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   Acotar el goce

Acerca del goce sexual: ¿falta de deseo?
  Por Stella Maris Rivadero
   
 
Si lo Real es la vida, el goce, en tanto que participa de lo imaginario del sentido, el gozar la vida es algo que podemos situar en el punto central, el punto del objeto a puesto que conjuga en este caso tres superficies que igualmente se calzan1

“Es por poder articular el abanico de los goces sexuales que el psicoanálisis da su peso decisivo. Lo que demuestra es justamente que el goce que se podría decir sexual, que no sería apariencia de lo sexual , se marca con el indicio de lo que no enuncia, más que con el indicio de la castración
”.2

¿Qué es para el psicoanálisis el concepto de goce? Desde Freud, el concepto de pulsión de muerte nos permitió leer la distinción entre placer y goce, el goce comienza donde el placer culmina.
En cuanto el falo es el significante del deseo, Lacan plantea dos goces: el fálico y el goce del Otro que es necesario que no haya. El goce está irremediablemente marcado por la falta y no por la plenitud. El goce es lo que ex-siste, que constituye lo Real que lo justifica plenamente por esto de existir.

Cuando decimos y escuchamos una frase repetida a veces casi mecánicamente, pero enigmática “es necesario acotar el goce”, ¿de qué goce se trata? Es importante distinguir y diferenciar los goces parasitarios: adicciones, anorexia, bulimias, los goces que arruinan el gozar de la vida, del goce místico y de aquellos otros donde la pulsión queda domeñada, operando la represión y en consecuencia, se puede dar lugar a la sublimación, a la creación y al encuentro con otros.
Hace tiempo me interrogo en la clínica por ciertas modalidades de trato con el goce sexual.

Tanto hombres como mujeres, al ser ambos habitantes de la lengua, están afectados por la castración y el falo, como regulador de los goces, es lo que determina de alguna manera la función sexuada.
El falo, por intermediación, impide que haya relación sexual e introduce el tema del goce y del cuerpo, verdad y saber. El saber es del orden del goce, el psicoanálisis nos confronta con el goce que se llama sexual y que determina por sí solo en el “ente del hombre”, que lo que se trata de obtener es el acoplamiento, hay acoplamiento pero el goce es disimétrico. La sexualidad está en el centro de todo lo que sucede en lo inconsciente, pero en el centro en tanto es una falta.
Escucho en la clínica por un lado jóvenes y no tanto, con desenfrenos sexuales sin importar el sexo del partenaire y por otro lado aquellos que no están interesados en los encuentros sexuales y/o amorosos, como si hubiese una jubilación anticipada del goce sexual y del enamoramiento. Con respecto a estos últimos intentaré situar algunas preguntas. Son gente exitosa en su trabajo, con gran despliegue de vida cultural y social, con amigos, con rutinas de gimnasio y cuidado del cuerpo y la imagen. También parejas de quienes viviendo juntos y durmiendo juntos, no hacen el amor sin que esto acarree algún cuestionamiento o pregunta. Generalmente acuden por otros motivos. Algún traspié laboral, alguna leve depresión después de un cumpleaños que marca el cambio de década, o por los amigos que sugieren un análisis y en el caso de las parejas que consultan lo hacen por las peleas especulares cuasi permanentes.

Nos preguntamos: ¿qué es gozar de un cuerpo? Es abrazarlo, apretarlo, acariciarlo, besarlo, olerlo y también ofrecerse a ser abrazado, apretado, acariciado, besado y olido. ¿Entonces qué fracaso estructural promueve cada vez más estas presentaciones asexuadas, donde el objeto a como causa de deseo desaparece? ¿Qué podemos decir con respecto a un cuerpo que es reducido a mercancía en serie, apto para consumirse en el mercado global? ¿Qué del discurso de la época que oferta un uso y reciclaje ilimitado del cuerpo? Se monta el cuerpo como espectáculo escópico que se ofrece a ser mirado, admirado, reciclado, pero que no se prepara para el encuentro amoroso. Cuanto más se lo exhibe menos existe en lo real de las redes del amor, anulado en proporción inversa a su exposición.

