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   Conceptos fundamentales del psicoanálisis

¿Cuándo juega un niño?
  Por Luciano Lutereau
   
 
En el célebre capítulo II de su libro Más allá del principio del placer, Freud expone el juego de un niño como modelo de la compulsión de la repetición. Lo significativo es que esta descripción fuera elevada a la matriz desde la cual se pensaría toda teorización del juego en psicoanálisis: el llamado “fort-da” se convirtió en el paradigma de la experiencia lúdica, al punto de que pocos analistas han podido escribir sobre el juego sin hacer referencia a las páginas indicadas. No obstante, ¿qué tipo de juego es el “fort-da”?

En primer lugar, es particularmente interesante que Freud comenzara destacando el trabajo de un precedente: las elaboraciones de Pfeifer, aunque con la observación de que no importan tanto las diferentes teorías que se esfuerzan por esclarecer los motivos que llevan al niño a jugar, a expensas del punto de vista económico; es decir, el fundamento pulsional del acto lúdico. Asimismo, en estas líneas Freud es muy reservado respecto del alcance de su planteo: no se propone ofrecer una “teoría del juego”, sino proponer un caso singular, el de un niño de un año y medio, cuyo juego era “autocreado”, esto es, antes que la experiencia de “jugar a algo” (donde este “algo” podría ser un juego predeterminado), se trata de una invención subjetiva.

En segundo lugar, es notorio que Freud destaque el carácter contra-intuitivo de este juego; dicho de otro modo, es el mismo Freud quien sanciona como juego lo que a primera vista era un “hábito molesto”. Por un lado, arrojaba lejos de sí todos los objetos que se encontraban a su merced, y al hacerlo profería –con interés y satisfacción– un prolongo “o-o-o-o”, que significaba “fort” (se fue). Así, en principio, el niño jugaba a que los objetos “se iban”. En lugar de usar los juguetes del modo que hubiera sido esperable, les imponía una acción propia. Por lo tanto, ante la situación de encontrarse con un carretel atado a un piolín, no lo usaba para arrastrarlo sino que lo arrojaba tras la baranda de su cuna y volvía a sacarlo para recibirlo con un “da” (acá está). Así, por otro lado, se constituía una segunda versión del juego: junto a hacer desaparecer, se incluía un segundo acto, la reaparición.

En este punto, cabe realizar dos consideraciones: 1) ¿De cuántos juegos se trata en esta descripción? No sólo es válido preguntar esto, cuando Freud afirma que hay una primera forma y un “juego completo”, sino necesario en la medida en que pareciera añadirse un tercer juego, puesto en acto ante el espejo, mientras el niño hace aparecer y desaparecer su propia imagen; 2) Freud enfatiza que el acto de arrojar era privilegiado respecto de sus otras formas.
Ahora bien, de acuerdo con estos precedentes, sería importante preguntar: ¿qué sentido tiene la descripción singular del juego de un niño? ¿No se trataría de una indicación anecdótica?

Comencemos por la segunda cuestión. Al igual que en sus historiales clínicos, lo singular tiene en la teoría freudiana un estatuto paradigmático, esto es, puede ser elevado a lo universal (así como el caso Dora se vuelve el paradigma de la histeria y el hombre de las ratas de la neurosis obsesiva). Esto lleva a la primera cuestión, porque más allá de la instancia concreta que se actualiza en este niño, ¿no hemos visto que el placer de arrojar cosas es algo constante en los niños pequeños? En efecto, este pareciera un acto primario, con un valor constitutivo en la experiencia del sujeto, dado que, en definitiva, este último se instituye a partir de esa negación fundamental que abre la distancia entre un adentro y un afuera. No sólo los niños ejercitan la negación a través de arrojar cosas, sino que también en determinado momento comienzan a negar con la cabeza, cierran la boca cuando se los quiere alimentar, etc. Dicho de otro modo, el fort-da expone la constitución originaria del sujeto dividido, que se afirma negando.

