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   Acotar el goce

¿Acotar el goce?
  Por Norberto Rabinovich
   
 
La indicación técnica de “acotar el goce” ha cobrado en los círculos lacanianos una inmensa relevancia. Por sí misma la mencionada expresión no es a mi juicio ni correcta ni incorrecta, es simplemente insuficiente. Dado que la categoría de goce es multifacética, sería necesario aclarar su especificidad conceptual para cernir mejor su alcance.
El punto de partida del descubrimiento freudiano fue advertir la profunda escisión del sujeto ante el goce. Freud sostuvo de una punta hasta la otra de su producción la existencia de un conflicto en el sujeto ante dos tipos de satisfacciones. En todos sus modelos teóricos mantuvo el postulado del dualismo pulsional como la base del conflicto psíquico y –aunque sus circuitos puedan entrecruzarse– sus metas son contrapuestas, excluyentes, heterogéneas. Cuando se impone o se alcanza una modalidad de goce, esta implica la renuncia, el estrechamiento o fracaso de la otra.

El último modelo dualista que Freud propuso en “Más allá del Principio del Placer” divide las aguas entre dos tendencias primordiales: Eros y Tánatos o Pulsión de vida y Pulsión de muerte. La premisa para que el sujeto alcance la satisfacción de Eros es poner un límite a la otra satisfacción, en la medida que esta última apunta a destruir los lazos que construye Eros. El Principio del Placer regula esta modalidad del placer de un lado y de evitación del otro. Pero cuando la pulsión de muerte se libera de los controles, cruza la barrera de contención y empuja al sujeto a su meta traumática más allá del Principio del Placer, algo de placer se pierde por el lado del Eros.

Lacan concibió una categoría de goce cuyo carozo fue extraído de la noción freudiana del automatismo de repetición –Wierderholungszvang–. Esta noción, a su vez, había sido reconocida por Freud en su última teoría de las pulsiones como el motor específico de la pulsión de muerte. Así, el goce en su acepción primera y específica, concierne a la experiencia subjetiva donde la Pulsión de muerte alcanza su satisfacción (goce traumático).
Pero Lacan no planteó ningún dualismo pulsional. Escribió un solo matema de la pulsión porque el núcleo de la estructura de la pulsión quedó cernido en torno a los fenómenos de repetición traumática. Las pulsiones del yo y pulsiones sexuales, que Freud incluye en el Eros, por no estar sometidas a la compulsión repetitiva, no son para Lacan verdaderas pulsiones. “En última instancia –dijo Lacan en el seminario 11– toda pulsión es pulsión de muerte”. “El camino hacia la muerte –alegó en el seminario 17– no es nada más que lo que llamamos goce”. Estas afirmaciones contienen el problema más difícil e incomprendido de su teoría del goce.

La llave que permite abrir el velo de misterio y rechazo que genera la idea de que el punto supremo del goce al que apunta el ser hablante es la muerte reside en la categoría de real. Lacan empezó por allí, construyendo una topología del sujeto en sus relaciones con lo real. Me refiero a lo real de la estructura del sujeto, porque precisamente lo real “primordial” cierne el campo central del goce. Allí se aloja el objeto a, la cosa de goce, fuente y meta de toda búsqueda de goce. De donde puedo decir que el camino del sujeto hacia al encuentro con lo real es lo que se llama goce, el mismo al que Freud consideró como el fin de la Todtrieb. Pero andar el camino no necesariamente conduce a la meta. El Principio del Placer orienta al sujeto hacia lo real y al mismo tiempo erige una muralla para mantener la prenda preciosa fuera de su alcance. Como si le permitiera subir a lo alto del trampolín pero le impidiera el acto de zambullirse. La caída al vacío metaforiza aquí la realización de la meta de la pulsión en el encuentro del sujeto con lo real (goce trou-matique). De forma más atemperada, el nietito de Freud simbolizaba en su juego por medio del carretel la experiencia gozosa de arrojarse a lo real o, correlativamente, su desaparición –Fort– del campo del Otro. Esta experiencia subjetiva de borramiento del ser –que Lacan denominó el fading del sujeto– señala el punto donde el sujeto goza de la realización de la pulsión. No reconocer en la clínica las variantes de los fenómenos de repetición de lo real y tampoco incluir su incidencia en la economía del sujeto, deja a los psicoanalistas abocados a una comprensión psicológica. El “más allá” especifica la identidad del campo freudiano.

