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   Acotar el goce

El goce no es un animal doméstico
  Por Luis Darío Salamone
   
 
La única manera de librarse de la tentación es ceder ante ella.
Si se resiste, el alma enferma, anhelando lo que ella misma se ha prohibido, deseando lo que sus leyes monstruosas han hecho monstruoso e ilegal
.”
Oscar Wilde

Si algo me ha enseñado el trabajo con sujetos que consumen drogas es que el goce no es un animal doméstico. La mayoría de los sujetos que llegan a un análisis para procurar dejar atrás una adicción han pasado por diversos tratamientos e incluso internaciones en comunidades terapéuticas, han logrado soportar un proceso de desintoxicación y han tenido una temporada sin drogas, pero luego han reincidido, ante una situación crítica o al ver quebrantada su voluntad.

Mantener el goce a raya implica un gasto energético enorme, y supone un control yoico similar al que se pone en juego al comienzo de cualquier proceso represivo. Freud ya planteaba en sus inicios que en un comienzo se desencadenaba un empuje de lo pulsional que resultaba inconveniente para el sujeto y que ponía en movimiento al yo para procurar controlarlo, entonces se daba un intento de represión “adrede”, para luego ponerse en juego el mecanismo de forma inconsciente. Ese intento de controlar a la pulsión “adrede” implica un gasto yoico descomunal a punto tal que el sujeto todo el tiempo piensa en eso, es casi su única preocupación. Luego el mecanismo de represión consigue éxito y pasa al plano inconsciente. A esta etapa sigue irremediablemente el retorno de lo reprimido bajo la forma de síntomas.

Los intentos de acotar el goce adictivo a fuerza de voluntad procuran poner en juego este momento donde uno reprime voluntariamente el goce, podemos ver cómo en algunos casos se transforma en el objetivo del sujeto, en su único problema, dejando de disponer de la energía necesaria para otros quehaceres, puede suceder que se le pida al adicto que se queda eternizado en este momento, o bien cuando logra avanzar, olvidarse un poco de la cuestión, queda bajo el influjos del proceso represivo. Y por consiguiente de los retornos de esa represión bajo la forma de síntomas de los cuales no se sabe de antemano si resultarán mejores o peores para el sujeto.
El ejemplo donde más claramente podemos ver esta cuestión es en el caso del fumador que ha dejado de serlo por fuerza de voluntad y siente asco hacia el cigarrillo, pasando a rechazar a los fumadores, sintiendo asco hacia el sólo echo de sentir el humo de alguien que está haciendo lo que él ahora rechaza: fumar. Este asco es el síntoma más típico cuando se pone en juego el mecanismo represivo. Con lo cual podemos concluir que, cualquier sujeto que siente asco, más allá del tratamiento que haya realizado para dejar fumar, ha puesto en juego un proceso represivo. La mayoría de los tratamientos que circulan tienen su eficacia en el procedimiento de la sugestión. En las consecuencias podemos comprobar que el éxito depende de este tipo de mecanismo.

Muchas veces como coayudante opera un ex adicto, alguien capaz de dar su ejemplo en el dominio del asunto y propiciar identificaciones. También suele recurrirse a Dios, a veces se lo transforma en un ser superior, pero se trata de lo mismo. Apelar a una divinidad para conseguir el logro es reconocer que aquello que hace límite al goce no ha sido internalizado y se necesita alguna instancia superyoica externa para tal logro. Se consigue renunciar a un goce, pero como lo ha planteado Freud al describir el funcionamiento superyoico, la exigencia de renuncia se perpetua, exige más renuncias y se transforma, ella misma, en una maquinaria que empuja a un goce que habrá cambiado en la forma en que se manifiesta, pero que resulta agotador en el campo de lo energético y arrasa al deseo del sujeto.

Esta cuestión ya había sido planteada por Sándor Ferenczi en un artículo de 1911 titulado “El alcohol y la neurosis” donde dice: “La acción unilateral de los partidarios del anti-alcoholismo intenta ocultar el hecho de que el alcoholismo es una consecuencia, grave por cierto, de la neurosis, pero no su causa. Tanto en el individuo como en la sociedad, el alcoholismo sólo se cura mediante el análisis, que descubre y neutraliza las causas que impulsan a refugiarse en él.”
Por eso Ferenczi nos dice que muchas veces la victoria sobre el alcohol implica un triunfo sólo aparente, porque cuando el sujeto deja de disponer de la bebida encontrará otros medios que le permitan poner en juego su enfermedad. Sin lugar a dudas los intentos que corren por estos carriles muestran una buena voluntad, pero la óptica con que mira la cuestión resulta equivocada. Si se trata de un neurótico pasará del alcoholismo a otras manifestaciones sintomáticas y con un gasto energético enorme.

Sigmund Freud abrió la posibilidad de resolver lo que nos aqueja por otro camino que el represivo, nos enseñó a tenerle confianza al inconsciente. La causa no está en lo que se pone en juego en la adicción. La adicción suele estar al servicio del desconocimiento del inconsciente, de su rechazo. Desmantelar el mismo le dará al sujeto la responsabilidad que necesita para encarar su relación con el goce.

Sabemos acerca de las batallas que Jacques Lacan planteó a los creyentes del yo dentro del psicoanálisis. En principio el psicoanálisis tuvo que lidiar con quienes rechazaban la puesta en juego del inconsciente, pero lo más duro a resolver fue cuando ese rechazo comenzó a operar dentro del psicoanálisis mismo. Mientras estuvo vivo Freud hizo lo que pudo, Lacan tuvo que retomar esa antorcha freudiana. Y más allá de que la enseñanza de ambos en esta dirección sigue viva, podemos ver que lo que prima en los tratamientos, incluso en aquellos que pueden considerarse de inspiración psicoanalítica, son apuestas al acotamiento yoico.

