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   Dispositivos en Psicoanálisis

Kafka, la familia y el Hospital de Día
  Por Sergio Zabalza
   
 
Desde su implementación en tiempos de guerras mundiales hasta hoy, el dispositivo de Hospital de Día ha desarrollado desvíos, adaptaciones, usos y empleos cuya generoso marco ha sabido proveer una rica variedad de alternativas a los practicantes que trabajan y se forman al amparo del “hospi”. Aquí algunas versiones de esta herramienta privilegiada.

Kafka y la contabilidad. Comunidad es el título de un relato breve de Franz Kafka: “Somos cinco amigos. Una vez salimos, un tras otro, de una casa. Primero salió uno y se colocó al lado de la puerta de calle; después el segundo salió por la puerta, o, mejor dicho, se deslizó con la misma suavidad con que resbala una gota de mercurio, y se ubicó no lejos del primero; después el tercero; después el cuarto; después el quinto. Finalmente, nos pusimos todos en una línea, parados. La atención de la gente empezó entonces a centrarse en nosotros, nos señalaban y decían: ‘Los cinco acaban de salir de esa casa’. Desde entonces vivimos juntos. Sería una existencia pacífica si no viniera siempre un sexto a entrometerse”. Breves párrafos después el relato dice: “Por más que saque trompa lo alejamos a codazos; pero por más que lo alejemos a codazos él vuelve”1
En estos breves trazos Kafka dibuja el nudo que explica el lazo social en cualquier época y cultura, a saber: la conformación de un corpus social a partir de la exclusión de un algo/alguien. Lacan lo dice en sus términos cuando afirma: “no hay universal que no tenga que contenerse con una existencia que lo niega”2. De esta forma, a partir del común rechazo ante un objeto nacen los buenos, los malos y la historia. Tan trágico y simple es el nudo que sella la convivencia entre los seres hablantes.

Bien, en mi opinión algo de esto recrea un dispositivo de Hospital de Día que trabaja con sujetos cuya particular condición consiste en habitar ese lugar de exclusión que Kafka reservó, vaya a saber por qué razones, al número 6. A nosotros nos basta el recurso a la contabilidad presente en el relato. Porque si el neurótico –negación mediante– financia con la deuda simbólica la alteridad radical que lo habita, el psicótico en cambio paga con su carne ese lugar que, en virtud de la insondable decisión del ser, lo dejó por fuera del rebaño humano. En otros términos, el alienado no ha cedido el objeto al campo del Otro, luego las alucinaciones, y toda la serie de fenómenos elementales que arrasan con la intimidad y dignidad del sujeto. Nada mejor que un sencillo ejemplo clínico para ilustrar la maniobra con que el dispositivo de Hospital de Día propicia que un sujeto ubique en un elemento tercero esa aplastante alteridad que habita su cuerpo.
Durante el transcurso de un taller de música y canciones, un paciente esquizofrénico se acercó para decirme: “te agradezco todo lo que hacés por mí, pero yo me voy”. Años de análisis y lectura me hicieron comprender que se trataba de un éxito terapéutico y sobre todo analítico. El señor en cuestión había logrado ubicar –localizar– en un objeto exterior algo de la aplastante mismidad que lo habita.

Vale considerar entonces que un Hospital de Día se distingue –entre otras maravillas– por ofertar una vasta cantidad de recursos para que un sujeto encuentre los carriles, los recursos, los medios con que construir ese artificio que haga del síntoma un buen vecino más que el cancerbero de su tortura solitaria. En efecto, un psiquiatra, un terapeuta individual, un taller de vida cotidiana, una terapia de familia, una asamblea, un taller de música, un taller de teatro, un taller de jardinería, un taller de movimiento, etc.; conforman una contabilidad cuya sola razón, a fin de cuentas, consiste en proporcionar los intervalos por donde un sujeto puede sustraerse al mandato unívoco que lo aplasta. En lugar de codazos, el agente/practicante de Hospital de Día aplica la abstinencia freudiana para hacer lugar a la singularidad del paciente. Porque si bien el dispositivo –por estar inserto en la denominada Salud Mental– propicia proyectos terapéuticos para sus usuarios, bien podríamos colegir que un tratamiento posible nace cuando un sujeto tacha, barra, hace excepción en definitiva, al molde que el discurso del Amo le ha destinado bajo el rótulo que impone el régimen del trastorno.
De hecho, en el tiempo que me tocó coordinar el “Taller de movimiento” constaté el interés que demostraban los pacientes por los trazos de tiza que hallaban en el piso (me pasaba varios minutos, antes de recibirlos, dibujando en el patio sectores, intervalos, porciones, etc.). Luego, con ellos cada uno desplegaba distintos recorridos, saltos, series, en definitiva distintas figuras de una discontinuidad que propiciaba un desvío –como dice Freud al referirse a la emergencia de las cualidades– de la “pauta monótona del período psíquico” (léase inercia mortífera). Tiempo después me enteraría que Lacan ubica la posición del analista en un “no es eso”, algo tan parecido a la esencia femenina como al equívoco que funda la interpretación. Desde este punto de vista el Hospital de Día trabaja al servicio de propiciar al sujeto los circunloquios con que evitar el real que, sin embargo, le sigue los pasos.