Si fuéramos sensatos, concluiríamos que nuestro deber es acotar ese goce mortífero. Este es el fondo de la cuestión, “acotar el goce mortífero”, explicitada por los autores que pregonan la indicación de acotar el goce. Pero así, ¿no nos convertiríamos en juiciosos guardianes morales del reinado del Principio del Placer? Lo sensato para un psicoanalista es de orden ético, que es otra cosa muy diferente.
La espinosa tarea de acotar el goce fue sin embargo enunciada por Freud como una finalidad del análisis. Pero el goce a acotar, precisó, concierne a la relación del yo con el superyó. Explicó que al perseguir nuestro objetivo en la cura nos vemos obligados a luchar contra los mandatos superyoicos esforzándonos en atenuar sus severas y crueles pretensiones, con la aclaración de que el sadismo del superyó es el velo que disimula la demanda masoquista del yo. Por eso definió el vínculo erótico entre el yo y el superyó en términos de “masoquismo moral”. Por su parte, Lacan conceptualizó en términos de la estructura del fantasma –que también definió como masoquista– dicha posición del sujeto emplazado como instrumento del goce del Otro.

La fórmula de Lacan sobre la cual muchos psicoanalistas han edificado su teoría del goce, “el superyó ordena gozar”, no fue una novedad. Lo único que hay que entender es que el imperativo “goza” ordena el goce dentro del Principio del Placer. Esta perspectiva fue reafirmada por Lacan cuando desarrolló a lo largo del seminario “La ética del psicoanálisis” la tesis de que la instancia moral o la función moral o el superyó “tiene la función de mantener una barrera que sostiene la distancia del sujeto con su real”. No presenta ninguna contradicción lógica definir al superyó como la instancia que exige la renuncia –Versigth– a la satisfacción pulsional y al mismo tiempo ordene someterse al goce del Otro. El superyó gozador, paradójicamente, constituye “una coraza narcisista” contra el goce troumatique.

Los pasajes donde Lacan aborda la demanda imperativa: “goza” (Jouis), no sitúan la esencia última del goce. Por eso aclara que la única repuesta del sujeto, no del yo, es: J’ouis (yo oigo). El yo se esmera en obedecer el mandato del superyó pero el sujeto del inconsciente apunta a que eso falle. Por medio de un fallido, equivoca el sentido del imperativo y libera al sujeto. De ahí que, a nivel de la estructura, el Ello pulsional y lo reprimido, que hunde sus raíces en él, ponen coto al “masoquismo moral”. Gozar del inconsciente es, simultáneamente, “decir no” al goce del Otro.

Hace un tiempo fui testigo y en cierta forma agente de una experiencia clínica que no dejó de sorprenderme. Un joven ya entrado en años que seguía viviendo con su madre se fugaba desde su adolescencia periódicamente de la casa comandado por lo que llamamos “pasajes al acto”. De pronto desaparecía durante varios días sin avisar ni llamar a nadie. Guiado por un impulso no intencional ni voluntario y en un estado de obnubilación de conciencia, se dirigía a una estación ferroviaria y subía a un tren que lo llevaba cerca de poblaciones indígenas. Detalle éste de importancia porque el significante “indígena” se conectaba con ancestros de la vía paterna. Vemos allí el empuje de la mortífera pulsión. Todo ese comportamiento era equivalente a un suicidio. Nene Fort. Desaparecía de la escena familiar. La madre vivía esas ausencias con el intolerable presentimiento de la muerte de su hijo. Debo agregar que durante el análisis no encontré rastros claros de su neurosis infantil y su historial no me permitía identificar ningún síntoma ni fóbico ni obsesivo.

