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   Celos en psicoanálisis

La declaración de sexo y los celos en la fantasmática masculina
  Por Raúl Yafar
   
 
Pensemos los celos en la sexuación masculina, pero en el área coagulada de los fantasmas singulares: escenas opacas, desfiguradas, pero sorprendentes en su aberración. Aberrante, en sentido etimológico es “andar errante”: sin orientación propia y apropiada, llevado por fuerzas incognoscibles. El aberrado se ha desviado, aparentemente, de su curso… hacia otro sendero que le resulta –según supone– ajeno. Pero tarde o temprano, advierte que existe una intimidad inquietante en eso tan distante.

Agrego que en óptica –y nos importa el componente escópico de la escena– las aberraciones son imperfecciones de las imágenes donde un punto del objeto no se refleja biunívocamente en el mismo punto de la imagen, sino que se distorsiona. El sistema óptico parece fallar y no devolver el éxito de lo esperado. Hay refracción anómala: surtidor de disparos in-esperados.

I. ¿Cuál es la dialéctica de la neurosis? Hablé en otro lugar1 del “paquete” neurótico, fundamentado en la oscilación antinómica del deseo y el goce, tal como Lacan la enunció –por lo menos en un momento de su obra–. El deseo, como marea inhibitoria y el goce, como repetición devastadora de la escenificación repetitiva.
El más allá del principio del placer hace estallar el deseo-tanto-que-defensa, ese cotidiano desencuentro del neurótico, su máscara antipulsional. En esa fragmentación se “recupera” actualizada la fiereza superyoica, agente del goce-inexistente-del-Otro. Goce, digamos, “preedípico”: la sexuación ha fallado, de allí el burdo autoerotismo “pensante”, tan típico de los celos.
Propongo una secuencia de la vida amorosa, aquí masculina, en relación al fantasma de los celos. Y de inmediato una viñeta clínica. El fantasma se suele tomar como una respuesta estable a la pregunta por el angustioso Deseo del Otro. Gracias al recorte que hago de dos modos de presentación del fantasma, puedo también ver en la fantasmática del sujeto algo abrupto, puntual, como un rayo en un día sereno, con efectos espesos y desesperantes. Algo descalabrante en la vida del sujeto.

1) La neurosis “perfecta”: si uno imagina un varón casado hace décadas con la misma mujer, viviendo sus sosegados rituales cotidianos, en un sempiterno trabajo en relación de dependencia, con una parejita de hijos, más cerca del “infortunio cotidiano” que de la “miseria neurótica” –diría Freud–, sin recurso de sueños pesados, malentendidos ni síntomas, se podría pensar que eso es tener una respuesta fantasmática estabilizada. Unas cuantas “frases hechas” –archirrepetidas–, algunos prejuicios y con algo de suerte… se puede vivir cien años2. Parece la descripción de un obsesivo perfecto -casi un psicótico, sin subjetividad, es decir, absolutamente objetivista y actuando exclusivamente acorde a fines-. Además de que esto es un hallazgo raro, si es que existe, para mí aquí no hay fantasma alguno, sólo inhibición de la pulsión, arquitectura yoica fortificada.

2) La división de las mujeres: en un segundo paso imaginemos otra versión de este hombre –más complejo, más conflictivo, más creíble de hallar– que está en entrevistas y que, encuentro tras encuentro, relata su monolítica división de las mujeres: su esposa, a la cual le supone no querer saber nada de lo que él hace fuera de casa y… sus constantes amantes. Puede ser taxista, político o animador nocturno en un café concert. Todo cierra: él es un ideólogo del conocimiento de lo que es la mujer, de lo que necesita un hombre y, por lo tanto, de lo que supone de la vida amorosa de los seres humanos. Podría pensarse que aquí el “fantasma” anda aún más aceitado, tiene más juego y pulsionalidad. No lo creo: falta un paso. Me parece que estas son una sarta de ideologemas que ocluyen compulsivamente otra cosa… que aún no se ha presentado.

3) Angustia y Degradación: si busca amantes es porque alguna emergencia del afecto de angustia, al menos ligera o recurrentemente, le suscita su vida y, especialmente… su esposa. Empiezo entonces a suponer que no se puede lanzar decididamente a disfrutar con y de ella en su vida. O bien, no la ama más… o bien, no la desea. O, como ocurre generalmente en estos casos, nunca pudo soportar su deseo sexual “de mujer”. Es decir, me propongo sospechar: ¿Por qué viene a las entrevistas? ¿Por qué continua con ellas? ¿Será todo tan estable? ¿La esposa realmente no quiere saber y rehuye ella misma el deseo en un pacto sórdido y complaciente? ¿Las amantes nunca le angustian? ¿Por qué duran tan poco esos vínculos rotativos? E, hilando e interrogando más finamente, ¿no hay en los encuentros con ellas y especialmente con su mujer, algunos síntomas sexuales?

