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   Clínica con niños

El sexo de los débiles
  Por Aquiles Cristiani
   
 
Este es el primer texto de la sección “Clínica con niños”, dirigida por Pablo Peusner y Luciano Lutereau, y apunta a un tema crucial y generalmente ignorado: la pregunta por la sexualidad en la debilidad mental. Así, esta columna apunta a poner de relieve problemas clínicos que valgan por su actualidad e interpelación, más allá de la jerga con que se enuncien. Preferimos la experiencia al dogma.


El sexo de los débiles

Yo no sé si entre los escurridizos límites de la clínica la vereda cuenta como margen furtivo del dispositivo, pero sí pude experimentar que cuando el marco de un Centro de Día para débiles mentales –como en el caso que voy a referir– no habilita consultorios, o no cree en ellos por los motivos que fueran, el psicoanálisis, si es que sobrevive, se las da de cara contra una expresión más rústica de su práctica.

Esta enorme circunstancia nos tiene a los jóvenes lacanianos, que aceptamos el trabajo felices de iniciarnos en la salud mental, en una enorme encrucijada: por un lado, pesa la ansiedad de ver decantar las partículas de saber aprendido sobre el fondo de la propia experiencia, por otro, descubrimos al poco tiempo que por fuera del dispositivo clásico uno se ve obligado a correr tras las urgencias. Un concurrente está tirando las zapatillas a lo del vecino, otro tuvo un ataque de epilepsia, se cayó y se abrió la ceja, otros dos están a punto de matarse por la paternidad de la gatita Flor, y así cada día. Los espacios de intervención –si el psicoanálisis sobrevive, insisto, de alguna forma por fuerza imposible de saber– nos obliga a poner y sacar palabra en situaciones cuanto menos bruscas, y con consecuencias inmediatas. O bien, cuando un ciego está caminando por la calle a la deriva el après coup uno no querría conocerlo.
La mayoría de los jóvenes profesionales, es comprensible, acepta que esto no es psicoanálisis y se apresta a dejar la institución lo antes posible. Los que no consiguen nada mejor, se vuelcan a implementar normativas (suaves pero pedagógicas) y anudan su anhelo de engrosar las filas del Dr. Lacan a un léxico que les recuerda que alguna vez quisieron ser analistas.

Fuera de que es difícil ubicar una demanda en la debilidad mental, muchas de las personas con certificado de discapacidad viven literalmente en y para las instituciones que los alojan. No asisten en busca de terapia simplemente porque están confinados a lo terapéutico. Esto no es necesariamente pernicioso (aunque sí muchas veces iatrogénico), o por lo menos lo prefiero a ese resplandor siniestro que guardo desde la infancia: una vez descubrí que en la casa de al lado vivía un Down. Yo sabía lo qué era un mogólico –todavía se los llamaba así a fines de los 80– y no podía creer que esta señora tan buena que era nuestra vecina lo tuviera encerrado en una habitación, que no se le ocurriera dejarlo salir a jugar con nosotros a la vereda aunque cada tanto se comiera un poco de barro del cordón o no supiera sonarse a su debido tiempo los mocos.

Hoy a los discapacitados mentales el Estado les asigna dinero suficiente como para vivir. En ese sentido están mucho mejor que los neuróticos. Lo único malo es que el destino de sus singularidades quedará sesgado por este marco cuyo límite más visible es la vereda. Una vereda que por mucho que se la camine nunca da, si se me permite una licencia poética, con esa puerta que después de una escalera desemboca en una habitación de luz tenue con una cama, una cama grande, para compartir.

De Jerónimo podría escribirse un caso clínico que dejaría al joven Werther en una situación vergonzosa. Ni siquiera está consignado en los legajos. Secretos a viva voz: así se construye en las instituciones el pasado en la debilidad mental. De a retazos de terceros que en definitiva dicen más del espacio que están dispuestos a concederles que de aquello que refiere de sí una persona quiera o no reelaborar la novela familiar. Una enfermera vieja me cuenta la verdadera historia de Jerónimo:

«A Jerónimo, como nació Down, el padre no lo quería. Era un alemán nazi. La madre lo dejó en la cuna e incendió la pieza. Después se tiró por el balcón».

