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   Comentario de libros

Pasiones en tiempos de cine
  de Hugo Dvoskin, Letra Viva Editorial, 2014
   
  Por Eduardo Holzcan
   
 
Con este título, el psicoanalista Hugo Dvoskin nos presenta su nuevo libro.
Ya en el prólogo nos va marcando su hoja de ruta. Con las pasiones como nombre del deseo, nos invita a recorrer los rincones de la vida en clave cinematográfica.
Pero… ¿de qué viaje se trata?

Advertido de su apuesta y abusando de su libertad narrativa nos acerca a la construcción minuciosa de una lógica propia. Se instala en ella siguiendo el camino inverso del guionista, y sirviéndose de las coordenadas que la lógica del sueño le impone, juega sus fichas disolviendo las imágenes que devienen texto, y las eleva a la dignidad de una letra singular.
El Grupo de Cine del Domingo le dará el marco necesario para intentar esa entusiasta aventura.
Pero si de aventura se trata, y advertido de lo incalculable de su gesta, decide no emprender el viaje a solas. Borges, su entrañable compañero de ruta, se irá convirtiendo a través de estas páginas en su ineludible referencia. Al igual que él, su mayor mérito como escritor es ser un buen lector, y allí radica su pasión.
De lecturas, lecturas de la vida, de eso se trata en este libro. Lecturas que disuelven su sentido para encontrar algún otro, para no quedar coaguladas como un amargo destino. Transmisión lograda en el acto de escritura donde el deseo encuentra su cauce.

Hugo se sirve del cine para hacer pasar y transmitir el psicoanálisis. Esas son sus coordenadas, su declaración de principios, su ética. La posibilidad de donar al lector un encuentro con sus propias preguntas, las de cada uno, lugar donde su juega la verdad de su deseo.
Rebelde a las formas establecidas anima a los distintos personajes a habitar historias ajenas, cruzando las fronteras del tiempo y del espacio.
Así es como podemos encontrar a Sherlock Holmes investigando las pistas del asesinato de “El secreto de sus ojos” junto al Benjamín compuesto por Darín, o a un Hamlet dialogando con Dahlman, el personaje de “El sur” de Borges.
¿Cómo fabricar algo nuevo con los mismos elementos? Hugo aborda esa pregunta y así construye un inédito guión para cada película, donde no se priva de agregar una letra tan nueva como propia y en la que va configurando su estilo. ¿Cuál es la letra de cada uno?

Pero… vayamos brevemente a las distintas estaciones que nos ofrece este viaje, donde sin lugar a dudas habita una apuesta decidida, para que el viaje real por la vida también ofrezca lecturas. “Leer lo nuevo, releer lo antiguo”, posición ética desde donde podrá causarse una posible escritura.
En el primer capítulo, encontraremos a las “Madres” con sus preguntas fundamentales.
En “Todo sobre mi madre” se plantea la imposibilidad del duelo por un hijo, que abre a la pregunta de si se tiene o no se tiene, cuándo éste ha muerto. ¿La vida sigue o no? Efecto paradojal donde eso que sigue, sigue como otra cosa. “Bordes, que devienen lugares comunes cuando la subjetividad es puesta al límite”, nos dice.

Tampoco se priva aquí de poner fuertemente en cuestión la existencia del instinto maternal como parte de la condición femenina, y lo articula al límite de la demostración matemática.
Nos dice: “hablar con el otro es sobre todo escucharlo” en referencia a las dramáticas escenas de “Kramer versus Kramer” y nos convoca a sustraernos de aquellos lugares donde el deseo no encuentra su lugar.
En “Jamón-Jamón” nos marca el camino de cómo ciertas fisuras de las estructuras elementales del parentesco podrían tarde o temprano conducir inexorablemente a la tragedia o al estrago materno.
Aquí, en este capítulo, articula el concepto de “niño” como un tiempo lógico de la estructura, en tanto avanza su posibilidad de restarse de la cuenta, sustraerse a la mirada, para así poder tramitarse en metáfora.
En el capítulo dos, transitaremos el camino de los “Padres”, y como no podía ser de otra manera, es la lectura de “El Padrino” la que inicia la serie. Entendiendo “la vida como negocio” nos mostrará los contrastes allí donde la rigidez de ciertos ”códigos”, que ponen en juego la vida misma se opondrán a la flexibilidad y lo interpretable de la ley, en su posibilidad de lectura, en tanto sea tan flexible como inextensible.

