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   Psicoanálisis y Ciencias

Origen discursivo de las ciencias conjeturales
  Por Carlos Gustavo Motta
   
 
En la década del 50 Raymonds Williams tiene en claro una posición frente la cultura y sus conexiones que permiten establecer un posible cambio social: fenómenos culturales y socioeconómicos agregando el ímpetu de la transformación de un mundo de posguerra.

Aparecen por consiguiente, nuevas complejidades de la vida cultural que en la obra de Williams resitúan el mapa histórico y su desarrollo reunidos en la transformación de significados incluyendo los de la industria que provocan transformaciones semánticas que muestran reacciones por los intensos cambios sociales. Matices que habían surgido en la Revolución Industrial y se prolongaban a la implantación de un orden capitalista hegemónico por Inglaterra.
La cultura para Williams es de todos: no existe una clase especial o un grupo de personas cuya tarea consista en la creación de significados y valores, bien en sentido general, bien en el sentido específico de las artes y el conocimiento. En oposición a la idea de una minoría que decide lo que es cultura y luego la difunde entre “las masas”, Williams propone la comunidad de cultura donde la cuestión central consiste en facilitar el acceso de todos al conocimiento y a los medios de producción cultural. No se trata entonces de una concepción basada en un principio burgués de relaciones sociales sustentadas en la supremacía del individuo, sino en el principio alternativo de solidaridad al que Williams identifica con la clase trabajadora.

El discurso de Williams se dirige, a lo largo de su obra, deconstruyendo esta dicotomía entre cultura y civilización y sus oposiciones correlativas entre mundo espiritual y mundo material, creatividad y mecanicismo, gran arte y vida ordinaria, una obra superadora donde la Cultura, es situada lejos de la vida material y donde encuentra su significado. Williams contribuye a la percepción materialista de la cultura donde los bienes culturales son resultado de medios, ellos mismos materiales de producción, que van desde el lenguaje en tanto que conciencia práctica hasta los medios electrónicos de comunicación que concretan relaciones sociales complejas abarcando a instituciones, convenciones y formas.
Definir cultura es pronunciarse acerca del significado de un modo de vida.
Edward Said recuerda que la cultura es el campo de batalla en el que las causas se exponen a la luz del día y luchan unas contra otras. Estos argumentos echan por tierra las pretensiones de neutralidad y de inocencia de la cultura y asimismo estrecha la noción de lo político reducido a una práctica cultural y a la defensa del particularismo de diferencias culturales que provocan estridentes movimientos culturales posmodernos con el sentido, en el horizonte, de articular cambios sociales en la dirección de sus intereses.

Por su parte, Pierre Bourdieu articula actitudes en un espacio social donde las posiciones subjetivas conforman un sistema relacional basado en intereses significativos y deseados por quienes los ocupan. El concepto de habitus está relacionado con el gusto. Habitus es una especie de gramática de las acciones que sirve para diferenciar a una clase (por ejemplo la clase dominante) de otra (la dominada) en el terreno social. En su ensayo La distinción, Bourdieu se refiere a habitus como un sistema de esquemas para la elaboración de prácticas concretas.

Así, si el “buen gusto” afirma el autor, implica que el catedrático de universidad va a preferir Clave bien temperado de Bach, mientras que los trabajadores manuales y funcionarios de clase media preferirán El Danubio azul, la validez del buen gusto se ve minusvalorada sólo cuando se revela que el catedrático es a su vez hijo de otro catedrático que poseía una colección privada de arte y cuya esposa era buena música aficionada. El catedrático es alguien que no sólo ha alcanzado ciertos logros en el campo de la educación, sino que ha heredado un capital cultural. Es decir que, en casos concretos, el entorno familiar puede suministrar un gran volumen de conocimientos, comprensión y “gusto” que no sólo se aprende formalmente sino que se adquiere de forma inconsciente.

Al gusto habría que sumarle el concepto de identidad y asociarlo con los criterios que presenta Edward Said en el artículo “Cultura, Identidad e Historia” del libro Teoría de la cultura. Un mapa de la cuestión. Ninguna identidad cultural aparece de la nada: todas son construidas de modo colectivo sobre las bases de la experiencia, la memoria, la tradición y una enorme variedad de prácticas y expresiones culturales, políticas y sociales. Desde el fin de siglo XVIII hasta el presente, las nociones centrales de Occidente, de Europa y de identidad europea occidental se encuentran casi siempre estrechamente relacionadas con el ascenso y la caída de los grandes poderes imperiales de Europa, sobre todo los de Gran Bretaña, Francia, Rusia y Estados Unidos. Para este autor existe una relación entre cultura e imperio. Lo ejemplifica por el dominio británico sobre la India que no consistía sólo en un aparato militar, sino también en una red intelectual, etnográfica, moral, estética y pedagógica que servía tanto para persuadir a los colonizadores de su función como para intentar asegurar la aquiescencia y el servicio de los colonizados.
Asimismo menciona la primera novela inglesa, Robinson Crusoe de Daniel Defoe que es la historia de un individuo de la clase media inglesa que naufraga y llega a una isla desierta y, con el paso del tiempo, convierte toda la isla en su dominio y la transforma para su uso. La narración no sólo registra sus acciones, también le permite asumir la identidad construida de alguien que deviene lo que él ya es a gran distancia de su hogar.