Después de un par de años de análisis y luego de algunos intentos frustrados logró pasar al acto de otra manera. Se proveyó de un oficio de artesano y se fue a vivir a una pequeña ciudad del interior cercana a poblados indígenas. Llamativamente tuvo una despedida tranquila de su madre. Lo sorprendente fue que una vez instalado allí, lejos del control materno, al advertir que podía ganarse la vida con sus artesanías empezó de pronto a padecer ataques de pánico. Como si la castración simbólica se hubiera inscripto a nivel de lo reprimido, recién en ese momento, dando lugar al síntoma neurótico.

¿Cómo describía su síntoma? Profundo dolor de pecho, falta de aire, presión en la cabeza, palpitaciones, sensación de desvanecimiento. Quedaba inundado de angustia, seguro de la inminencia de su muerte. Cuando la crisis empezaba a pasar tenía accesos de llanto desconsolado. La mortífera pulsión encontraba de nuevo, aunque ahora por la vía del síntoma neurótico, su tormentosa satisfacción. ¿Por qué?
El análisis le permitió reconocer en las crisis de pánico una minuciosa simbolización de los signos de un parto. El nacimiento no metaforiza una muerte, pero implica la muerte de una vida anterior. Abundan en la mitología de los pueblos la secuencia muerte-renacimiento. Podríamos deducir que el síntoma repetía el trauma de su propio nacimiento, ahora como sujeto creador inscripto en el mundo de sus ancestros.
Otto Rank planteó que la matriz original de los fenómenos de repetición traumática era trauma del nacimiento. Freud no acordó con esta hipótesis porque entendió que el recién nacido, por carecer aún de aparato psíquico, no podría significar el corte real como una separación traumática. Sólo para la madre, por la pérdida de una parte imaginaria de su propio ser, el parto alcanza la significación de una castración.

En medio de esta polémica Lacan plantó su bandera: el parto biológico no coincide con el nacimiento del sujeto en el universo del lenguaje. Después de que el crío logra salir del vientre materno, ésta lo embaraza nuevamente –pero esta vez con palabras– al significarlo como complemento de su ser. En este proceso, que Lacan denomina alienación del viviente al lenguaje, germina el nuevo ser solo por efecto de ser hablado. El vocablo embarazo deriva del término varazo, de origen romano, que significa lazo, cordel, cordón. Estar embarazado es estar impedido en los movimientos, obstaculizado por una atadura. El cordón subjetivo que enlaza a la madre y a su hijo se soporta en la función imaginaria del falo. El Eros freudiano describe aquello que Lacan explica como la regla universal de la primacía fálica para que haya relación sexual.

A partir de este embarazo lenguajero, ¿cómo ubicar el parto del sujeto? Lacan responde que en el mismo proceso de alienación “no-todo” es capturado en la palabra. Se desprende un resto, el objeto a, que instaura al sujeto como dividido. Lacan llamó a esta operación separación. Mencionó la etimología del término “separare”, separarse, enraizada en “se-parire”, parirse. En el modelo teórico de Lacan de las operaciones constitutivas de alienación y separación se explica de otro modo el fundamento de la oposición freudiana entre Eros y Tánatos.

Pese a que suelen presentarse en la experiencia con rostro mortífero, los fenómenos de goce articulados a la repetición de lo real –Wiederholungszvang– simbolizan el advenimiento del sujeto más allá del Otro. Lo que se repite como traumático es el momento atemporal, lógico, de la “a-parición” del sujeto en lo real. Todas las repeticiones posteriores comportan necesariamente la pérdida del cordón fálico, algo que conocemos como castración. Tánatos metaforiza entonces, aquello que de lo real “no cesa de repetir” la destrucción de barazos de Eros. Se conjugan en el “no cesa” las operaciones de separación y castración.

Una vez que en el Seminario “La ética del psicoanálisis” Lacan desentrañó el núcleo de la función moral como barrera al encuentro del sujeto con lo real, (das Ding) introdujo la pregunta por la relación de lo real con la ética:
“… intentaremos retomar en el verdadero nivel, en el nivel donde tenemos relación con ella [la Cosa de goce] esta esencia del das Ding, o más exactamente, ¿cómo tenemos relación con ella en el dominio de la ética?”
Esta apuesta fundamental de Lacan aún no fue retomada por el psicoanálisis. Llegado a este punto, repregunto ¿en qué dirección se alinea la preocupación del analista por acotar el goce mortífero?
 
 
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