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   ¿Volver a la horda?

La ciudad de la furia
  Por Paula Aramburu
   
 
“Me verás volar por la ciudad de la furia, donde nadie sabe de mí, y yo soy parte de todos”.
Soda Stereo

Vivo en una ciudad bordeada por un ancho río, árboles que dan sombra las tardes húmedas y calurosas de verano, espacios abiertos para ser recorridos a pie o en bicicleta. Vivo en una ciudad en la que somos reconocidos por nuestra solidaridad ante las catástrofes que nos han sacudido de un modo traumático, y ante las que ninguno de nosotros quedó inmune. Cuando el otro sufre, es esperable que algo de ese dolor también nos toque. Aunque no siempre es así.
Esta ciudad conocida por su empuje, su gran desarrollo urbano en los últimos quince años, su gente cálida y amable, su hermoso río, sus edificios imponentes –tan altos y lujosos como inaccesibles–, también es conocida en los medios por los asaltos reiterados a dueños de pequeños negocios, vecinos y familiares en la vía pública o en sus hogares. Algunos de estos ataques no dejan de ser robos sin más consecuencias que el susto y los daños o pérdidas materiales –que en sí no es poco–. Pero en otros casos, derivan en ataques directos a la integridad física y psíquica, con secuelas traumáticas perdurables en el tiempo y de tramitación compleja.

El narcotráfico, con sus múltiples homicidios, “ajustes de cuentas”, lavado de dinero, amenazas a jueces, fiscales y al propio gobernador de la Provincia de Santa Fe, ha sido noticia en todo el país.
Si bien no vamos a realizar un análisis estadístico de los homicidios cometidos en la ciudad de Rosario, sólo mencionaremos que al 21 de abril de este año, se han cometido 100 homicidios, o sea, 100 homicidios en 110 días. En el año 2013 registramos un total de 264 homicidios: 178 de las víctimas tenían menos de 35 años. En 2010, la tasa llegó a casi 22 muertos por cada 100.000 habitantes, promedio que este año superaremos ampliamente. De los datos expuestos, resulta evidente que la escalada de violencia es mayor cada año, y que los medios empleados para imponer un freno no son eficaces.
Negar lo evidente, aquello que para muchos dejó de ser una “sensación de inseguridad” para convertirse en la vivencia traumática de un ataque concreto y real a su integridad o la de sus seres queridos, es condenarlo no sólo a una repetición incesante, sino empujar a una actuación cuyas consecuencias pueden resultar trágicas, fatales, tanto para quien resulta agredido como para quien agrede.

El homicidio de David
“Por todas partes se dejaba ver la muerte. Por todas partes se sentía el olor de la carne sufriente y muerta. Excitaba los cuerpos de los ciudadanos en el sentido de matar más todavía”.
Pascal Quignard

Rosario, Barrio Azcuénaga. Sábado 22 de marzo de 2014. Seis de la tarde.
David Moreira, albañil de 18 años, es atacado por un grupo de vecinos tras haber caído de la moto en la que circulaba con un compañero. Supuestamente, ambos le habrían robado un bolso a una joven de 21 años que caminaba junto a su hijita.
Como consecuencia del ataque feroz (se comenta que fue atacado por cincuenta vecinos), David sufre múltiples y severos traumatismos con pérdida de masa encefálica. Internado en el Hospital de Emergencias de nuestra ciudad, muere a los tres días.

La imagen de una horda enardecida, abalanzándose y moliendo a golpes a un adolescente arrojado al piso, en estado total de indefensión (nadie está en condiciones igualitarias de pelea cuando el que ataca es superior en cantidad y fuerza) es impensable. Algo del propio psiquismo rechaza la imagen de esa violencia atroz, cruel e irrefrenable que se descarga sobre un ser humano y lo golpea hasta matarlo. Los medios dicen que David y su compañero efectivamente le habrían arrebatado el bolso a la joven; los padres de David dicen que era un buen chico, trabajador y que no tenía antecedentes penales.

