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   Acotar el goce

Ese goce tan temido
  Por Gabriela Insua
   
 
Quien mira un espejo y consigue al mismo tiempo la independencia de sí mismo, quien consigue verlo sin verse, quien entiende que su profundidad consiste en que está vacío, quien camina hacia el interior de su espacio transparente sin dejar en él el vestigio de la propia imagen, ha entendido su misterio. Para eso hay que sorprenderlo en su soledad, cuando está colgado en un cuarto vacío, sin olvidar que la más fina aguja frente a él podría transformarlo en la imagen de una aguja”.
Clarice Lispector1

Hay frases y frases, algunas abren a nuevas, otras capturan y cierran sentido, es decir se convierten en la imagen de una aguja. Si hay una frase, una imagen de aguja, que se escucha desde hace mucho tiempo, es: “acotar el goce”. El punto no es sólo que se la escuche sino los efectos de una clínica que opere con esa idea como motor: “acotar”.
Es cierto que el término “goce” en la obra de Lacan aparece copiosamente y muchas veces sin aclaración de si se trata de lo que llamó “goce fálico” o “goce del fantasma” o por el contrario, de lo que denominó “Otro goce” o “Goce”, pero es necesario seguir su lógica en relación con el sujeto como aquel que goza con su propia pérdida en el campo del deseo del Otro, para arribar a una lectura que no conduzca a una clínica del fantasma.
La primera cuestión, entonces, ubicar de qué goce se habla cuando se habla. Pero cuesta escuchar esa distinción. Goce parece ser todo y cualquiera.

Con el goce ha ocurrido lo mismo que con la esencial conceptualización de Freud sobre la Pulsión de Muerte: parecen haber quedado en la oscuridad de lo que tiene mala prensa.
Freud se detuvo en cierto punto en su “Más allá del Principio de Placer”, pero aró el campo para la lectura de Lacan.
El hecho de que ubicara al juego del fort da como la matriz de un gozar más allá del principio de placer señala , como bien sitúa Lacan, un gozar más allá del deseo del Otro, de la baranda de la cuna, y no una pulsión meramente autodestructiva.
El sujeto goza con producir su propia pérdida en el campo del Otro.

“El carrete no es la madre reducida a una pequeña bola por algún juego digno de los jíbaros, es como un trocito que se desprende pero sin dejar de ser bien suyo, pues sigue reteniéndolo.(…) Con su objeto salta el niño los linderos de su dominio transformado en pozo y empieza su cantilena. Si el significante es en verdad la primera marca del sujeto, cómo no reconocer en este caso (por el sólo hecho de que el juego va acompañado por una de las primeras oposiciones en ser pronunciadas) que en el objeto al que esta oposición se aplica en acto, en el carrete, en él hemos de designar al sujeto”.2
El niño goza con su desaparición, para volver a aparecer en el campo del Otro, pero ya nunca será el que saltó.
De una muerte se trata, pero no necesariamente la de terminar con la vida misma.
Serge Leclaire lo ubica claramente: “La práctica psicoanalítica se funda en la revelación del trabajo constante de una fuerza de muerte: la que consiste en matar al niño maravilloso (o terrorífico) que de generación en generación atestigua los sueños y deseos de los padres.”3