Así, el grupo de pares se hace instrumento de la maniobra del analista/ coordinador/tallerista porque, convocado por el psicótico al lugar del saber, le basta con emular a Sócrates para desviar al resto de los participantes las preguntas, demandas e interpelaciones que el sujeto le dirige. Si “no es conmigo” decía el más feo de los griegos, de la misma forma el analista reenvía la pregunta al grupo: “¿qué opinan?”, para así delegar a los pares la responsabilidad de las decisiones que la convivencia impone.

¿Qué es ese blanco que está allí? Pero la Cosa no se queda allí: están las intervenciones sobre las producciones cuya medular importancia merece un párrafo aparte. En efecto, lejos está el interés del agente/practicante en la corrección técnica de los objetos surgidos en la tarea de los talleres. En todo caso, como suele suceder, el saber hacer artístico puede recaer en alguno de los participantes. Se trata de propiciar otro saber hacer, por eso, la intervención que corresponde ante cualquier producción es: “qué es eso que está allí para usted”, propuesta que no recae sobre la previa intencionalidad del sujeto sino en la oportuna ocurrencia de algo que escapa a todo cálculo y previsibilidad.
Asistimos aquí a una enunciación que, desde el vamos, ubica ese cuadro, representación teatral o performance, como algo exterior al sujeto que acaba de producirlo. Si, según Lacan, el alienado tiene al objeto en el bolsillo, el taller de Hospital de Día propicia entonces que –artificio mediante– el sujeto ubique esa presencia ominosa en alguna terceridad accesible al lazo social. Puede ser un color en el cuadro que se acaba de pintar, un escrito del taller literario, un gesto o figura en el taller de movimiento. Lo que cuenta es el saber hacer allí con eso imprevisible que, ahora, está disponible para ser objeto de distintas versiones. De esta forma los objetos son pasibles de cobrar un valor sintomático, es decir cargar con algo de la mórbida pesadez que asfixia al sujeto.

Desde esta perspectiva, ya no se trata sólo de objetos afines al particular tema que convoca un taller específico: una opinión, un relato, una excusa, son pasibles de constituirse en herramientas aptas para posibilitar que un sujeto se haga responsable de sus decisiones sin por ello invocarlo en su ser. (De hecho, no preguntamos: “¿Por qué pintó usted tal cosa de ese color?” Modalidad que invoca al sujeto en el ser en lugar de convocar al sujeto en su palabra.)
Esta perspectiva se asienta en la recusación que Lacan formulara de la psicobiografía en la clase sobre “Lituraterra”, es decir el rechazo a juzgar una obra de arte a partir de la biografía del autor, modalidad que por enfocar su esfuerzo en la causa termina por resultar superyoica. ¿Acaso alguien sabe por qué hace o dice tal o cuál cosa? Más bien la ética que guía la maniobra psicoanalítica busca que el ser hablante se haga responsable de aquello que ocurre, más allá de todo cálculo y ley: el síntoma.

