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   Tiempos de Anorexia

"Cuando las luces se apagan":
  Tiempos clínicos en la anorexia.
   
  Por Pablo Kovalovsky
   
 
La anorexia mental en adultos se presenta en la clínica bajo dos formas claramente definidas. Éstas responden a los dos diferentes abordajes que de esta patología realizaron a fines del siglo XIX dos eminentes psiquiatras que hicieron posible –gracias a una exquisita semiología– diferenciar el cuadro. Por un lado Charcot, quien lo considera vertiginoso y pasible de una resolución irreversible de intervenir drásticamente, a través del aislamiento y con la premura que convocaba a una alimentación forzada de las pacientes. Por otra parte, Lasègue, quien en su famoso artículo de 1873 “La anorexia histérica” describió el cuadro clínico, se mostraba calmo y a la espera junto a la cama de la enferma.

¿Cuál era el motivo de ese tiempo que Lasègue se otorgaba en la dirección de la cura? El partía de la no consideración de la anorexia como un cuadro fatal si era dejado libre a sus avatares, por ello tan solo brindaba alimento a la muchacha enferma recién en el momento en que ésta se lo demandaba. Ello ocurría casi siempre cuando la paciente advertía el signo de la angustia en la mirada de sus padres, vale decir, cuando un cambio en la mirada de éstos denotaba una falta en el Otro. La mirada “depuesta” de los padres venía a significar una admisión de un “no saber” que transparentando un límite hacía emerger el intervalo, la abertura de la cerrazón de ese otro saber previo acerca de la necesidad, de esa mirada vigilante “impuesta”, que exigía comer. Recién en ese momento se producía un pedido de ayuda ante el cual Lasègue actuaba resueltamente, brindando a su paciente el alimento. Me interesa señalar el momento en el cual una de las presentaciones, aquella descrita de manera tan brillante por la pluma de Lasègue, se precipita en la otra, la de Charcot. El riesgo desestabilizador que conlleva, dada su imperiosidad, impone la urgencia que convoca a un acto por parte del analista que es, en ese momento, ineludible. Este acto implica ante todo el de un “estar advertido” de este posible abismarse súbito de la escena en la zona oscura donde el cuerpo vivo se desvive y la muerte real acecha.

Freud, en su “Manuscrito G”, acerca de la melancolía, escribe: “La neurosis alimentaria paralela a la melancolía es la anorexia. La tan conocida anorexia nerviosa de las adolescentes me parece representar, tras detenida observación, una melancolía en presencia de una sexualidad rudimentaria. La paciente asevera no haber comido simplemente porque no tenía apetito, y nada más. Pérdida de apetito equivale, en términos sexuales, a pérdida de la libido”.
Lacan, en su Seminario 1, de 1953, ya aborda el tema a través de la respuesta a Hyppolite sobre su comentario acerca del texto de Freud sobre la negación. La dimensión del negativismo y el de la negación hacen contrapunto en este texto en el caso que comenta de E. Kris acerca del paciente que sufre de “plagiarismo” y despliega un acting out en relación con los “sesos frescos”1. Este caso debe ser enmarcado en función del texto en el que se apoya Kris, que es el de Melitta Schmideberg donde esta autora articula la inhibición intelectual con las dificultades en el comer en relación a este mismo analizante en un análisis previo.2

Este caso implica una posición en la que desde la llamada “Psicología del yo” se promueve un cuestionamiento a su anterior analista. Ésta nos habla de un tiempo postpuberal de su paciente y enfatiza el dato clínico de una compulsión a “robar dulces y golosinas”. E. Kris critica a Schmideberg por abordar el análisis desde un trabajo en la “profundidad del ello” en desmedro de la psicología yoica y supone que “un trabajo en superficie”, según el autor, fue desestimado; vale decir que considera el fracaso del análisis previo por haber acentuado tan solo lo pulsional, en este caso la compulsión al robo de dulces y golosinas.

