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   Dispositivos en Psicoanálisis

Misión imposible o lo imposible en la misión
  El psicoanalista es el dispositivo
   
  Por Leonardo Leibson
   
 
1) “Su misión, si usted decide aceptarla, es…”
Así comenzaba cada capítulo de la pionera y setentista serie Misión Imposible que los domingos a la noche nucleaba a familias enteras frente al televisor en blanco y negro. Allí se mostraban las aventuras de un reducido grupo de agentes del Imperio (“los buenos”) que actuaban en paralelo con las fuerzas de seguridad oficiales para neutralizar a “los malos”, personajes que solían hablar con acento balcánico o eslavo. Ellos, que siempre aceptaban la misión, eran valientes, decididos y organizados, contaban (ya entonces) con los últimos adelantos de la tecnología y, sobre todo, eran ágiles, ingeniosos y no dudaban en que la verdad estaba indefectiblemente de su lado1.

¿Cuál sería la misión (¿imposible?) del psicoanalista? En “Psicoanálisis y medicina”2, Lacan afirma, sin sonrojarse –y con toda la seguridad que da saber que la verdad habla… de su lado–, que la misión del psicoanalista es relevar el lugar tradicional del médico3. Un lugar que ha sido desmantelado por el avance de la medicina como práctica dominada por los desarrollos científico-tecnológicos. Los gadgets médicos se reproducen geométricamente, pueden tener efectos quasi milagrosos y remplazan en la escena a la persona del médico, ese que “se recetaba a sí mismo”. O sea, aquel cuya presencia a la hora de administrar un medicamento era tan importante como el medicamento mismo. Esa presencia es la que queda arrasada hasta convertir al médico en un administrador racional de recursos tecnológicos y, sobre todo, en un gran diagnosticador (dado que una vez hecho el diagnóstico, todo lo demás prosigue por decantación protocolizada.)
Hacia el final de este texto dice Lacan: “Siempre me consideré como el misionero del médico”. Habiendo aclarado previamente que el psicoanálisis guarda con la medicina una relación de extra-territorialidad.
¿Habremos aceptado esa misión? ¿O tal vez, a sabiendas o no, hemos declinado de llevarla a cabo?

El lugar y la función del analista en dispositivos que sólo irónicamente podemos llamar “no convencionales” (dado que si el dispositivo se convierte en una convención o, peor, en una costumbre, eso ya no podría merecer legítimamente el calificativo de “psicoanalítico”) es actualmente un problema, una pregunta y una suerte de desafío. La época es lo que define la aparición del psicoanalista y por ende las marcas de esa época son las que podrían guiar su accionar.
Pero ¿cuáles son esas marcas4? Para Lacan, en ese mismo texto, hay dos cuestiones fundamentales que la medicina moderna excluye de su praxis y que el psicoanálisis (más precisamente, el psicoanalista) vendría a retomar: 1) la estructura de la demanda, en la cual Freud nos enseña a descifrar la tensión del deseo, y 2) el hecho de que el cuerpo no se limita a ser una máquina homeostática hecha de sustancia extensa sino que es algo “hecho para gozar” y, más aún, “para gozar de sí mismo”. En otras palabras, que hay un sujeto del significante, sometido a la ley del lenguaje (que es la del malentendido y el equívoco), en tanto hay inconsciente estructurado como un lenguaje. Y, a la vez, que hay un cuerpo erógeno que hace de ese sujeto algo también sujetado a un goce, que no es el placer, que es sexual pero no sólo eso, que no puede acumularse ni ganarse sin que lo que se pierde se imponga y que es lo que si no existiera “haría vano al Universo”.
Esas dos dimensiones de la experiencia son las que la medicina excluye (¿forcluye?) para sostener su práctica racional y tecnificada al servicio de la “salud”. M. Foucault demuestra que esa salud, sobre todo cuando se le adosa el epíteto de pública, no es un bien autónomo ni inocente y que, historizablemente, es algo al servicio del poder. La vida (bíos) tomada por la política es lo que determina lo que es sano y lo que es enfermo, lo que debe hacerse en cada caso, lo que es conveniente (y lo que no) para cada persona y para la masa de la sociedad.

El psicoanalista se introduce en ese orden a la fuerza, como una cuña molesta e impertinente, cuestionando ese orden y, sobre todo, esa generalización de las pautas de lo saludable y lo enfermante. Lo hace subvirtiendo la noción de síntoma –al dejar de tomarlo sólo como un trastorno, ya sea déficit o exceso–, para considerarlo como algo que altera al sujeto porque tiene la estructura de una pregunta esencial, en tanto está ligado, de manera secreta y amordazada, a un modo singular de satisfacción.

Esto le vale al psicoanalista ese lugar “extraterritorial” con el que Lacan abre la mencionada conferencia. “Extraterritorial” no significa tanto que haya un territorio propio del psicoanálisis como que ese territorio es la extraterritorialidad misma. Un actuar al costado (más que en los límites), en el que se pone en acto una interrogación (casi) sin palabras que se encontrará, a partir de cierto trabajo del analizante, con alguna forma de respuesta: metafórica, poética, chistosa, resonante.

