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   Fobias en la niñez

“Tía... hay más luz cuando alguien habla”
  Por Alicia Hartmann
   
 
Con un breve ejemplo freudiano podríamos introducirnos a la fobia –o la angustia en la infancia–. Es aquel en el que Freud relata la escena donde un niño, en la oscuridad, le dice a su tía:
—“Tía háblame, tengo miedo”.
—“Pero de qué te sirve si no puedes verme”.
—“Hay más luz cuando alguien habla”.

Freud ubica allí las primeras fobias situacionales de los niños, las que aparecen en torno a la oscuridad y a la soledad. La primera, dice Freud, persiste toda la vida y es común a las dos, la nostalgia por la persona amada que cuidó al niño. En el ejemplo la añoranza en la oscuridad se transforma en angustia en la oscuridad.
Otro pequeño recorte del comienzo de una sesión de una paciente de seis años que se dirige al analista con la puerta entreabierta, sin entrar aún al consultorio, susurrando le pregunta: “¿Tenés perro? ¿Tenés muchacha?”. Al respondérsele negativamente puede atravesar el umbral; pero allí en ese mismo momento, comienza un exhaustivo trabajo sobre su síntoma que se despliega en su producción gráfica, desde el inicio parece atravesado por la transferencia. Definimos el síntoma: analítico como nudo entre demanda, transferencia e identificación (Seminario “Problemas Cruciales”).

La escena que Freud describe es de la clínica temprana y es ejemplar ya que creemos sirve de apoyo a lo que Lacan desarrolló como dos de las modalidades del objeto a: ya sea como voz o como mirada.
Una voz que se torna mirada en tanto la tía habla. Ese pasaje de voz a mirada garantiza en este niño la posible constitución de la escena fantasmática, la ausencia de la voz encarnada (en la tía) del Otro primordial es crucial además de enmarcar el dispositivo.

En el segundo ejemplo la pregunta por la muchacha y el perro hacen enigma en relación con la constitución del síntoma en transferencia y definen más claramente el objeto fobígeno de carácter significante que tiene una distancia con la importancia de la presencia real del objeto primordial del primer ejemplo. Aquí el fantasma imaginario ya está constituido.
Son dos presentaciones a nuestro modo de ver diferentes y podrían ser caminos para aventurar hipotéticamente en cada caso la constitución subjetiva.
“El comienzo de la angustia es el comienzo de la fobia” así dice Freud en las primeras páginas de Hans, pero tenemos razón suficiente para separarlas entre sí.
Hans padece su primera crisis de angustia cuando sueña con estar separado de su madre. Recordemos el texto del sueño: “Cuando dormía (le dice a su madre) he pensado que tú estabas lejos y ya no tengo una mami que me acaricie”.
Momento previo donde el objeto primordial y la angustia padecida por el peligro de la pérdida está exacerbada, donde aún no se ha estructurado la complejidad de la defensa que aparece en “Inhibición, síntoma y angustia”, cuando se trabaja la fobia.

Esta angustia –dirá Freud– que corresponde a una añoranza reprimida que carece de objeto como toda angustia primera infantil, daría angustia y no miedo, en el ejemplo antes citado tiene el carácter de angustia realista. No se trata aún de la señal de alarma con la complejidad de la defensa constituida.
Más allá de la diferencia entre angustia y miedo que la 25º Conferencia nos enseña, este párrafo sustenta la precisión de Lacan de que la angustia no es sin objeto, la presencia real del gran Otro, del goce fálico del Otro, desencadena la inhibición por su exceso, primer momento antes de la aparición de la fobia propiamente dicha.
Entonces, ¿qué diferencia podríamos encontrar entre estas “fobias muy tempranas” y las “ya constituidas”? ¿hay alguna cronología que define su estructuración o depende de condiciones de la misma estructura?
¿Llamamos fobias a las tempranas o es la angustia el síntoma por excelencia?
Y aún más ¿qué ocurre cuando este tipo de modalidad de angustia permanece, cuando el fantasma imaginario, el objeto fobígeno no se constituye o bien la barrera antiestímulo (“Más allá del principio del placer”) no protege, qué podemos inferir sobre el destino posterior de la estructura? ¿Cuál es la operación del analista?
Intentamos responder al menos parcialmente algunos de estos interrogantes.

