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   Sexualidad adolescente

El decir como acto que nombra
  Más allá de las identificaciones adolescentes
   
  Por Carolina Zaffore
   
 
Una indicación clínica. Una vez más el arte orienta al analista. Propongo formular y argumentar una indicación clínica cardinal para todo analista que trata adolescentes: que el decir interpretativo del analista introduzca la Nominación como lazo nuevo.

Extraigo esta indicación del uso lacaniano de la obra teatral El despertar de la primavera, de Wedekind.1 Lacan propone leer los signos trazados por el autor, a diferencia del uso que hicieron Freud y los suyos allí por 1907,2 quienes se extraviaron en los múltiples sentidos que entrega cualquier pieza de arte: “descifran al revés los signos trazados por Wedekind en su dramaturgia”.3
El uso de Lacan difiere. No infla el contenido de las fantasías y sueños de los personajes, sino que cierne un hilo conductor que atraviesa todo el texto: la relación entre el goce y el sentido. Y su anudamiento en la Nominación.
El encuentro sexual con otro le exige al adolescente un anudamiento nuevo entre goce y sentido que no conectan naturalmente. Si la metamorfosis de la pubertad interesa al analista es porque fuerza a una toma de posición. El sujeto es exigido en ese tiempo vital a reanudar el goce con el sentido, nada más y nada menos que para poder hacer lazo. Para enlazarse con otros, sexual y socialmente, más allá del seno familiar.

Demos por sentado el papel central de las identificaciones en este lazo. Ahora bien, ¿es posible pensar un lazo sexual-social en el adolescente que no esté estrictamente sostenido en las identificaciones, siempre alienantes? El precio de la identificación que claramente fija la relación entre el sentido y el goce, es que lo hace de acuerdo con la batuta del Otro. La identificación sostiene ese ser parte tan decisivo en la adolescencia bajo el Uno rector. Necesario sin duda, pero (tal como nos enseña el decir del análisis con jóvenes) insuficiente.

Entiendo que el analista puede ofrecer otra cosa al adolescente, aprovechando su caudal inventivo invaluable. Eso otro que puede ofrecer es un lazo fundado no en la identificación, sino en la Nominación. Acompañar al adolescente a alcanzar ese primordial “incluirse entre sus semejantes”4, como uno entre otros, a partir de la apuesta decidida a encontrar juntos un decir que nombre, una función de anudamiento entre el goce del órgano y el sentido que nos lleva hacia el Otro. Claro está que un decir que nombre no está supeditado a los padres, al contrario. El adolescente enseña bien cómo muchas veces esa función paterna radical de dar nombre a las cosas,5 habita en otros (referentes, familias cercanas, docentes, semejantes).
En este punto, ¿qué quiere decir esa función radical del padre de dar nombre a las cosas? Sigamos a Lacan: “Entre los Nombres del Padre está el del Hombre Enmascarado”.6