El conocimiento del habitus de una clase no permite predecir qué va a hacer un miembro de la clase dominante o dominada en un momento y una situación concreta. Ello supondría eliminar el tiempo y los medios y reafirmar la prioridad del modelo sobre la práctica entendiendo la misma como realidad. Esta división entre teoría y realidad necesita una reelaboración para que la obra de Bourdieu pueda encontrarse a la altura de la de Freud.
El edificio cultural del imperialismo, por lo tanto, se levanta sobre la noción de superioridad occidental, tal como fue formulada con gran lucidez por Jules Harmand en su obra Domination et colonisation (1910) quien acepta como principio y punto de partida el hecho de que hay una jerarquía de razas y civilizaciones. Hay que recordar que la mayoría de las obras estándar sobre África, Oriente, Australia y el Caribe fueron escritas pensando en lectores europeos; rara vez estas obras esperan encontrar lectores no occidentales y mucho menos críticas no europeas como las de Aimé Césaire en el siglo XX, en su Discours sur le colonialisme o de Franz Fanon en Los condenados de la tierra, obras cuya pretensión principal es introducir una voz nativa dentro del texto científico o erudito, y refutar de este modo la perspectiva dominadora de sus textos, sus pretensiones y duplicidad.

Para Karl Mannheim el sociólogo es un diagnosticador de los fenómenos sociales y su oficio es el de diferenciar. Difícil tarea, sobre todo en la sociedad actual donde el concepto de diferencia tiende a ubicarse como una posición subjetiva contraria al igual que el concepto de autoridad, donde muchas veces se la confunde con autoritarismo. La diferencia resulta imprescindible para distinguir los movimientos culturales y es motor, además, de las vanguardias para la posibilidad que las mismas surjan y consoliden posteriormente, movimientos culturales.

Mannheim en Ensayos de la Sociología de la Cultura establece que en la actualidad necesitamos definir no sólo lo conocido, sino también lo desconocido, característica que él mismo despeja del interrogante sobre cuál es la naturaleza de la conciencia contemporánea. Seguramente, agregando de modo personal y siguiendo al Freud de El Yo y Ello, la característica se construye sobre los conceptos de la razón y la prudencia, dos variables del Principio de Realidad que rige al acaecer psíquico (el otro resulta el Principio del Placer, pero éste se encuentra regulado por la instancia psíquica del Ello, dueño fundamentalmente de los impulsos subjetivos).
Toda época tiene su Weltgeist, su espíritu y en algún momento la interpretación sociológica desplazó a la histórica, refiere Mannheim: nuestra época se caracteriza por una creciente conciencia de nosotros mismos y porque además vivimos concientes de existencia social. El punto de vista sociológico llegó a ser omnicomprensivo solamente en el pensamiento del proletariado. El proletariado fue el primer grupo que intentó una estimación de sí mismo y adquiere conciencia de clase. Esta conciencia social según Mannheim no es sólo privilegio del proletariado sino también de otras clases que a su vez promueven a la conciencia de grupos que intentan una situación social nueva.
Uno de los ejemplos que refiere Mannheim es cuando el grupo social revisa las relaciones que mantiene con otro y para ello recuerda Casa de Muñecas de Ibsen que por primera vez en la literatura moderna presenta el choque de dos concepciones de feminidad o con la juventud alemana: en una sociedad estable de campesinos y artesanos, los guardianes de la tradición son intérpretes del orden social que construyen en beneficio propio mientras que una sociedad industrial establece una dirección hacia la juventud y rebaja el valor vigente de la sabiduría acumulada. Mannheim afirma que dos factores hacen posible la conciencia social de sí mismo:
1.- La sociedad contemporánea ha desarrollado una variedad de ajustes automáticos que garantizan la supra y subordinación.