Lacan relee el texto de Schmideberg. Recupera la función del objeto en la pulsión oral y de algún modo el texto donde la autora relata, en el inicio, el caso de una paciente esquizofrénica, con disturbios en su historia referidos al amamantamiento materno y que decía a su analista, acerca de sus dificultades en el comer: “yo puedo comer nada”. Deslizamiento gramatical que para Lacan no tiene desperdicio ya que recortará el objeto del cual se alimenta el anoréxico, el objeto oral por excelencia, como el objeto “nada”, que no es “la nada” filosófica, sino algo tan consistente que puede sostener la afirmación de comer y transformar al objeto en el alimento indenegable de la pulsión.

La anorexia señala “el nada” que el niño necesita recortar en el Otro que alimenta. Genera, al modo de una privación real el intervalo, la brecha donde su acción perseverante y pertinaz de rechazo a nutrirse se afirma para no quedar a merced de la demanda del Otro primordial. Es el esbozo precario de un sujeto allí donde el Otro no hace lugar al sujeto por venir. Esta precariedad, hace sugerir el tiempo instituyente fallido del deseo que queda en lo incierto de esas formaciones que son, genéricamente llamadas border-line, acting-out, pasajes al acto, formaciones de carácter, o perversiones transitorias en el curso de los análisis de las cuales los casos aquí mencionados ilustran.
Los anoréxicos comen esa “nada” que “hace falta” donde esa falta no se ofrece, erosiona y cava el hueco que el saber del Otro rellena, atosiga.

El paciente de Ernst Kris sufre de plagiarismo porque no puede reconocerse en una idea por él producida, no la considera sino robada de otro, no la incorpora como propia. En esa no incorporación Lacan lo ubica en el rango de anoréxico.
Alimentar, atosigar de comida y de saber se reúnen en forma conceptual en el comentario de Lacan para indicar que Kris, atosiga de saber a su paciente en el marco transferencial, ya que él mismo como analista no ofrece el intervalo que aloje la verdad de su analizante. Es por ello que este caso se destaca en su escrito acerca de la dirección de la cura. Esta verdad de su analizante remite a la precariedad de su deseo. Entonces resulta en vano que Kris insista en leer la dimensión edípica en su decir ya que aquel no dispone de la terceridad estruturante que lo funde. Esto no le permite más que robar, en su fantasma, el saber del Otro, un colega en la ocasión. Si bien ya no roba golosinas tan solo puede reconocerse como plagiario. Esas ideas que no alcanza a reconocer como propias a pesar de los esfuerzos de Kris por recurrrir a su yo, reflejan de un modo patético su incapacidad de apropiarse, de hacer propio, de incorporar algo del Otro. Esta es también la operación que llamamos “transmisión” en el caso de un saber que transporta una experiencia. Esto sabemos que ocurre siempre y cuando no se atosigue al discípulo o al analizante con saber. Tan solo puede darse si el que transmite es atravesado por la falta donde el otro encuentre un lugar de apropiación de esa experiencia. El atiborrar con saber produce el mismo efecto anoréxico que en el caso de las madres que no alcanzan a libinizar la alimentación de su niño y el orden de la necesidad recae en la demanda que ordena “a comer” sin significación deseante alguna.

En el inicio que Lacan hace de su Seminario de 1971-72 “Encore” advierte a sus discípulos que él acostumbra a brindar el saber “por migajas” ya que de lo contrario despertaría inmediatamente la pasión anoréxica que habita en los neuróticos (sin apetito, sin deseo) que enuncia en esa oportunidad como la de un “no querer saber nada de eso”. Articula así la pasión por la ignorancia con la anorexia.
No querer, no es no desear. No hay un deseo de saber, hay algo que está ligado al querer, del costado cercano a la voluntad, no en el sentido de una voluntad racional sino aquella que recuperó Freud de un Schopenhauer que situaba lo “volitivo” del lado del goce irracional contrapuesto a lo “votivo” de un deseo articulado. Esta oposición, entre “lo volitivo y lo votivo”3 se articula con la dimensión de una imposibilidad de asir un deseo que no se sostenga sino en la perseverancia de la voluntad.

