la que no está destinada a la procreación– también es historia antigua. Ha sido desplazada por la cantidad de calorías y la masa corporal.
En este marco “apocalíptico” estas pocas, y tal vez elementales proposiciones conciernen “aún” al enfoque analítico de la anorexia sobre el que continúo pensando y trabajando en la clínica.

1) El verse “gorda” no es una distorsión perceptual sino (el efecto de) una mirada, o sea: no se trata de una imagen especular sino de un circuito pulsional. El síntoma anoréxico muestra a un sujeto apresado en la mirada del Otro. En la metamorfosis de la pubertad la irrupción pulsional implica un pasaje por complejas transformaciones psíquicas de esa mirada, que los cognitivistas conductistas confunden con “distorsiones”. No es casual que la “distorsión” perceptual no se refleje en los espejos. La anorexia tal como el psicoanálisis permite “concebirla”, muestra “locamente” la distancia entre el yo como imagen “distorsionada”, y el sujeto del inconsciente, como espacio psíquico en el que habita el deseo. Porque el dualismo que nos concierne a los analistas no es el de cuerpo-mente sino el de yo-sujeto.

2) El objeto oral es el primero en perder su significación “comestible” ya que es el primero que entra en el circuito de la demanda, del goce, de la repetición, del síntoma.
Sin embargo no es posible hablar de anorexia sin la pulsión escópica, que es la que reduce al máximo la dimensión de la pérdida del objeto porque es la que más conserva las significaciones imaginarias. El lenguaje, a su sabio modo, lo dice: “comer con los ojos, devorar con la mirada.” La apuesta anoréxica es a un cuerpo que puede no-comer y no-morir, pero que “teme” recorrer los nuevos circuitos pulsionales que inaugura la pubertad. En la metamorfosis de la pubertad, la superficie del cuerpo, pasa a adquirir “dimensión”, afectada por las pulsiones que la“engordan”. El cuerpo toricizado o torificado asusta, y se prefiere lo “chato”, una superficie aplanada sin “di-mensión”, ya que la falta en el Otro (castración) se prefigura, se anticipa como “agujero”.

3) Los psicoanalistas no deberíamos confundir al significante “cultura” con un “socio” cultural, por más capitalista que sea, y por más estragos visibles que produzca; el psicoanálisis no ignora las determinaciones socio-culturales ni las biológicas, pero no las pone en el lugar de la causa. Lo “socio” cultural nos hace confundir yo con sujeto, subjetividad con inconsciente, cuerpo con masa, y al proponer modelos “sanoenfermos” de identidad, universaliza, masifica, homogeiniza, simplifica, sintetiza –no analiza–, arma conjuntos sin vacío. De nada sirve que digamos “las” anoréxicas en lugar de “la” anorexia, defendiendo la lógica del caso por caso, si nos asociamos, al igual que los conductistas, con el “socio cultural”. La dimensión del inconsciente freudiano, repensada y formalizada por Lacan, debería permitirnos defender –y transitar– con más seguridad la senda del psicoanálisis, sin “asociarnos” a toda velocidad –como lo exige la época– con la cultura o con las neurociencias.

De acuerdo con las enseñanzas de Freud y de Lacan, siempre que hay un síntoma debemos suponerle un sujeto que sufre al que el síntoma representa. O bien seguimos sosteniendo que el síntoma es una red significante que representa a un sujeto, o bien nos quedarnos con significados ya sabidos, alimentando, “engordando” la anorexia (¡patología actual!) con el aporte del “socio-cultural”. Prefiero repetir una vez más algo que también sabemos ¿sabemos?: la posibilidad de analizar sólo se da si el analista le supone un inconsciente al síntoma. Y concluir esta nota esperando que estas reflexiones les puedan servir como referencia de la irreductible diferencia entre el Toro conductista y el toro lacaniano. Del “Toro” que cierra la boca, al “toro” que abre la dimensión del deseo inconsciente.
 
 
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