Kafka y la familia. Un especial capítulo de esta herramienta denominada Hospital de Día está constituido por las entrevistas de familia a la que los coordinadores recurren cuando la singularidad del paciente así lo hace conveniente. Se trata del caso paradigmático que Kafka dibuja en su relato. En efecto, la familia es la comunidad por excelencia, ese entramado que, más allá de lazos de sangre, vehiculiza en el sujeto una prohibición que, sin embargo, posibilita la salida exogámica. Sabido es que los sujetos que atendemos en el dispositivo carecen de la inscripción simbólica que los hablita a formar parte de un colectivo humano. No en vano, al hablar de familia, Lacan considera al psicótico como un “objeto a liberado”, es decir un objeto sin lazo libidinal que lo amarre a la vivificante hegemonía que impone el falo. De alguna manera, el alienado debe construir por otros caminos eso que hace familia en un sujeto. Esto es: aquellos lazos que operan como referencia para conformar un cuerpo y orientarse en el mundo. No todo sujeto necesita construir una familia, aunque deshacerse de ella es también otra forma de posicionarse ante el mundo y sus exigencias cotidianas. Desde esta perspectiva, una familia bien puede estar compuesta por un amigo, una ex novia, un tío, el perro, el encargado del edificio y cualquier otra contabilidad que, por la especial significación que un sujeto le otorga, provee un sostén a su cuerpo y una orientación dentro de cierta realidad compartida. Aquí un ejemplo clínico:

Emilio ingresa al Hospital de Día porque la soledad se le torna insoportable, a punto tal de caer en agudas depresiones que lo sepultan en la cama durante días enteros. Por otra parte, según el relato que acompaña el proceso de admisión, basta que alguna compañía asome en el horizonte para que Emilio despliegue una compulsión demandante capaz de espantar al más decidido samaritano.
Sus hijas le manifiestan un enconado rechazo conforme a una muy cristalizada novela familiar que lo acusa de abandono y autoritarismo. Se decide iniciar un tratamiento de familia con el fin de facilitar al paciente el acceso a recursos subjetivos con que tramitar el horror a la soledad. Luego de varios intentos se logra que algunos de los miembros de la familia concurran a una serie de entrevistas.

Marta cuenta que decidió acompañar a su media hermana Liliana para así no dejarla sola. Entre acusaciones y reproches para con Emilio, ambas manifiestan sin embargo que les gustaría ayudarlo. Marta dice: “Si, uno necesita afecto, pero no se puede demandar o depender. Uno tiene que dejar de ser dependiente y ganarse el afecto. Yo usaba a alguien para no estar sola, cualquier era… como un mueble”.
Liliana agrega: “me mata el tema de la convivencia, me daña, me traba. Tengo capacidad para dar más pero en esta situación me da bronca. El domingo a la noche me angustia. Empecé terapia, me falta un espacio propio. Llego y me pongo un caparazón para defenderme.

Preguntamos: ¿Y vos, cómo lo sufrís Marta?
“Estar con alguien para no estar sola, no poder encontrar a alguien realmente sino alguien para no estar sola. Uno tiene que resolver la soledad porque sino no lo resuelve nadie. Eso asusta”.
Al cerrar la entrevista formulamos que hay una soledad que asusta y recorre a los miembros de la familia. Durante el segundo encuentro, no sin sorpresas advertimos que ya no hubo reproches para Emilio: “desde que empezó lo veo mejor que antes” –afirmó Liliana– quien, en cambio, denunció la indiferencia del resto de sus hermanos.
Vemos que Emilio encarna en su cuerpo y en su decir el espanto que cada uno de los miembros padece, de manera personal e intransferible, por la soledad y el desamparo que los acorrala y amenaza. Una contabilidad al servicio de poner en “el sexto” –como diría Kafka– la ominosa carga del síntoma que, sin embargo, conforma la familia. Luego, merced a esta prenda sacrificial, cada miembro del grupo se desentiende de su responsabilidad en la trama fantasmática que organiza los avatares familiares.
Habrá que ver hasta dónde están dispuestos estos sujetos a quedarse sin la soledad que los acompañó desde siempre. En otros términos: abandonar la pesada seguridad que brinda un padre muerto en vida para así vivir abiertos a las contingencias que escriban un nuevo capítulo de la historia. Lo cierto es que bastaron algunos pequeños señalamientos para conmover la economía política –la contabilidad– que organiza el goce singular e intransferible que, sin embargo, los aglutina… en familia.
______________
1. Franz Kafka, Relatos Completos, tomo 4, Página12/Losada, 2005, página 46.
2. Jacques Lacan, “El Atolondradicho” en “Otros Escritos”, Buenos Aires, Paidós, 2012, página 475.
 
 
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