Un deseo que no se afirme en un querer será un deseo desamarrado, uno más de los deseos en los que el sujeto se dispersa y se aturde. Por otra parte, un querer desarraigado del deseo no tendrá más destino que la pasión, el ser sin sujeto que lo articule simbólicamente en su historia. La precariedad de la estuctura se revela cuando de no anudarse el deseo a la demanda (aquí necesidad) queda demorado en un tiempo infinito, en la báscula entre un querer no desear, o un desear no querer. Cualquier comida le da igual o solo se afirma en su comer “nada”. Sucede que para poder ser ejercida esa apropiación de comida o de saber es necesario que el sujeto disponga “de un deseo que vivifique la idea”4, de lo contrario esa idea no podrá ser incorporada, será una idea acumulada, muerta entre otras ideas de las que el sujeto no dispone.

Veamos entonces cómo la anorexia mental, indica cómo lo “mental” baliza el deseo que vivifica a la idea así como al deseo que libidiniza al alimento y con ello lo hace apetitoso. Pero para que esa idea se vivifique es necesario perseverar. Sin ese anclaje constitutivo en el punto más irracional del Otro basta para constatar que la voluntad no solo es irracional sino que es, como el goce, la exterioridad por excelencia. La dificultad de articular el deseo al goce indica el interminable bascular entre el sujeto y el Otro. Volvemos con ello al punto donde el sujeto busca en el intervalo, en lo no articulado del Otro, enigmático, del cual depende la respuesta a la pregunta que realiza en lo real de su cuerpo el anoréxico.
Él no ha podido formular el interrogante al Otro que dice: ¿Puedes perderme? Por lo tanto su deseo está a la deriva sin el anclaje en la falta que debe venir desde el Otro. Esta operación constitutiva que implica la abolición, la destitución subjetiva que funda la represión originaria y que se llama “función afanísica”, no se ha dado y no ha habido lugar para la generación del intervalo en el Otro, entonces “el sujeto no puede liberarse de la función letal del efecto afanísico.5
Si la anorexia subraya la respuesta bizarra de colmarse con un objeto, objeto “nada”, y si pone como prenda a su propio cuerpo como objeto a consumir para la mirada del Otro, no es menos cierto que lo hace resguardando durante un cierto tiempo, a veces extremadamente largo, un límite, ya que sin ese cuerpo a mostrar al Otro en la ocasión, Otro voier, no podría mantener el diálogo fenoménicamente perverso donde no deja de exhibir su nada, a sus padres, a los médicos, a la multitud impersonal que la convocan con su mirada al lugar de una percha, un cuerpo para vestir, un desecho, como cuando se les exige ser la cover-girl de las que habla Barthes6.

Si superponemos el punto desde donde se mira a aquel desde donde el sujeto se ve, el efecto de fascinación hipnótica producido, acerca el ideal del yo al objeto cuerpo que coloca en la vidriera. Estamos más en el escenario que en la escena de la vida, en el out del acting-out que conlleva los fenómenos de la estabilidad precaria perversa que lo anima. Un estar fuera de sí, con esa hiperactividad, esa argumentación de réplica que ya había observado Freud en su “joven homosexual”7. Si el primer tiempo reviste el encastrado del Ideal en el objeto el segundo sufrirá los avatares del Superyó. Quizás no aparezca como un acto suicida calculado pero por sus efectos no nos pueden despistar. El pasaje al acto suicida está en marcha. El sujeto se encarna en esa “nada” de un modo sacrificial para hacerle una brecha en el Otro. Es allí donde el analista no debe perderse a considerar los avatares clínicos desde el marco del deseo y su interpretación ya que justamente es el deseo que vivifica el cuerpo y la mirada que lo libidiniza la que en este caso falta, vale decir que no podemos considerar que estamos en el campo de la represión y el retorno de lo reprimido, como en la histeria sino de un persistencia “indómita”8 a la voluntad de comer nada.

