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   Acotar el goce

Ética del deseo, política del síntoma
  Por Marcelo Mazzuca
   
 
Hace ya más de un siglo, Sigmund Freud encontró en el síntoma histérico la indicación del saber que lo condujo al inconsciente. Y aún bajo la premisa de la “psicoterapia” de la histeria, nunca redujo el síntoma a una manifestación mórbida que debía curar imperiosamente: lo escuchó, conversó con él, y advirtió que constituía el símbolo de un afecto propio del ser hablante.
De allí en más, el psicoanálisis se introdujo en el mundo gracias a la interpretación de los sueños y fue por esa vía que Freud abrió definitivamente el campo del deseo. Pero también es un hecho que al campo freudiano se añadió el “campo lacaniano”, nominación que Lacan pretendió para el campo del goce y sus manifestaciones, esas que hoy parecen estar a la orden del día. Fue así que el psicoanálisis se amplió al tratamiento de las psicosis, y en la actualidad se extiende en múltiples direcciones e instituciones que abordan los diversos modos de presentación del padecimiento: adicciones, anorexias, ataques de pánico, etc.

Sin embargo, la noción de goce no deja de resultar problemática, y los modos en que suele utilizarse el término son muy diversos y por momentos francamente inespecíficos. Una jerga pseudo-lacaniana, que trafica expresiones tales como “exceso de goce”, “acotar el goce” u “ordenar el goce”, viene al lugar de una dificultad que tal vez no sea meramente terminológica. Evidentemente, el goce atañe al cuerpo viviente, y vivimos en una época en donde los cuerpos son cada vez más estimulados. Es que la oferta capitalista, explican algunos autores, incita cotidianamente a gozar sin límites.

Ahora bien, en cuanto a la clínica, para el campo lacaniano se trata de “los goces”, y su unificación solo se plantea en la medida en que se supone la existencia de un goce excluido del lenguaje. Pero el ser hablante, por el nudo que constituye el viviente con el cuerpo y la lengua, lo multiplica en goces diversos y plurales. Por eso, antes de proponerse “acotar” aquello que parece manifiestarse en “exceso”, conviene preguntarse cuál es el goce que interviene en el padecimiento y qué grado de subjetivación alcanza aquel que lo enuncia o aquellos que lo denuncian.

En última instancia, los campos del deseo y del goce, aún cuando puedan distinguirse, son estrictamente hablando indisociables, y la cuestión para el analista es cómo operar su articulación y su corte. En ese sentido, creo que la expresión “acotar el goce”, muy difundida en los últimos años, y que en sí misma alberga la expresión “exceso de goce”, introduce una reflexión que atañe a la acción del analista, es decir, a su ética, y a la dirección que toma la cura, es decir, a su política.

Política del síntoma. Lo primero que se deduce de la expresión “acotar el goce”, es que dicho goce quedaría del lado de quien consulta, del paciente o padeciente, y no de quien intervendría para “acotarlo”, el analista. La expresión no deja de atrapar algo de la experiencia, pero lo que no queda dicho es dónde localizarlo y por qué vías se realizaría la operación. ¿De qué modo específico trata el goce el discurso analítico? Es ahí donde el síntoma, además de ser un nudo de signos que indican un padecimiento, es analíticamente considerado como el modo singular en que cada ser que habla goza de su propia relación al inconsciente. Freud lo advirtió tempranamente y Lacan lo formuló con el correr de su enseñanza, precisando que el psicoanálisis no se rige por ninguna ética del goce sino del deseo, lo cual significa que todo tratamiento posible del goce no se realiza más que a través del semblante y teniendo como referencia destacada el síntoma.

¿Se trataría entonces de “acotar el síntoma”? No fue lo que propuso Freud. Más bien se trata de utilizarlo, de usarlo como un utensilio, sin por eso reducir la acción analítica a una mera operación técnica. En todo caso, punto importante, es el paciente convertido en analizante quien hace intervenir su síntoma en cada sesión para que pierda goce por el escaparate del sentido, y de ese modo haga causa común con el deseo. Pero solo puede hacerlo en la medida en que lo haya advertido como tal, que lo haya subjetivado como un cuerpo extraño que sin embargo forma parte de su ser de sujeto. En la neurosis, en la psicosis y en la perversión, agrega Lacan.