Nos encontramos con el discurso de la ciencia que forcluye al sujeto y permite la ilusión de cuerpos potencialmente perfectos, cree que es posible borrar la falta. Un cuerpo como mercancía no es lo mismo que un cuerpo como morada del sujeto. Para gozar se necesita de un cuerpo, la dimensión del goce es la dimensión del descenso hacia la muerte.

Los objetos de consumo, las letosas que la sociedad ofrece y prescribe no llenan el deseo humano ya que éste es una cifra particular y original de cada sujeto. Tal como Lacan plantea en “El reverso de la vida contemporánea”, hay forclusión de las cosas del amor, no del Nombre del Padre. El padre garantiza la función del síntoma y, paradojalmente garantiza el límite al goce fálico que atenúa la potencial forclusividad del cogito. Es necesario hacer del padre una posición inconsciente.
Hoy tomaré el sesgo del discurso de la época para situar algunas coordenadas con respecto a estas presentaciones. Recordemos los términos del discurso (cuatro lugares y cuatro términos): el significante amo S1, el saber S2, el objeto a y el sujeto dividido. Estos términos se desplazan de un lugar a otro y ello permite distinguir los cuatro discursos. Tomemos el discurso maitre o discurso del inconsciente, ya que éste se presenta como un discurso amo en su estructura. En el lugar del agente tenemos el significante amo, se dirige al saber que ocupa el lugar del Otro. En el lugar de la producción, tenemos el objeto a, en el lugar de la verdad tenemos al sujeto dividido.




Lo que caracteriza a este discurso, reside en la existencia de una barrera, llamada por Lacan “barrera del goce” en el sentido en que el goce constituye una barrera entre el lugar de la producción y el de la verdad. Forma una barrera porque nadie puede gozar si no es por la vía de la castración. En esta configuración el sujeto está separado por una barrera del objeto del cual podría gozar. El neurótico goza de su inconsciente, no lo aprende.
En mayo de 1972, en Milán, en una conferencia titulada “Acerca del discurso analítico”, Lacan escribe el matema del discurso capitalista, lo presenta como una variante del discurso del amo. Allí introduce una variación, el sujeto es sustituido por el significante amo en el lugar del agente, en consecuencia, el significante amo sustituye al sujeto en el lugar de la verdad. Esta sustitución comporta una consecuencia mayor: la barrera del goce que, en el discurso del amo, se interponía entre el objeto a y el sujeto, es levantada puesto que el sujeto ha cambiado de lugar.



Entonces es posible que el objeto a sature al sujeto. El discurso capitalista, en tanto constituye la armazón de las relaciones de producción, es un circuito sin fin. La dificultad radica en que al ser esta saturación imposible de ser efectuada totalmente, salvo matando al deseo mismo –que sólo existe por ser insatisfecho–, el sujeto se encuentra atrapado en este circuito sin fin donde el consumo se torna consumición en el decir de Lacan. Esto produce efectos devastadores: segregación, depresión, ambición, consumo frenético e insaciable de plus de goces con una permanente e insistente demanda de y por más.

El hecho de que la barrera del goce ya no está presente como sí lo está en el discurso del amo para separar el objeto a del sujeto, constituye y sustenta esa falta de gozar.
El discurso capitalista al forcluir la castración, abona la idea de que no hay nada del goce que esté prohibido (prohibido prohibir) cuando en realidad el objeto a es la marca, de que el cuerpo no puede gozar en tanto cuerpo del Otro. El real del inconsciente no puede ceñirse, no hay un ombligo que pueda constituirse como punto de detención de la búsqueda sin fin del inconsciente.
El trayecto del lenguaje a la palabra no es sin consecuencias ya que el ordenamiento simbólico en el que el sujeto se constituye, no introduce la diferencia como natural, hay que producirla. Freud plantea que el sujeto se estructura en el desajuste radical entre el saber y el sexo. Por otro lado sexualidad y muerte constituyen la fórmula de la implicación material, no es la una sin la otra. Cuando se produce el desanudamiento, el resultado se inclina hacia el costado de la muerte, adormecimiento del deseo o toma la vía de la perversión.

