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   Homenaje

Homenaje a CARLOS RUIZ (21-04-1935 / 12-6-2014)
  Nuestro reconocimiento, a poco de su partida
   
  Por Autores Varios
   
 
¿Por qué este homenaje? Un azar posibilitó el encuentro con Carlos Ruiz. A partir de ahí, el encuentro en Brasil, primero, después en Buenos Aires, con psicoanalistas implicados en los discursos de nuestros maestros, Freud y Lacan, posibilitó avanzar paso a paso en los fundamentos de las escritura lógica y las superficies topológicas, las que nos permiten escuchar y acceder a lo real de nuestra teoría y nuestra clínica y por ende al sujeto del inconsciente, en la travesía que le concierne.
Reinventar el psicoanálisis, quería decir para Carlos, que cada psicoanalista, causado por estas coordenadas, a su vez se ve pulsado en cada análisis que conduce a encontrar el modo singular de llevarlo a cabo, situando la emergencia del sujeto, dividido entre saber y verdad. Sin omitir, ubicar el estatuto del psicoanálisis en relación con la ciencia, avanzó codo a codo con los psicoanalistas a los que convocaba y lo convocaron en una apuesta y un compromiso acuciante: lo real y sus escrituras, lo imposible y sus paradojas por los caminos discursivos.
Por los intensos tramos compartidos, por las marcas y fundamentos recibidos, nuestro agradecimiento, y nuestro anhelo de avanzar por las vías trazadas haciendo honor cada vez a lo que constituyó lo central de tu tarea: reinventar el psicoanálisis siguiendo el surco abierto por la letra lacaniana.


Eduardo Vidal

El encuentro con Carlos se dio en Rio de Janeiro en 1977. Supe, entonces, que un matemático, dedicado a la topología, también vivía en la ciudad. Establecimos un lazo de amistad y de trabajo que hizo posible una interlocución entre el campo del psicoanálisis y el de la matemática. Recién llegados, en las circunstancias del exilio, a una ciudad y a una lengua tan diferentes de lo que conocíamos hasta entonces y con mucho tiempo libre de actividades pero no de pensamientos, los encuentros con Carlos se hicieron cada vez más frecuentes. Leíamos los escritos de Lacan disponibles en aquel momento, siguiendo las construcciones topológicas de sus textos y nos lanzábamos a la búsqueda de los seminarios en diversas lenguas y versiones, parte de una aventura que acabó definitivamente con el Google.

Con trapos, papeles, cualquier tipo de tejidos, con tijeras y cola, donde no faltaban tachuelas ni costuras surgían las formas más bizarras que daban soporte a las superficies topológicas. Se trataba de dibujar y de manosear objetos sin que faltase una pregunta dicha con una cierta ironía: “¿te sirve para algo todo eso?”, tal vez esperando escuchar algo de la práctica con el psicoanálisis que justificase el uso que se hacía de la topología.
Pues, con los objetos, Carlos hacía todo lo posible para desacralizar el saber matemático, del cual era un refinado conocedor y, sobre todo, un extraordinario pensador. Su posición ante el saber promovía el deseo de arriesgarse sin saber necesariamente adónde se llegaría, haciendo caer poco a poco, la resistencia y la inhibición frente a la lógica y la topología que estructuran la enseñanza de Lacan. Cómo no recordar aquí su fino humor, marcado por el nonsense, para poner en cuestión el espacio sensible y decir que la banda de Moebius que construíamos sobre el papel, sólo existía como corte, apuntando para la ex-sistencia.

En el seminario de la Escola Letra Freudiana de este año, amigos y colegas se pronunciaron sobre la experiencia de trabajo con Carlos Ruiz. Un significante se destacó en los dichos: estilo, hecho de honestidad intelectual, simplicidad y humor, generosidad con el saber y paciencia con el no-saber.
Carlos continuó su enseñanza en Rio en varios seminarios sobre superficies y nudo. En su última participación en la Escola Letra Freudiana en 2006 abordó, a partir de las categorías de Aristóteles, las operaciones que llevaron a Lacan a la escritura de las fórmulas de la sexuación.
Este recorte, por demás breve y conciso, habla de la amistad y de la cordialidad que Carlos supo sustentar con los que tuvimos la posibilidad y el placer de trabajar con él. Una palabra en portugués, lengua que Carlos tanto apreciaba, dice de lo que sentimos por él: saudades.
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Isidoro Vegh
¿Cómo rendirle mi homenaje a Carlos Ruiz? Podría empezar definiéndolo como una buena persona, no sería poco. ¿A qué me refiero con buena persona?: en tu enseñanza no se te destilaba un goce respecto del otro.
Fue generoso: no escondía sus barajas.
Pero no voy a seguir por este camino. Voy a decir, cuál es la significación de Carlos Ruiz en la historia del psicoanálisis. Para eso señalo algunos hitos. Es la historia que yo puedo contar, por lo tanto, incluye la enunciación.
En 1974 se fundó la Escuela Freudiana de Buenos Aires a instancias de Oscar Masotta junto con otros que aceptamos la propuesta. La realización de actividades que antecedieron a la fundación, mostraron que la enseñanza de Lacan no se reducía a un teoricismo sino que había psicoanalistas comprometidos en la realización de su práctica.

