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   Fobias en la niñez

Tengo miedo a los ruidos que nunca escuché...
  Por Marcela Altschul
   
 
Ariel venía de una semana en estado de pánico, sin poder dormir por dos días, tras mirar un partido de fútbol por televisión. La barra brava del equipo perdedor se había desplegado con ferocidad, produciendo terribles destrozos en casas y comercios del barrio del estadio. Con sus siete años, el nene se presentaba calmo, desenvuelto aunque ceremonioso. Su discurso denotaba un fuerte intento de control, que por momentos resultaba fallido, dando lugar a discursos como el siguiente:

“Cuando perdió el partido, vi por la tele y me dio un gran susto porque pensé que todos se habían hecho ladrones y que la Argentina estaría invadida por ladrones. Me imaginaba… pero en realidad era mi imaginación y no quería venir porque esta semana ya fui a ver a tres doctores y estoy un tanto cansado… Pero me fue bien con los doctores. Tengo que tomar un remedio que se llama antimiedo que me dio una doctora y verte todo el año a vos… pero también tengo miedo a los ruidos que nunca escuché. La noche del partido y la otra, no había nada que me calmara, no pude dormir. Mi mamá estaba todo el tiempo tapándome los oídos pero no podía sentirme mejor. El antimiedo me ayudó un poquito y mi mamá me dijo que vos sos muy buena con los miedos y no tengo más palabras”.

En sus juegos narraba terribles pesadillas en que, repentinamente, los buenos se convertían en ladrones, en malos y lo traicionaban, golpeaban y, a veces, mataban. Pasaba el día pendiente del horario en que oscurecería y en cuanto descendía la luz quedaba atrapado en un discurso obsesivo. Insistía en su terror incontrolable ante la sola idea de que algún estímulo volviera a desencadenar el pánico que le había impedido dormir durante dos días y dos noches. Allí cobraba especial sentido su temor a escuchar ruidos que nunca había escuchado. Tenía miedo hasta de lo que nunca había sucedido.

Hasta pocos meses antes de esta consulta, Ariel había transitado períodos de miedos ante diversas situaciones, fluctuantes en intensidad. Por ello había recibido tratamiento cognitivo conductual, basado fundamentalmente en explicaciones acerca de que sus temores no tenían asidero en lo real, y su terapeuta le había entregado un libro “sobre los miedos” para que leyera cuando lo precisara. Desde esta perspectiva se apuntaba a “educar el miedo” reforzando el control a partir de un apuntalamiento externo que, en este nene, se había instalado como una modalidad sobreadaptada, dando lugar a un incremento de la rigidez.

Durante todos esos años, la escena temida por él era descrita como el miedo a que todos pasaran de ser buenos (en este caso, espectadores civilizados que disfrutaran de un espectáculo deportivo) a convertirse en ladrones, malos. Llegado el momento de presenciar la transformación de estas personas buenas en vándalos, la aparente estructura generada a fuerza de racionalización, muros defensivos y estímulos externos, se quebró y el pánico se apoderó del niño. El acompañamiento que había recibido se había centrado en ofrecer una suerte de andamiaje externo, pero no lo había habilitado a generar recursos propios que pudieran ser transferidos a situaciones diversas, novedosas, que le permitieran capear el temporal con un costo razonable.

Ariel había transitado sus primeros años sin alcanzar un grado de organización interna que le ofreciera herramientas para jugar con lo que le presentaba la realidad de un modo más flexible y creativo. A ello se había sumado la mencionada rigidización que habilitó un abordaje que fortalecía estos aspectos.
Como toda fobia, esta que se había “disparado”, estaba invadiendo su cotidianeidad, llevándolo a desarrollar conductas evitativas que interferían en su vida, su posibilidad de juego y de aprendizaje.
Ante esta situación, comprendía que, en contraste con lo descrito, el modo más adecuado de abordaje consistía en ofertar recursos, por medio del juego, para intentar que lograse ligar sentido y resignificar lo vivido. Recorrimos un período muy intenso de trabajo compartido en el que desplegó un interesante nivel de creatividad y alcanzó un grado de organización que le permitió pensar y pensarse con plasticidad y relajar fuertemente el control sobre sí mismo y sus denodados intentos de hacerlo sobre los demás y el afuera.