En este capítulo Hugo retoma sus raíces freudianas transitando la pregunta acerca de ¿Qué es un Padre? Intenta definiciones posibles, en una búsqueda tan acertada como fallida al mismo tiempo, dado que se trata de articular un borde. Incomodidad a transitar y soportar, en la medida que no nos permite adormecernos. Derrotero que encuentra en la transmisión un puerto seguro, como lugar donde pasar la función a otro. “Son hijos para la vida” dice, además de que un rato sean para uno.
En “El Otro”, película en la que trabaja Julio Chávez, encuentra quizás, su punto mas alto el planteo de aquella pregunta ¿qué es un padre? Encuentra aquí el fundamento de la articulación entre Paternidad y Muerte, en tanto la posibilidad de incluirse en la cadena generacional, de desplazar y ser desplazado, lugar privilegiado en el que la transmisión encuentra en la trascendencia lo que somos en otros como rasgo de inmortalidad.
Su amigo Borges le sopla “la duración del alma sólo es pensable en vidas ajenas”. “Todos somos otro” diría Zelig, “cuando estamos muertos” agregaría Borges.
Como en la vida, Hugo no le va en zaga a la cuestión de la muerte.

Aquí también pone en línea al Hombre de las Ratas, al Jesús de Saramago y a Hamlet, para dar cuenta de fracaso del padre. De este último, Hamlet, dará cuenta al final del libro como tiro de gracia/desgracia, dedicándole un capitulo entero como bien lo merece, a quien es paradigma del fracaso y la tragedia del deseo, sacrificados al mandato paterno, por carecer de preguntas. Más cercano a la verdad que al acto cuando se trata del sentido de la existencia. Contracara de Antígona.
Arribando al tercer capítulo, nos encontramos habitando el universo de las “Parejas”, allí donde el otro a veces se resiste a ser objeto, quizás por la dificultad de aparentarlo.
También de los modos de salirse de la escena, modos a veces patéticos, cuando no trágicos, cuando el desencuentro se torna insoportable.
¿Y por qué no la cavilación obsesiva cuando el deseo quema? Como le sucede a Benjamín, el personaje de Darín, en “El secreto de sus ojos”.
Hugo afirma categóricamente que el deseo es la brújula en el sueño y que la angustia señaliza su camino. Nos da la clave de su localización ¿qué deseo hay ahí?, cuando la articulación no implica necesariamente la realización. ¿Diferencia tal vez entre un saber y un saber hacer, arreglarse con eso? Dignidad del acto como nombre del duelo, el duelo como acto, un antes y un después, ya no se es el mismo.
Sostiene contundentemente: “Si alcanzamos alguna lógica, daremos como válido el procedimiento en lo singular”, y remata: “Cometeremos el atrevimiento y quizás la imprudencia de transformar la imagen en texto”. Operación equivalente al sueño con la que toca una punta de Real.

Para finalizar, no podía quedar Brodeck fuera de este comentario. De Hamlet, que cierra el libro, ya hemos dado cuenta hace unos instantes. No nos obsesivizaremos con la progresión diacrónica y sistemática de los capítulos.
Brodeck, nos transmite Hugo, es paradigma de la ética. Ya que de todas formas nadie está absolutamente a la altura de si mismo. Y si la cobardía es la estrategia ética, se tratará de asumirla como parte de la vida. ¿Quién está exento? Se trata del dolor de la vida, ese era su deseo, salir vivo de ahí, del campo. ¿Quién podría juzgarlo? Si bien fue perro y no gato, araña los bordes insoportables de la condición humana.
Hugo acuerda con el lector un compromiso ético con dos condiciones: no al suicidio, y no a la pena de muerte. Nos iríamos del campo ético de esa manera, pero también del otro. Eso no vale.
Nos anima con énfasis a hacer el esfuerzo subjetivo de buscar nuevas posiciones éticas. Si la valentía de ser cobarde es un acto de amor y de deseo, se tratará de jugar ese juego siniestro para poder salir vivo. Ni héroe, ni villano. Sin cálculos, allí donde el nazismo trasladó a las víctimas la cuestión ética. El acto perverso de encarnar el mal sin resto.
 
 
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