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   ¿Volver a la horda?

El “Bicho”
  Por Valeria Casal Passion
   
 
“Al parecer, no podemos pasarnos sin el enemigo… La necesidad es connatural también al hombre manso y amigo de la paz”.
Umberto Eco, Construir al enemigo.

Llego a Santa Fe, como cada 15 días, a formar parte de la minoría porteña que se desenvuelve también profesionalmente en alguna provincia argentina. El Litoral me abrazó enseguida y de repente. No me fue ajeno el paisaje, la provincia es una gran isla encerrada entre ríos. Me devolvió la imagen de ciertos aromas, sabores y temores de antaño. Pero no soy la única que teme. Al porteño se lo incluye, se lo excluye, se lo respeta, se lo observa, se lo distingue, se lo acerca y se lo aleja; así formo parte de aquellos que no son de aquí ni son de allá. Cada vez que llego, algo les dejo, cada vez que me voy, algo de ellos me llevo; así me transformo en otro de los intrusos. “Pero el extranjero insiste y se introduce”1, dice Jean Luc-Nancy. Así lo hago y soy luego uno de ellos, ¿de cuáles? Como en otras urbes: de ellos, y de nosotros, hay muchos.

En mis años púberes jugábamos a las escondidas en el barrio. Uno de mis escondites no lo olvidé en mi vida. Por aquellas épocas estivales una plaga de cucarachas voladoras merodeaba por el barrio. Nosotros jugábamos en la oscuridad, ellas buscaban las luces. Me escondí detrás de un tapial, era un escondite perfecto, hasta que sentí debajo de mi abdomen pequeños bultos moviéndose. Decenas de cucarachas salían y entraban en una grieta de la pared. Mis agudos gritos me descubrieron, debí contar hasta cien en la próxima vuelta. Preferí estacarme en la pica. Desde entonces me repelen. Es casi cultural, las cucarachas repelen, aunque mi sensación tiene basamento fáctico.
Cuando llego a Santa Fe en primavera o verano, al bajar del micro, pareciera que una plataforma de cemento se posara sobre mi cabeza y me llevara hasta el piso. El clima casi caribeño me confirma que he llegado y que me encuentro en ese otro lugar. También advierto lo otro, de esa primera semejanza del paisaje. La cadencia y los modismos propios del lenguaje, la tonadita santafesina, la siesta que salvaguarda el cuerpo del calor a veces desértico e impone horarios a la cotidianeidad y los insectos que allí moran. Las primeras cucarachas que vi para mí no eran tales: eran dinosaurios por el tamaño y son duras de matar. Otro insecto típico y peligroso es el alacrán. Surgen debajo de las piedras o lugares húmedos, portan veneno y en ocasiones, según el huésped, pueden ser mortales. Mejor matarlos primero.

Llegaría cargada aquella tarde a Santa Fe. La Mary en el viaje anterior me ofreció que uno de sus hijos me pasara a buscar por la terminal. Lo conocí hace 5 años, a sus 13. Lo vi algunas veces acompañando a su madre mientras ella trabajaba. A veces la Mary le pedía que la ayude. Alguna vez socarronamente dije “pero el trabajo infantil está prohibido”, frase que él acuñó una y otra vez para defender su descanso.
Allí estaba el Bicho esa tarde en la terminal para ayudarme a llevar los bolsos.

Otra característica popular es el artículo antes de cada nombre, como reafirmando la identidad o la diferencia de los sexos.
“El Bicho es mi negrito lindo”, solía decir la Mary. De esa manera me lo encomendó, cuando hizo la changuita. Bicho porque era el más bicho de todos sus hijos y el más negrito. La Mary es empleada doméstica, vive con sus hijos en Alto Verde. El Bicho era hijo de un padre que no es el que vive en la casita. Son cuatro los hijos de la Mary, uno de cada pueblito donde trabajó. Volvió a Alto Verde, su lugar natal, alejándose del padre de su segundo hijo, quien descargaba su ira alcoholizada en ella y sus hijos.

Alto Verde es una localidad costera, emplazada dentro y fuera de la ciudad de Santa Fe, en las márgenes… del río Paraná. Inicialmente se llegaba a la zona en canoa o cruzando el Puente Palito. Palito seguramente por lo endeble, posteriormente reemplazado por pavimento.
El Bicho relató esa tarde los cruces en canoa de lado a lado del agua. Yo recordé la pesca en la ribera de Buenos Aires. Las cañas de pescar eran de junco y piolín, la carnada lombrices cazadas del jardín de casa. Alguna mojarrita o bagre inadvertido mordía el precario anzuelo, permanecía en un balde con agua unas horas, las suficientes como para que no deje de respirar y para ensalzar nuestro exitismo pesquero. El trofeo exhausto, escapaba raudo de nuestras manos, cuando era liberado en su hábitat fluvial. Afuera, adentro. Fascinante la naturaleza y sus diversas maneras de respirar y subsistir.
“El estatus de la ‘clase marginal’… es de ‘emigrados internos’ o ‘inmigrantes ilegales’ o ‘forasteros infiltrados’: personas despojadas de los derechos… esta clase es un cuerpo extraño que no se cuenta entre las partes ‘naturales’ e ‘indispensables’ del organismo social.”2
El Bicho y yo. Yo soy la otra en su tierra y él es el otro en la propia. El río incluye, excluye, divierte, fascina, inunda, alberga la pobreza, transporta el camalote y la yarará.
En una ribera: Alto Verde, en la otra: el único shopping santafesino y el puerto. Hacia la otra ribera, de un lado otra zona de Alto Verde y del otro, agua de por medio, un selecto club de regatas.
Establecida la relación de excepción, parafraseando a Giorgio Agamben, donde algo se incluye excluyéndolo, allí afuera se concentran los exceptuados de Alto Verde, pero están adentro constituyéndose y conformándose así el ordenamiento del espacio urbano.