Cuando tenía nueve años, el día de su última sesión, surgió la temática de los límites y Ariel hizo la siguiente reflexión:
“Hoy, que es el último día que vengo, es el límite de mis miedos. Los límites sirven para terminar algo que enfrentaste o ponerle un límite a un miedo que tuviste, porque al aprender el lado positivo le perdés un poco el miedo a lo negativo... Un límite también es como el otro Papa, que tuvo que enfrentar un límite a su cargo y ahora está el Papa argentino… porque un límite te lo puede poner otro o te lo podés poner vos mismo… Los límites son importantes porque me dicen que tengo un límite para vivir en el mundo”.

Ariel pudo expresar con impactante claridad, que lo que había logrado en relación con su fobia no sólo se vinculaba con el haber ligado sentido y resignificado lo vivido, sino que ese trabajo había devenido en el armado de límites propios que daban cuenta de una nueva organización psíquica, flexible y sólida, que le ofrecían reparo y seguridad en su interacción consigo mismo y con el afuera.

Julia tenía tres años cuando sus padres llegaron a la consulta por indicación de la directora del Jardín al que acababa de ingresar. Resultaba habitual que Julia entrara repentinamente en pánico y anunciara a los gritos que estaba viendo una sombra, a la que ella nominó la vuelta. Hacía un año que la chiquita padecía fuertemente, pero los padres no lo habían percibido como un signo de alerta.
“De pronto mira a la nada y empieza a gritar y temblar: ‘Apareció la vuelta, ¡sacala! ¡Sacala!’ Entra en pánico. ‘La vuelta’ aparece en cualquier momento, de modo imprevisible. Al principio, cuando tenía dos años, sucedía todos los días, después se fue espaciando, pero desde que empezó el Jardín, reapareció con toda la fuerza. Julia entra en pánico, tiembla, pide upa y grita pidiendo que la saquen. Recién se calma si nosotros hacemos como que le pegamos a la vuelta y la ‘sacamos’. Pero al rato empieza a decir que tiene miedo de que vuelva. Está todo el tiempo pendiente de eso.”

Me resultaba llamativo el modo en que nominaba a esta sombra, que luego, la nena me describiría, con gestos y palabras, como un torbellino que se presentaba desde lo alto, de modo repentino, intentando arrancarla del suelo para fagocitarla como si se tratara de una especie de huracán. Incluía a la vuelta en sus juegos, amenazando a las muñecas de ser arrebatadas por ella. Ante esto, Julia y yo inventábamos los recursos más variados para protegerlas, impidiendo que sucediera y deshaciéndonos de la vuelta. Pasaron varios meses en que, una y otra vez, se encontraba pendiente y atrapada por el miedo a que “de vuelta”, apareciera la vuelta, del mismo modo en que Ariel vivenciaba su terror por la posible irrupción de los ladrones.
El terror ante la sola idea de que se pudiera repetir la situación de pánico, ganaba protagonismo en la cotidianeidad de ambos niños, inhabilitándolos paulatinamente para desplegar nuevas actividades, experiencias y entablar nuevos vínculos.

Me parece interesante pensar las fobias infantiles en el contexto de uno de los procesos más complejos que enfrentamos los seres humanos a lo largo de nuestro desarrollo, planteando su mayor exigencia durante los primeros años de vida. Se trata del proceso de organización psíquica, que se basa fundamentalmente en el armado de límites. Para ello podríamos referirnos a los límites desde dos acepciones.
El límite en tanto pautas de crianza, enunciación de un tope desde la decisión parental de qué está permitido y qué no, a partir de lo que creen que le resultará beneficioso o podría ser perjudicial, inadecuado o riesgoso para sus hijos.
La segunda acepción, en la que deseo hacer hincapié, tiene que ver con los límites en tanto fronteras internas, que se constituirán a modo de membranas de contención y división, dando lugar a la organización del aparato psíquico y al armado de cuerpo, así como a la diferenciación entre el sujeto y el otro, el afuera. Se trata de un proceso yoico sumamente sofisticado que dará lugar a la constitución del aparato psíquico, y con ello a las primeras formas de pensamiento.
El Yo, mientras se está formando como tal, tendrá la necesidad y la función de ir armando límites, generando espacios psíquicos diferenciados. A su vez, estas barreras deberán ser lo suficientemente permeables para que los espacios se interrelacionen entre sí con plasticidad, delimitando y articulando las diversas instancias, alcanzando unidad en la diversidad.