4) Una masculinidad “a la deriva”: creo que en estas circunstancias lo que prima es la vacilación del imaginario de un Otro que ya hace rato ha dejado de dar respuestas. Los condicionamientos ideológicos tan explicativos y esteroetipados encubren que este sujeto no sabe qué hacer con su masculinidad. Hay un listado de problemas encubiertos posibles. Por ejemplo, puede ocurrir que las amantes, llegado cierto punto, empiecen a demandar más ternura o tiempo juntos; o él mismo haya comenzado a encariñarse con alguna de ellas, lo cual amenaza con conflictuarlo seriamente; o los síntomas sexuales que siempre dificultaron la relación con su mujer, llegado cierto punto, se presentan también en la relación con ellas; o mucho peor aún –y mucho más inmanejable–: intuye que su propia mujer tiene un amante. Como sea, están dados todos los elementos pre-fantasmáticos para el último paso culminante.

5) Encendimiento del Fantasma: es entonces debido a una subrepticia acentuación de estos problemas inesperados, que hace lo que siempre se negó a hacer: concurre a entrevistas con un analista. Ha intentado anteponer su ideología sobre la vida amorosa, pero la sabiduría callejera, precisamente, no le está “rindiendo” más. Lo que leo es que el fantasma está próximo a encenderse: recién ahora la escena hará su aparición. El sujeto estuvo con frecuencia al borde de caer en ella y la evitó expulsando a la mujer de turno… o su discurso cínico cerraba cualquier aventura novedosa… o se hacía el tonto con el comportamiento inusual de su esposa. Como sea, algo está por ocurrir y por eso nos ha llamado: pronto un “compactado escenográfico” acontecerá: se intentará estabilizarlo pero una atmósfera de disgregación potencial –desde el interior de sí mismo– está ya implotando sordamente.
Una de sus argumentaciones es lo que llamamos los “celos”.

II. Tomaré el caso de un varón. Primero unas palabras sobre la esposa: existencia aburrida, sexualidad intermitente, fantasías de encontrar algo de un voltaje distinto, en general intercambiadas con sus innumerables amigas.
Él es un hombre muy ocupado, casi adicto a su trabajo, viajante internacional. Frecuenta burdeles en otras ciudades y tiene relaciones con sucesivas secretarias. Los vínculos extramatrimoniales hacen serie a través de los años.
Lo que ha de presentarse es una escena de repetición tremendamente dolorosa para él, que tiene antecedentes en cuestiones traumáticas con su madre que no vienen al caso aquí. Hay antecedentes similares, como suele ocurrir, con una novia en su primera juventud. Pero antes de describir la escena actual, que generó la demanda de tratamiento, paso a comentar cómo funcionaba la sexualidad de este hombre. Muy erotizado: vivía en un estado “calenturiento”, atento a todas las mujeres de su entorno, “catando” su atractivo. La silueta femenina lo imantaba y lo refractaba en deseos múltiples. Pero este alto grado de sensualización no implicaba un despliegue erótico satisfactorio ni mucho menos. Su sexualidad avanzaba de tropiezo en tropiezo.

Viene un viaje donde no se ven por semanas. Algunos días después ambos concurren una fiesta. Cada uno deambula por su lado y ella traba un diálogo con un hombre seductor, conocido lejano de la pareja, que está separado hace unos meses. Es conocido por su donjuanismo. Ella revive, se carga de libido y conversa con él muy animada. El hombre le gusta y la situación le resulta encantadora. El esposo no interviene, no siente celos y se mantiene en la suya –catando las otras mujeres de la reunión o hablando de negocios–. Como sea, ha captado subliminalmente un mensaje que no ha atendido lo suficiente: hay un deseo de ella que se desplegado delante de él, él sabe -sin saber- del deseo de ella. Ella desea otra cosa.
A partir de allí viene un tiempo muerto de silencio. No obstante, ella emite durante los desayunos, cada tanto, algún comentario referido a este tercero. Su marido no pregunta, la deja hablar. No hay enojo alguno. Más tarde él dirá: “¿dónde estuve yo durante ese tiempo?” Como sea, esos avisos desoídos duran un mes, hasta que de golpe la mujer deja de hablar del otro sujeto. Ahora el silencio es verdadero y pesado, se avizora –anticipadamente, pero demasiado tarde– el golpe de la realidad.

Un día el hombre se despierta: tiene una intuición extraña y perentoria. Tras una salida de su señora -algo confusa a una cena improbable- le pregunta dónde fue esa noche “hasta tan tarde”. Ella miente mal, culposa y algo provocativa. Él insiste desaforadamente. Ella confiesa un encuentro con este sujeto, así como que le gusta realmente mucho en el plano erótico y que esa noche, terminó casi “apretando” con él… No pasó “casi” nada, insiste y no quedará nunca muy claro que será ese casi, si un mero tejido de fantasías o un solapado momento de fuerte intensidad que no termina de confesar.
El mundo subjetivo del hombre se derrumba en ese instante eterno de angustia. Creía estar reaccionando a tiempo… y era tarde. A partir de allí él no imagina nada, presenta un vacío mental desértico ante las versiones contradictorias que ella le ofrece, que él casi no escucha y que no “contienen” –ni contendrán- nada de lo ocurrido. Ella aprovecha y lo lastima. Arrasamiento. No hay trabajo psíquico posible sobre esa cita, verdadero agujero negro en el saber. No importan los detalles de lo qué pasó, sino dónde estaba él antes, tan lejos de sí mismo y sin celos…

