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   Sexualidad adolescente

Adolescencia: sexualidad y relación de dominio
  Por Luis Kancyper
   
 
No resulta cierto el apotegma: “simplex sigillum veri”: la simplicidad es el sello de la verdad. La adolescencia requiere una explicación de un nivel teórico-clínico de mayor complejidad.
En ella se contraponen múltiples juegos de fuerzas dentro de un campo dinámico: los movimientos paradojales del narcisismo en las dimensiones intrasubjetiva e intersubjetiva y las relaciones de dominio entre padres e hijos y entre hermanos.

Lo que caracteriza a la adolescencia es el encuentro del objeto genital exogámico, la elección vocacional más allá de los mandatos parentales y la recomposición de los vínculos sociales y económicos. Y lo que la particulariza metapsicológicamente a este período, es que representa la etapa de la resignificación retroactiva por excelencia.
La instrumentación del concepto de la resignificación, del a-posteriori (nachtraglichkeit), posibilita efectuar fecundas consideraciones clínicas.
En este sentido, el período de la adolescencia sería a la vez un punto de llegada y un punto de partida fundamentales.
Es a partir de la adolescencia como punto de llegada, que podemos colegir retroactivamente las inscripciones y traumas que en un tiempo anterior permanecieron acallados en forma caótica y latente y adquieren, recién en este período, significación y efectos patógenos.

Por eso sostengo que “aquello que se silencia en la infancia suele manifestarse a gritos durante la adolescencia” (Kancyper, 2003). Y como punto de partida, es el tiempo que posibilita la apertura hacia nuevas significaciones y logros a conquistar, dando origen a imprevisibles adquisiciones.
En efecto, la adolescencia representa el “segundo apogeo del desarrollo” (Freud,1926), la etapa privilegiada de la resignificación y de la alternativa en la que el sujeto tiene la opción de poder efectuar transformaciones inéditas en su personalidad.

En esta fase se resignifican por un lado las situaciones de traumas anteriores, y por otro se desata un recambio estructural en todas las instancias del aparato anímico: el reordenamiento identificatorio en el yo, en el superyó, en el ideal del yo y en el yo ideal y la elaboración de intensas angustias que necesariamente deberán tramitar el adolescente y sus padres y hermanos para posibilitar el despliegue de un proceso fundamental para acceder a la plasmación de la identidad: la confrontación generacional y fraterna. Esta requiere, como precondición, la admisión de la alteridad, de la mismidad y de la semejanza en las relaciones parento-filiales y entre los hermanos. Para lo cual, cada uno de estos integrantes necesita atravesar por ineluctables y variados duelos en las dimensiones narcisista, edípica y fraterna (Kancyper, 2004).

Fin de la ingenuidad. La adolescencia es “el momento más importante y más dramático de la vida; representa un momento trágico: el fin de la ingenuidad” (Balthus). El término ingenuidad denota la inocencia de quien ha nacido en un lugar del cual no se ha movido y, por lo tanto, carente de experiencia. Ingenuo es: lo primitivo, lo dado, lo heredado y no cuestionado. Deriva de la raíz indoeuropea gn que significa a la vez nacer y conocer.

“Ingenuus era en tiempos de los romanos el ciudadano nativo. Con el tiempo la idea de nativo se confundió con la de lugareño y ésta a su vez tomó la significación de cándido, sujeto capaz de creerse cualquier cosa” (Zimmerman).
La adolescencia representa un momento trágico en el ciclo vital humano, porque en esta etapa se requiere sacrificar la ingenuidad inherente al período de la inocencia de la sexualidad infantil y el azaroso lugar ignorado del juego enigmático de las identificaciones alienantes e impuestas al niño por los otros.
Éstas deberían ser develadas y procesadas en esta fase del desarrollo, para que el adolescente alcance a conquistar un conocimiento y un inédito reordenamiento de lo heredado y dar a luz a un propio proyecto desiderativo sexual y vocacional.

Proyecto que, logrado, estructurará y orientará su identidad, y que al ser asumido con responsabilidad por él, pondrá un fin a su otrora posición: la de una ingenua víctima pasiva de la niñez (Kancyper, 2007).
Concuerdo absolutamente con Bergeret, en que resulta necesaria la revalorización, aún mucho más de lo que se ha hecho hasta el presente, de la cualidad de flexibilización al cambio psíquico albergado en el período de la adolescencia; porque es en esta nueva etapa libidinal, en donde se producen las transformaciones psíquicas, somáticas y sociales que posibilitan al sujeto la aparición de un mutación psíquica estructural, en medio de un huracán pulsional y conflictual.

