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   Saber de la historia

Charlatanismo, teosofía y la fundación del Instituto Psicológico Argentino (1892) (primera entrega)
  Por Mauro  Vallejo
   
 
A fines de 1892 llegó a Buenos Aires un individuo con dos credenciales que de inmediato le abrieron las puertas más codiciadas: este italiano proveniente de Barcelona decía ser médico y se ufanaba de poseer títulos nobiliarios. Rápidamente se hizo conocido como el Conde de Das; cuando algún periodista decidía privilegiar el título universitario del recién llegado, se lo presentaba como el Doctor Alberto Martínez de Das. Hombre inquieto y hacendoso, decidió no perder tiempo en una ciudad donde parecía que todo estaba por hacerse. No solamente fundó la primera filial de teosofía en el país –a la cual dotó de su respectiva revista (Luz)– sino que también inauguró un temprano Instituto Psicológico Argentino, de efímera duración.

Siempre se creyó que la Sociedad de Psicología fundada en 1908 por José Ingenieros y otros intelectuales de renombre había sido la primera agrupación de su tipo en el país. Ubicar ese punto cero en la historia de la progresiva autonomización de la psicología sirvió siempre para mostrar los orígenes sensatos y gloriosos de una profesión que no tardaría en ganar terreno en la cultura científica argentina. En aquella sociedad inaugurada en 1908 había personajes para todos los gustos. Había sobre todo médicos obstinados en imprimir a la nueva ciencia una orientación científica; si la psicología tenía el cuidado de no abandonar jamás el surco de la fisiología y las mediciones, su futuro en el panteón de la racionalidad estaba asegurado. Había también abogados y pedagogos, cuya faena patriótica podía recordar que la psicología, aun teniendo aires de cientificidad, estaba a todo momento lista para prestar sus servicios a las necesidades de la Nación: gracias a la nueva ciencia, la Argentina ya no tendría dificultades en la detección de los criminales o en el reconocimiento y reencauzamiento de los débiles mentales. Por último, en la mítica Sociedad de Psicología anidaba también, Ingenieros mediante, la mezcla de humanismo y bohemia en la que futuras generaciones de psicólogos (y psicoanalistas) irán a buscar un espejo reconfortante.

Ahora bien, el 22 de noviembre de 1892 había nacido aquel prematuro Instituto Psicológico Argentino. El fundador no era médico ni poseía títulos de nobleza. Se llamaba en realidad Alberto Santini Sgaluppi. En septiembre de ese año había sido escandalosamente expulsado de la Rama de la Sociedad Teosófica de Barcelona, acusado de cometer fraudes económicos y de mentir sobre sus presuntos poderes1. Luego de una breve estadía en Bélgica –donde nuevamente tuvo problemas con la justicia debido a sus hábitos de embaucador–, Sgaluppi recaló en Buenos Aires, acompañado de su esposa Antonia Martínez Royo. En su nuevo destino, camuflado tras su pseudónimo, fundó un primer cenáculo de teosofía, y comenzó a editar una revista. Sin embargo, al poco tiempo entabló un intercambio epistolar con antiguos conocidos de España; en esas cartas, usando obviamente su verdadero nombre, narró sus aventuras en las costas rioplatenses. Tras esa torpe auto-delación, las autoridades del movimiento teosófico alertaron a los argentinos sobre el engaño, y Sgaluppi tuvo que huir del país. Allí se inició una larga y fabulosa etapa de su vida, en la cual recorrió muchas ciudades de América presentándose con sus títulos apócrifos y cometiendo múltiples fraudes.

Las investigaciones que se han ocupado de su figura han insistido en el rol esencial que el espíritu aventurero del mitómano desempeñó en la implantación y la difusión de la teosofía en nuestro país –sobre todo porque su esposa decidió permanecer en Buenos Aires y romper relación con él, tras lo cual se convertiría en una pionera de la teosofía vernácula–. Ahora bien, menos atención ha recibido su otro gesto fundador, encarnado en el Instituto Psicológico. Poco después de llegar a la ciudad, Sgaluppi comenzó a dictar conferencias sobre sugestión mental y a realizar demostraciones de hipnotismo con la colaboración de su mujer, “la bella condesa”, que hizo su parte “con una abnegación y un estado neuropático realmente notables”2. Entre otras cosas, la mujer, siempre en estado sonambúlico y con “los ojos vendado por tres pañuelos”, jugó partidas de dominó, sin cometer ningún error. En simultáneo, Sgaluppi publicó algunos trabajos en los órganos de prensa del espiritismo porteño, en los cuales abogaba por el estudio de la psicología en los siguientes términos: “Este más allá es el quid! del Od de la vida (...), y para llegar á percibir su incandescente luz, hay que concentrar las elevadas aspiraciones del alma en la Psicología. Es tiempo de que los hombres de saber y buena fé la estudien en todos sus alcances y la defiendan como propiedad del ego individual, á la vez que cuiden meramente de que ésta no se enrede y manche en los laberintos de la especulación vulgar y de los espectáculos de fascinación ó ilusión pseudo-hipnótica. Hace veinte años, todos los centros científicos miraban con incredulidad y hasta con desprecio las ciencias ocultas, porque no se estaba iniciado, como hoy, en el conocimiento de los fenómenos singulares que ellas presentaban, y sobre todo en el estudio de la psicología, ciencia de la cual nacen gran número de estos fenómenos, llamados por tanto tiempo sorprendentes y maravillosos. Hoy gracias á los trabajos de eminentes psicológicos, de estos verdaderos sabios valerosos é independientes, un cambio imprevisto se ha hecho en el sentido de estas verdades, y aparece hoy la aurora de este despertar de la opinión pública en su favor”3.

Con esa plataforma doctrinal en sus manos, Sgaluppi pondría unos días después la primera piedra de la más temprana agrupación de “psicología” en nuestro país. No estuvo solo en la empresa; varios profesionales lo secundaron. Ahora bien, ¿a qué alude lo “psicológico” de su criatura de 1892? ¿Qué es esa psicología definida en tales términos en un escrito que, tomándonos ciertas libertades, podríamos calificar de “primer proyecto argentino de psicología”?
____________
1. En la tesis doctoral de Soledad Quereilhac el lector encontrará una reconstrucción más detallada del itinerario de Sgaluppi; cf. Quereilhac, Soledad (2010) La imaginación científica: ciencias ocultas y literatura fantástica en el Buenos Aires de entre-siglos (1875-1910), Tesis doctoral, Universidad de Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras.
2. En la revista espiritista Constancia del 6 de noviembre de 1892 se informa sobre una primera demostración pública efectuada ante 40 personas en el Hotel Roma; cf. Constancia, Año XV, N° 280, 6 de Noviembre de 1892, p. 287.
3. Dr. A. M. de Das, “¡Salve!”, Constancia, Año XV, N° 281, 13 de Noviembre de 1892, p. 291.
 
 
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