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   El silencio en psicoanálisis

¿Por qué seguir leyendo a Freud?
  Los usos del caso clínico (segunda parte)
   
  Por Luciano Lutereau  y Marcelo Mazzuca
   
 
La clínica psicoanalítica no es una teoría psicopatológica ni una metapsicología de la experiencia, sino un método de lectura de casos a partir de los movimientos subjetivos que allí se comprueban.
Estos movimientos encuentran como punto de referencia privilegiado el síntoma, entendido éste no como algo objetivable, sino como aquello que no puede desprenderse del decir que se pone en juego en el tratamiento. El síntoma, para el ser hablante, es inicialmente una suerte de “palabra que proviene del Otro y que se instala en el cuerpo como objeto extraño”. Y por esa razón, sólo podrá ser interrogada y removida por una práctica que sea vitalmente sensible a la dimensión de acto que posee el decir, aspecto del cual ni el analista ni el clínico pueden desentenderse. En todo caso, será el clínico, e incluso el lector, quien tendrá que aportar lo suyo para que el ser de síntoma del sujeto en cuestión tome cuerpo en el texto.

Esta última indicación remite a una segunda cuestión fundamental en la lectura de casos. ¿De dónde proviene ese hábito de escribir la experiencia entre comillas, cuando no de utilizar afirmaciones del estilo “el paciente dice/refiere/afirma/etc.”? ¿Qué malentendido es el que confunde las palabras de alguien con significantes, como si la representación de un sujeto por un significante para otro no fuera ya una operación de lectura?
Tomemos un extravío habitual: la lectura de una entrevista de admisión, plagada de comillas, en la cual el joven practicante cree reconocer la histeria de la paciente a partir de lo que ella dice de su padre. Lo que hemos ubicado anteriormente respecto del síntoma descalifica cualquier intención semejante. No hay clínica posible de las entrevistas desgrabadas, que muchas veces no son más que un resabio del afán psiquiátrico o de la historia clínica que promueve la IPA (actualmente, a favor de grabar sesiones). Por supuesto, ninguna de estas dos coyunturas obedece a motivos que se desprenden de la experiencia misma, sino a un cuidado profesional por evitar juicios de mala praxis. En última instancia, se demostraría que el terapeuta no tuvo nada que ver, ¡ya que fue el paciente quien lo dijo! ¿Podría haber un rechazo más flagrante de la transferencia? No obstante, para pensar esta circunstancia del decir en un caso clínico, atendamos al caso del Hombre de las ratas.

En ningún historial más que en el del Hombre de las ratas Freud recurrió a procedimientos narrativos propios de la novela del siglo XIX, en particular al género Bildungsroman o novela de formación. En este tipo de narración se cuenta la situación de un personaje al que determinada circunstancia lo obliga a transitar un tiempo de aprendizaje respecto del cual resultará enriquecido. Esta misma estructura narrativa es la que encontramos en infinitas películas del cine comercial del siglo XX (no hay más que pensar en Karate Kid, Rocky, etc.); esto es, se trata de una estructura formal que desarrolla un movimiento centrado en el protagonista de este movimiento, de la misma manera que Freud cuenta la “escuela de padecer” del Hombre de las ratas a partir del delirio de las ratas, luego, al ubicar el desencadenamiento de su neurosis y, por fin, el requerimiento indispensable de la puesta en acto del síntoma en la transferencia como palestra para la salida del tratamiento. He aquí –para decirlo con Flaubert– la “educación sentimental” del Hombre de las ratas, así como el caso Dora podría ser leído como una novela policial que busca saber el motivo de por qué una jovencita abofetea al hombre del que está enamorada (en función de diferentes pistas que se resuelven hacia el final del historial, cuando Dora comunica a Freud que una frase semejante –a la proferida en la escena del lago: “Mi mujer no es nada para mí”– fuera dicha a una empleada de servicio).