Pocos meses después Masotta se va por motivos personales y también por el enrarecido clima político que había en la Argentina. Después, lamentablemente, irrumpió la dictadura militar que todos sufrimos.
Advertía, al transitar la obra de Lacan, la imposibilidad de avanzar en ella sin un recorrido por la lógica y los fundamentos de la matemática. Con Benjamín Domb –él lo recordó– intentamos su recorrido con varios profesores de matemáticas. Y descubrí, para mi gran sorpresa, que la mayoría era empirista. No nos servía.
Me entero, entonces, que había venido a Buenos Aires, previa estadía por unos años en Brasil, donde ya había trabajado con algunos colegas lacanianos, alguien que podía acompañarnos en lo que nosotros nos debatíamos. Lo llamé, accedió, y en esa charla me doy cuenta, con sorpresa, que estoy ante un matemático que tiene formación filosófica. Había leído entre otros a Kant, conocía algo de la obra de Lacan, y le interesaba. En ese momento convoqué a otros colegas para armar un grupo de lectura de “L’etourdit”, porque, siguiendo mi propio recorrido, advierto que es un texto pivote, donde Lacan pasa de la primera formalización del grafo y los matemas, a la topología de superficies. Ese texto era inabordable sin la ayuda de alguien que supiera topología.

Y a eso le siguieron años de estudio, con pinturitas, con goma de pegar, con cinta scotch, me acuerdo cuando nos enseñó a hacer un símil del cross-cup. Yo me entusiasmé. Son muchos los que hoy, por suerte, pudieron vencer su resistencia y encontrarle el gusto a esa formalización, al valor clínico de la escritura nodal. Mi libro, Las intervenciones del analista, fue el resultado.
Nuestra Escuela no hubiera podido continuar sin someterse a un petit-maître si no hubiéramos tenido la ayuda de Carlos Ruiz, el apoyo riguroso de un matemático generoso dispuesto a acompañar las preguntas que el psicoanálisis nos formulaba.
Recuerdo que el fundador del jasidismo, anticipando su muerte, dijo: “No quiero que el día que me rindan homenaje sea un día de tristeza, si mi enseñanza es para ustedes valiosa, que sea un día de alegría”. Compartimos, sí, la tristeza de su pérdida; también la alegría de haberlo tenido tantos años entre nosotros.
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Benjamín Domb
Conocí a Carlos Ruiz a comienzos de la década de los 80, pocos años después de la fundación de la Escuela Freudiana de Buenos Aires en 1974. Al fundar, tomamos la responsabilidad de transmitir las enseñanzas de Jacques Lacan. Comprometidos con el psicoanálisis y por ende con su obra, dedicamos pasión a la lectura tanto de los Escritos como de sus seminarios. El desafío no era fácil y resultó importante. Estudiamos lingüística, filosofía, siguiendo las letras del texto lacaniano a través de la infinidad de referencias a las que el maestro nos convocaba.
Con las Matemáticas, la Lógica, y la Topología encontramos obstáculos difíciles de superar. Intentamos con más de un matemático que no entendía por qué nosotros, psicoanalistas estábamos tan interesados en abordar la Topología. No pudieron ayudarnos.

