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   Celos en psicoanálisis

¿Qué tendrá ella que no tenga yo? Acerca de un caso de celos
  Por Eugenia Etcheverry
   
 
El analizado no recuerda nada de lo olvidado y reprimido sino que lo actúa. No lo reproduce como recuerdo sino como acción, lo repite sin saber que lo hace1

A partir del recorte de un caso clínico me interesa poder indagar los celos en función de una perspectiva sintomática y ver cómo estos repiten, en este caso en particular, relaciones infantiles.
Carmen llega a la consulta muy enojada. Comenta que hace unos días terminó la relación amorosa de un año con su vecino, se siente usada, abandonada y sobre todo angustiada. Refiere que un día cualquiera ella vuelve a su casa más temprano de lo habitual y escucha charlar al vecino con una mujer, “la otra”. No puede soportar saber que el vecino está con otra y quiere vengarse de él.

En “Lecciones psicoanalíticas sobre los celos” Assoun refiere que a partir del siglo XVI se denomina “celosía” a un entramado de madera o metal que permite ver sin ser visto (postigos o persianas para la ventana) y deja de manifiesto el vínculo entre celos y mirada. “Quien experimenta celos no deja de mirar, no pierde de vista ni por un instante el objeto que cela ni al (a la) rival: los tiene ‘a la vista’, los ‘visualiza’, aún en ausencia”2.
A lo largo de las entrevistas Carmen comenta que “la otra” es una mujer “gorda, fea, descuidada”, que vive lejos y sólo se interesa en ver al vecino a principio de mes, cuando él cobra el sueldo. Ella escucha cada una de las conversaciones que ellos mantienen, dado que el buen hombre utiliza el altavoz del teléfono o habla desde su patio, medianera compartida con la paciente. Ella se despierta de madrugada, cuando “la otra” llega, o cuando se va.

Carmen trabaja en un centro de estética, un lugar dedicado a mujeres. Comenta que desde que encontró al vecino hablando con otra mujer, ha empezado a sentirse mal en el trabajo. Incluso ha tratado mal a más de una clienta.
Podríamos pensar que a partir de escuchar la conversación del vecino con otra mujer, lo que Carmen no puede dejar de hacer es mirar, mirar el objeto de deseo del Otro, objeto que se ubica en la unión entre el deseo y el goce del Otro. Gabriel Lombardi sostiene: “Es el deseo del otro lo que recorta el interés del objeto, lo que lo vuelve deseable para uno mismo”3. El hecho de existir un tercero pone de manifiesto al deseo y hace circular la falta. Esta terceridad es una de las diferencias de los celos con la envidia, dos pasiones que se encuentran en íntima conexión. A diferencia de los celos, la envidia supone una relación dual, cuyo objetivo son los bienes (que tiene el otro). Dice Lacan en el Seminario 11: “Todos saben que la envidia suele provocarla comunmente la posesión de bienes que no tendrían ninguna utilidad para quien los envidia, y cuya verdadera naturaleza ni siquiera sospecha”4Es una pasión que remite a la avaricia, una pasión que fragmenta. En cambio los celos suponen un trío, donde hay en juego un objeto, objeto del deseo del otro.

En una nota de 19225 Freud sostiene que los celos son un afecto normal, común, universal, presentes en todos los sujetos. Los mismos pueden ser evidentes o parecer como ausentes, en este caso es lícito pensar que han sido presa de una fuerte represión.
Presenta tres niveles de celos. En primer lugar los celos normales o competitivos, que constan de cuatro rasgos fundamentales. Mantienen una cercanía al estado de duelo (primer rasgo), como la “reacción ante una pérdida imaginaria o efectiva”6 del objeto de amor. En este sentido los celos ponen de manifiesto el hecho de que el yo no acepta dejar de ser amado. Se siente abandonado, lo cual implica una herida narcisista (segundo rasgo). El tercer rasgo es la agresividad, a partir de la cual el objeto termina por ser detestado, odiado, porque se lo ama. Y el cuarto y último rasgo es la culpa, el autorreproche, la sospecha de haber tenido el sujeto responsabilidad en su malaventura.

En segundo lugar Freud ubica los celos proyectivos, los cuales nacen de las propias infidelidades (llevadas a cabo en acto o bien siendo impulsos reprimidos). “Cuando se está celoso de la propia mujer es porque uno mismo tiene algunos pecadillos que reprocharse” dirá Lacan en el Seminario 37.

Y por último los celos vesánicos, que se relacionan con lo delirante y se articulan con la paranoia. En este tipo de celos también subyacen las propias fantasías de infidelidad reprimidas, pero el objeto investido es del mismo sexo.
Con Lacan podemos decir que los dos primeros tipos corresponden a los celos neuróticos (basados en la suposición) y el tercer tipo ubicarlos dentro de los celos psicóticos (basados en la certeza).

Volviendo al primer tipo de celos, los normales o competitivos, el padre del psicoanálisis sostiene que no son fruto de relaciones actuales sino que derivan de los celos primitivos, infantiles, de la época del complejo de Edipo o del complejo fraterno (entre hermanos). Assoun agrega en este punto que “los celos exacerbados indicarían, pues, bastante mecánicamente una fijación edípica. Lo que permite sospechar a contrario, en los sujetos que no pueden constituir un objeto de celos, una falla edípica”8. Es en este punto donde me interrogo qué lugar tuvieron los celos durante la infancia de Carmen.