Recordamos el caso de la fobia a los globos de la niña de once meses que trató Arminda Aberastury. Que ha trabajado en una sesión investida de las dotes de discípula avezada que le otorgan el pensamiento y la clínica kleiniana argentina, en pocas intervenciones con la beba y una decisiva sobre los padres –tal como Winnicott lo hace con Piggle– resuelve esta fobia temprana que coincide con el embarazo de la madre.
Es interesante la lectura de este caso y destacamos las observaciones que hace Arminda sobre la importancia sobre la presencia del padre, más allá de la insistencia kleiniana en la importancia del concepto de introyección del pene paterno, concepto que tal vez limita el pensamiento de Klein ¿Sobre quién intervino Aberastury? ¿Sobre los padres o sobre la niña? No importa, el hecho es que en la estructura esté instalado –como Freud bien señala– “el reino de la sustitución” que se sostiene como consecuencia de la metáfora paterna.

En el segundo ejemplo que consideramos, la sustitución está instalada en la pregunta por el perro. Lacan dirá que el objeto fóbico es para todo uso para suplir la falta en el otro. Puede ser situado como este comodín, la muchacha que luego devendrá “la muchacha con cara de perro”, luego el padre ausente siempre enojado y distante. Se escribe el piso inferior del grafo del deseo en el análisis, y podemos ubicar allí la batalla de la neurosis de transferencia. Fobia y transferencia podrían ser temática de otro trabajo.
Cuando recordamos el caso Hans es casi una expresión de deseos haber trabajado con pacientes con la riqueza simbólica de este niño que conduce a Freud en la epicrisis del historial a preguntarse si hubiera sido necesario intervenir analíticamente sobre él. Bien sabemos que es casi un recorrido teórico y que la intervención fue sobre los padres. Pero sus fabulosas y ricas escenas, las que hacen fecha y hacen serie en la clase del 5-6-57 del Seminario de “La relación de objeto” dan cuenta del destino singular de su deseo a través de múltiples fantasmas imaginarios (ia-i’a): bañadera, taladro, caída de Ana, látigo de Ana, la gran caja, la cigüeña, el fontanero, el caballo fustigado, etc.
Escenas donde el “dar a ver” escena como producto del efecto escópico en la transferencia, acting out según los polos de lo trabajado en “La lógica del fantasma” en el seno de un supuesto análisis, anticipan en un avant coup tal vez sus puestas como regisseur de ópera.

Pero si para el grito “tía, tía” no hay respuesta o no hay corte, permaneciendo la presencia excesiva de Otro que no permita que del grito advenga un llamado, el destino de un niño es diferente.
Un destino puede ser la no separación que se presenta en el cuerpo a cuerpo, en una niña que no se despega del cuerpo de la madre –ella no la escucha, no le habla, no le explica, sólo está allí prestando su cuerpo– y juega autoeróticamente con el rizo de la cabellera de la madre, con el lunar de su barbilla sin poderse establecer una mínima distancia.
O bien, aunque aparezca una “aparente” sustitución ya no es en términos de la deriva significante del objeto fobígeno, “los camiones de basura me quieren comer”, o “el odio a las palomas” a las que no se acerca y “a todos los pájaros”, desatan una huida que tiene el carácter de fuga al modo de una caída de la escena como aparece en el Seminario de la Angustia. Fuga como caída de la escena al mundo puro.
Allí la inhibición como defensa primaria para la constitución del yo, no opera, según Lacan el circuito ia-i´a no garantiza la constitución de la imagen del cuerpo y sus fantasmas imaginarios.
Hay una perturbación en el registro imaginario que se reduce a lo especular y en la operación del significante del Ideal del yo, el rector simbólico de la imagen del cuerpo falla.
Nos interesa destacar aquí el monto y la cualidad de la angustia –aquello que no engaña– que llega a los límites de lo traumático a pesar del encuentro con el objeto aparentemente fobígeno.
En adultos, Freud hablaba de fobias graves, en “Las nuevas perspectivas sobre la terapia analítica” que se hacen refractarias al trabajo en términos de la neurosis de transferencia.
¿En niños hacemos esta misma precisión? ¿Es posible producir una suplencia para estos casos desde la intervención analítica? ¿Es el analista quien la encarna?

