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   Celos en psicoanálisis

Los celos y el padre fuera de juego
  Por Lucas Boxaca
   
 
La fenomenología clínica de las pasiones, tal como se presenta en nuestra consulta cotidiana, es multiforme y variada. Sus manifestaciones y fundamentos se encuentran entramados y complejizados por diferentes factores; por mencionar el más relevante: los tipos clínicos de los consultantes. Como resultado, cualquier intento de discernimiento de las mismas a través de un modelo único sería abusivo y fuente de error para el abordaje del padecimiento que conllevan. En otras palabras, hay muchos tipos de celos; como todos los fenómenos clínicos pensados desde el psicoanálisis, deben ser primeramente pensados como resistentes a la generalización y fuertemente modalizados por lo particular.

En consonancia con este espíritu, que es el propio del psicoanálisis, hemos de tomar un caso en el que los celos prevalecen para aislar un rasgo que ha sido resultado útil en el discernimiento y el trabajo analítico del mismo.
Damián está viviendo hace dos semanas en un hotel. “Me mudé porque no puedo vivir más con mi novia. Es muy celosa”. Comenta entonces los eventos previos a dejar el hogar: “Hace poco empezó a pensar que estaba con otra y terminó encerrándome en el cuarto y no me dejaba salir”. Refiriéndose globalmente a la relación que, ya ronda los cinco años de duración, dice: “Aguanté mucho. Hay situaciones que ya son peligrosas”. Manifiesta entonces querer separarse, al menos por un tiempo, para aclararse la cabeza y ver si puede continuar la relación o no.

No obstante, resulta no muy simple tomar distancia, en tanto ella es parte importante en su negocio. Negocio que empezó “de cero” y tiene un éxito alto si se tienen en cuenta las condiciones económicas iniciales y sus propias expectativas. ¿Cómo es que ella es parte del negocio? “Yo la llevé para que me ayudara”. Sin solución de continuidad expresa que contrariamente a su padre, él es un hombre de trabajo, que se ha ganado lo que tiene por determinación y constancia. “Él es un desastre, le dice a la gente que tiene un montón de cosas que no tiene. Arma negocios y termina no pagando”. “¿Se trata de estafas?”, le pregunto y tocado, pero con el semblante de quien encuentra alivio en la expresión de lo que no se oculta más: “No lo había pensado así, pero puede ser. Siempre estuvimos con problemas, por eso mis padres se separaron”.
Atribulado continúa con la exposición de lo irracional de las maneras amorosas de su novia y no ahorra en ejemplos que demuestran lo que ella es: “una desequilibrada”. A la pregunta responde que siempre ha sido así la relación, no solo con ella sino con todas las anteriores, “aunque antes el celoso era yo, con ella también”. Con cierta sorpresa, le pido que me comente más de sus celos. “Cuando peleamos ella siempre deja entrever que puede volver con su ex, un tipo que anda bien de guita. Ahí entra a jugar mi inseguridad”.

En este punto el análisis comienza a girar en torno a los resortes de su “inseguridad”, que de un modo paradójico se centran en la insuficiencia de los atributos en los que él concretamente es muy fuerte (visión de negocios, dinero y capacidad de trabajo); y no toma en cuenta el hecho de que su novia le expresa, con excepción del momento de las discusiones, que sólo quiere estar con él. Le señalo lo llamativo que suena que dé crédito a la idea de que ella prefiere a otro que no necesariamente “tiene más que él”. “Es que yo con ella empecé manchado, de menos diez, sabe la historia de mi viejo, yo podría ser como él”.

A primera vista encontramos en este caso una paradoja que preferimos interrogar de forma ingenua: ¿por qué en esta presentación clínica tan intensa la idea de que la amada prefiere al otro, en función de rasgos en los que sorpresivamente aventaja al rival? De otro modo, ¿cuál es el motivo por el cual el celoso no puede dar valor de causa del deseo de su mujer a sus propios atributos pero si a los del otro? En Damián el atributo que podríamos resumir como la posibilidad de acceso al “dinero”, no le resulta para nada distante. Sin embargo, el caso presenta en forma transparente lo que puede estar en juego en la desposesión del atributo que los celos implican, cuestión que el sujeto mismo refiere como “inseguridad”.
Las asociaciones de Damián nos indican la vinculación entre esa “inseguridad” y el hecho de que su novia sepa el prontuario de su padre. ¿En qué medida la ocurrencia libre de este consultante puede ponernos en la pista de la lógica en juego en este tipo de despliegues pasionales? En otras palabras, ¿por qué esta figura del padre redunda en la “inseguridad” con respecto a la posibilidad de causar el deseo de la amada?

