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   Celos en psicoanálisis

Medea o la locura de celos
  Por Elina Wechsler
   
 
La ley del devenir psíquico ha sido captada en toda su significación por la tragedia. Tal es la propuesta freudiana.
La vocación de la mujer por crear y mostrar la escena trágica, su desborde pasional en el lugar mismo del síntoma, no sólo se deja escuchar en Fedra, su arquetipo, sino también en Medea. De allí que ella y las nuevas Medeas sean las protagonistas esta vez.

Si Yocasta representa el poder inquietante de la madre que se apropia de su producto por vía sexual, encontramos en el mito de Medea otra versión de la maternidad: la mujer que mata a sus hijos por celos. Por la madre se vive pero por la madre se puede morir.
El mito de Medea precede a la tragedia de Eurípides y suscita espanto y terror en cada uno de los relatos arcaicos. Aparece primero en Jasón y los argonautas como sacerdotisa de Hécate, la gran diosa del tiempo mítico matriarcal. Medea, maléfica e inmortal, posibilita con una pócima mágica que Jasón conquiste el Vellocino de Oro, símbolo de la potencia masculina. Después de traicionar a su padre Eetes y matar y descuartizar a su hermano Apsirto, huye con Jasón y se casa con él. Es en este punto que Eurípides comienza su tragedia.

Medea reacciona al abandono de Jasón, su marido, con celos mortales, envía a Creusa, su nueva prometida, un vestido envenenado que la mata al igual que a su padre Creonte, que muere abrazado a ella, evidenciando el lazo con el padre. Luego mata a los hijos que tuvo con Jasón y huye.
Al matar a sus hijos, Medea intenta asesinar psíquicamente a su marido que la ha abandonado para tomar a Creusa por esposa y acceder así al trono de Corinto.

¡Así mi esposo sufrirá la más cruel mordedura!1

La maternidad queda esta vez investida del poder de dar y quitar la vida de unos hijos mudos que aparecen como objetos fetiches, llamados a colmar imaginariamente la falta:

Es totalmente necesario que mueran, y ya que así lo es, les daré muerte yo misma que les di la vida.

El asesinato y la apropiación de los cadáveres erigen a Medea en dueña de sus hijos. Disponiendo del derecho a la vida de aquellos a quienes se las ha dado, encarna la figura amenazadora de la madre que reclama para sí su producto si es abandonada por otra, como si se tratara de un derecho natural y no de un acto simbólico. ¿De qué madre se trata?
El linaje de Medea corresponde a un universo de divinidades matriarcales del cual Hécate es la Gran Diosa Madre Lunar. Mundo mítico anterior a la civilización helénica donde se impondrá el linaje patriarcal, representado en la tragedia por Jasón.
Para Medea, la imagen materna es representada por Hécate, de la que es gran sacerdotisa. La transmisión de la maternidad se funda aquí en la mujer omnipotente, cuya magia se impone aún al Dios Sol Padre, y para quien según el mito matriarcal, el hombre es reconocido en su falicismo sólo si otorga poder a la mujer a través de los hijos.
Cuando Jasón desea a otra mujer se desmorona el cetro imaginario de Medea y en una explosión de odio por el narcisismo herido de muerte mata a sus hijos reivindicándolos así como de su propiedad. Propiedad de las madres en detrimento del nombre del tercero que garantiza la nominación y la vida, como acto simbólico que resignifica el engendramiento biológico.
Los hijos aparecen así como objetos de la propiedad de la madre Una, de la mujer Toda, evidenciando cómo narcisismo, pulsión de muerte y celos mortales van de la mano. Medea no se suicida, huye. Repite una vez más la traición al padre y el asesinato del hermano, reniega de la castración simbólica en una vuelta al linaje matriarcal y cree que puede volver a empezar mágicamente negando el tiempo y la historia:

Yo misma los enterraré con estas manos, llevándolos al santuario de Hera, Diosa de la Colina…Instituiremos una solemne fiesta y celebraciones en expiación de esta impía matanza. Yo me iré a la patria de Erecteo a vivir con Egeo2

El mito de la mujer enloquecida por los celos evidencia la evitación de la circulación del falo como significante de lo que siempre falta, falta que queda trágicamente al desnudo al fallar el semblante del amor. Remite en la teoría a la madre fálica y omnipotente de un primer tiempo edípico donde nada le falta ni a la madre ni al niño por completarse imaginariamente y se visualiza en la clínica en las diversas modalidades de la mujer patológicamente celosa.
No hay sujeto sin constitución fantasmática del deseo y el amor loco producirá, tal como muestra la tragedia, celos mortales.
Medea nos muestra los efectos de los celos narcisistas, el no a la castración simbólica, la renegación de la herida y no los medios de vérsela con ella, la alienación en el ser y la no aceptación de la falta que garantiza la vida psíquica.

Medeas, celos y venganzas. Medeas a las que nada les importa salvo vengarse de su Jasón. Las escuchamos en la clínica, en la novela, en el cine.
Una película reciente, Perdida (Gone girl) de David Fincher, es un apasionante thriller que muestra hasta dónde puede llevar a una Medea actual el plan para castigar a su hombre al que ve con otra mujer. Como Medea, la protagonista no se suicida, huye, desaparece. Y muestra también cómo la declaración de amor de su hombre vuelve a convertirla en ¿amante esposa?
En las antípodas de la célebre Lol V. Stein de Marguerite Duras, que se desvanece frente a la escena del baile de su hombre con la Otra y ya no sale de su arrebato.
Aunque muchas no lleguen al pasaje al acto como la heroína griega ni la protagonista del film, aunque otras tantas no sucumban como Lol, ¡cuántas fantasías de venganza, cuánto goce en intentar el dolor del otro, cuánto espacio psíquico dedicado a destruir al hombre que las engañó!