Hasta aquí una ligazón bidireccional de los dos tiempos precedentes –el suspensivo y el estallido–, sin corte subjetivante ínsito en ellos. Pero en un tercer momento se produce una novedad: un “fantasma de celos” febriles revelará, desatado, su función de parche. Por lo pronto, se separa de su mujer. El residuo sentimental es la desconfianza generalizada hacia las mujeres y el desencanto infinito.
Solo y sintiéndose abandonado se consagra a su teatro privado. Dentro de éste el sujeto ahora es ojo, director de escena, inventor de la escenografía. Comienza a salir enloquecidamente con prostitutas, pero no puede estar con cada una… más que una sola vez. No encuentra satisfacción en el coito, salvo si fantasea siempre la misma situación. Está claro que es un tiempo masturbatorio: extrae placer, no de los cuerpos especialmente atractivos, sino de una escena de su mente. Ingresa en cada elucubración durante un lapso oniroide. Reiterando, como si fuera una adicción, el mismo gozo orgásmico breve e insaciable. Busca hasta el infinito –incluso varias veces por día– un repetido no-placer sufriente.

La “escena de los celos torturantes” lo transporta al éxtasis, hundiéndolo un momento después en la angustia. Esta escena tiene variantes, pero siempre es la siguiente: su esposa es una mujer hiper-decidida en lo sexual, no tiene miramiento amoroso alguno cuando decide entregarse a un hombre o a varios, engañándolo reiteradamente. Expresa una resistencia nula a ser el objeto-de-goce-absoluto de la pulsión masculina. Ella es la que toma la iniciativa en las escenas, para regocijo –no exactamente sexual, sino cínico– de los hombres en cuestión. Todo lo que ocurre es ordenado apuntando al goce máximo, como las escenas sadianas. Y en ese sentido ella es tan imperforable como las heroínas del Marqués. La ayudante perfecta, colaboradora sin topes, carece de todo pudor. Este tiempo tres es lo que podríamos llamar de los “celos consagrados”. El sujeto, ardido y burlado al infinito por todos, goza y sufre densamente.

III. Digámoslo así: hay una hiancia entre dos polos por donde se cuela el escenario celotípico.
a) En un primer extremo tenemos el terreno “pre-fantasmático”: la hipervoluptuosidad de la que partimos: la sensualidad calenturienta de este hombre. Consecuencia directa: no se soportan ausencias de deseo, cortes en la tensión. La mujer le produce adoración: supone que podría estar haciendo (o semi-haciendo) el amor todo el día. Cuerpos imantados, roces extáticos, junto a semi-erecciones erráticas. Los otros intereses humanos le son secundarios: su trabajo le aburre, la paternidad le es indiferente, viaja por obligación a lugares que no llega a conocer. Como sea, un residuo de excitación no liberada migra, ab-errante, en el continuo desfile visual de los cuerpos de mujer.

b) En el otro extremo, lo que llamo “post-fantasmático”. Aquello a lo que no arribamos: alcanzar decididamente la satisfacción. Un empuje sexual resuelto lo llevaría a la castración, al corte orgásmico, a la detumescencia tras el estallido. Algo no funciona bien en el momento del coito en este hombre: no hay apropiación subjetivada de la pulsión. No hay corte sexuado, ni declaración de sexo. En ese sentido todos sus coitus han sido siempre “interruptus”3.
Estos dos polos constituyen una hiancia abierta a la repetición y lo dejan ofrecido al “fantasma de celos”, como parche de su imposibilidad de acceder al sexo-en-acto, a un goce reglado, apropiado y apropiable, que lo declarara viril en su sexuación.

Repitamos lo ocurrido: inicialmente cede pasivamente su mujer a otro hombre; luego, comprende brutalmente que la han tomado como un objeto de goce posible. Al fin, una sensación tóxico-paranoide de que ella se le fuga “mentalmente” en la cadena infinita de los “machos” que la disfrutan. Como él… raramente pudo hacerlo.
Si hablamos del saldo de desconfianza, ¿qué le daría seguridad viril a este sujeto? Pues, estar disponible a su pulsión con su mujer y no dejar a otros tanta libertad de disputársela. Por lo menos, en lo que a él atañe. Si ella deja de quererlo o encuentra otro hombre deseable es otra cuestión.
La diferencia sexuada se llama castración, pero aún más la que un sujeto tiene que sostener consigo mismo en su goce.
_______________
1. Ver Fantasma en-el-borde-de-la-neurosis, Raúl A. Yafar, Ricardo Vergara Ediciones, 672 páginas, Noviembre 2012.
2. Esto es mentira: este sujeto piensa que es eterno.
3. El complemento de ese apronte sexual decidido sería que, en posición viril, un hombre no permitiría que seduzcan a su mujer en su presencia –escena de la fiesta–, menos aún si esa seducción está siendo ostensiblemente efectiva.
 
 
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