En el caso del Hombre de las ratas, esta estructura formal se vincula con la utilización de diálogos, que, por cierto, jamás tuvieron para Freud el propósito de relatar “fielmente” lo que se dijo, sino de reconstruir las sesiones en función de determinados objetivos. Para el caso, no hay mejor historial freudiano para dar cuenta de la interpretación que el del Hombre de las ratas. Diversas cuestiones parece haber dicho Freud al Hombre de las ratas, aislemos algunas: en cierta ocasión, luego de comunicar que a los doce años había pensado en la muerte del padre como un modo de granjearse el cariño de una niña, el Hombre de las ratas se revuelve contra la posibilidad de expresar un “deseo” con dicha idea; Freud le objeta: “Si no era un deseo, ¿por qué la revuelta?”. La intervención de Freud se dirige directamente a la enunciación y confronta al Hombre de las ratas con su propio decir. De este modo, se trata de develar la verdad latente del enunciado proferido. A continuación, cuando aquél, defendiéndose de la intervención freudiana, dice que la revuelta se debería a “sólo el contenido de la representación: que mi padre pueda morir”, la respuesta de Freud no se hace esperar: “Trata a ese texto como a uno de lesa majestad”. Con esta especie de refrán –que recuerda a una especie de dicho infantil: “el que lo dice lo es”–, Freud da a entender que se castiga lo mismo a aquel que insulte al Emperador que a aquel que diga que castigará a quien insulte al Emperador. En este caso, el efecto es de indeterminación de la consistencia de la posición discursiva del Hombre de las ratas, quien no podía reconocerse como deseante en su decir. El efecto es inmediato. Según Freud: “Queda tocado”. Por último, un tercer tiempo está dado por aquel momento, en que el Hombre de las ratas afirma que le gustaría preguntar cómo es que la idea de la muerte del padre pudo acudirle intermitentemente a lo largo de su vida. Freud le responde: “Si alguien plantea una pregunta así, ya tiene aprontada la respuesta. No hay más que dejarlo seguir hablando”.

Estos tres momentos interpretativos del caso del Hombre de las ratas permiten extraer algunas conclusiones para la lógica del caso: por un lado, puede notarse cómo la interpretación tiene condiciones específicas respecto del decir del analizante y, por lo tanto, no existe algo así como “La” interpretación; dicho de otro modo, el decir de Freud se ajusta al decir del Hombre de las ratas para localizar la causa de su deseo, ese punto en que el Hombre de las ratas padece menos de un deseo de matar al padre que del hecho de que la muerte de este último sea una condición para desear. En última instancia, por otro lado, puede verse que Freud siempre le dice al Hombre de las ratas lo mismo: “No soy yo quien interpreta que usted quiere matar a su padre, sino que usted mismo lo afirma cuando quiere hablar de los obstáculos de su deseo”. Por lo tanto, como tercera conclusión, puede afirmarse que no hay algo así como un número concreto de interpretaciones en un análisis, que podrían ser registradas (contabilizadas, puestas entre comillas, etc.) sino una orientación en el decir del analista que se lee en los efectos en el decir del analizante. Por lo tanto, esclarecer una interpretación nunca es estudiar lo que un analista dice efectivamente, sino lo que produce en efecto a partir de la asociación libre.

Este último punto es particularmente importante, cuando los modos habituales de lectura de un caso en nuestros días suelen llevar a un orden cronológico que no respeta el tiempo lógico de la construcción de la experiencia. Leer un caso implica leer secuencias, movimientos del conflicto sintomático, más allá de que se cuente (o no) con un material que tenga una extensión determinada, o bien que se disponga (o no) de lo que un paciente ha dicho. Leer secuencias no es seleccionar frases sueltas de un material y viciarlas con asociaciones del lector.

Y, en este aspecto, los historiales freudianos siguen demostrando una actualidad incontrovertible para testimoniar acerca de las formaciones que produce el dispositivo por él inventado. Freud reconstruía el material de sus sesiones en función de una intención narrativa –que, como hemos dicho, era la de su época–; no obstante, tampoco se trataría de la única opción.
Es el caso de la enseñanza de Lacan, quien en una página del capítulo V de “La dirección de la cura…”, expone el tratamiento de un obsesivo en unos pocos párrafos, para luego situarse en lo que le interesa en ese contexto: la aparición de un acting out en un fin de análisis. Lacan no menciona frases del analizante, no detalla datos biográficos, etc. En última instancia, Lacan reconduce la novela freudiana a la estructura: antes que narrar la historia de un personaje (al estilo de Dora o el Hombre de las ratas), delimita los movimientos subjetivos del caso sin otorgarles ese revestimiento textual. Lacan presenta un caso, porque cierne los movimientos realizados por el tratamiento, en lugar de arrumbar un conjunto de detalles anecdóticos.

En este sentido, Lacan vuelve a ser freudiano, aunque por otra vía. De ahí que su enseñanza no dejará de privilegiar una y otra vez el valor de los historiales freudianos para la transmisión de la experiencia. La obra freudiana no debe ser leída como si fuera la Biblia, a pesar del reproche que se realiza desde algunos sectores, entre quienes no entienden que dichos textos no valen por lo que afirman acerca de la experiencia, sino porque exponen sus condiciones, sus principios y su estructura.
Leer a Freud implica siempre un pasaje: la reconstrucción de la estructura de la experiencia, a partir de realizar –como lectores– la experiencia de la estructura. No hemos encontrado otros textos que, en nuestros días, nos ofrezcan un periplo semejante.
 
 
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