Pero David ya no está para contar su versión de lo que pasó ese sábado por la tarde, ni para defenderse. Entonces lo importante es situar que más allá de que David haya sido o no el responsable de ese robo, el Estado cuenta con mecanismos (normas, leyes, garantías que protegen a la víctima y al agresor) que deben ser ejercidos por las agencias autorizadas y capacitadas a tales fines, responsables de detener al agresor, acusarlo (siempre que existan pruebas del delito que se le imputa), llevarlo a juicio (en el cual el acusado tendrá derecho a una defensa privada o de Oficio) y en caso de probarse su participación en el hecho de acuerdo con las pruebas y testimonios aportados, se lo declarará penalmente responsable. En caso de sentenciarlo, el Juez deberá condenarlo con una pena proporcional al delito cometido.

Nada de esto sucedió. Aún si David hubiera robado ese bolso, no pudo ejercer su derecho a defensa porque un grupo de personas enardecidas, enceguecidas, con ausencia total de capacidad de reflexión y toma de distancia respecto de la dimensión desmesurada y brutal que estaba adquiriendo la agresión, “hartos de la inseguridad” –según justificaron muchos medios–, decidió hacer “justicia por mano propia”. Y acá hay varias cuestiones para puntualizar: en primer lugar, nadie tiene derecho a matar para “hacer justicia”; eso no es “justicia”, eso se denomina lisa y llanamente “homicidio calificado” por odio, venganza, resentimiento, ejercido con extrema violencia y ante un sujeto en condiciones de inferioridad respecto de sus atacantes. Para juzgar existen mecanismos de acusación y defensa que el Estado debe ejercer, y no está de más recordar que por suerte habitamos un país en el que no existe la pena de muerte, por lo que nadie tiene ni el derecho ni el poder de arrebatarle la vida a un ser que es, ni más ni menos, su semejante (dimensión que se pierde por completo en el ataque a muerte). Por otro lado, la supuesta víctima, en ningún momento ejerció la violencia contra su supuesto agresor, por lo que no existe tal cosa como la “justicia por mano propia”.

Quienes claman a diario por el derecho a la seguridad y el valor de la vida (a lo que todo ciudadano tiene derecho por ley), aquellos que acusan a estos adolescentes marginados de un escenario social con exigencias de pertenencia inalcanzables, terminaron ejecutando con brutal violencia, con sus propias manos, sin distancia mediante, aquello mismo que proclaman defender: el derecho a la integridad, a la seguridad y a la vida.
Los medios masivos se hicieron eco inmediato de este “linchamiento”, acto atroz que da cuenta de una fractura social que se viene profundizando cada día y con mayor contundencia. ¿Qué responsabilidad tienen los medios al hacer uso de determinadas operaciones mediáticas que “construyen” el delito? ¿Qué consecuencias tienen esas construcciones en el cuerpo social? Los programas periodísticos, reality-shows, periódicos y revistas repiten hasta el hartazgo imágenes y frases que construyen de un modo para nada ingenuo ni inocente, una imagen de la víctima y el victimario, atribuyéndoles diversos rasgos y características con los que quedarán estigmatizados. Simultáneamente, mientras muestran reiteradamente las imágenes del hecho y los testimonios de la víctima, del agresor y familiares afectados, también hacen énfasis en que el Estado no está en condiciones de dar una respuesta eficaz ante estos acontecimientos, empujando a los ciudadanos a actuar por cuenta propia, dando a ver que la única salida es la defensa o la “justicia por mano propia”. Dice Abrevaya que los medios dan o quitan visibilidad a determinados hechos, definen su sentido, y los legitiman o deslegitiman1. Cuando no deslegitiman acciones que claramente constituyen un delito, pueden empujar a la sociedad a adoptar esos comportamientos como adecuados y naturales, haciéndose cómplices de una acción que se desencadenará bajo distintas modalidades de venganza y violencia.