Para ilustrar los tiempos y los fenómenos clínicos mencionados recurriré al cuento de Kafka: “Un artista del hambre”.9
En el mismo se describe el espectáculo que significaba en un tiempo la llegada de un ayunador profesional a un pueblo. Las condiciones del ayuno estaban ya pautadas por el productor y la mostración duraba cuarenta días en los que la gente desfilaba para observar al artista, encerrado éste en una jaula y vigilado por guardias que cuya función era la de controlar lo acordado. El artista del hambre solía cantar a viva voz ante el mínimo descuido de los guardias, en los momentos en los que su mirada atenta se desviaba, para dar así testimonio, con la expulsión de la columna aérea, del estado de vacío oral soportado. Debía cuidar ante todo su prestigio. En realidad él podría haber sostenido un ayuno infinito ya que su orgullo anclado en la mirada azorada del público se anudaba al desapego por el acto de ingerir alimentos, él se alimentaba de esa mirada a la que ofrecía su cuerpo consumido como constituyendo un goce en si mismo.
El ayunador es trasladado entonces al circo, donde es ubicado cerca de la jaula de los animales y recibe paulatinamente menos visitas. Ante la carencia del soporte de la mirada del Otro, presentificado por el público y su fascinación, el artista del hambre se consume. Antes de morir, y a poco de ser advertida circunstancialmente su presencia, había llegado a decir al dueño del circo, con el susurro de voz que le restaba, la verdad miserable de su proeza: que él no había comido porque no encontró en su vida algo que le gustase.

Kafka ilustra los tiempos donde en el encuentro perverso y ritual de la anorexia con la mirada del Otro que lo sube al escenario estabiliza su fantasma. Entrevemos en ello el hilo del “Ideal de yo” exigente y vigilador que Freud nos describe en “Introducción al Narcisismo”, el que está montado casi totalmente en el contorno de la perfección del “yo ideal”.10
El tiempo de la caída supone en el vaciamiento de esa mirada y en el susurro que resta como cuerpo, una voz que se ha desplomado sobre el sujeto que queda a merced del imperativo del superyó, donde no hay ningún ordenamiento ni exigencia a conformar. El superyó lo deja solo con el goce que lo consume, sin recursos, dejando traslucir el trasfondo melancólico que lo corroe. Se trata de ese agujero por donde la libido se escurre y vacía el cuerpo.

La fenomenología del pasaje al acto no se circunscribe estrictamente al instante de la muerte sino a esa identificación sin red, paulatina, del sujeto al objeto de desecho en el cual se transforma. En ese cuerpo muerto del que solo emerge en el límite la voz que confiesa su vacío deseante, está la presencia de la voz del superyó. El artista no ha hecho un arte de su anorexia, sino por efecto de quedar tan solo bajo el efecto de una voluntad, la del Otro, la del Goce del Otro. Esa voluntad, librada a su capricho, está absolutamente desasida de cualquier moción deseante que libidinice la comida.
Si el primer tiempo anticipa el segundo, considero significativo en la dirección de la cura la posibilidad de advertir esta posibilidad de transformación desde un acting-out, donde el matiz perverso del fantasma que anida pudiese enmascarar la precipitación siempre posible en un pasaje al acto melancólico.

Estas reflexiones pueden valer, por ejemplo, para la clínica de las adicciones en general donde en muchas oportunidades la constelación fenoménica perversa tiende a ocultar bajo una presentación espectacular el costado melancólico que acecha cuando las luces se apagan.
_______________
1. Ernst Kris. “Ego psychology and interpretation”, Psychoanalytic Quaterly, N1, Enero de 1951.
2. Melitta Schmideberg: “Intellectual inhibition and disturbances in eating”. London
3. J.Lacan: “El deseo y su interpretación”.7 de enero de 1959.(Lo votivo remite al voto, la promesa , al sujeto deseante y su decir)
4. J.Lacan, Escritos. “La dirección de la cura”.Paidós.
5. J.Lacan. Seminario XI . Paidós.
6. R,Barthes. El sistema de la moda, página 295, Paidós.
7. SFreud. “Acerca de un caso de homosexualidad femenina”. Amorrortu.
8. Ginette Raimbault, C. Eliacheff: Las indomables. Nueva Visión
9. F. Kafka, Obras Completas. Edicomunicación.
10. S. Freud. “Introducción al narcisismo”. Amorrortu.
 
 
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