Jeronimo no sé cómo sobrevivió ni si el relato es pura leyenda. No queda registro de su salida del fuego, nadie a quien consultar. El padre murió sin contárselo y los hermanos conservan la línea paterna aunque son más generesos a la hora de destinar ciertas sumas de dinero en camisas, reproductores mp3, dvds, panchos, excursiones.
Jerónimo perdió un ojo en el incendio pero nunca lo oí lamentarse por ese globo gris y acuoso que le da un aire de fiereza; sí muchas veces lo escuché celebrar los de su novia. “Me gustan sus ojos”, dice todo el tiempo. Incluso coincido en lo ¿real?, su novia tiene lindos ojos, tiene una hermosa cara y es sin dudas la más bonita de todo el Centro de Día.

El punto es que estamos en la vereda. Ni Jerónimo ni su familia vinieron a mí para consultar nada. Yo soy una suerte de obligación benévola hacia ellos, lo mejor que podría pasarles dado el incordio que implica sostener un hijo discapacitado hasta el día de su muerte. El Estado en ese sentido parece ir más rápido que las familias. Y si bien las formas de amor que puede propiciar una macroinstitución como la que ejercen los gobiernos son en algún punto mezquinas y seriales es difícil encontrar argumentos para preferir que un débil mental pase sus días haciendo música, pintura, huerta, paseando por Tecnópolis y Temaikèn, a encerrarlo en un pieza, como a mi vecino, probablemente viendo televisión y comiendo con la mano.
El punto, insisto, es que estamos en la vereda, o que cuando Jerónimo pisa las baldosas afloja los hombros. Ya no responde a la obediencia que mejor sirve a sus pequeños placeres institucionales sino que los comenta tal cual se presentan ahí, en el mundo que nos presta la vereda, la calle, los autos que pasan...

Tenemos que ir a comprar comida para peces. El Centro tiene una pecera. Varias veces se intentó que los concurrentes alimentaran a los carassius auratus pero la desmesura de criterio los aniquilaba por sobredosis si antes no se pudría el agua. Así que terminé dándoles de comer yo sólo para no sostener un como sí con estos pobres prisioneros que desde la Disnastía Tang (618-907 d.C) alegran los estanques ornamentales.
De camino al acuario paramos en un kiosco y compramos unas Halls. A Jerónimo le gusta que le pase el billete y pagar él. Me entrega el vuelto. Comemos unas pastillas. Las tritura con las muelas. Yo también, apenas treinta segundos más tarde.
Son las 9:15 y el acuario abre a las 10. Nos sentamos a esperar. Me da la impresión de que todo el tiempo que permanezcamos fuera del Centro él se va a mostrar sin obligaciones para conmigo. Dejo de pensar. Él no tiene necesidad de hablar y yo empiezo a encontrar estúpido deberme a mi profesión en tanto actividad rentada. En el fondo somos dos poetas mirando las hojas de los árboles agitadas en la luz de la mañana. A mí me pagan para eso, para mirar el silencio, a él para generarlo. El mundo no tiene nada que hacer y nos gratifica con el viento.

Igual nos terminamos aburriendo y decidimos dar un paseo. Mientras camina empieza a hablar. Yo estoy muy lejos de esperar un lapsus para intervenir. No va por el camino del significante ese asunto, el sujet, en estos casos. Sin embargo, al menos mientras camino, no me sirve cruzarme de vereda, reírme de Freud y de Lacan; del otro lado me espera un soporte que sí sabe de qué se trata y no tiene tiempo que perder.
Jerónimo me cuenta que quiere ir a Musimundo y comprar el cd de Casi Angeles. Saca la billetera, me muestra dos pesos y me pregunta, ¿me alcanza?
No, ni aunque fabriques doce toneladas de dulce de mandarina te va alcanzar, pienso con violencia. Y también pienso que enquistarme contra las imposiciones de una institución es defender una ética como quien reclama su derecho al onanismo.
Seguimos caminando. No sé si pensar es una forma de escucha.