Lamentablemente para algunos, por las vicisitudes en la construcción de su subjetividad, ese asesinato se realiza terminando con la propia vida.
Pero, en verdad se trata de un paso lógico y no de un hecho de la realidad: morir a ese lugar en el que fuimos el falo del Otro para parirnos como sujeto.
Volviendo a la cuestión del término “acotar”, que significa reducir, contener, si éste se utiliza con respecto al goce fálico, al goce fantasmático, esto está en las antípodas de diluir, dejarse caer de dicho goce.
Y sí, se lo plantea en relación con el goce subjetivo, no se trata de acotarlo sino por el contrario, que el sujeto gozando con su pérdida en el campo del Otro, pueda saber hacer con él, ahora desde su ex-sistencia.
Si tratamos de buscar una referencia en Lacan de esta fórmula “acotar el goce” sólo encontramos un párrafo en “La Tercera”, donde Lacan no habla en ningún momento de “acotar” sino de “estrechar” y no es un purismo extremo ni un dato menor porque se utiliza “estrechar” al trabajar en ese texto el nudo borromeo, por lo tanto está hablando de estirar la cuerda, y marcar lo que tiene que ex-sistir, es decir por fuera, para que algo deje de consistir. Dice: “...nutrir al síntoma, a lo real, de sentido es tan solo darle continuidad de subsistencia. En cambio, en la medida en que algo en lo simbólico se estrecha con lo que llamé el juego de palabras, el equívoco (que entraña la abolición del sentido) todo lo concerniente al goce, y en especial al goce fálico, puede también estrecharse, pues con esto no pueden dejar de percatarse del sitio del síntoma en estos distintos campos. (...) el síntoma es irrupción de esa ‘anomalía’ en que consiste el goce fálico, en la medida en que en él se explaya, se despliega a sus anchas, aquella falla fundamental que califico de NO relación sexual”.4

¿Por qué se viró hacia el término “acotar” en la transmisión psicoanalítica actual? Seguramente hay más de una respuesta, pero el goce subjetivo que no se presenta por caminos esperados como el de la sublimación por ejemplo, suele ser temido.
“Si hay algo que nos indica el Principio de Placer es que si hay un temor es el temor de gozar, siendo el goce, hablando con propiedad, una abertura de lo que no se ve el límite y de la que no se ve tampoco la definición”.5
No tendría lógica que se le temiera al goce si respondiera todo goce a un encuentro con el deseo del Otro. Allí se estaría en el campo del Principio de Placer, padeciendo el atrapamiento del Otro pero sin temor, ya que en ese terreno hay garantías. Entonces ¿por qué se le teme? Justamente porque implica la caída de toda garantía. Porque en verdad es un goce del sujeto.

El goce del sujeto va más allá del Principio de Placer, es decir del deseo y de su confortable seguridad de que siempre habrá algo más que desear. El goce subjetivo implica el vérselas con un vacío que como bien dice la frase de Lacan recién señalada produce temor… “Temor y temblor” diría Kierkegaard, pero porque indica, es señal (y por eso su rostro angustioso) de la caída del Otro y el ejercicio de una libertad que de ninguna manera es mortífera aunque sí implica una desaparición, la del sujeto del campo del Otro, al caer por fuera del: ¿qué quiere el Otro de mi?
Es de otra cosa que de sentido que se trata en el goce, en lo cual el significante es lo que resta. Pues si el significante, por este hecho está desprovisto de sentido, es que el significante, todo lo que resta, viene a proponerse como interviniendo en este goce.”6
El goce en sentido estricto, tal como lo encontramos definido en la obra de Lacan, se erige como el gran enemigo del ser del sujeto y no de la vida real”.7

Ahora bien, claro está, no se habla de acotar el goce del sujeto cuando éste se juega en un acto, o en la sublimación.
El punto es que también en el goce sintomático, e incluso en las modalidades de la angustia como son el acting y el pasaje al acto hay un goce subjetivo en juego.
Que está a medio camino, que el sujeto no puede implicarse en él. Así es, pero si el analista no lee la vertiente de barradura del saber del Otro, no lee el goce subjetivo que hay allí e intenta “acotarlo”, por el bien del paciente, será un boomerang que dejará al sujeto sin herramientas para saber hacer con su goce algo más que síntomas, algo más que acting.
Y desde ya, tomar por esa vía, atenta contra la posibilidad de que el sujeto se reconozca en él.