El discurso capitalista satura matando el deseo, oferta las letosas, comanda la producción de objetos de saturación, sustancias para olvidar.
El encuentro amoroso enmarca una especie de entrecruzamiento del deseo y el amor, en consecuencia está subordinado a que allí se tejan inhibiciones, síntomas y angustias.
Actualmente llegan a la consulta parejas cuyo motivo de consulta son “las diferencias de criterios”, discuten o pelean todo el tiempo sin discriminar lo banal de lo importante.
Enfrascados en mostrar sus peleas en la escena de las entrevistas, nada dicen de su intimidad. Cuando les pregunto acerca de su vida sexual, suelen mirarse perplejos, incluso a veces reirse y decir que hace años o meses que no tienen contacto pero que esto no es un problema, el obstáculo son las peleas que les impiden disfrutar de todos los bienes adquiridos, las excelentes posiciones laborales y los innumerables viajes. “No les falta nada pero a pesar de eso algo no anda”.
Evitar el coito es un modo de no enfrentar lo castrativo del encuentro y el mantenimiento de la ilusión del Uno; ¿será un modo de intentar constatar que la relación sexual si existe?, como modo renegatorio de “no hay relación sexual” que para el psicoanálisis es de estructura.
Leyendo e interrogando ese desplazamiento es posible arribar a alguna pregunta con el otro, para que ese goce mudo pueda ser interrogado, pasar de la inhibición al síntoma.

En toda historia se leerá cómo se ha ido tejiendo la trama singular, cómo se ha configurado el pacto gozoso de esa pareja y la imbricación con el discurso capitalista que en conjunción con el mandato superyoico ordena gozar hasta morir. Voz superyoica-escucho-gozo. Lacan dice que el imperativo del superyó es ¡goza!, ¡goza! En tanto el superyó es heredero del Complejo de Edipo y abogado del Ello.
En el goce se trata de agujeros, de orificios y de faltas que se taponan de diversos modos. En tanto el psicoanálisis constata que la no relación sexual es constitutiva de la estructura, y que no se puede eliminar. La tarea analítica consiste, precisamente en vaciar, es una ardua tarea para constatar que el Otro no existe, y cada uno inventará con su estilo su manera de vivir y gozar de la vida.

La traza mínima paterna asegura al sujeto tener padre como posición inconsciente que lo emancipa a la vez del perpetuo juego fálico del yo con el otro, lo abre a la relación con los otros mediada por el objeto a, lo libera del apresamiento narcisista que lo obliga a ser único.
El sujeto que surge se sitúa entre “dos goces”. Ya no se tratará para quien pasó por el acto analítico, de la eterna sujeción al goce fálico que le aseguraba el síntoma, sino del acceso posible a Otro goce dependiendo de la creación del sinthôme, turnar goce fálico con otro goce.
Todos ellos tienen una estructura de agujero. Tenemos dos tipos de agujero: un agujero en lo Simbólico y un agujero en relación a la falta producida por la castración, por la operación del Nombre del Padre-donde reside el goce fálico; por el otro un agujero en lo Real, producto de la imposibilidad de que el significante recubra lo Real, lugar del goce del Otro.
_______________
1. Lacan, Jacques: RSI, seminario inédito, traducción de Ricardo Rodríquez Ponte para circulación interna de la EFBA.
2. Lacan, Jacques: El saber del psicoanalista. Charlas en Sainte Anne. Traducción Enapsi.
 
 
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