Hubo en el psicoanálisis una época en la que se consideraba que el analista oficiaba como una suerte de superyó auxiliar, mientras el yo del paciente se ponía lo suficientemente fuerte como para resistir los embates de lo pulsional, fortaleciendo al yo y logrando una mejor internalización de lo superyoico. Esta prevención es una consecuencia clínica de no haber captado los planteos freudianos sobre el aparato psíquico. El superyó está muy lejos de ser una instancia reguladora, Freud mismo se encargó de señalarlo como el cultivo puro de la pulsión de muerte. Fortalecer la acción del superyó en el sujeto implica recrudecer la incidencia mortífera de la pulsión, es una invitación a que el goce inunde la vida del sujeto, una vez que el dique que pretendía ponerle un coto a la pulsión se destruya, cuestión que, por otra parte, es inevitable al procurar darle consistencia a la instancia superyoica.

Resulta interesante que los tratamientos que procuran acotar el goce tienen como método una alianza no sólo con el yo del paciente, sino que apuntan a una regulación ya sea con la colaboración del superyó o con el ideal del yo. Con respecto al superyó ya hemos planteado que resulta peligroso idealizarlo, verlo como una instancia reguladora cuando de lo que se trata es de lo que pone en movimiento el goce mortífero de la pulsión. Pero apuntar al ideal del yo resulta igualmente de problemático. Si Freud, no sólo no logró diferenciarlo, sino que incluso los confundió, es porque existe cierto parentesco en términos de lo que es el empuje al goce.

El superyó en esta época está desbocado, desatado, hay un imperativo puro de goce. Pero no hay que pensar que cuando la cosa estaba más ligada al ideal funcionaba de la mejor forma. El superyó mide al yo con el ideal yo. Si se instaura un ideal, la exigencia superyoica no tardará a ponerse en funcionamiento. Es muy común que ante las caídas de los ideales, se piense en instaurar uno. También es muy común que frente a la caída de la función paterna se suponga que de lo que se trata es de reinstaurar algo que funcione como ley. Esto puede resultar eficaz, el mejor ejemplo de esta operación son las salidas de las cuestiones adictivas gracias a la intervención de un proceso religioso. Pero insistimos que esto deja al sujeto frente a los embates del retorno de un goce del que no se puede saber por dónde hará sentir su presencia.

Al margen de esto, ya que podemos llegar a suponer que es mejor que un sujeto esté amarrado a una religión a que esté a expensas de un goce mortífero, al margen, decíamos, de que su eficacia sea relativa, y de que nunca se sabrá bajo qué forma retornará el goce; este tipo de solución no logra despejar ese goce que obtura esa falta que da lugar a la circulación del deseo.
Si por mucho tiempo se opuso el goce al deseo es precisamente por esto. Porque el goce que se juega en la dirección de taponar la falta, aplasta el deseo. Existe la posibilidad de un goce que esté en relación a la falta, que sea permeable al deseo y le dé al sujeto la posibilidad de gozar de una manera placentera. Pero eso no se logrará cuando se busca taponar la falta. Así como tampoco cuando se ponen en juego tratamientos que, incluso sin proponérselo, apuntan al desconocimiento de la misma.

El psicoanálisis de orientación lacaniana encuentra su eficacia en un movimiento que, por el contrario pone a punto la falta, despeja las malezas del los significantes amos en lo que el goce se encuentra enredado y que impiden la circulación del deseo; el mismo, aplastado, sin lugar para circular, había dejado de animar al sujeto, viéndose éste empujado por un goce opaco solidario de la pulsión de muerte. Despejar estas malezas otorgará el espacio necesario para que sea un soplo de aire fresco lo que anime al sujeto.

Si el analista no opera en la dirección de la prohibición o de la restricción es porque esa demanda, por más éxito que tenga en un principio, por más que opere como sugestiva, no soluciona el impasse del deseo. En esto radica la abstinencia del analista que, por lo tanto, no le pedirá la abstinencia al sujeto que consume. Esto se tratará de una decisión que el sujeto elegirá cuando considere que llegó el momento de ponerla en práctica. Es posible porque hay un momento en que la droga falla, muestra su cara de satisfacción mortífera. El analista puede contribuir a que el sujeto se encuentre con ese punto en que la droga falla, donde la función que cumplía en la economía psíquica deja de ser funcional a la neurosis del sujeto, si es que hablamos de un sujeto neurótico. Es lo mismo que sucede muchas veces con parejas que se habían constituido y resultaban estragantes. Ese cuestionamiento por parte del sujeto se pone en juego en la medida en que el análisis se ponga en funcionamiento, ya que el mismo va a contramano de ese rechazo del inconsciente que no permitía despejar el terreno.

Oscar Wilde, en algo que escribió en El retrato de Dorian Gray y que nos sirve de epígrafe, nos introduce en las paradojas del superyó. Pero es verdad que, parafraseándolo, si “cedemos ante el goce” mortífero, este puede conducirnos a la muerte. Se trata de propiciar una metamorfosis del goce, que le permita al sujeto vivirlo, pero en lugar de hacerlo desde su cara mortífera, pararse de otra que resulte vivificante. Resulta evidente que no todo goce es nocivo, que un sujeto puede estar animado por el goce y vivirlo en armonía con el principio del placer. Se trata de que el sujeto se interrogue por esas condiciones de goce que lo empuja a un más allá. No es una renuncia al goce lo que promueve un psicoanálisis, es solamente una invitación a trabajar para que el goce cambie de signo. Existe una dimensión del goce que puede ser aliada del deseo: es lo que llamamos entusiasmo.
 
 
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