El Hombre Enmascarado, signo de la Nominación. Todo el acento de Lacan está puesto en este elemento clave de la obra de Wedekind: el Hombre Enmascarado. Digo “elemento” ya que no se reduce a un personaje, aunque lo es. Es un personaje central, en reserva, que aparece sorpresivamente recién en el último acto. Pero también su nombre aparece en un lugar difícil de localizar, la dedicatoria de la obra: “Al Hombre Enmascarado. F. W.”. Así brota de incógnita ese nombre que en sentido estricto ex-siste. No está ni dentro ni fuera del texto.
Veamos las coordenadas que rodean la aparición final de nuestro “personaje”. La obra narra en un estilo realista y descarnado el inicio sexual de tres jóvenes.
Extraigo las posiciones clínicas que se desprenden de la serie: la ingenuidad encarnada en Wendla, el cinismo encarnado en Mauricio y la división subjetiva encarnada en Melchor. Me sirvo de estas posiciones para seguir lo que se despliega de un modo sensacional en la coyuntura de estos chicos que, para abordar al otro sexual, se valen de sueños, fantasías e investigaciones compartidas. El goce sexual se entrama así con el sentido de las preguntas dirigidas al Otro parental e institucional.
El personaje de Wendla señala un decir ingenuo, demanda a su madre las respuestas a su ser femenino. Lo hace de un modo alienante, esperando la verdad exacta en los dichos de la madre, a los que queda identificada. Como si la palabra materna fuera inequívoca. Queda petrificada al punto de tomar literalmente la versión fatigada de la madre de cómo vienen los hijos al mundo: a partir del casamiento con un hombre. Y allí la tragedia de la muchacha. Se embaraza en su primera relación sexual con Melchor y muere por los abortivos que le propicia la madre. La pluma irónica del autor describe bien el sesgo ingenuo de su decir: “no estoy embarazada, ¿Cómo es posible, mamita? ¡Si yo no me he casado!”.
Como contracara tenemos a Mauricio. Si Wendla cree demasiado en el Otro, Mauricio descree totalmente. Ni siquiera busca en el Otro las respuestas, sabe que no las tiene. Él no ha pedido venir al mundo. Sus erecciones no lo llevan a la pregunta y a la búsqueda del esclarecimiento sexual sino a un desengaño cada vez más acentuado. La exigencia escolar autoimpuesta, y la increencia sistemática en las versiones siempre fallidas del Otro lo llevan al sin sentido extremo y en consecuencia al suicidio.

En tercer lugar, Melchor, quien sí puede interrogar al Otro, pero también producir él mismo sus propias respuestas entre lecturas, investigaciones y reflexiones. Personaje involucrado en ambas tragedias. Con su amigo, por ayudarlo con un escrito de carácter sexual, es expulsado de la institución escolar. Con la mujercita, padece el peso de la culpa por su embarazo seguido de muerte. Expulsado, encerrado en un instituto de menores, Melchor y su culpa preparan el último acto de la obra. Escapando, atolondrado, llega al cementerio.

Advierto que la escena final del cementerio cambia drásticamente el tono de la obra. De un realismo crudo pasamos al encuentro con el espectro de Mauricio. El desengañado que empuja a Melchor a acompañarlo entre los muertos. Infiero su decir cínico de una fracción de su parlamento: “Podemos compadecer a la juventud que se alimenta de idealismo (…) observamos a los amantes sonrojarse, adivinando que ambos no son más que engañadores, engañados (…) Contemplamos a la inocencia en sus secretas luchas eróticas, vemos a las prostitutas baratas entusiasmarse con las lecturas de Schiller.”

Extracto implacable que sella a quien se jacta de estar más allá de los enredos del deseo, le tiende una mano engañosa, un lazo quimérico, mortífero. Melchor titubea, dividido, culpable. Hasta que llega el encuentro inesperado: aparece en escena el Hombre Enmascarado. Encuentro con un decir novedoso, diferente, que introduce un efecto de sorpresa y humor contundentes en términos narrativos. Otro clima.

Su decir enigmático, a través de la máscara y sus bellos parlamentos, dan cuenta de un acceso al sentido, pero por otra vía. Causa, dice a medias, renombra todo lo sucedido en la obra hasta el momento.
Saca peso, equivoca con humor el sentido trágico planteado. Dice lo mismo pero de otro modo. Logra que Melchor restablezca un lazo con lo vivo del deseo. Se abstiene de decir quién es, y lo insta a que él mismo no se entregue ni a la muerte ni al sentido comandado por el Otro. Sin juicios de valor, nombra las cosas por su nombre. Revela la verdadera causa de la muerte de Wendla, se burla del cínico con fina ironía denunciando su falaz superioridad y lo hace volver cabizbajo entre los cadáveres. Tiende una mano a Melchor, quien se va por fin con él. Aún sin saber quién es, encuentra un lazo posible. ¿Quién es este Hombre Enmascarado? ¿El padre, Dios, el Diablo? Es el enigma lo que permite desplegar un imponente último acto con reflexiones éticas y morales que cuestionan al Otro (parental y educativo) de la época, revelando sus semblantes, pero sin por ello perecer o romper.