Este movimiento, además de estar a cargo de la constitución del aparato psíquico, será el que permitirá que un bebé, nacido organismo físico, arme cuerpo al ligar psiquismo y soma, y dé lugar al vínculo con otros, deviniendo sujeto.
En esta modalidad compleja de funcionamiento, el yo deberá organizar sus fronteras y la relación con las demás instancias psíquicas así como con el soma, el afuera y el otro.
En palabras de Mara Sverdlik, “la capacidad de permanencia de cualquier sistema se sostiene en el intercambio con otros sistemas y en la posibilidad de abrirse hacia fuera e intercambiar. El foco del asunto está en el modo en que organiza su propio cierre para sostener la identidad de su forma. El cierre no es inmanente al sistema sino que se construye. Una vez que se establece un cierre en el sistema puede organizar su autonomía relativa… De esta manera se hace necesario pensar los procesos de individuación, separación o socialización (según las diversas teorías psicoanalíticas) en la dinámica de la apertura-cierre de la psique… Para Green el yo no es una organización autónoma libre de conflictos sino que es el terreno propio donde la conflictiva psíquica se despliega. Tampoco es la instancia meramente unificadora y por lo tanto alienante del registro imaginario aunque sí tiene a su cargo la integración psíquica. Finalmente, las fuerzas pulsionales son constitutivas de sus modos más primarios de funcionamiento pero el trabajo de límite, que es trabajo de pensamiento, le da su carácter complejo, de relativa autonomía y terciario”.
Cuando el yo encuentra dificultades en el proceso de armado de límites, suelen surgir dificultades que se reflejan en alteraciones de los procesos de pensamiento, atentando, muchas veces, contra la capacidad de ligazón, característica de los procesos de simbolización.

Cuando este proceso está en constitución, serán los límites externos, el encuadre brindado desde el afuera, lo que le ofrezca puntos de referencia y reaseguro. La puesta de límites flexibles pero de modo sólido y constante (en contraste con rígido), permitirá que el niño se respalde en la certeza y previsibilidad que le ofrece el adulto. Ello permitirá que el niño vaya complejizando su realidad psíquica.
Desde la concepción del psicoanálisis contemporáneo, para que este proceso acontezca, interviene la pulsión, generando tensión, con ciclos paralelos y consecutivos hasta lograr organizar mínimamente el aparato psíquico e internalizar al otro.
En una exposición tan sintética, se corre el riesgo de caer en una simplificación extrema, pero lo esencial consiste en no perder de vista la complejidad que convive entorno a la problemática de los límites.
Será la oferta de sostén consistente y flexible a lo largo del proceso, lo que le permitirá al niño organizar su psiquismo, alcanzando una modalidad propia, en armonía con su cuerpo y fluidez con el afuera, sin necesidad de generar una clausura defensiva o una labilidad que lo confronte con la desintegración. Se trata de habilitar el interjuego entre la apertura y clausura, de modo creativo, a través del despliegue del juego, lenguaje propio de los niños, que implica el ensayo de nuevos modos de organización, de modo creativo, en un contexto de seguridad y contención.

Bibliografía
Sverdlik, Mara. “Green en APA: Ideas directrices para un psicoanálisis contemporáneo”. Revista de Psicoanálisis. Asociación Psicoanalítica Argentina. 2012.
Altschul, Marcela. Un psicoanálisis Jugado, Letra Viva, 2012.
Altschul, Marcela. Límítes Jugados, Letra Viva, en prensa, 2015.
 
 
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