Mujeres neuróticas y sensatas transformadas súbitamente en Medeas dispuestas a todo por la herida y el rencor. A veces, desperdiciando el resto de la vida esperando ver pasar el cadáver del enemigo. Otras, arruinando la vida del antiguo amor y la de los hijos.

Porque el ser amadas y súbitamente ver que dejan de ser las elegidas tiene en las mujeres una pregnancia particular que suele llevarlas a los celos mortíferos y al desastre psíquico.
Una mujer es para todo hombre un síntoma, dirá Lacan en El Sinthome mientras que el hombre es para la mujer todo lo que se quiera, una aflicción peor que un síntoma, incluso un estrago.
Los celos cristalizan entonces como síntoma privilegiado del estrago. La falta en ser determina la pasión del ser, marcando el estilo femenino erotomaníaco que pone en primer plano la convicción del amor y la irrupción de los celos mortíferos frente al abandono.

Las mujeres suelen entonces presentarse como amando, odiando y sufriendo en nombre del verdadero amor, clamando venganza por la ofensa irrenunciable. Esplendor narcisista velado y sostenido, anhelo secreto de haber sido amadas de modo exclusivo y por siempre por el Otro primordial. Búsqueda insaciable del Uno imposible.
Frente a este anhelo, toda detención de la venganza será, mientras permanezca inconsciente el circuito, una renuncia inaceptable.
Si la mujer sigue fijada allí, la feminidad se desarrollará entonces como el libreto de una tragedia basada en una subjetividad puesta entre paréntesis por la loca pasión celosa.
La pasión femenina se asienta sobre una pregunta sobre el ser. Si la pregunta tiene vigencia inconsciente, en los celos que arrastran habrá una respuesta en acto.
El estrago se produce cuando la dependencia al objeto se perpetúa aunque el final de la historia de amor no tenga vuelta atrás. La reciprocidad está ya excluida pero el otro es aplastado por las proyecciones: el odio se transporta masivamente hacia él y hacia su nueva Otra.

Esta patología produce una fijación sado-masoquista extrema de graves y perdurables consecuencias para la vida.
La mujer apela entonces al Otro exhibiendo su ubicación plena en la castración imaginaria desafiándolo a remediar lo irremediable.
Aunque ellos opongan a su amor, como bien dice la Fedra de Racine, “un corazón inaccesible”, ellas no cejarán. Amarán y odiarán desesperadamente a un hombre sin ser ya correspondidas. Allí se juega su deseo, su reto, su desafío, su venganza.

Muchas veces, captura sintomática del cuerpo. Falta de apetito, llanto, insomnio. Un cuerpo para la cristalización fantasmática que carga sobre sí las marcas, las cicatrices de la castración imaginaria. Un cuerpo que desfallece como ha desfallecido la pregunta que la habita.
Esta vocación de des-posesión de todo tener por los celos es una tentativa fallida de simbolización del objeto de deseo siempre huidizo, errático, necesariamente insatisfactorio al mismo tiempo que satisface sintomáticamente la actividad fálica, omnipresente en continuar una lucha ya pírrica hasta el agotamiento.

Curiosamente, aunque el tiempo haya transcurrido, aunque haya caído el patriarca y su modelo de constitución familiar y cada vez más mujeres obtengan más gratificaciones fálicas del orden del tener –dinero, prestigio profesional– siguen siendo ellas las que siguen presentando celos como síntoma habitual y privilegiado.
En el hombre, la celotipia es a menudo síntoma de una paranoia. Pero la libido masculina suele tener soportes femeninos múltiples siempre que la fobia no los detenga mientras que el amor femenino se basa en la exclusividad. Y más allá de las estructuras clínicas, corresponde a las mujeres en su condición de tales.

Todo lo anterior sin desmerecer que hay hombres que aman como mujeres y mujeres que aman como hombres, ya que no nos referimos a la realidad biológica sino a las identificaciones psíquicas.
La demanda de amor femenina, el gusto por las cuestiones de amor, es un goce en sí mismo, y el miedo a perder ese amor equivale, para Freud, a la angustia de castración masculina. Arrebato pasional femenino que cambiante en las formas por las modalidades de los tiempos sigue apareciendo como la marca femenina por excelencia.
El arrebato de celos y los actings a los que puede conducir conciernen también a los hombres, pero en nuestra cultura se muestra como un paradigma femenino.
Eso nos enseña la tragedia. Eso nos enseña Medea.

Bibliografía
Eurípides: Medea. Alianza editorial. Madrid. 1990.
Freud, S. (1914): “Introducción del narcisismo”, Bs. As. Amorrortu, Vol. XIV. 1992.
— — (1921): “Enamoramiento e hipnosis”. En “Psicología de las masas y análisis del Yo”. Bs. As. Amorrortu. Vol. XVIII.
Guyomard, P.: El goce de lo trágico. Bs. As. Ediciones de la Flor. 1997.
Lacan, J: El sinthome. Paidós.2006.
Poissonnier, D: La pulsión de muerte. De Freud a Lacan. Nueva Visión. Bs. As. 1999.
Wechsler, E: Psicoanálisis en la Tragedia. De las tragedias neuróticas al drama universal. Madrid. Biblioteca Nueva.2000.
__________________
1. Eurípides: Medea. Alianza editorial. Madrid. 1990.
2. Eurípides: Op. Cit. Pág. 168.
 
 
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