He aquí, entonces, el sentido de esta descripción singular que, a su vez, permite entrever también el valor de la diferencia entre su versión primera y la forma completa (hacer aparecer). ¿No es un juego privilegiado en los niños el uso de la sabanita (y sus sustitutos según la edad: guardar cosas, esconder la cabeza en el agua, las escondidas, etc.)? En la versión completa del juego puede verse un segundo aspecto crucial: la relación con el deseo del Otro. Así como el primer juego expone la desaparición con que nace el sujeto, su afanisis constitutiva, el segundo juego realiza el engarce de esta falta con una falta en el Otro. Puedes perderme es, entonces, la estructura básica en que se fundamenta la experiencia lúdica.
A partir de lo anterior puede entenderse por qué Freud sostiene que hecho este esclarecimiento puede convenirse en que la interpretación del juego se vuelve obvia. No se trata solamente de que el juego exponga una especie de renuncia pulsional, porque también aquel cuenta con su propia satisfacción (debería reconocerse, paradójicamente, una satisfacción en la renuncia a la satisfacción), sino que la ausencia de la madre tiene un papel dispensable.

Esta observación permite esclarecer que el juego no desarrolla una simbolización de la ausencia de la madre. Asimismo, en esta referencia puede advertirse el punto de relevo de muchas teorías sobre el juego. Junto a la idea de que el juego sería una especie de simbolización, se consolidó la intuición de que el niño reproduciría activamente lo sufrido de manera pasiva. En efecto, esta orientación es incuestionable, nadie podría dudarlo, pero es anti-analítica; es decir, no hace falta el psicoanálisis para saber que aquello que le ocurre a un niño se refleja en sus juegos. Sin embargo, esto llevaría a pensar el juego más allá de sí mismo, esto es, reenviaría a una condición reproductiva, mientras que el juego se caracteriza por su fuerza productiva.* Además, Freud mismo enfatiza que ¡“cabe ensayar otra interpretación”!

A continuación, fundado en la preeminencia del acto de arrojar, Freud destaca que podría tratarse de una venganza de la madre. He aquí un punto que tiene cierta verificación clínica. De forma corriente vemos que los niños se desquitan con objetos, golpean mesas con las que se han golpeado; se trata de la base de lo que se ha llamado “animismo infantil”. Sin embargo, esta interpretación psicológica tiene un fundamento estructural: esta particular conducta –que incluso dentro del psicoanálisis ha dado lugar a la propuesta de un “sadismo infantil” (también incontestable, aunque derivado de la posición más originaria que venimos considerando)– remite a la encrucijada de la subjetivación planteada, esa constitución dividida del sujeto que se afirma negando. No se trata, entonces, de pensar que la madre sea la destinataria de la venganza (una suerte de reproche al Otro) sino de la separación como acto que instituye al sujeto, separación que no implica una caída del Otro sino la porfía respecto de su deseo.

Este es el aspecto básico que Lacan destaca en el Seminario 11, en su relectura del fort-da, y que explica por qué ese mismo seminario se promedia con una elaboración en torno a las operaciones de causación del sujeto (alienación/separación). En última instancia, en el juego se trata de la división del sujeto, asociada a la falta en el Otro. Las pequeñas venganzas de los niños no buscan dañar, sino ver qué ocurre, qué respuesta produce la sanción subjetiva. La experiencia lúdica, que tiene en la descripción freudiana del fort-da un hilo conductor (y, por lo tanto, que demuestra que éste no es un juego específico, sino el paradigma desde el cual interrogar las condiciones pulsionales del juego), testimonia de la aparición paradójica del sujeto, instauración subjetiva que tiene al Otro y su deseo como referencia capital. Las satisfacciones pulsionales del juego son las vías infantiles interrogación e interpretación del deseo del Otro.
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* Cf. Lutereau, L., Los usos del juego, Buenos Aires, Letra Viva, 2012.
 
 
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