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   ¿Volver a la horda?

Ni ángeles ni demonios
  La subjetividad adolescente en la ciudad de la furia
   
  Por Gabriela Insua
   
 
“La falta de esperanza es la característica básica del niño deprivado que, por supuesto, no se comporta constan temente en forma antisocial, sino que manifiesta dicha tendencia en sus períodos esperanzados. Esto podrá ocasionar inconvenientes a la sociedad (y a ud., si la bicicleta robada era la suya…).”
Donald Winnicott1

Ni que decir… cuando lo robado es tanto más que una bicicleta.
Que inmensamente actual resulta esta frase en tiempos en que las vidas son robadas, vidas robadas en hechos delictivos, adolescentes que tantísimas veces son los ejecutantes, o sea con sus vidas robadas.
Este texto que escribo, es apenas un intento de lectura desde el psicoanálisis de un fenómeno doloroso y tremendo: los adolescentes sumidos en la delincuencia y la criminalidad. Es un fragmento del maestro Winnicott, un genial lector de la subjetividad adolescente, con el que encabezo estas líneas.

Es clara su posición sobre que “la tendencia antisocial implica una esperanza”, es decir, que un joven que arremete contra alguna norma social está intentando “hacer” con el profundo desamparo que lo habita dada la infancia deprivada de la que proviene. Realiza algo del orden de la acción, frente al pasivo marasmo (lo depresivo diría Winnicott) en que podría quedar atrapado.
En el trabajo con niños y adolescentes en el ámbito de la salud pública es cotidiano el recibir niños y niñas abusados sexualmente en lo intrafamiliar, maltratados ferozmente con palizas que muchas veces le ocasionan daños orgánicos irreversibles, que se suman a las marcas de horror en su subjetividad.
La impotencia de esos chicos que son objetivados hasta los límites de lo abyecto y siniestro, que sin poder usar el recurso de la palabra por estar tomados por el otro que los trae, transmiten con su mirada o con su producción gráfica, o con su música, el terror en el que viven día a día

A esta lectura del gran maestro, entonces, a la que adscribo, diría que hay otros elementos sin duda dramáticos a los que hay que sumarle.
Los tiempos han cambiado y trajeron productos de la modernidad para convertir a los jóvenes en sombras tomadas por el paco que dejó de ser un nombre para ser un hálito con el qué, respirar, por cinco minutos (es lo que dura el efecto de cada paco), la sensación de que la vida no es la mierda que se vive.
En los barrios, los jóvenes que sólo fasean marihuana, o toman alcohol, o merca de la buena, pero que no consumen paco, llaman a los que sí lo hacen: “zombies”, es decir muertos en vida.
No estoy haciendo una lectura reduccionista y lineal: al consumidor de paco le corresponde estar en el afano.
Sólo agrego a la cita de Winnicott elementos que este tiempo de la historia depara y que no son un adorno pour la galerie, sino esenciales para abordar la cuestión.
Los niños y los adolescentes son carne de cañón, mano de obra barata para el crimen organizado. Su condición de inimputables los vuelve requeridos para el delito por las organizaciones criminales. Y a su vez, son execrados por la sociedad, al ser ésta, víctima de hechos en los cuales los jóvenes empuñan el arma. Callejón sin salida, trampa mortal, de un lado y del otro, son terreno fértil para la peor mirada.

Hace unos años se creó en las redes sociales una página llamada “Ningún pibe nace chorro”, nominación más que acertada. Ningún pibe nace chorro, como ninguno nace honesto, ni ninguna otra sustantivación o adjetivación posible.
Nace el humano en la precariedad de la que hablaba Lacan o el desamparo al que aludía Freud.
Nacemos y en el mejor de los casos habrá Otro allí, que donará su falta, aquella con la que vendrá la maravilla y lo siniestro, en cada caso y en cada historia, en el grado de que se trate. En ese devenir, miles de jóvenes quedan atrapados en la desesperanza y en ser vehículos de la perversión del mundo adulto.
Ahora bien, por otro lado cierta lectura social, en las antípodas, aparentemente, de las dos posiciones que marcaba anteriormente tiende a una beatificación o sacralización de la juventud, que los encierra en el concepto de “víctimas”, entendiendo por esto aquella mirada que los desresponsabiliza en relación a sus actos.