Coincidimos con una precisión que hace Anabel Salafia en torno del objeto fobígeno, al que considera un objeto unario y puntiforme, que sirve como señalizador de un territorio, toma función en diversos animales que constituyen su territorio con garras, heces o cuernos, lo puntiforme aparece vinculado al campo de la mirada. El campo escópico transita entre lo fóbico y el fetiche, así como la mancha puede devenir punto.
Hay una cita del seminario de la Transferencia muy poco trabajada que nos interesa recortar que hace a la transferencia y a lo fundante en la estructura en la fobia.
Lacan viene hablando de la metáfora del deseante y dice (lección del 28/6/61): “Acuérdense ustedes de Hans. En el momento en que el deseado se encuentra sin defensas frente al deseo del Otro cuando éste es una amenaza para i(a), la orilla, el límite –entonces el eterno artificio se reproduce- el sujeto se recompone y parece que está al abrigo de la piel del oso sin haberlo matado. Pero se trata en realidad de una piel del oso vuelta al revés y es en su interior donde el fóbico defiende ¿qué?– el otro lado de la imagen especular. La imagen especular tiene dos caras, sin duda una de investimiento pero también otra de defensa. Es un dique contra el Pacífico del amor materno. Digamos que el investimiento del Otro es, en suma, defendido por el Yo ideal. El investimiento último del falo es defendido de algún modo por el fóbico. Diré incluso que la fobia es la señal luminosa que aparece para advertirte que se está funcionando con una reserva de líbido. Se puede funcionar con ella todavía por algún tiempo. Es esto lo que significa la fobia, y si su soporte es el falo como significante sin duda, por esta razón”.

Siendo esta cita de gran complejidad nos interesa destacar algunas cuestiones. La fobia constituida garantiza la defensa cuando lo especular esta regido por el –φ en el fondo del espejo. Su dificultad en superarla se ciñe en torno al goce sostenido en erigirse como Yo ideal en una consistente posición fálica que escapa a la división subjetiva. Pero el falo como reserva está en el fondo, o sea que la dialéctica especular hace que no fácilmente aparezca el doble como siniestro y es así como se pone distancia frente al exceso del sentimiento oceánico (que no es precisamente “Pacífico”) del amor maternal. La angustia que se revela en esta travesía es siempre señal. Cuando el objeto fobígeno no se desliza, cuando no hay cadena, el objeto presentifica en forma siniestra el goce del Otro, la angustia es traumática, “tal vez terror sin nombre” tal vez “impensable” (Bion, Winnicott).
Recordamos entonces allí las tesis sobre agresividad y el estadio del espejo como condición de la constitución del yo y los mecanismos anteriores a la represión. Lo que Melanie Klein nos enseña no ha sido poco y Lacan continúa sus pasos cuando propone en la transferencia distintas salidas a la dialéctica especular. Pasar del narcisismo mortífero, esa estasis, al automatismo de repetición (pulsión de muerte) a la cadena que deslice en la infancia será el difícil que-hacer del analista. Árduo pero en muchos casos posible, atreviéndonos a decir que de eso se trata el acto analítico en la cura de un niño.
 
 
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