Ahí aparece en nuestro camino Carlos Ruiz, un matemático que acababa de llegar de Brasil. Hablamos con él. Inmediatamente comprendió nuestra demanda. Comenzamos con la topología de superficies, la banda de Moebius, el toro, la botella de Klein, el cross-cap. Nos enseñó a trabajar con papel, telas, goma de pegar y tijera. Fue importante descubrir las relaciones de estas superficies con el deseo, el fantasma, el sujeto como corte en acto de la banda.
Contaba con una facilidad asombrosa para transmitir con sencillez y claridad lo que necesitábamos saber. Humilde, introspectivo, afable, no hacía ninguna ostentación. Organizó en 1989 con Héctor Rúpolo un seminario sobre Topología y Psicoanálisis, del cual hay una publicación. Cada uno de nosotros aportó lo que con él habíamos aprendido.
Después de la topología, iniciamos junto a Isidoro Vegh la lectura a la letra de los seminarios borromeos desde “Les Non Dupes Errent” hasta “Topología y Tiempo”, uno por uno. Con cables de colores, hilos, sogas nos enseñó a leer los diferentes nudos presentados por Lacan. Anudamos y desanudamos.

No sabía mucho de su vida privada. Un día (ya hacía algunos años que trabajábamos con él), me enteré de que estaba en pareja con nuestra querida colega Ilda Levin, con quien tuvo a su hija Sofía. Luego supe de su hijo mayor, Diego.
Carlos Ruiz tuvo una presencia constante en la EFBA. Dictó cursos de Topología y de Lógica. Venía con regularidad a escuchar a los analistas hablar del psicoanálisis. Lo invité en varias oportunidades a hablar en mi seminario. En las Reuniones Lacanoamericanas, intervino con sus trabajos. El último que le escuché, no era solo de su especialidad, si no que se trataba del psicoanálisis.
El acto culminante para mí fue cuando me enteré que entró como miembro a la EFBA, demostrando, además de todas sus cualidades, su compromiso con el psicoanálisis.
Tuve la suerte de haberme encontrado con él. Fue también muy importante para nuestra Escuela haber contado durante tantos años con su enseñanza. Gracias Carlos Ruiz.
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Dora Nilda Daniel
Si lo esencial es invisible a los ojos, como dijera Saint Exupéri en El Principito, para Carlos Ruiz, no eran ni obvias ni evidentes las razones y las conclusiones a las que nos conducen los sucesivos fenómenos en que se manifiestan los efectos de estructura, que por su intrínseca pregnancia, tienden a capturarnos en escenas cristalizadas en un sentido, y dificultan la escucha de los significantes en su lógico ordenamiento discursivo.
Ni obvias ni evidentes, implicaba para Carlos, el necesario articulado lógico de los términos en cuestión, para saber algo de las razones que comandan la puesta en acto de una escena. De ahí la posibilidad de situar una diferencia entre quien imparte una enseñanza y un maestro. El maestro en su transmisión enseña algo que no se dirime sólo en la vía conceptual. Un maestro, en este caso Ruiz, nos enseñó a hacer algo con eso que se aprehende con la lógica y la topología.
Doctor en Matemáticas, desde principios de la década de los ’80 se ha dedicado a desentrañar en los textos de Freud y Lacan, la lógica en la que el discurso del psicoanálisis se sostiene, haciendo de esta práctica una enseñanza decisiva para muchos. Si bien no ha sido el único matemático implicado en el psicoanálisis, ocupó en nuestro campo un lugar singular, tanto por la impronta que dejó su aguda lectura de nuestros maestros, como por la escucha dedicada que ofrecía a todo aquel que se le acercaba; ambas condiciones produjeron, para quienes hemos tenido la oportunidad de trabajar con él, una marca en el discurso del psicoanálisis que hoy practicamos.

Ocupado en leer a Freud y a Lacan en su idioma, nos dejó una certera traducción del Seminario “La lógica del fantasma” y dedicó tiempo al estudio de la lengua alemana, así en la última Reunión Lacanoamericana en Buenos Aires, trabajó el término freudiano aufheben, para problematizar y delimitar, de acuerdo con las distintas traducciones posibles, los alcances de esta cuestión, crucial para situar al síntoma en tensión con el fin del análisis, y puso a trabajar la equivocidad latente en la expresión “levantar el síntoma”. Este es solo un ejemplo de su vastísima labor, y de ella dan testimonio los innumerables escritos que nos ha dejado. Es destacable su interés por ubicar la lógica articulada en los cuatro discursos y sus consecuencias en la denominada lógica colectiva, entre otras cuestiones.
Y como a partir de ahora solo se lo encontrará leyéndolo, ante su temprana partida, se vuelve una tarea primordial rescatar las marcas de su enseñanza, tanto para quienes hemos sido destinatarios directos de su transmisión, como para todos aquellos que tienen con Carlos Ruiz, un encuentro por venir.
 
 
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