—El Bicho: ¿pero usted probó el pescado de acá?
Allí fui, al club de regatas a caranchear una boga despinada a la parrilla junto a unos amigos. El pescado abierto fue ofrecido a la horda hambrienta sobre una tabla de madera. Con arma culinaria en mano, nos deleitamos, nos saciamos, hasta que nada quedó de ella, desnuda en su piel.
—El Bicho: ¿qué le gusta de esta chacra asfaltada?
—El olor.
—El Bicho: ¡Ja!, el olor.
Al caer la tarde, en épocas de otoño e invierno, Santa Fe huele a leño prendido. Es acogedor y envolvente el aroma, es olor a hogar, a cobijo. Los santafesinos dicen que pueden ser los campos quemados, en las afueras de la ciudad.
—¿“Llantas” nuevas Bicho?
—El Bicho: Sí, agarré algo y me las compré. La Mary me regaló los pantalones. Son Nike… ¡truchos doña!
Prende un pucho.
—El Bicho: No le diga a la Mary. Si sabe que fumo me mata.
El Bicho llegó en canoa ese día a la ciudad. Los boteros llevan habitantes desde Alto Verde hasta Puerto Piojo, así se llama la parada de los botes, entre un club náutico y los silos de Santa Fe. Hay historias varias pero no se sabe la procedencia del bautizo. ¿Alguna alusión hitleriana? El führer afirmaba que a los judíos había que matarlos como piojos. Antes hubo una premonición kafkiana, en La Metamorfosis el protagonista murió en su carácter de sub-humano luego de transformarse en bicho.
Santa Fe también estuvo expuesta a la huelga policial, hubo saqueos, casas robadas, víctimas y victimarios. Cuando llegaron los gendarmes se distribuyeron en las calles, estuvieron atentos a aquellas zonas ribereñas, Alto Verde y también los barrios que dan al Salado, el río pobre, el que desbordó en el 2003 y se llevó mucho y a otros tantos.
—El Bicho: la Mary nos guardó esa noche cuando llegaron, no fuera cosa que nos llevaran.
—¿Por qué?
—El Bicho: ya pasó doña. En mi barrio ya pasó. Te llevan, después te sueltan. Yo me fui de joda igual, cuando todos dormían. Si la Mary se entera me mata.

“Inseguridad y justicia por mano propia”. A través de ese nuevo eufemismo estampado como graffiti en la pantalla del televisor, me enteré lo del Bicho. Los medios lo informaron, afirman que lo vieron abriendo un auto en el estacionamiento del shopping. Le pegaron, mucho y muchos le pegaron. Casi desnudo cuando llegó la policía, apenas pudo arrancarlo de los dientes de la turba. Lo caranchearon, le quitaron las llantas nuevas, la ropa de gimnasia regalada por la Mary, lo pisaron como una cucaracha, de esas como las de allá que son duras de matar. Desnudo y carancheado el Bicho no fue más uno de ellos ni de nosotros, con su corporeidad desprovista de ropas, devenido animal en otra cualidad que nos acerca: la desnudez. Pisado y des-humanizado fue por menos un bicho y como tal, ante la supuesta, visible o posible peligrosidad de su veneno, se lo mató primero.
La Mary también salió en la tele. “¡Mi hijo no es un chorro, mi hijo no es un chorro!”.

Fue Karl Marx quien acuñó la desgastada y multi-significada frase “la violencia es la partera de la historia”. Walter Benjamin a su vez enunció que la violencia establece y crea el derecho. En este mundo des-legitimado la violencia lo sostiene. Pero el derecho se ha detenido, denuncia Agamben, creándose un vacío.
Al día siguiente los vecinos de Alto Verde urgidos de derecho cortaron la ruta 1, no fue la primera vez ni será la última que obviando el derecho a circular, no se podrá llegar a las quintas, los countries ni a Entre Ríos. Anuncian un corte por tiempo indeterminado. ¿Hasta que se funde el derecho y otra vez la violencia lo sostenga?

¿Así seguiremos sosteniendo y ordenando la polis, la soberanía?
“Soberana es la esfera en que se puede matar sin cometer homicidio y sin celebrar un sacrificio; y sagrada, es decir, expuesta a que se le dé muerte, pero insacrificable, es la vida que ha quedado prendida en esta esfera”3
Pero tranquiliza saber que el Bicho es ficción… ¿es ficción?


* Valeria Casal Passion. Autora de Jugar del otro lado. Infancia, feminidad y dictadura. Letra Viva, 2014.
__________________
1. Nancy, J. L. El intruso. Pag. 13. Amorrortu. Buenos Aires, 2007.
2. Bauman Zygmunt. Daños colaterales. Desigualdades sociales en la era global. Pag. 12. FCE. Buenos Aires, 2012. (Las comillas son del autor).
3. Agamben, G. Homo Sacer I. Pag. 100. Nacional, Madrid. Madrid, 2002.
 
 
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