El Hombre Enmascarado es alguien que sabe jugar, es alguien que porta un decir a medias que abre al sentido, pero por vía del encuentro fortuito y del enigma, de lo nuevo. Sortea la vía de identificaciones alienantes y códigos preestablecidos, admitiendo en acto la dimensión imposible del dicho. Accede a la verdad del sujeto, pero no intentando nombrarla burdamente sino a medias. Es la máscara necesaria para abordar las cosas que importan al encarar lo que ciertamente no está inscripto: sexualidad y muerte.

Un decir que entiendo va muy bien con el del analista. El analista con su lugar de semblante-máscara no simula nada. Sólo que porta un decir causante cuyo análisis propio ha impuesto ya, un decir que apunta al sentido, sí, pero en contra de la significación oracular. Un decir que permite trocar el anonimato por la posibilidad de hacerse un nombre con el que efectivamente uno pueda encontrarse con otros (y no solo mirarlos y hacerse mirar). Hacer con otros, tocarlos, gozarlos, amarlos... hasta donde sea posible, claro.

Un decir que nombre. Si Lacan encuentra en el Hombre Enmascarado una clave, es para plantear esa función del Padre que ya de ningún modo se reduce al Nombre del Padre. Función que adquiere relevancia en el contexto del plural, de los nombres del padre, no preestablecidos sino por hallar. Diversos nombres que oficien en ese anudamiento necesario del goce y el sentido que todo joven que se inicia en el acto sexual pondrá a prueba. Encontrar un decir que nombre, un decir que no se encuentra en los dichos (ni siquiera descifrándolos) sino que se infiere. Un decir que involucra ya no la dimensión del significante sino del acto, del encuentro con un otro que no enjuicia, prejuzga u ordena. Indicación clínica propuesta al comienzo y, agrego ahora, ética.

El decir como acto que nombra es lo que garantiza que el nombre propio no se reduzca a un patronímico. Portar un nombre es mucho más que contar con el registro del nombre en el documento, es ir haciendo en la vida con los encuentros y desencuentros desde una perspectiva que eluda tanto la sumisión al Otro como las versiones mortíferas de lucha o ruptura. La Nominación es un lazo con el Otro, sí, pero que hace valer esa dimensión del ser impredicable, no alcanzable por la vía de la identificación.

La Nominación como función operativa en la clínica permite admitir la alteridad radical del Otro, pero a su vez reconciliarnos con el nombre que allí habita, siempre un poco propio y un poco ajeno. En el lazo del análisis pueden pasar cosas nuevas y no meras reediciones de los modelos identificatorios. Para ello no indagamos a los padres, sino apostamos decididamente a la potencia de la palabra como acto, a lo fallido, al equívoco, al encuentro entre analista y analizante y de lo que allí pueda germinar.
Nominar implica decir, pero de otro modo que el que nos han enseñado y que por alguna razón nos resulta problemático. Nombrar es poder asumir elecciones que incluyan por fin lo contingente y lo irreversible, sin identificarnos al guión del Otro, que repetimos o repelemos. Entiendo que esa es la chance distintiva de invitar a un adolescente al diván, y por lo que Lacan proclama incansable: “Que se diga”.7

___________________
1. WEDEKIND, F. (1895) El despertar de la Primavera, traducción de Pablo Peusner, Letra Viva, Buenos Aires, 2013.
2. Ibid., Intervención de Sigmund Freud sobre El Despertar de la Primavera ante la Sociedad Psicoanalítica de Viena (1907), p. 109 y ss.
3. LACAN, J. (1974) “Prefacio al Despertar de la Primavera” en Otros escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 587 y ss.
4. Ibid., p. 588.
5. LACAN, J (1974) “RSI”, El Seminario, libro 22, inédito, Versión Crítica, clase 7 del 11/3/75, p. 100 y ss.
6. Ibid., p. 589.
7. LACAN, J. (1972) “El Atolondradicho” en Otros escritos, op. cit., p. 473.
 
 
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