Una clínica que pivotee en “acotar el goce”, siendo leído el goce siempre como una escena para el Otro, llevará a lo peor: a un robustecimiento del fantasma, produciendo que el sujeto busque hallar su goce de castración de formas más drásticas. Esto es clarísimo y también determinante en la clínica con adolescentes.
Muchas veces se propone “acotar el goce” que lleva a un adolescente a consumir, o a fugas, o a ideaciones suicidas, sin desplegar y leer qué del sujeto se manifiesta allí. Y esto no implica dejar al adolescente librar sus batallas sin modular la angustia o sin sostener transferencialmente que el análisis sea borde para las mismas.
Perderse para el Otro, en la mentira, en la fuga, en los acting, conlleva un goce que suele interpretarse, como mortífero encuentro con el Otro por lo tanto necesariamente combatido, mientras que en verdad, además de una mostración, es producir un desencuentro esencial. Es también ejercicio de un fort-da.

Donald Winnicott lo decía magistralmente refiriéndose a las “fugas”: “Los menores no se escapan por mera cobardía o porque su manejo se rige por un sistema equivocado. El hecho de escaparse tiene a menudo rasgos positivos y representa la confianza creciente del niño en que ha encontrado un lugar donde será bien recibido si volviese a él después de haberse ido”.8
Las fugas leídas como movimiento de desprenderse del Otro, para retornar pero sabiendo que ha podido irse.
En cambio, si se parte de sostener que ese goce “desbordado” (otro modo de decirlo que encontré por allí) hay que acotarlo, lo que se produce es un achicamiento de los síntomas, o de las manifestaciones clínicas, o una adaptación. Por tanto la dirección de la cura, llevará a más consistencia.

Mientras que, leer el goce subjetivo en juego en un acting por ejemplo, confronta al sujeto con una verdad en la que todavía no se podía reconocer.
Una muchachita que luego de meses de análisis puede hablar de los cortes que se hace en el cuerpo, en un lugar poco visible, dice realizárselos allí porque “ahí no me lo puede ver” frente a una madre con mirada panóptica, y los hace en un lugar que por cierto hecho de su historia queda ligado a una frase de la madre: “no esperaba esto de vos”. El “ahí no me lo puede ver” y “no esperaba esto de vos” son enunciados de los que se sirve el sujeto para gozar recortándose del Otro.
Marcar sólo la dimensión de mostración de un acting, elude la lectura del goce de corte en juego. Si se intenta acotar ese goce, el sujeto buscará por donde desacatar tamaña intervención moral.
Ir más allá del deseo del Otro, saber hacer con su goce, no es sin vicisitudes…

“No te habrá de salvar lo que dejaron
escrito aquellos que tu miedo implora
No eres los otros y te ves ahora
centro del laberinto que tramaron
tus pasos…”9

__________________
1. Lispector Clarice, Para no Olvidar, Ed. Siruela, Bs. As., 2010, pág. 21.
2. Lacan Jacques, Seminario 11 “Los Cuatro Conceptos Fundamentales del Psicoanálisis”, Paidós, Bs. As., 1991, pág.70.
3. Leclaire Serge, Matan a un Niño: Ensayo sobre el Narcicismo Primario y la Pulsión de Muerte. Amorrortu Editores, Bs. As., 2001,pág.11.
4. Lacan Jacques, “La Tercera”, Intervenciones y Textos II, Ed. Paidós, Bs. As.
5. Lacan Jacques, Seminario 13, “El Objeto del Psicoanálisis”. Inédito Clase N° 15, 27/4/66.
6. Lacan Jacques, Seminario 22, “R.S.I.”. Inédito. Traducción: Ricardo Rodriguez Ponte, clase N° 2 17/12/74.
7. Rabinovich Norberto, Lágrimas de lo Real, Ed. HomoSapiens, Rosario, 2007, pág. 27.
8. Winnicott Donald, Deprivación y Delincuencia, Paidós, Bs. As., 2003,pág. 239.
9. Borges Jorge Luis,”No eres los Otros”, Obra Poética, Emece editores, Bs. As., 1977, pág. 499.
 
 
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