Es lo que sucede, por ejemplo, con el “Hombre de las ratas”, cuyo síntoma delirante cede ya una cuota de goce al reconocerse en la estructura de aquello que Freud describe, y el paciente lee, en la “Psicopatología de la vida cotidiana”. Interesante ilustración de un primer tratamiento del síntoma por el semblante de saber, sin que siquiera hiciera falta el encuentro cuerpo a cuerpo con el analista, inicio del camino que lleva del conocimiento del “síntoma gozado” a su “reconocimiento creciente”. Dirección de la cura que Freud expresa en términos negativos: lograr que el paciente abandone la “política del avestrúz”, que preste atención a su síntoma sin por ello despreciarlo. Luego al analista le tocará hacer lo suyo. Pero ¿cómo?

Ética del deseo. De acuerdo con Lacan, en la práctica del psicoanálisis el analista cura menos por lo que es que por “lo que dice y hace”.* De allí que su decir interpretativo y su hacer en la transferencia se ordenan, respectivamente, en términos de táctica y estrategia. No obstante, ocurre que también es necesario esclarecer aquello que atañe a su ser y a la posición desde la cual su quehacer se torna operativo. Y en ese nivel, el de la política, el analista paga dejando de lado su ser de goce, mas no por ello su deseo.

Por eso, para hablar de la “carencia de ser” del analista, lejos de pensar su acción como una operación puramente negativa, Lacan introdujo la pregunta por el “deseo del analista” y recurrió, años después, a la noción de “destitución subjetiva”. Destituirse como sujeto en el marco de una experiencia determinada, como condición necesaria para dar lugar al síntoma del analizante, no implica en lo más mínimo renuncir al deseo. Por el contrario, es la manera de hacerlo intervenir de una forma más plena y decidida, y es la condición para que sea el paciente, y no el analista, quien experimente la división subjetiva que le provoca su síntoma. A la política del síntoma se suma entonces la ética del deseo.
Cabe recordar que el analista paga con su palabra, con su persona y con su juicio íntimo, pero solo en la medida de una ética, agrega Lacan, “que integre las conquistas freudianas sobre el deseo”. Y una de esas conquistas consiste en poder admitir y saber advertir que ese deseo llega lejos en sus intentos de realizarse, y que cualquier terapéutica que se ponga en juego para el analista debe tomar en cuenta que el goce del síntoma no solo involucra una satisfacción que sobrepasa los límites del placer, sino que además implica una toma de posición del ser de deseo del sujeto que al mismo tiempo lo padece.

Por eso, en la práctica analítica, es el analista quien toma a cargo la responsabilidad del acto, mas no por ello de la acción. No toca, ni choca, ni frota, ni acota goce alguno. Incita al analizante a tomar posición frente a eso que solo él conoce. En la experiencia, solo la histérica podría conseguir saber cuál es el cuchillo que corta la parte del cuerpo que infla su dolor y que desinfla su deseo. Solo el obsesivo, habiendo pagado las costas de su litigio, podría recuperar los trozos del pensamiento que lo tortura, para poder reciclarlo dándole un destino sublimatorio. Y solo el psicótico podría conseguir arrancarle a sus voces la certeza de una acción que no tiene por qué excluir su posición deseante ni la posibilidad del lazo social. En cualquier caso, es al analizado a quien le corresponde encontrar en cada ocasión el modo singular de “saber hacer con su síntoma”, con su manera de gozar de la lengua extranjera y traumática que ha recibido. Para eso el analista, más que “acotarlo”, tratará de “acostarlo” y oportunamente “cortarlo”.
______________
* Lacan. J (1958) “La dirección de la cura y los principios de su poder” en Escritos 2, Buenos Aires, Siglo XXI, 2002, p. 571.
 
 
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