El “otro”, antes considerado “mi semejante”, se ha convertido en un desconocido, un extraño, extranjero de quien hay que defenderse y contra el cual hay que armarse, forzando un “estado de alerta” constante, cueste lo que cueste.
Sabemos que hace tiempo se ha instalado en la sociedad un “nosotros” y un “ellos”, pero ¿quién es “nosotros”?, ¿quién es “ellos”? ¿Qué diferencia a unos y a otros, si aquel que clama por su derecho a la integridad y a la vida termina matando del mismo modo que teme ser muerto? Robar y matar para perseguir ese fin es tan condenable como matar en nombre de la justicia o de una venganza.
Dice Freud en “Pulsiones y destinos de pulsión” que el yo “odia, aborrece y persigue con fines destructivos todos los objetos que se constituyen para él en fuente de sensaciones displacenteras”. El modelo genuino de la relación de odio proviene de la lucha por la propia conservación y afirmación de sí (pulsión de autoconservación). Refiere que en un principio, el exterior, el objeto y lo odiado son idénticos. Todo estímulo proveniente del exterior será percibido por el yo narcisista como amenazante y hostil, ante lo cual reaccionará con una ‘repulsa primordial’ ”2. Cuando el odio se acrecienta, surge la tendencia de agredir a ese objeto en tanto se lo percibe como otro desconocido, perturbador, un enemigo de quien hay que defenderse. El propósito último será su aniquilación. La violencia de un cuerpo sobre otro, utilizando golpes y patadas de un modo brutal, hablan de una violencia que hace del semejante una cosa, un objeto de desecho sin subjetividad alguna, con quien se puede hacer lo que se quiera del modo más impune. “El asesinato, el odio, designan todo lo que excluye lo cercano, es en tanto éstos devastan desde adentro una relación originaria con la alteridad”3.
Todo vínculo intersubjetivo se construye bajo la condición necesaria de una renuncia pulsional. De no ser efectiva esa renuncia, ese límite, se produce un desborde de aquello que no pudo ser ligado por la vía de la represión o de la sublimación. Así, las relaciones se tornan amenazantes, destructivas, caóticas, mortíferas.

Del grito a la complicidad
“Jack no pudo evitar un estremecimiento ante aquel grito, y su respiración, sorprendida, sonó como un gemido; por un momento dejó de ser cazador para convertirse en un ser furtivo, como un simio entre la maraña de árboles.”
William Golding

Si la violencia no tiene límite es porque la palabra ha dejado de operar como borde. Si el grito es la voz de la impotencia, un pedido de auxilio, la violencia es la puesta en acto del silencio mortífero que habita en la palabra. Cuando la palabra pierde su eficacia simbólica, cuando deja de operar como aquello que impone una prudente distancia entre el impulso y el pasaje al acto, la violencia gobierna al sujeto y se precipita ferozmente sobre el otro. No es lo mismo gritar, humillar, insultar, que golpear, apuñalar, quemar o matar. Atacar físicamente implica romper la barrera corporal que el cuerpo del otro me impone. Es franquear lo infranqueable.
Algunos celebraron la muerte de David, llegaron a decir “el que las hace, las paga”, negando de ese modo el reconocimiento de la comisión de un homicidio agravado por sus características y circunstancias.
Silenciar este crimen, no identificar, no juzgar, no condenar a los responsables de acuerdo con las leyes de nuestro sistema penal, es ser cómplices de la barbarie, es condenarnos a nuestra propia muerte como cuerpo social. ¿Alguien escuchó los gritos de David? ¿Alguien se estremeció ante el horror? Quien lo haya hecho, tiene el deber ético de hablar por él.

Bibliografía
Abrevaya, S. “La violencia en cámara”. Página 12. Domingo 6 de abril de 2014.
Dufourmantelle, A., Derrida, J. (2000). La hospitalidad. Buenos Aires: Ediciones de la Flor. Pag. 10.
Freud, S. “Pulsiones y destinos de pulsión”. Vol. 14. 1992. Buenos Aires: Amorrortu editores. Pag. 132.
________________
1. Abrevaya, S. “La violencia en cámara”. Página/12. Domingo 6 de abril de 2014.
2. Freud, S. Pulsiones y destinos de pulsión. Vol. 14. 1992 (4ta. Reimpresión). Buenos Aires: Amorrortu editores. Pg. 132.
3. Dufourmantelle, A, Derrida, J. (2000). La hospitalidad. Buenos Aires: Ediciones de la Flor.
 
 
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