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   Celos en psicoanálisis

El sujeto de los celos
  Por Silvia Wainsztein
   
 
El fenómeno de los celos fue abordado por Freud en su articulación con la paranoia y la homosexualidad en el texto de 1922, “Sobre algunos mecanismos neuróticos de los celos, la paranoia y la homosexualidad”. Es a partir de este texto que surge la pregunta de por qué los celos y la homosexualidad van de la mano, siendo que este fenómeno abarca las relaciones entre parejas heterosexuales, entre semejantes, con figuras parentales, y casi con cualquier tipo de vínculo dentro del espectro del lazo social.
Se trata de un fenómeno con efectos sintomáticos. En ocasiones es causa de inhibición y con frecuencia de angustia. Tienen la connotación del drama que la literatura en sus versiones más novelescas nos trasmite con agudeza los autores de las mismas.
El personaje Otelo en la monumental obra de Shakespeare, es ejemplar, al modo del paradigma, acerca de qué es lo que se juega en los celos.
Están los llamados celos “normales”, es decir, normativos, que el Complejo del semejante revela con nitidez, al igual que el fantasma desplegado por Freud en su célebre texto “Pegan a un niño”.
Los celos pasionales, que pueden conducir a las aberraciones más extremas en el vínculo con el “celante”. Las celotipias, solidarias de los delirios en la paranoia.
Aquellos que cumplen una función esencial en tanto condición de la vida erótica. En fin, la clasificación puede seguir.
Lo que tienen en común este tipo de manifestaciones de los celos es que apuntan a sostener el narcisismo del sujeto, que por identificaciones accidentadas en distintos tiempos del tramado de las mismas, producen estragos en el yo con consecuencias en el lazo social con el otro.

La razón de los celos. Así como en los celos se trata de poseer el ser del otro, en la envida se apunta a poseer los objetos que tiene el otro.
La dialéctica del ser y el tener se manifiesta, a mi entender, en términos de la pulsión de dominio, cuya especificidad reconocemos en el goce anal que retiene al otro en tanto ser, -en el caso de los celos-, y los objetos del otro -cuando se trata de la envidia-.

Los así llamados celos patológicos, los encontramos con frecuencia en las neurosis narcisistas. Sabemos que en la constitución del Yo, la identificación especular, cuya función es fundante del campo de lo imaginario, lo cual otorga una imago, pone en juego las primeras relaciones del objeto de amor que no fueron trasmitidas por el Otro primordial. Por lo cual podemos conjeturar que los celos son al amor lo que la envidia es al odio.
Es Lacan quien, retomando el texto de Freud que hemos citado, va a presentar en 1932 en su tesis de doctorado, el caso conocido por el nombre propio de su paciente “Aimée”, en cuyos delirios paranoicos abundan los celos y la erotomanía.
Es una mujer que está internada en el Hospital de Saint Anne donde Lacan atiende pacientes y hace sus presentaciones de enfermos. La internación de Aimée se debe a que es juzgada por el intento de asesinato de una actriz, intento fallido, ya que sólo le lastima una mano, y dada su condición de delirante, es derivada a dicho hospital.

Lo que nos interesa subrayar de la tesis de Lacan es su aguda observación: una vez que esta mujer ha sido juzgada y reconocida legalmente a través del castigo impuesto, su delirio empieza a ceder durante la internación. Delirio de persecución y de grandeza. El reconocimiento legal por el otro social, le da consistencia al ser de ella, y funda una mínima armadura al yo que hasta ese entonces derrapaba en el delirio.
Pero ¿qué de los celos en este caso presentado por Lacan? Para ello es ineludible recurrir al ensayo sobre el estadio del espejo que tuvo distintas versiones desde 1936 en adelante.
Retorna a Freud y su teoría sobre el narcisismo, para afirmar que el estadio del espejo funda el narcisismo gracias a la identificación del niño a una imagen que, corroborada por la mirada de un tercero, es constitutiva del yo del sujeto. Más tarde agregará que es necesario situarse en el lugar del Ideal del Yo, desde donde mirarse, incidencia de lo simbólico sobre el narcisismo del Yo Ideal. Esto implica no mirarse de cualquier modo.
Es una condición necesaria pero no suficiente, ya que cada vez que se produce algún trastorno de la imagen del cuerpo, la recurrencia al espejo que aporta el otro en tanto semejante, es imprescindible para la recuperación de las fracturas en el yo. El otro texto que situamos en continuidad con el estadio del espejo es “La agresividad en Psicoanálisis”, publicado en 1948, que nos puede iluminar acerca de la cuestión de los celos.
En estos textos Lacan afirma que el yo es efecto de la identificación a una imagen, la del espejo cuya operación responde a la alienación a la misma. Alienación que nos lleva directamente a la cuestión de la agresividad con el semejante que el espejo representa, y del cual la otra operación, la de la separación no es sin la agresividad dirigida al otro para poder arribar a la diferencia entre el yo y el “otro yo”.

Los celos, un camino hacia el deseo. En la elección de objeto homosexual, encontramos una resolución al problema de los celos ya que el elegido, al ser del mismo sexo, genera la ficción de la posesión del partenaire, siempre y cuando no aparezca el tercero, en cuyo caso, los celos suelen ser estrictamente pasionales.
La tendencia a agruparse en movimientos políticos, sociales o culturales, reivindican la pertenencia a una clase que apunta al reconocimiento y legitimidad de su condición de tales. Es celosamente reivindicada. Aclaremos que con todo su derecho, ya que sabemos cómo aún en nuestros días y en ciertas culturas, este tipo de elección sexual es repudiada, prohibida y castigada.

