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   Niños al borde... Del síntoma?

Cuando el cuerpo no hace borde
  Por Luján  Iuale
   
 
Hay males contemporáneos, propios y específicos de cada época. Rostros que cobra el malestar en la cultura y con los que se presenta el padecimiento subjetivo. El terreno de la infancia, tan enaltecida desde el pregón cada vez más elevado de los derechos del niño, presenta a su vez una paradoja en los modos en que los adultos piensan al niño y en cómo leen los avatares propios de lo infantil.
Asistimos a una época en la cual se habla todo el tiempo de respetar al niño, a la vez que las demandas desde la escuela y la familia se multiplican epidémicamente bajo un sesgo particular: el pedido del domeñamiento del cuerpo por la vía de un agente externo a la situación, que no involucre a otros participantes del conflicto más que al niño mismo. Los consultorios se han poblado de pequeños con dificultades para regular el movimiento corporal, para desplegar el lenguaje no sólo como forma de lazo sino como rodeo posible a la descarga directa, con perturbaciones a nivel del lazo con los otros, para conectarse con los espacios que habitan por fuera de lo familiar.
Pero parece que lo que ha quedado forcluído en lo social, es la posibilidad de interrogar el porqué de estas presentaciones tan peculiares o a qué se debe tal proliferación. A esa pregunta forcluída se antepuso una respuesta avalada, supuestamente, por el discurso de la ciencia: el niño padece algún trastorno que es preciso diagnosticar y tratar según métodos adecuados. Entiéndase a estos últimos: la medicación o las terapias reeducativas que acallen lo disruptivo. Se trata en definitiva de que “se quede quieto”, “se porte bien”, “preste atención” y fundamentalmente que “obedezca” y “no moleste”. Se excluye la pregunta por el lazo con el Otro de los primeros cuidados, y con esto, una condición básica inherente a lo propio de lo humano: me refiero a que subjetivamos el cuerpo en la relación con el Otro.
En este sentido alarma la proliferación cada vez mayor de niños diagnosticados como TGD. Recientemente una colega comentaba que en una junta evaluadora sobre discapacidad, de diez niños “evaluados”, cuatro recibieron este diagnóstico. Esto hace preguntarnos por la especificidad de tal diagnóstico y pone sobre el tapete un problema crucial: la desestimación del valor sintomático que la conducta de un niño podría tener y su reducción a una noción tan inespecífica como la de trastorno.

La inespecificidad de la noción de trastorno. Quienes ejercemos esta praxis llamada psicoanálisis más allá de la consulta privada, estamos forzados a la utilización del DSM IV en las instituciones asistenciales, en los prepagos, en las instituciones gubernamentales, por nombrar algunas. Además asistimos a los efectos que la legalización de ese sistema de clasificación está produciendo en el discurso social, el cual entra en nuestros ámbitos de trabajo vía el relato de nuestros pacientes o de los padres cuando vienen a decirnos: “Soy bipolar”, soy “TOC”, “Nos dijeron que es TGD” o “Es ADD”, por nombrar las más habituales. De este modo el padecimiento ha sido relevado, por la noción de trastorno y, no sólo eso, sino que nomina al ser a partir de una serie de nombres impropios1.