2) Lo sacro y lo profano

“Yo mismo no soy más que un hereje (…)”
Sigmund Freud5

Pero no es tan claro que los psicoanalistas estemos dispuestos a aceptar esa misión cuando esta toma modos y formas diversas al dispositivo “tradicional” que está formado no sólo por las cuatro paredes que acogen un diván y sillón, o el par de sillas (asimétricas), sino por cierta manera, que no deja de ser reglamentada, de entender las reglas básicas del juego analítico –la regla fundamental (la asociación “libre”), la neutralidad, la abstinencia. O a considerar que cualquier intervención que no sea una interpretación o algo que se le asemeje estaría fuera del ámbito del psicoanálisis, sin poder definir o al menos problematizar qué sería una interpretación.

¿Es el psicoanálisis una práctica sagrada? Las críticas de Lacan a la ritualización y liturgización de la práctica analítica arrancan muy tempranamente y no cesarán en ningún momento. Podemos decir que orientan a la misma de manera sostenida. En sus inicios, y durante largos años, se dedica a la crítica feroz e implacable contra los dispositivos reglamentaristas, burocráticos y ñoños de la IPA y sus secuaces, pero esa misma actitud crítica prosigue luego, y muchas veces parece estar dirigida a sus propios discípulos y a la manera en que lo siguen: en silencio, sin cuestionamientos verdaderos, con excesiva veneración.

Si el psicoanálisis no es el rito del Edipo, y la tumba de Jesús está tan vacía como la de Moisés (y la del propio Edipo), ¿qué especie de práctica es el psicoanálisis? ¿Qué es lo que hace que pueda afirmarse que en tal o cual situación hubo un psicoanalista en acto? Porque está claro (¿está claro?) que no se es psicoanalista sino que se trata de una presencia (al modo de las presencias que la religión describe…6), de una función, de un deseo, de un modo del acto. De un deseo en acto que opera determinando una presencia que funciona, que hace que una operación se efectivice.

En este sentido, podemos afirmar que hubo (o, más exactamente, en futuro anterior: habrá habido) psicoanalista en muy diversos momentos de muy diversos dispositivos: en un taller de radio de un Hospital de Día; en la actividad que se desarrolla regularmente con niños en situación social paupérrima que asisten a un lugar donde no sólo se les da de comer y de vestir sino que, fundamentalmente, se intenta restituir un espacio donde el juego sea posible7; en el momento en que se juega a las cartas o a los dados o al ajedrez en un colegio, en un servicio de internación, en un Hospital de Día o en una casa de medio camino, actividades que podrían verse como meramente recreativas, para pasar el tiempo (que si no sería insoportablemente lento) pero donde, en el curso mismo de lo que allí se juega, se producen efectos que no vacilaríamos en llamar analíticos.

Entonces, puede haber psicoanalista allí… o no. ¿De qué depende? La cuestión es evidentemente demasiado extensa como para responderla exhaustivamente acá pero podemos ubicar ciertos reparos y afirmar que habrá habido analista si algo de la palabra puede circular, si algo del decir se pone en juego, si algo del cuerpo puede activarse más allá de los parámetros de la “salud corporal” (alimentación, abrigo, higiene en general). Un decir además (y esto no es opcional sino necesario) causado por una oferta que no se restrinja al “poner la oreja” sino a una escucha que podrá, en ciertos momentos, revelar que en lo que se dice hay equívoco, malentendido, insensatez. La poesía y la música que la práctica lenguajera implican y que la posición, el deseo y la función del analista dejan pasar.

Pero hasta ahora no hemos mencionado la palabra clave, la que define no tanto la misión sino el método del que disponemos. La transferencia (anudada a la resistencia y la interpretación) como fundamento del trabajo analítico8. Donde transferencia implica que en la práctica nuestra se pone en juego una doble suposición: la de un saber y la de un sujeto para ese saber. Y que ese saber no es cualquiera (aunque pueda tomar cualquier forma) sino que es un saber supuesto acerca del goce y del deseo, de los modos en que un cuerpo, hecho para gozar y a la vez desierto de goce, goza efectivamente en sus producciones lenguajeras, cayendo de eso un resto que causa el deseo.
Aclaremos que no es obvio dónde se sitúa ese sujeto supuesto al saber. En verdad, surge en varias partes. En principio, del lado del analista, siempre y cuando aquel que sostiene esa función y ese lugar no ostente la certeza de poseer real y efectivamente ese saber (caso en el cual la función del analista se desvanece y es suplantada instantáneamente por alguna otra –médico, psicólogo, psicoterapeuta, fármaco, etc.– que tiene un horizonte completamente diferente tanto en su ética como en su eficacia).