En algún sentido, la inimputabilidad se iguala a no responsabilidad, lo cual los deja aún más desamparados y desarmados aunque calcen faca o fierros.
En alguna oportunidad escribí: “En esa franja entre “¡no se hace cargo!” y “es chico aún, no es responsable”, seguramente hay un lugar para el sujeto adolescente que le permita un movimiento que lo propicie como tal”2
Para que este lugar se dé, es perentorio y necesario, que los actores sociales que estemos convocados, no caigamos en los maniqueísmos antes citados.
Que muy justamente haya una edad de inimputabilidad, no quiere decir que no se trabaje con el adolescente para implicarlo en sus actos. Para que él sancione, en el sentido de nombrar, de medir, las consecuencias de los mismos. “El hombre se hace reconocer por sus semejantes por los actos cuya responsabilidad asume”3
Si quienes trabajamos con adolescentes, sólo los vemos en esa dimensión, absolutamente cierta, de vehículos de un mundo adulto organizado en la criminalidad, si los vemos sólo como eso, volvemos a objetivarlos.
Es decir, los revictimizamos.

Se trata, si tenemos la fortuna de poder llegar a ellos con los dispositivos de salud pública, o en el contexto de nuestro consultorio, de acompañar a que puedan encontrar las significaciones de su acción, aquellas que se desprenden de su historia y que se produzca alguna nominación distinta, del orden de su verdad.
“En un texto que escribí en otra oportunidad me sorprendió un fallido propio: ‘implicanción’. Me pregunto ¿Qué canción sostiene el adolescente que al Otro le suena desimplicada, y, que seguramente, muchas veces, lo será? No resulta sencillo, a lo largo de la vida, encontrarse en la canción que uno canta…”4
El punto es que le pasa al mundo adulto, que carga sobre ellos solamente, desimplicándose de su propio lugar. Es notable, la profunda renegación de una sociedad tan perversa que señala como aquel a castigar al adolescente, sin recalar en el doble discurso permanente de la cultura misma.

El mundo adulto ha caído de su función de garante simbólico de cierta normatividad. Algunos ejemplos:
Hay una prohibición legal de vender drogas a menores, pues bien, hay delivery en todas las previas que los chicos desde los doce o trece años realizan antes de ir a bailar, muchas veces no llegan a ir a bailar porque derrapan luego de una enorme ingesta de bebidas blancas en la previa misma.
Hay una norma por la cual los menores de tal o cual edad no pueden entrar en tal o cual boliche, pero sin embargo entran a todos y a cualquier hora.
Programas de televisión que hacen un indudable aporte a la comunidad mostrando por fuera del horario de protección al menor (aunque esa limitación sea solo una formalidad) “cocinas de paco” y enseñando como se hace un paco. No estoy diciendo que eso determine que un muchachito o muchachita termine delinquiendo o consumiendo por lo que ve.
Hablo del discurso falaz que dice proteger de lo que en realidad promueve.

Que la serie de “Pablo Escobar Gaviria” sea de lo más visto en la TV, marca a las claras la renegación de la que hablo: “¡eso no se hace pero como disfruto con eso!”
Recuerdo haber visto hace unos años, en un programa de TV algo estremecedor: un chiquito de unos 10 años exhibido en ese programa, mientras caminaba cual zombie por una calle, delante de una pared donde un afiche de propaganda estatal decía: “El Paco te mata”.