Ah, sí, la experiencia. En la pared de un colegio alguien pintó con aerosol una esvástica en azul, en rojo la tachó otra persona increpándolo de fachista, etc. Jerónimo señala la esvástica y dice “Hitler”. ¿Conocés a Hitler?, le pregunto. Me contesta que a su papá le gustaba, pero que era malo, mató mucha gente. ¿Cómo es eso?
Me cuenta. Armó el nazismo desde la película protagonizada por Harrison Ford y se quedó del lado de Indiana. Le hago una pregunta, fracasa la intervención.
Él tiene una pregunta, y la realiza directamente: ¿cómo se hace para estar con dos mujeres?
¿Cómo se hace...? Sí, para estar desnudo en una cama con dos mujeres desnudas. Decime vos cómo se hace, respondo.
¿De dónde viene esto? Vio un programa en América TV sobre presas de Ezeiza que mostraba escenas o, no sé, sexo lésbico. Le encantaría algo así. ¿Puedo?, me pregunta.
Dentro del Centro de Día el discurso de Jerónimo es otro. Quiere llegar a la cama con su novia de cinco años. De cinco años de pareja, quise decir.
No hay vías. No siempre hay vías. Su sujeción al estado le impide tener sexo. Tampoco es que lo impide sino que lo arroja al incómodo hecho de realizar la faena de manera furtiva.
La sexualidad confinada de Jerónimo es más soft que la de los presos pero responde a la misma lógica. Tiene treinta años. Cuando algo del amor o el sexo logra formularse en palabras la institución redirige automáticamente el sentido hacia el matrimonio, fin muchísimamente más complejo de consentir que el coito, con lo cual Jerónimo para llegar a la cama con una mujer antes debe hablar con el staff profesional y no tan profesional y decir que sueña con regalarle un anillo a su novia, casarse, tener hijos, trabajar, para finalmente estar desnudos en la cama con su novia. El “desnudos” es siempre muy enfático, como si se tratara de una cláusula.
¿Cómo se piensa una sexualidad impedida socialmente del coito?

No estamos hablando de personas violentas, destructivas, peligrosas, sin embargo, se duchan con la supervisión de una enfermera.
En un taller de “Radio” me contaron, es decir, le contaron a la audiencia, lo que pasaba por las noches en el hogar. No es para escandalizarse, nada terrible, apenas una descarga hacia el propio sexo que no pende de una elección sino más bien de la única posibilidad fáctica.

¿Y la ética psicoanalítica dónde quedó a todo eso? No lo sé bien. A veces pienso que permanecer en una institución así es perder el tiempo (mi tiempo). Otras, que irme es ceder terreno a la psicopedagogía y al cognitivismo-conductual como si se tratara de un campo de batalla. Pero en general pienso que me gusta este trabajo, que con técnicas eclécticas se logran efectos, que así como no hay que retroceder ante la psicosis, es ético cualquier intento de reinventar la debilidad mental, como propone Pablo Peusner. Quizá se trate solamente de hacer agujeros en este tipo de instituciones y no pelearse con ellas sólo para gratificarnos con una dignidad imaginaria. A fin de cuentas, el día en que los padres de personas discapacitadas prefirieron que pinten, bailen, canten y tengan “noviecitas” a encerrarlos vergonzosamente en el cuarto del fondo, la historia del “loquero” ya no fue la misma. Y cuando me doy cuenta de esto, como un preso que cava un túnel con una cucharita, pienso que quizá dentro de treinta años esa pátina que hace ver a los débiles mentales como niños se haya esfumado, y que por aquellos agujeros por los que hoy no pasa un alfiler se cuelen preguntas tan grandes como una cama donde caben dos.

Aquiles Cristiani (Buenos Aires, 1980) es Lic. en Psicología (UBA). Trabaja en un Centro de Día para discapacitados intelectuales adultos y en la Casa de la Mujer de San Isidro. Publicó los libros Silvia (novela, Ed. Pánico el pánico), Roce y desgaste (poemas, Ed. Pánico el pánico) y participó de la antología de cuentos de nuevos narradores argentinos Hablar de mí (Ed. Lengua de trapo). Colabora con distintos medios gráficos y digitales.

 
 
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