2.- La sociedad contemporánea ha asumido una larga parte de la regulación educativa y disciplinaria que solían ejercer los grupos primarios y las organizaciones comunales.
El nacimiento de la llamada intelligentsia señala la última fase de crecimiento de conciencia social y comprendemos esta élite intelectual por personas involucradas en complejas actividades creativas orientadas al desarrollo y la diseminación de la cultura que incluye a los intelectuales y grupos sociales cercanos a ellos. La intelligentsia no es una clase, no forma un partido y es incapaz de una acción concertada. Puede servirnos la noción de configuración intelectual definición acuñada por Norbert Elías.
El término intelligentsia hace su aparición por primera vez hacia 1860 de la mano del novelista Boborykin, seguido inmediatamente de Touguénev. Las opiniones acerca del origen del término difieren no obstante: el término podría ser de origen francés de la época de la Ilustración. Otros sostienen que esta palabra es de origen alemán (Intelligentz) adaptada al eslavo por los polacos. El término se vuelve un componente insoslayable del debate político y social ruso, a la par que atraviesa pronto sus fronteras.
En la Francia de finales del siglo XIX, se conoce ya el término “intelligentsia rusa” gracias a los viajeros y los emigrados rusos, que desde los años cuarenta forman en París una comunidad activa. No obstante con frecuencia es asociado, tanto en Rusia como en Francia, a un tipo muy específico de intelectual ruso: un intelectual crítico, comprometido con la casusa de la oposición revolucionaria al régimen zarista. A partir de los años 1870 también se asimila a los conceptos de revolución y socialismo.

En Francia, por su parte, el término intelectual surge a finales del siglo XIX y adquiere una difusión nacional gracias a Clémenceau que utiliza en 1898 con ocasión del caso Dreyfus. Para Max Weber en Economía y Sociedad comenta que la intelligentsia rusa distinguida, académica y noble estaba junto al intelectualismo plebeyo, representado por la capa inferior de funcionarios muy cultivados en sus pensamientos sociológicos e intereses culturales universales, especialmente aquellos funcionarios de la administración autónoma, periodistas, maestros de escuela, apóstoles revolucionarios e intelectuales campesinos que respondían a las condiciones sociales rusas.
Si podemos realizar entonces una reflexión personal con estos conceptos precedentes, resulta de importancia el lugar donde esta intelligentsia comenzó a operar de manera marginal en una sociedad de masas provocando nuevas formas de amalgamación. Mannheim refiere en este caso a las tertulias bohemias, la más importante, los cafés. Éstos tienen su origen en el Cercano Oriente, desde donde alcanzan el Occidente por la ruta de Constantinopla, Viena y ciudades portuarias como Hamburgo y Marsella. En Londres, el café hace su primera aparición en 1652; el primer café de París fue abierto cerca de la Bolsa en 1671.

Su rápida propagación por Inglaterra nos da idea de sus nuevas y oportunas funciones: los cafés llegaron a convertirse en los primeros centros de opinión de una sociedad parcialmente democratizada. Los periódicos estaban aún en su infancia. Publicaciones periódicas, parecidas a los actuales diarios, habían circulado desde 1692, pero estaban censuradas y el hábito de leer no se había establecido aún.
El café, por otro lado, ofrecía un lugar para la libertad de expresión, donde se leían panfletos y se pronunciaban discursos y constituye un nuevo centro de amalgamación de grupo. El café es una institución básica de la sociabilidad humana. Si al café en la ciudad de Viena Herman Bahr lo llamó “academia” platónica el café porteño fue el preferido de escritores notorios: a comienzos del siglo XX La Helvetia (Corrientes y San Martín) era frecuentado por Bartolomé Mitre y después por Manuel Mujica Lainez; La Brasileña (Maipú entre Cangallo y Sarmiento) por Rubén Darío; Los Inmortales (Corrientes entre Suipacha y Carlos Pellegrini) por Florencio Sánchez y Roberto J. Payró, el Tortoni (Avenida de Mayo y Esmeralda) por Baldomero Fernández Moreno; la Richmond de la calle Florida elegido por el grupo martinfierrista y luego por la gente de Sur, en tanto en La Fragata (Corrientes y San Martín) se veía a Gombrowicz, en La Ideal a Ramón Gonzalez de la Serna, en el London City (Florida y Avenida de Mayo) a Cortázar, en La Biela a Bioy Casares y Borges, a pesar que los sábados por la noche se reunía en La Perla del Once, en Tolón a Pichon-Rivière.

Esta nueva cultura del discurso intentaba ser divergente con los supuestos fundamentales de la vida cotidiana, constituían modos de lenguaje provocando variantes lingüísticas singulares. La llamada “cultura del café” fue desdibujándose con la difusión de los materiales impresos pero fundamentalmente por el desarrollo de los medios virtuales, pero sin lugar a dudas, fue el ámbito y el alimento donde las vanguardias se desarrollaron y construyeron su potencial.
 
 
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