Inicio   |   Login   |   Registrarse   |   Quienes Somos   |   Contacto   |   STAFF     
BOTONERA EN IMAGEN
 
 
 
Facebook Twitter
   Colaboración

La función del hospital en el tratamiento del sufrimiento psíquico
  Por José Grandinetti
   
 
No voy a referirme a Fregue aunque no es sin él respecto del concepto de “función”. Tampoco voy a referirme necesariamente a nuestro hospital, aunque varias décadas de trabajo ininterrumpido me llevan, lo quiera o no, lo sepa o no, a hablar de él.

Diré solamente que la función en tanto función es necesaria y no contingentemente Simbólica, y está referida a la “hospitalidad” de eso que entiendo por sufrimiento psíquico, más allá de las variaciones estructurales o diagnósticas. Nuestro tema en la cotidianidad del trabajo, se refiere a las diversas formas del sufrimiento psíquico. Con él tienen que vérselas desde el primero al último integrante de una comunidad que se pretenda y se defina como hospitalaria. Aquí introduzco una diferencia que si bien no alude a las controversias actuales, –hospital general vs. hospital monovalente–, las ubica en otro lugar. Ya veremos de qué se trata.
Pero como no querría que se me catalogue de “blando” (no lo he sido nunca porqué habría de serlo ahora), diré: que la controversia hospital general (servicio de psicopatología o salud mental) y hospital monovalente, confundido con el manicomio, me parece, sostiene las mismas coordenadas epistémicas que pretende discutir. O en otros términos: no hay cambio de paradigma alguno. Sí transformaciones de geografía para una misma cuestión, que se sostiene de una concepción de la Salud Mental que sigue confundiendo los condicionamientos de la Phycis con las determinaciones de la Psiquis.

Respecto de los debates referidos a la multidisciplina diré que es una suerte de pantalla que no permite ordenar la cuestión desde las razones suficientes; obliga más bien a ocuparse de las “incumbencias” como si a eso se redujese tamaña cuestión. La pobreza de pensamiento sigue caracterizando a la organización burocrática. No veo porque habría de ser diferente en esta ocasión. En estos nuestros pobres tiempos.
Discurso de la burocracia mental que en su ingenuidad, –que no es tan ingenua–, confunde el ocuparse de un tema como el sufrimiento psíquico (o en su versión optimista el de la salud mental), con el del monotematismo propio a su sordera clínica acompañada de su concepción retrógrada de lo institucional. Señores: Las instituciones monovalentes no son (ni siquiera en el ámbito médico) monotemáticas. Lo monotemático es el resultado de una disposición a lo Uno, a la unidad religiosa, cosa que puede ocurrir tanto en los servicios de psicopatología como en los así llamados “Centros de Salud Mental”. Esa versión única, ese predominio del Uno que ocurre en la lógica manicomial, superpuesto o confundido con una geografía, revela que no se ha entendido absolutamente nada de aquello que atañe al orden institucional. Confundiéndose así el espacio-tiempo simbólico de la institución, con las modalidades burocráticas de un determinado establecimiento.
Querer dar por concluidas experiencias institucionales que aún no han ni siquiera iniciado, es participar de una posición riesgosamente conformista, dada poco y nada a la reflexión.

Quiero pensar en vos alta con ustedes (y aquí sí vale alzar la voz) la función de la hospitalidad que define a cualquier institución cuya razón de “ser-siendo” se dirija a alojar, a albergar, al sujeto del sufrimiento psíquico en sus diferentes formaciones. Dolor y sufrimiento que de no ser “interpretados” (y el término no se reduce a la intervención psicoanalítica), se convertirán en un “modo de ser” ofrecido como objeto al goce pulsional. Esa capacidad para acoger el dolor, la angustia y el sufrimiento que anidan en las diferentes manifestaciones simbólico-reales propias a nuestro malestar existencial, junto con la posibilidad de revertirlos ofreciendo alternativas que impliquen la participación activa de cada uno de sus miembros, define el grado de salud mental que habita una institución. Por eso no se trata tanto de definirla administrativamente desde un programa de salud mental, sino de evaluar las consecuencias de los actos. Poder preguntarse en la singularidad de cada “caso” de que se trata eso que la institución define como salud mental. Lo que hace falta entonces es pararnos a pensar que significa la llamada salud mental.