De este período de su vida cuenta que es la menor de cuatro hermanos, que cuando tenía 6 meses su mamá la “regaló” junto con la hermana que le seguía en edad a su abuelo materno y su segunda esposa, quien no había podido tener hijos. Junto con la madre quedaron viviendo los otros dos hermanos mayores. En palabras de la paciente: “la mayor, la primera hija, la que la hizo madre y el varoncito de la familia. Mi hermana y yo no teníamos nada que nos destaque para que mi mamá nos elija”. En este punto podríamos pensar que la figura de la hermana se actualiza en “la otra”, esa hermana que en la infancia habría desplazado al yo del amor de la madre. Una otra que tenía “algo”, un “no sé qué” para que la madre la ubique en un lugar específico de su deseo, para que esta madre la desee.

Respecto de la señora que la crió junto con su abuelo, no puede nombrarla como “abuela” ni “madre”, tampoco “madrastra”. Es “la mujer de mi abuelo”, una señora por quien el abuelo se desvivía en satisfacerla, al punto de criar a Carmen y su hermana, para que esta señora pueda sentirse madre y crea de este modo colmar su deseo. Pero Carmen no es objeto de deseo de la “abuela”, ésta se muestra violenta, alocada, y se dedica a gastar el dinero de su abuelo. Del mismo modo que cree que hace “la otra” con el sueldo del vecino.

La vida de Carmen está atravesada por muchas “otras”. Su primer novio, también vecino y con quien estaba pronta a comprometerse, la engañó con otra mujer. Una vecina le cuenta que lo ha visto con una joven caminar abrazados por Cabildo. La relación se termina ese mismo día, pero al igual que ahora se pasa bastante tiempo mirando por la ventana cómo el vecino llevaba mujeres a su casa delante de ella.
Pasados muchos años conoce otro hombre, el cual se había vuelto del exterior al enviudar su madre, por quien fue casi imposible mantener una convivencia, un proyecto de pareja, debido a que el hombre era constantemente demandado por su madre y le quedaba poco resto para Carmen. Al poco tiempo de morir su suegra, la relación se termina, y desde un taxi se lleva la sorpresa de ver a este hombre con otra mujer caminando de la mano. Comenta que fue, sin escalas, a la guardia del Ameghino. De eso dice “no podía ni hablar”.

Mencioné anteriormente que los celos, a diferencia de la envidia, incluyen un tercero. Es importante destacar en este punto, que Carmen no puede dejar de repetir las relaciones infantiles, pero al mismo tiempo, y como buena histérica, busca en la otra la respuesta a la famosa pregunta “Qué es ser una mujer?”. Lacan trabaja esta cuestión en Escritos 1 y sostiene que la fascinación de Dora hacia la señora K devela “... el valor real del objeto que es la señora K… para Dora. Es decir, no un individuo, sino un misterio, el misterio de la propia femineidad…9.

Carmen es una mujer solitaria, no tiene relación con sus hermanos, no tiene amigas. Refiere que siempre le costó relacionarse con mujeres, que las asociaba con la madre.
A lo largo de las entrevistas comienza a hablar de su infancia, no sin angustia. Y poco a poco comienza a ceder el interés hacia el vecino. Sigue mirando a “la otra” pero también intentando esta vez un corte posible con el Otro. Traer su síntoma a análisis y hacer entrar lo infantil, no sólo es para quedarse mirando sino para en cada repetición tratar de hacer otra cosa.

______________
1. Freud, Sigmund. “Fragmento de análisis de un caso de histeria” en Obras Completas, Vol VII, Buenos Aires. Amorrortu. 2004.
2. Assoun Paul - Laurent. Lecciones psicoanalíticas sobre los celos. Buenos Aires. Nueva Visión. 2012. Pág 7.
3. Lombardi Gabriel. Celos y envidia. Dos pasiones del ser hablante. Buenos Aires. Letra Viva 2014. Pág. 15.
4. Lacan Jacques. Seminario 11.Los cuatro conceptos fundamentales del Psicoanálisis:. Buenos Aires. Paidos 2005. Página 122.
5. Freud, Sigmund “Sobre algunos mecanismos neuróticos en los celos, la paranoia y la homosexualidad” en Obras Completa, Vol XVIII, Buenos Aires Amorrortu, 2004. Pág. 213.
6. Assoun Paul - Laurent. Lecciones psicoanalíticas sobre los celos. Buenos Aires. Nueva Visión. 2012.Pág 25.
7. Lacan Jacques. Seminario 3: Las Psicosis. Buenos Aires. Paidos. Página 65.
8. Assoun Paul - Laurent. Lecciones psicoanalíticas sobre los celos. Buenos Aires. Nueva Visión. 2012.Pág 29.
9. Lacan J. “Intervención sobre la transferencia” en Escritos 1. Buenos Aires - Siglo Veintiuno ediciones - 2008. Pág.214.
 
 
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