Permitámonos un rodeo en torno a las nociones con respecto al padre que establece Lacan en su enseñanza para aproximar alguna respuesta a los interrogantes. En “El mito individual del neurótico” Lacan se propone realizar una reformulación del complejo de Edipo y, en función de este esfuerzo, destaca la incidencia patógena que tiene la carencia del padre sobre el sujeto de la modernidad. El padre aparece discordante a la función simbólica que tiene que encarnar y eso redunda en efectos de padecimiento. Siguiendo la letra del caso nos parece relevante, a propósito de este modo de presentación celosa, la obligación clínica de intentar establecer las vías específicas en que la carencia paterna redunda en la particularidad de este padecimiento. ¿Cuál es la vía lógica que puede ligar la degradación paterna con los celos? Sumemos un interrogante más que quizás nos guíe en la empresa: ¿cuál es la función en relación a la cual el padre se presenta carente?
Siguiendo los desarrollos que realiza Lacan en el seminario “La relación de objeto” en torno al padre simbólico, imaginario y real, la función simbólica más imperiosa que el padre ocupa es la de establecer la separación entre el niño y la madre. Para ser más específicos, aquella que produce la separación del niño con respecto a la pretensión engañosa de colmar el deseo de la madre con su ser, jugado enteramente en la identificación con el falo imaginario. Como demuestran los relatos de los analizantes, tal separación no se produce porque el que encarne la función del padre se presente fuerte, dominante y restablezca lo peor del autoritarismo a través de la idea popularizada de que “habría que poner límites” (más bien esto tiende a producir el efecto inverso). ¿Cómo es que esta operación se produce? Lo que hace naufragar el camelo imaginario en el cual se entrampa el sujeto no es la amenaza, sino que el padre real se presente teniendo lo que el niño solo puede simular tener:

Desde ese momento decisivo, el objeto no es ya el objeto imaginario con el que el sujeto puede hacer trampa, sino un objeto tal, que siempre está en manos de otro mostrar que el sujeto no lo tiene, o lo tiene en forma insuficiente. Si la castración juega este papel esencial para toda la continuación del desarrollo, es porque es necesaria la asunción del falo materno como objeto simbólico. Sólo partiendo del hecho de que, en la experiencia edípica esencial, es privado del objeto por quien lo tiene y sabe que lo tiene, el niño puede concebir que ese mismo objeto simbólico le será dado algún día.”

Es decir, en la vida del sujeto tiene que aparecer alguien que se presente como portador del falo y hacerse preferible por parte de la madre para que el paraíso de engaño se vaya a pique:

“… es preciso que el verdadero pene, el pene real, el pene válido, el pene del padre funcione. Por otra parte, el pene del niño, que se sitúa en comparación con el primero, ha de adquirir su misma función, su realidad, su dignidad. Y para conseguirlo, es preciso que pasar por esa anulación llamada el complejo de castración.”

En este sentido, la falta de potencia del padre real dificulta la salida y la normativización del deseo propia del Edipo. Sin embargo, no debe entenderse esa falta de potencia vinculada necesariamente a lo concreto del órgano sexual, sino puesto en relación al orden simbólico en el que el falo adquiere su prestigio. No resulta casual que Lacan se refiera al mismo con la palabra “triunfo” (término que los juegos de cartas reservan para la carta ganadora) o que llame al falo “pene válido”. Ese falo, su papel en el juego, depende del orden simbólico que sanciona la validez de la potencia en aquel padre real que encarna la función simbólica. En este sentido, entonces, un padre carente no es un padre que no aparece en el ambiente del niño, sino que es un padre que está en infracción con la ley que asigna la validez del atributo, necesario para jugar el papel central en la desidentificación del niño con el falo imaginario.
No está de más decir que, en este sentido, la potencia fálica no se liga necesariamente al órgano y por ende no se asimila la paternidad al ser hombre en sentido biológico. Se trata de una potencia avalada, sancionada por el orden simbólico que regula el falo. La entidad simbólica, parte del universo simbólico del niño, señala al falo como algo que lejos está de ser una impostura sino algo que tiene una función instrumental en el acceso a la satisfacción de la madre. Un instrumento que por ser preferible arranca al niño de la simulación de ser él mismo el falo.

Es momento, entonces, de retornar al caso y a nuestros interrogantes clínicos: ¿cuál es la vía lógica que puede ligar la degradación paterna con los celos? Y, en función de las precisiones que nos aporta el caso: ¿cuál es el motivo por el cual el celoso no puede dar valor de causa del deseo de su mujer a sus propios atributos pero si a los del otro?
Tal como lo expresa la referencia del seminario, la intervención del padre real no solo redunda en la desidentificación del niño al falo imaginario, es también la condición para que en el sujeto pueda producirse el lugar para la futura posesión del atributo fálico:

En otros términos, en la medida en que su pene resulta momentáneamente aniquilado, el niño estará destinado a acceder a una función paterna plena, o sea ser alguien que se sienta legítimamente en posesión de su virilidad.”

La operación de la castración resulta entonces en un juego en el que el perdedor ganará. Uno en el que, a la vez que se cede el lugar de falo se inaugura la posibilidad de tener uno de pleno derecho. Siguiendo esta lógica, resulta posible entender el drama subjetivo de Damián, para el cual el padre real ha quedado historizado como uno que está en menos en relación al falo. El padre estafador, quien dice tener lo que no tiene, no podrá entonces jugar el juego que concluye con el otorgamiento futuro del don fálico para el sujeto. El padre humillado no debe entenderse como un ser apocado en términos de apariencia general sino específicamente en falta, fuera de juego, en relación al instrumento del deseo de la madre. Esto no solo promueve fijaciones al falo imaginario sino también una dificultad en la futura posesión del atributo del deseo.

Resulta lógico, entonces, que el fantaseo celoso suponga siempre al rival imaginario en posesión de la carta del triunfo en el juego del amor. No es que allí se encuentre al padre normativizante del Edipo, sino que ese rival imaginario cobra fuerza en la medida en que aquel no ha estado a la altura de su función. Función que le podría permitir la asunción del atributo como propio. Inclusive cuando el celoso detente de hecho el atributo del deseo, se trata aquí de una dificultad de asunción del falo en la dimensión que le es propia, el derecho.
 
 
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