Suele ocurrir que en los lugares donde se habla mucho en nombre de los pacientes se hace poco y nada con ellos. El psicoanálisis nos ha advertido que tomar la palabra por el prójimo, haciendo de él un adorado fetiche –“mi pacientito”– esconde un inconfesable goce, que amparado en prácticas intelectualmente oscuras, se hacen por su articulación a intereses políticos –partidistas o no–, difíciles de denunciar y desarmar.
En la mayoría de estos casos la incapacidad de discernimiento crítico, dada por el bajo o nulo compromiso ideológico, o mejor dicho por un tipo de compromiso ideológico que implica silenciar que se trata de una ideología, instala este tipo de “acuerdos perversamente contractuales”, como modos de intercambio pretendidamente terapéuticos.

Se tratará entonces, de diferenciar un “hacer por ellos”, propios de la asistencia laica, de un hacer con ellos, para lo cual (y disculpen aquí una verdad de Perogrullo) ellos los “hospedados”, los albergados, tienen que estar presentes en acciones posibilitadoras del sujeto en sus diferentes ámbitos. A esto bien entendido le llamamos una “Política del sujeto”. Favorecerla creo, formará parte de los nuevos dispositivos que demandarán un trato diferente con la llamada salud mental. Especialmente en las “situaciones” de vaciamiento subjetivo dadas por la carencia de participación simbólica o por las desertificaciones, y la “nudes” que instalan las adicciones en nuestra difícil actualidad.

Digamos al pasar, que poder pensar eso que se ha dado en llamar las “nuevas patologías”, instalándonos de otra manera que desde las intervenciones propias del “furor curandi”, consideraría las diversas posibilidades de un estar en “tránsito a casa”, aún en la internación, siempre y cuando ni la casa ni el tránsito sean cómodos eufemismos o frases hechas por y para los intereses de la administración hospitalaria. Si pudiese sostenerse efectivamente ese estar en “tránsito a casa”, asestaríamos un duro golpe a la comodidad de ese paradigma que apela a la expulsión y al vaciamiento dada su declarada incapacidad para meditar acerca de la función supletoria que deberían tener nuestras instituciones de salud mental, en lo referente al abrigar, esto es al guardar en el sentido de albergar y colocar bajo el amparo y la protección a alguien. Esta posición sabemos difiere diametralmente del gozoso y defensivo encierro en cualquiera de sus formas y en cualquiera de sus tiempos, ya sea que se trate de algunos días en el servicio de salud mental, en el consultorio ambulatorio entre las cuatro paredes de la medicación o en el “encierro” de una pseudo interpretación.
Recalquemos en lo que nos atañe, (que por supuesto no se reduce a la internación), que “albergar la palabra es siempre hospedar al sujeto” y hacerle lugar no es sin cierta renuncia a los postulados aplastantes del “yo soy”, posición paranoica tan frecuente en el entramado de la institución.

Posición capturantemente imaginaria que desde ya no se resuelve ni en el desinterés propio del indiferente, ni en la falta de respeto en la que se acomoda el negligente parasitario.
Consideremos que el “estar vuelto a otros” implica una labor psíquica constante, no tratándose por ello de renuncia narcisísitica alguna (¡nada de religión en esto!).
Se trata de un “co-estar”, para el que no cuentan ni grados ni jerarquías. Y para el que no valen funciones administrativas.
Un co-estar requerido y regulado por la consideración que cada uno le otorgue a la empatía (atención que no hablé de transferencia). Empatía que no constituye un co-estar sino que ella es posible tan solo sobre la base de ese co-estar. Claro que siempre y cuando no se la rechaza, por las diferentes cuestiones neuróticas de cada uno. Lo mismo vale, podríamos decir, para la transferencia en un dispositivo más acotado.
La función de la hospitalidad propia de lo hospedante, que remarcamos no solo no se reduce al hospital, sino que muchas veces se opone a él, se refiere fundamentalmente al favorecimiento de ese co-estar, que insistimos, siempre es transitorio, (un tránsito a casa, al hogar) y constituye una escena supletoria que favorece, si se la atiende en su singularidad, el estar de cada uno en “el mundo del co-estar”, que no es ni el mundo de lo incontable propio del autismo, ni el mundo de lo “sin- número”, propio de la masa indiferenciada.

Ese “irrespetuoso” modo de co-estar rechazando lo singular, caracteriza a la lógica manicomial. Nadie cuenta con nadie y si se cuenta es solo desde lo estadístico del contar. Eso que muchas veces sin saber lo que decimos llamamos “giro cama”. Un contar no con, sino a los otros en tanto numéricamente otros y no cada uno. Esto dice de un contar con los otros sin contar en serio con ellos (con cada uno) y sin que tampoco se quiera “tener que ver” con ellos. Los “asistidos” así, forman parte de un proyecto en el que paradójicamente son tratados como objetos-deyectos de todo proyecto. Recuerden que decíamos que suele ocurrir que en los lugares donde mas se “habla”, –en realidad ostensivamente– de los pacientes, menos se les pregunta y mucho menos se considera el modo en que ellos participarían en el armado de su “propio bien”.

