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   Colaboración

La institución psicoanalítica
  Por Néstor Bolomo
   
 
La tarea política es criticar el juego de las instituciones en apariencia neutras e independientes, y atacarlas de manera que la violencia política que oscuramente ejercen sea desenmascarada.
Michel Foucault

El eje de la publicidad institucional son los cursos, llamados también “seminarios”, a veces en latín, “cursus”. Intensivos, o de postgrado, son organizados en “Institutos”, “Colegios de Graduados”, Maestrías “con práctica”. Son “espacios de formación permanente”. Idénticos a cualquier oferta de formación profesional, pero acompañados de declaraciones de principios que garantizarían su estatuto psicoanalítico: la institución del “Colegio de Graduados”, está guiada por “una interrogación permanente sobre los aparatos de enseñanza para que sean acordes al real del psicoanálisis”. Mientras recuerda que “en ninguna parte del mundo existe diploma de psicoanálisis”, propone graduaciones, diplomaturas, práctica clínica, etc. “manteniendo las coordenadas de la orientación lacaniana”. Otra institución ofrece su Curso para entrar al discurso del psicoanálisis.Una tercera ofrece tres cursos, y un “Programa de formación en psicoanálisis”, de tres años que “acredita 400 horas”. También aquí, extensos desarrollos sobre la transmisión, la enseñanza, el discurso del psicoanálisis, etc. Insistencia machacona en los principios, un lenguaje repetitivo y cerrado sobre sí mismo. Y por otro lado, una práctica pedagógica más plana y vulgar de lo que es de por sí cualquier pedagogía. Complicaciones de un marketing para sostener una actividad profesional-comercial que se quiere disimular –un poco, tampoco tanto– pues se la percibe vergonzante. La oferta responde a una demanda de saber sistemático, completo, si no totalitario, sin duda, totalizante. Fantasma obsesivo al que las instituciones se avienen, se anticipan. Así, “no rechazan la demanda”. Es evidente que la estimulan hasta invertirla.

La intención es parecerse a una universidad. Además de módulos, créditos, becas, hay imágenes: fotografías de las “casas de estudio”, puertas de acceso, pupitres, pizarras, pasillos, hasta las “instantáneas”, sí, de sus profesores, llamados a veces “dictantes” (neologismo que quiere consonar, penosamente, hay que decirlo, con analizante) transmiten fielmente el ambiente, el color, el tono (y el gusto, que el lector sabrá juzgar) de estas prácticas.
La antigüedad de la institución, supuesta garantía de algo, es emblema que exhiben casi todas, y la pertenencia a asociaciones supranacionales que les darían mayor prestigio. El nombre del fundador se exhibe como muestra de lealtad a principios fundacionales. Cuando aquél fue traicionado o negociado en el camino queda el recurso express de la re–fundación. Ir “más allá del padre” garantizará sustento teórico a la operación.
No se apartan pues, de las pautas generales del mercado. Ninguna llegó a anunciarse como “atendida por sus propios dueños”, pero, bromas aparte, están muy por debajo de la sobriedad que puede exhibir cualquier asociación profesional o científica.

Están hechas para acoger la demanda, capturarla, darle espesor, impedir que escape. Ello vale para los invitados pero también para los invitantes (pongámonos a tono con los glosarios en uso). Esta puesta en escena del Otro se completa con jerarquías y “autoridades” que bordean lo bizarro.

Dejemos de lado las ya inveteradas nominaciones con sus jurados, garantías, comités, que –no podría ser de otro modo– provocaron lamentables tragedias y más tarde, cuando su función de manipulación política era vox populi, verdaderas escenas de vodevil. La jerarquía ostensible (y ostentosa), otras veces más bien disimulada, es principio y matriz de las instituciones. No hay Comisión sin su Presidente, Departamento sin su Secretaría, Programa sin su Director. Aquí un curso es impartido “bajo la orientación” de tal, allá un instituto es creado “por decisión” de tal otro (entiéndase: por su sola y suficiente decisión y así se lo subraya en letras de molde). La transmisión tiene quienes la resguardan, la formación quienes la garantizan. Cada evento es una delicada urdimbre que reparte créditos entre quien expone, quien comenta, aquel que coordina, el invitado que “confirmó su presencia”, el presentador. Las componendas que exige el diseño de la marquesina de un teatro de revistas palidecen frente a esta ingeniería del espectáculo psicoanalítico.

Esto lo sabe todo el mundo pero se dice a media voz –nuestra ética, como se sabe, no es kantiana–, en confianza, digamos, entre complinches.
Las justificaciones circulan más libremente: la condición “fatalmente maquiavélica” de la política, “la naturaleza humana”, la legitimidad “del propio deseo”, “lo ineliminable de las rivalidades”, la imprescindible “aceptación de las diferencias”. En fin, la colección interminable de lugares comunes.
Sus aspiraciones mundialistas se aúnan con su ideal universal de saber. Sus estructuras jerárquicas son homogéneas con su teoría que se eleva de lo particular a lo universal en una arborescencia invertida. Sus construcciones, pomposas y acartonadas, tienen el espíritu de organigrama que impregna su funcionamiento. Los principios de subordinación y dependencia de las categorías hacen apariencia de cientificidad. La exigencia continuada de supuestos nuevos conceptos deriva de ese ideal de cientificidad y del anhelo irresistible de hacerse autor. El resultado añade polución a un glosario ya suficientemente castigado con neologismos y significantes infatuados, que no pasan de representar la infatuación de sus hacedores.

Se trata de manufacturar “conceptos”, pretendidos (y pretensiosos) representantes de la experiencia, en verdad recursos para eludirla o resguardarse de sus efectos.
La política de la institución no es apuesta sino astucia, más bien, picardía. Objeta que la extensión pueda sostenerse en el discurso analítico mientras estimula la transferencia, celebrada, festejada, invocada hasta el hastío. El amor (y el temor a perderlo). Y, por supuesto, “el trabajo y el estudio”, el reconocimiento recíproco (o casi) y la felicidad que provee.
Esta es la institución psicoanalítica. Un manto de narcisismo –no demasiado discreto, puede apreciarse– la envuelve en su niebla de vanidades, sometimientos, veleidades y medianía, con sus pelotones remando en su rutina sus pequeñas esperanzas, sus tristes anhelos de obediencia y de mando.

Extraterritorialidad: ninguna. La batalla es enteramente territorial –con su dialéctica de disputa y negociación– por el reconocimiento en el mercado de los saberes (y en el mercado a secas).

Fragmento del libro Destitución psicoanalítica. Fragmento y política de Néstor Bolomo (Letra Viva, 2014)
 
 
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