Por otra parte, pareciera que los que propician el uso del Manual no se han tomado el trabajo de hacer una lectura crítica del mismo. De haberla hecho, ciertas afirmaciones sostenidas con contundencia se les hubiesen desvanecido al leer las primeras páginas. Allí se aclaran sin velos ni tapujos, una serie de falencias. La primera y que es crucial a mí entender, toca el pilar principal del Manual, porque destaca que “no existe una definición que especifique adecuadamente los límites del concepto «trastorno mental». El término «trastorno mental», al igual que otros muchos términos en la medicina y en la ciencia, carece de una definición operacional consistente que englobe todas las posibilidades”2. Por otro lado definen al trastorno “como un síndrome o un patrón comportamental o psicológico de significación clínica, que aparece asociado a un malestar (por ejemplo, dolor), a una discapacidad (por ejemplo, deterioro en una o más áreas de funcionamiento) o a un riesgo significativamente aumentado de morir o de sufrir dolor, discapacidad o pérdida de libertad. Además, este síndrome o patrón no debe ser meramente una respuesta culturalmente aceptada a un acontecimiento particular (por ejemplo, la muerte de un ser querido). Cualquiera que sea su causa, debe considerarse como la manifestación individual de una disfunción comportamental, psicológica o biológica. Ni el comportamiento desviado (por ejemplo, político, religioso o sexual) ni los conflictos entre el individuo y la sociedad son trastornos mentales, a no ser que la desviación o el conflicto sean síntomas de una disfunción”. Quiero hacer hincapié en la idea de disfunción y por ende de déficit que la noción de trastorno conlleva. Por eso cuando se les dice a los padres que un niño padece determinado trastorno, se les está diciendo que está en déficit respecto de una supuesta norma. Esto que parece un mero problema a nivel de los enunciados, tiene consecuencias en la subjetivación, en los modos en que ese niño será mirado y en lo que se esperará de él. Y sabemos que los niños no son ajenos a lo que de ellos se espera. En medio de una consulta por una niña de dos años los papás me dicen que el neurólogo tras media hora de evaluación les dijo que la niña era TGD y les consiguió un turno para una evaluación neuropsicológica. Dirán: “Creíamos que teníamos una niña inquieta”. En este sentido no puedo dejar de abrir la pregunta respecto de los efectos de coagulación que lleva el pasaje de “inquieta” a TGD. Con esto no estoy diciendo que no haya niños seriamente perturbados, pero convengamos, son los menos. La mayoría de los niños puestos al trabajo, pierden esa presentación extraña o desregulada en la medida en que habilitamos procesos de subjetivación.

Por último el Manual señala que “deben reconocerse las limitaciones del sistema de clasificación categorial” y que “En el DSM-IV no se asume que cada categoría de trastorno mental sea una entidad separada, con límites que la diferencian de otros trastornos mentales o no mentales”. Tampoco hay certeza de que todos los individuos que padezcan el mismo trastorno sean completamente iguales. No pude dejar de preguntarme: ¿Cómo fue posible que un Manual que dice con todas las letras que no logra discernir un trastorno mental de uno que no lo es, ni un trastorno mental de otro, ni tiene una definición precisa de la noción de trastorno, ha logrado imponerse como el paradigma imperante a la hora de leer la clínica? Esto me recordó una frase de Derrida3: “La razón del más fuerte es siempre la mejor”, situando la canallada de tales posiciones.

Hacerse un cuerpo, tener un síntoma. Desde una posición que retome efectivamente al niño como tal, no podemos dejar de leerlo entramado con los otros que deben hacerle de soporte no sólo físico sino también amoroso. Escuchamos hasta el cansancio que hoy en día no hay Otro. Pero si el Otro como tal nunca existió, si siempre es y fue efecto segundo del encuentro entre el viviente y la palabra –vía apropiación del cuerpo–, ¿no deberíamos preguntarnos al menos, qué formas cobra o reviste el Otro, hoy? ¿Qué formas de lazo al cuerpo, al otro y al lenguaje, se presentan en la actualidad? Lejos de pensar que no hay lazos, es preciso cernir otros modos, nuevos y diferentes, que se nos vuelven ajenos por momentos. Lejos de suponer la ausencia de construcción del Otro, es necesario dilucidar qué coordenadas lo instituyen como tal. Tomaré una breve viñeta clínica de un niño que no presentaba gravedad, para situar cómo se desdibuja aún allí, la implicación parental:
Unos padres consultan porque su hijo de ocho años “no asume responsabilidades, pierde cosas, olvida tareas que debe realizar”, no entienden por qué el niño es así. Se preguntan si no tendrá un problema cognitivo, porque no registra que tiene que cuidar sus pertenencias. Esta pregunta surge a pesar del buen desempeño escolar de niño. Ambos padres tienen estudios universitarios y ejercen exitosamente su profesión. En varias ocasiones, los padres cancelan a último momento la sesión alegando dificultades para traerlo. En otras, llegan tarde a la consulta o llegan tarde a retirarlo, también confunden el horario de sesión. En otra ocasión “olvidan” pagar la sesión y en otro encuentro el padre busca su billetera, que no recuerda dónde la dejó. ¿Podemos decir que este niño no tiene Otro? ¿Podemos decir que este niño tiene un síntoma? Aquí es preciso hacer una distinción: por un lado queda claro que el niño está fuertemente entramado al Otro y que se presenta claramente como síntoma de otro cuerpo. Ese padecimiento sin embargo, no queda de su lado puesto que no sufre por todo eso que a los padres los preocupa. Entonces el problema no es que no haya Otro, sino que el Otro está atravesado por una disyunción entre lo que dice y lo que su cuerpo soporta en acto: el Otro parental profiere un discurso que en modo alguno captura su cuerpo. Es esta desconexión la que el niño encarna, y a la cual ofrece su cuerpo como superficie de escritura. Por otro lado el Otro de este niño, exige el éxito en lo que se hace. Por eso en medio de los juegos dirá que quiere ser “el mejor en todo” y cuando pierde, aparecen frases del estilo: “Me estás matando”.