Si los celos abarcan toda la gama de elección amorosa, por el lado de la comprensión no llegan a buen puerto, ya que hay un reconocimiento de su condición de ser incomprensibles. Pero para los analistas es ineludible que pensemos en la razón de los mismos. Su fundamento debemos encontrarlo en la estructura misma de todo ser hablante. Como son solidarios de la “traición”, de la “infidelidad”, la apelación al tercero nos revela que el amor tiene condimentos paranoicos, entre otros, y que, retomando los textos citados de Lacan, y lo que lee en Freud, la función del espejo, y la agresividad con el semejante se caracterizan por esa línea sutil y paradojal que implica, por un lado lo instituyente, y por el otro que eso mismo está impregnado de un tinte paranoico.

Las personas que dicen no ser celosas, ¿son capaces de amar? Esta pregunta vincula sin lugar a dudas los celos con la vida amorosa.

Recordemos que en el fantasma “Pegan a un niño”, las tres fases del mismo, cuyas frases son indicativas de una lógica tal que, el castigo y el amor que otorga un padre atraviesa la fase intermedia cuya frase, “mi padre me pega” es solidaria de mi padre me ama. Cuota de masoquismo cuyo lugar en cualquier fantasma es parte del mismo. Aclaremos que se trata de un fantasma, una fantasía, que no necesariamente debe ser plasmada en la realidad.
Es el caso de una paciente, la menor de varias hermanas, quien fue testigo presencial de los golpes que recibían ellas por parte del padre. Ella quedaba incluida en esta escena sin participar de dicho ritual del padre, salvo como espectadora. Mientras ellos “gozaban”, ella se angustiaba, arrastrando esta angustia durante toda su infancia.

En la adolescencia implementa conductas rayanas en lo delictivo, esperando algún tipo de castigo por parte de su padre o de alguna autoridad como profesores del colegio, celadores, y como nunca llegaba a alcanzarlo, sus elecciones amorosas estuvieron teñidas por rasgos violentos de sus partenaires, dada su condición de celosos acérrimos, todo ello… para sentirse amada y ser alguien para el otro.
La función que cumplen los celos en las parejas, es constitutiva del deseo, por la condición erótica que despiertan entre los partenaires.
A este tipo de celos se refería Freud en su ensayo acerca de la degradación en la vida erótica. La elección que hacen ciertos varones de mujeres “fáciles”, despiertan sus celos que tratan de atenuar por la vía de salvarlas del lugar degradado que tienen en el ámbito social, recuperando por la vía del heroísmo el narcisismo viril.

Cabe señalar el aforismo que Lacan nos legara, “El deseo es el deseo del Otro”. Su pertinencia en el fenómeno de los celos, que circulan siempre en al menos “entre tres”, nos expone que el objeto de los celos es el objeto del deseo del Otro. Es lo que lo hace apetecible al sujeto de los celos. La prohibición bíblica “ no codiciarás la mujer de tu prójimo”, apunta a ese saber que parece ser del orden de lo real en el fenómeno de los celos. Desde el apre’s coup podemos leer que el tercero para cada uno de los partenaires de una pareja es el que la funda en el encuentro erótico, y que en algunos casos la separa por la pasión de la ignorancia que se juega allí. En el discurso común podríamos decir que la “infidelidad”, es causa del deseo, que la existencia del amor –cuando existe– vela los efectos del goce mortífero que conllevan.

Los celos y la diferencia sexual. Freud planteó desde el principio de su obra, que la diferencia sexual no pasaba sólo por la anatomía, ni se trataba de una cuestión de género.
La diferencia sexual es la posición de un sujeto respecto a la castración.
Las fórmulas de la sexuación que leemos en Lacan dan cuenta de la misma cuestión pero con un aporte propio a la complejidad de la sexualidad femenina. La lógica de dichas fórmulas sitúa a quien se dice hombre y a quien se dice mujer, desde la perspectiva del no todo. Lógica que la castración escribe para cada uno de los sexos.
La clínica nos enseña que el hombre la quiere toda para él, y resulta que la mujer es no toda, no toda ella bajo la égida del goce fálico. Ese otro goce, que le retacea al partenaire es causa de celos en el varón, cuya máxima expresión la encontramos en la celotipia.

Me atrevo a decir que, parafraseando a Freud, se trata en este caso de la envidia fálica al revés. Es el varón el que le adjudica a ese goce la connotación fálica, porque es el que prevalece para él. Esta envidia fálica es obstáculo para abordar a una mujer, ya que no percibe su condición de semblante de objeto, causa del deseo.
En cuanto a los celos femeninos, estos son un efecto de la estructura de la feminidad, ya que ella quiere ser tomada como única, que no es equivalente a toda. Es desde el amor, que hace jugar dicha demanda.
Es importante señalar la incidencia de los celos en cada uno de los sexos, ya que son solidarios de la divergencia de goces entre ambos. Cada uno de ellos tiene otra relación con la castración.
La búsqueda de evidencias del sujeto de los celos, es un camino que lo lleva al más atroz de los infiernos y se emparenta con la pasión de la ignorancia, en nombre de la búsqueda de la verdad.
Es lo que llevó a un hombre a recurrir al análisis luego de haber perdido todo su patrimonio para poner a prueba la fidelidad de su mujer. Quería saber si ella lo amaba a él o a su dinero, ignorando así el emblema fálico que portaba su condición de hombre de recursos.
Encuentro fatídico entre la pasión de la ignorancia con la pasión del ser.
Por eso el sujeto de los celos apunta a poseer el ser del otro creyendo que dicha posesión le garantiza que lo tiene.
 
 
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