Pero ese sujeto supuesto al saber bien puede estar, también, del lado de quien consulta, del analizante (actual o potencial)9. Y parece conveniente que así se produzca para que la práctica analítica pueda forma y efectividad.
Que haya o no un analista en ciertos dispositivos de atención de la “salud mental10” hace una diferencia. No porque el psicoanalista vaya a hacer mejor las cosas, sino porque puede hacer cosas diferentes. El analista puede hacer algo que no hace ni el médico ni el psicólogo, ni el trabajador social, ni ningún otro integrante del equipo de trabajadores de la salud. Y esto es verdaderamente curioso, el psicoanalista puede vestirse con los ropajes del médico, del psicólogo, del trabajador social, del acompañante terapéutico, del enfermero, de quien limpia o atiende la cocina. El psicoanalista no tiene un traje específico, ni siquiera tiene un rótulo que lo identifique. El psicoanalista es el que pone en juego una función.
Obviamente, hay quienes nos dedicamos a la práctica del psicoanálisis, sabiendo que no se trata de una cuestión de iluminaciones divinas. Hay formación del analista, que consiste fundamentalmente en pasar por la experiencia de un análisis, amén de la lectura de los textos pertinentes y la posibilidad de compartir los testimonios de la práctica con otros analistas (lo que se llama “supervisión” o “control”).

Si habrá habido psicoanalista implicará que se aceptó esa misión. Y que el dispositivo es lo que se arma alrededor de la función del analista, que entonces puede moverse en cualquier “escenografía” o dispositivo –desde una charla mientras se camina por un parque o una calle hasta el lugar de coordinador de un taller literario, desde el que debajo de un guardapolvo blanco escucha con “el tercer oído” (como decía Th. Reik) hasta el que atiende pacientes en el pasillo (cuando no en algún rincón de un baño) en un servicio hospitalario. No es el dispositivo el que define al psicoanalista sino al contrario. No dejarse arrinconar es tener presente que la misión tiene muy poco de religioso y mucho de ponerse al tanto de la imposibilidad, aquella que nos constituye.
____________
1. Además, el mensaje de la misión, grabado, se autodestruía a los pocos segundos de concluir. Era un momento repetido pero no por eso menos esperado. ¿Podemos leer ahí –donde menos lo esperaríamos– una inquietante metáfora de la función del analista: eso que habla, que dice la misión (no tanto un deber como una orientación, sin decir el cómo ni el por qué), para luego desprenderse del vínculo y autodestruirse, caer?
2. Lacan, J., (1966) “Psicoanálisis y medicina”, en Intervenciones y textos, Buenos Aires, Manantial, 1985, 86-99.
3. “Así como Freud inventó la teoría del fascismo antes que éste apareciese, del mismo modo, treinta años antes, inventó lo que debía responder a la subversión de la posición del médico por el ascenso de la ciencia: a saber, el psicoanálisis como práctica”. En “Psicoanálisis y medicina”, op. cit, pág. 94.
4. Son las marcas las que definen una época y no a la inversa. No es un problema histórico ni sociológico sino discursivo.
5. Carta a G. Groddeck del 28/11/1920. En Freud, S.-Groddeck, G. (1970) Correspondencia. Barcelona, Anagrama, 1977, pág. 63.
6. Lacan no se privó de las referencias a la religión y evidentemente, ostentosamente, hizo uso de muchas de ellas (el “Nombre del Padre” entre otras). Eso, obviamente, no hace del psicoanálisis una práctica religiosa del mismo modo que las referencias (y el uso de las mismas) a la psiquiatría o a la matemática o a la filosofía no lo homologan a esos modos del conocimiento sino que hacen del psicoanálisis una suerte de parodia seria (puesta en serie) de dichas disciplinas.
7. Véase http://barriletesenbandada.blogspot.com.ar.
8. Algo más de Freud a Groddeck: “(…) tengo que afirmar que es Ud. un espléndido psicoanalista que ha comprendido plenamente el núcleo de la cuestión. Quien reconoce que la transferencia y la resistencia constituyen los centros axiales del tratamiento pertenece irremisiblemente a la horda de los salvajes” (carta del 5/6/1917), Freud, S.-Groddeck, G. (1970) Correspondencia, op.cit., pág. 38.
9. “Lo que se le pide al psicoanalista (…) no es lo que concierne a este sujeto supuesto saber, en el que han creído hallar el fundamento de la transferencia (…). A menudo he insistido en que no se supone que sepamos gran cosa. El analista instaura algo que es todo lo contrario. El analista le dice al que se dispone a empezar Vamos, diga cualquier cosa, será maravilloso. Es a él a quien el analista instituye como sujeto supuesto saber.” Lacan, J. (1969-70) El Seminario, Libro 17, El reverso del psicoanálisis. Buenos Aires, Paidós, 1992, pág. 55 (yo subrayo).
10. Un sintagma reñido de muchas maneras con la teoría y la ética del psicoanálisis, pero que no podemos dejar de utilizar: el problema no son las palabras sino cómo dejamos que ellas se sirvan de nosotros.
 
 
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