La apuesta consiste entonces en descontar al niño de esa dimensión sintomática que lejos de serle propia, constituye el enredo que lo tiene retenido. Hacerse un cuerpo, no es sin el Otro, pero tener un síntoma, requiere que algo le sea sustraído a ese Otro, que no todo pueda quedar bajo su égida. Para ello es preciso que el padecimiento se ponga en forma: a cada quien su padecer para que el síntoma haga litoral, borde que circunscriba la afectación de un cuerpo. Es preciso diferenciar aquello que el niño les devuelve a los padres de ellos mismos; de la dimensión propia de padecimiento, la cual puede habilitarse si no se la obtura con falsas nominaciones.

Para concluir. Que el analista esté a la altura de la subjetividad de la época, implica no sólo pensar desde allí su posición en la clínica, sino también en la ciudad o en el territorio que habita. En este sentido pensar la subjetividad es inherente a re-abrir la pregunta por la condición humana y por lo que somos. Es dejar de pensar en sujetos abstractos para participar del cuerpo y la experiencia. Es hablar de lazo y de nudo donde el analista en cuerpo es

Agamben en Infancia e historia, ancla la corporeidad en el mundo actual y retoma a a Benjamin, respecto del empobrecimiento de la experiencia. En 1933 Walter Benjamin, refiriéndose a los efectos de la guerra, decía que “la gente regresaba enmudecida… no más rica, sino más pobre en experiencias compartibles… Porque jamás ha habido experiencias tan desmentidas como las estratégicas por la guerra, las económicas por la inflación, las corporales por el hambre, las morales por el tirano. Una generación que había ido a la escuela en tranvías tirados por caballos, estaba parada bajo el cielo de un paisaje en el cual solamente las nubes seguían siendo iguales y en cuyo centro, en un campo de fuerzas de corrientes destructivas y explosiones, estaba el frágil y minúsculo cuerpo humano”4. Serres, en esta misma línea dirá que “la humanidad progresa por fragilidades”5, y postula que “cuando no hay guerras, la violencia privada aumenta en proporción (…) La precariedad se traslada a los vínculos y se instala en los cuerpos”6. No perder de vista estos avatares es también nuestra responsabilidad.
____________________
1. Vasen, J: Una nueva epidemia de nombres impropios. El DSM-V invade la infancia en la clínica y en las aulas. Buenos Aires: Noveduc. 2011.
2. DSM IV Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. Barcelona. 1995 pp 21-22.
3. Derrida, J: Canallas. Dos ensayos sobre la razón. Madrid: Editorial Trotta, 2005.
4. Párrafo citado por Agamben, Giorgio: Infancia e historia. Adriana Hidalgo editora. Bs. As. 2001, pp7-8.
5. Serres, M: Variaciones sobre el cuerpo. Buenos Aires: Fondo de cultura económica, 2011. p 135.
6. Ibídem p 141.
 
 
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