Ciertamente, no habría habido mejor forma de graficar esa frase.
“Ahora nos será posible reconocer como opera la complicidad entre un sujeto tentado a ahorrarse el trabajo psíquico a realizar para asumir la insatisfacción fundamental que caracteriza nuestra condición y un discurso social que le hace creer que el orden simbólico ya no lleva en sí mismo como estructural esta decepción ineluctable”5
La castración simbólica, esa que muestra que la observancia de leyes que permitan la convivencia en una estructura social nos alcanza a todos, no está de moda. Y eso no es sin consecuencias.
La demonización de la adolescencia, a través de ubicar como cuestión central la pregunta por la baja o no de la edad de imputabilidad, escamotea lo esencial: que el mundo adulto reconozca su propia imputabilidad, su lugar central en el fenómeno aberrante que se está produciendo, digo, que ya tenemos niños de segunda infancia involucrados en el delito.
Y en esto son tan responsables los actores del crimen que organizan todo un sistema para cooptar y producir “niños delincuentes” –que serán soltados de la mano del “padrino” cuando pasen la barrera de la inimputabilidad–, como lo es un Estado, un Otro social que plantea miradas y abordajes sesgados de tremendo tema.

No hay ingenuidad en lo que digo, en todo tiempo de la historia los niños y los jóvenes han sido carne de cañón, el “tamborcito de Tacuarí” puede resultar una imagen emocional y anecdótica en un libro de historia, pero no deja de ser la misma estofa: los niños adelante en las luchas intestinas de los adultos, aunque se trate de morir por la patria.
La Revolución Industrial, como bien lo muestra Charles Dickens en “Tiempos Difíciles” por ejemplo, era una usina de niños y adolescentes usados para el robo y la mendicidad por los adultos. Pero que esta objetivación de la infancia y la adolescencia no sea un producto del tiempo presente, no nos exime de pensar y actuar en las posibilidades que se tienen de intentar detener el drenaje de jóvenes entregados a morir o matar.
La vida no vale nada para ellos, en inmensidad de casos… ¿por que valdría la del semejante? ¿Qué construcción del semejante es posible en tal arrasamiento en los albores de la subjetividad, donde se constituye el i´ (a) que Lacan tan precisamente señalaba en su grafo?

“Niños asesinos, adolescentes petrificados en desechos sociales, juventud burlada en su derecho de recibir el límite: nuestra sociedad desnuda es testimonio de los sacrificios humanos ultramodernos”6
El derecho a recibir el límite del que habla Legendre, es a lo que me refiero cuando planteo una mirada, una lectura que implique al adolescente en su acción, y en las consecuencias de la misma, como único modo de una marca castratoria que permita que él mismo rompa esa trampa mortal en la que lo han encerrado.
Ahora bien, como dice el autor, es un derecho que le está siendo robado al niño, al adolescente, tanto por quién lo utiliza como ejecutor de su criminalidad, poniendo en su mano un arma y en su cuerpo un químico, como por un Otro social que ampulosamente lo menciona en cuanto discurso sea posible, como el futuro de la humanidad, para desampararlo en lo concreto de la acción pública cotidiana.
Para concluir, retorno a Winnicott quien alguna vez dijo: “Hace falta adultos si se quiere que los adolescentes tengan vida y vivacidad”7
Hacen falta adultos… me pregunto: ¿estamos ahí para hacer falta, adultos?
_____________________
1. Winnicott Donald, La Tendencia Antisocial, Deprivación y Delincuencia. Paidós, Bs. As. , 1991, pág. 147.
2. Insua Gabriela, “Cuando el que sanciona es el sujeto”, Psicoanálisis y el Hospital N° 38: “Responsabilidad e Imputabilidad”, edic. del Seminario, Bs As, 2010, pág. 79.
3. Lacan Jacques, “Psicoanálisis y Criminología”, “Intervenciones y Textos”, Manantial, 1985, pág 26.
4. Insua Gabriela, op. cit, pág 79.
5. Lebrun Jean Pierre, Un Mundo sin Límites, Ed. del Serbal, Barcelona, 2003, pág. 120.
6. Legendre Pierre, Las Fábrica del Hombre Occidental, Amorrortu Editores, Bs. As, 2008, pág-27.
7. Winnicott Donald, Realidad y Juego, Ed. Gedisa, Barcelona, 1992, pag. 193.
 
 
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