Suele ocurrir que se intenten cambios que se reducen solo a las “condiciones existenciales” (y bienvenido sean si la cosa no se reduce a ellas) que no equivalen al cambio de las “condiciones existenciarias”. Un recubrimiento encubridor de la “Nuda Vida”, que no por estar mejor vestida resultará menos “Nuda” como vida.

Entiendo que el cambio en las condiciones existenciarias es posible solo si se trabajan los sitios que el sujeto ocupa o es obligado a ocupar en la producción discursiva. Esto es en los modos de participación de todos y cada uno de los miembros de la institución que en ese sentido pueden ser definidos como “tratados-tratantes”, o simplemente por la búsqueda constante de lazos creativos, menos locos, menos competitivos, menos egoístas. En una palabra tratos que impliquen menos de lo peor.

Esto requiere que cada integrante considere, con sus modos, a su manera, con sus limitaciones y con sus intelecciones siempre diferentes, de que forma participará en el cuidado, mantenimiento y relanzamiento de las condiciones que posibiliten la expresión del sujeto (no dije el paciente, tampoco el terapeuta, tampoco el administrativo). Repito: del sujeto en tanto expresión, que permite oír y hacer oír donde de verdad se habla. Y aclaremos que esto no ocurre necesariamente en los gritos de las asambleas, aunque puedan también ponerse de manifiesto allí, ¿por qué no? La cuestión estriba entonces en dejar compadecer al sujeto, en dejar que por las diferentes vías éste ocurra y concurra. Vías que –¿hace falta aclararlo?– no excluyen la política, pero tampoco encuentran la vía regia en ella. Un mal uso de lo político puede implicar para mi gusto el opacamiento, y cuando no, el silenciamiento del sujeto por decreto. También ocurre que enardecidos reclamos políticos dejen por fuera el cambio de trato entre sujetos. ¿Quién no ha participado de intentos de cambio sostenido desde viejos y atrapados modos que no promueven nada nuevo?
Repetimos entonces que nuestra responsabilidad, la de cada uno ¡que será diferente solo por ser la de cada uno! es la de dejar que el sujeto concurra, compadezca, acontezca en la reconstrucción de la subjetividad que es siempre construcción-deconstruccción en términos de la dialéctica de la inter-subjetividad. Ese co-estar de la inter-significancia que nos implica con el otro, igual o más, que un plato de comida cuando el alma tira y reclama su sitio en el estar. Llámenle función de lo psíquico a este reclamo si quieren.

Decimos de una subjetividad que es intersignificante, “conversada”, en tanto se realza y se realiza con el Otro que da fe de la palabra. El Otro con quien nos disponemos a oír y por lo tanto a hablar desde trastocadas (pero no por ello trastornadas) formas del decir. De un Otro decir abierto a los efectos permanentes de las retro-acciones, las re formulaciones; en fin a lo poético, que si se trabaja para ello vive en la vida. En nuestra sencilla y única vida.
Resaltemos entonces que se trata de un trabajo de historización que es historicidad y no historización petrificada y monumental, cuya función primordial es la de escribir-re-escribir, construir-deconstruir y al fin inscribir (no son sinónimos sino tiempos en el trabajo de una institución) la propia subjetividad.
La función de lo hospitalario en un hospital (llámese este como se llame, aunque la forma de nombrarlo no es ajena a su función) es la de legitimizarse como un territorio de intercambios. Un lugar factual de composición de actividades tendientes a simbolizar y enlazar eso que llamamos sociedad.

Cada vez más ocurrirá que se requiera de espacios-tiempo donde disponerse a “experiencias subjetivas” que contrarresten eso que muy bien llamó Simón Weill, “desalmar”. Una constante descalificación de las “obras del espíritu” que en algunos sitios se remedan –no dije se remedian– idiotamente desde un como si que tapona esa falta de espíritu, que mejor debería destacarse, para poder construirse a partir de eso una posición que ligue con lo espiritual. En este propósito no dudo que el psicoanálisis podría acompañarnos no solo como un saber referencial, sino propiciando una ética que ponga en su lugar la responsabilidad que cada quien tiene a la hora de propiciar hablar, escribir o pintar. Esto es, a las diferentes formas de tomar la palabra. Para ello deberíamos recordar que el hospital es un acontecimiento lingüístico y que sin él nada sabríamos del hospedar. Su hospedar consiste también en un poner de entrada su “historialidad” que no se subsume a su historia como institución (vaya aquí nuestro homenaje a los 150 años) sino a su función en la labor de historizar.

Historizar que no quiere decir totalizar, ni mucho menos comandar sentidos. Las instituciones son llamadas totales fundamentalmente por su dominancia respecto al sentido. Bien podríamos denominarlas “Instituciones del signo”. Instituciones que siempre exigen, ocurra lo que ocurra, un alto grado de fidelidad. Recordemos que venimos de una historia trágica al respecto, me refiero a las connivencias, a los silenciamientos y a los secretos de camaradería.
Las instituciones corren siempre el peligro de una fidelidad entendida como sobreestimación a lo establecido (tradición, familia y propiedad) ya sea por temor o por comodidad. Posiciones estas de las que resulta el conformismo y la inercia que caracteriza a la idiotez moral.

Entiendo desde esta perspectiva al llamado proceso de “desinstitucionalización”, como una posibilidad de trastocar y alterar la inercia del texto establecido. La inercia de la lectura única y de la naturalización del sentido. Trocar la idea de la historia como una trágica fatalidad.
Se trata sin dudas de una labor de discernimiento y de crítica que va a contrapelo de la institucionalización y del achatamiento del pensamiento. Lo opuesto a la institucionalización no es el vaciamiento que tal como vimos se lo mal entiende desde cierta corta y colonizada posición política. Lo opuesto a la chatura y a la quietud de la institucionalización es el dispendio, el gasto de experiencias sin tanto reparo, sin tantas seguridades, sin tantas garantías. Seguro que no faltaran quienes desacrediten el valor de un tal dispendio de saber por diferentes y variadas razones. A estas, las resumiré en dos: las razones epistemofílicas y las epistemológicas, que por la articulación de ambas selladas en el “prejuicio”, no se abren nunca a la discusión.

Si efectivamente quiere ponerse al hospital en función del tratamiento del sufrimiento psíquico, a quien hay que tratar también es al mismísimo hospital. Tratamiento que no pasa por las restricciones o las prescripciones burocráticas sino por la revisión permanente de cada uno de sus miembros en un proyecto constante de transformación y actualización que no pierda de vista que de lo que se trata es del sufrimiento psíquico. Sufrimiento que no se resuelve compulsivamente desde ningún reduccionismo ya sea este psiquiátrico, psicoanalítico o social.
Hace algunos años, refiriéndonos a los peligros que comporta el goce de la inercia y la dejadez del pensar, marcamos varios puntos de los que por una cuestión de tiempo daré solo los títulos:
El automatismo de las prácticas y de su rutina aletargante.
De la praxis cansada y cansina.
De la inercia de las ideas con la falta de pensamiento crítico que esto comporta.
De la conmoción de la acumulación y la petrificación del saber y
De la institucionalización estatuaria y estatutaria de ese saber.1

Para finalizar diré que puede ocurrir tal como por otra parte siempre ocurre, que de estas cuestiones no se quiera saber ni siquiera un poco. De ser así, que se sepa y esta es mi posición después de trabajar varias décadas en el tema, que la función del hospital no será función simbólica de nada y que su posición se sostendrá solamente de una compulsión a durar. Compulsión que no será el duro deseo de durar, sino el empecinado y senil temor a morir.

Nota: Conferencia pronunciada el jueves 21 de noviembre del 2013 con motivo de la celebración de los 150 años del Hospital de Salud Mental “Dr. José Tiburcio Borda”.
__________________
1. Transformaciones institucionales en Salud Mental.(Trabajo inédito)
 
 
© Copyright ImagoAgenda.com / LetraViva

 



   Otros artículos de este autor
 
» Imago Agenda Nº 194 | enero 2016 | El 25° Aniversario de la Escuela de Psicoanálisis del Borda y Pichon-Rivière 
» Imago Agenda Nº 159 | mayo 2012 | La ocasión de un “encuentro” 
» Imago Agenda Nº 78 | abril 2004 | Ética y poder 
» Imago Agenda Nº 71 | julio 2003 | Experiencia, estilo y singularidad del analista 

 

 
» AEAPG
Curso Superior en Psicoanálisis con Niños y Adolescentes  Inscripción 2019
 
» Fundación Tiempo
FORMACIÓN Y ASISTENCIA EN PRIMERA INFANCIA  POSGRADO EN ATENCIÓN TEMPRANA CON PRÁCTICA ASISTENCIAL
 
» AEAPG
Maestría en Psicoanálisis / Especialización en Psicoanálisis de Adultos  Inscripción 2019
 
» Centro Dos
Formación clínica en Psicoanálisis  Ingreso Agosto 2018
 
Letra Viva Libros  |  Av. Coronel Díaz 1837  |  Ciudad de Buenos Aires, Argentina  |  Tel. 54 11 4825-9034
Ecuador 618  |  Tel. 54 11 4963-1985   info@imagoagenda.com