El adolescente posee, por un lado, –en esta etapa de mayor maduración emocional y cognitiva– de nuevas herramientas para reflexionar sobre los enigmas e impresiones del pasado; pero por otro lado, adolece también de períodos de turbulencia, y ésta puede ser una oportunidad imperdible para la construcción e historización de aquello, que desde los tiempos remotos, permaneció oculto, misterioso y escindido. En esta fase ruidosa del desarrollo, tanto el adolescente como también sus padres y hermanos, requieren tropezar con ineluctables y variados escándalos.

El término escándalo, del griego skándalon, significó primitivamente obstáculo, bloque que se interpone en el camino como acto que provoca indignación y sobresalto. También quiere decir estrépito, estupefacción y desorientación. Por la idea de algo colocado expresamente para que los demás tropiecen, se sobresalten y pierdan el equilibrio de sus ideas o convicciones.
En ese sentido, la falta de escándalos opera como un indicador clínico elocuente de la psicopatología de la adolescencia; porque esa ausencia devela, precisamente, la presencia del accionar de severas contrainvestiduras y desmentidas que inhiben y hasta paralizan el inexorable acto de la confrontación.

Sexualidad y relación de dominio en la situación analítica con adolescentes. La sexualidad como idea primaria orienta mi escucha analítica; opera como un andamio fundante junto a otros dos andamios conceptuales freudianos fundacionales tales como: el inconsciente y la transferencia. Entre ellos se origina un entramado conceptual que sustenta la construcción –en remodelación permanente– del edificio teórico y técnico en mi quehacer psicoanalítico con adolescentes.

Sabemos que desde el vamos y hasta nuestros días los conceptos de la sexualidad y del inconsciente abren un debate vivaz. Ambos infligen una afrenta al narcisismo de la humanidad ya que “la vida pulsional de la sexualidad en nosotros no puede domeñarse plenamente, y que los procesos anímicos son en sí inconscientes, volviéndose accesibles y sometiéndose al yo sólo a través de una percepción incompleta y sospechosa, equivalen a aseverar que el yo no es el amo en su propia casa” (Freud 1916, pág. 135).

Pero ¿cómo se hace oír, cómo habla la sexualidad en sus formas explícitas e implícitas en las manifestaciones clínicas y en su reedición en el campo analítico tanto en el analizante como también en el analista?
Freud describe la articulación, la coexistencia de lo sexual y lo inconsciente tramada por el deseo inconsciente del cual el síntoma, la fantasía y las realizaciones sublimatorias son sus expresiones. Los influjos de la sexualidad y del inconsciente se vehiculizan a través de un amplio espectro de procesos que se manifiestan en la realidad psíquica como: fantasías, sueños, identificaciones, falsos enlaces, creencias, y afectos sofocados y escindidos que suelen resignificarse a lo largo de toda la vida y acantonarse en los pliegues de la memoria, “esa centinela del alma”.
Sabemos que ninguna escucha analítica es pasiva ni ingenua. Cada analista presenta una escucha diferente en virtud de su formación psicoanalítica particular. Es decir, se halla condicionada por el acervo particular de las teorías psicoanalíticas y por lo que cada analista entiende acerca de la estructuración del aparato psíquico.

A continuación paso ahora a describir algunas consideraciones teóricas acerca del término sexualidad que instrumento en la situación clínica y en la situación transferencial-contratransferencial del campo analítico con adolescentes.
a) La sexualidad humana se constituye en el seno de estructuras intersubjetivas imaginarias y simbólicas que preexisten a su emergencia en el individuo. Se regula por el par de opuestos placer/displacer y se manifiesta a través de múltiples formas de deseo. Deseo que ejerce, por un lado, una incidencia determinante en el ser humano, de un orden libidinal inconsciente, no sólo en la instauración y el ejercicio de la sexualidad en el sentido corriente y manifiesto del término, sino también en una definición más amplia de la psicosexualidad en los diversos aspectos de lo que Freud define como sexualidad implícita: un conjunto de actividades, representaciones y síntomas. Por otro lado, el orden libidinal imaginario que preexiste al nacimiento biológico nos remite a pensar cuál es el lugar de los deseos e identificaciones en el otro y en la metapsicología transgeneracional en la constitución y destino en los procesos intrincados de la subjetividad.

b) Freud, al señalar que la vida sexual forma parte de todos los aspectos de la vida de un sujeto, lleva hasta sus últimas consecuencias la problemática que sostiene la participación de la vida libidinal en todos los procesos de vida y de muerte.

c) Considero que el descubrimiento freudiano de la sexualidad infantil e inconsciente que subyace y ejerce sus influjos en la sexualidad adolescente requiere articularse con la presencia, escisión e integración de las dos corrientes sexuales también descriptas por Freud: la sensual y la tierna en la vida amorosa.
Señala Freud (1921 p. 132): “donde hallamos un sentimiento tierno, es el sucesor de una ligazón de objeto plenamente sensual. Lo tierno procede de aspiraciones sexuales de meta inhibida y conservan siempre algunas de las metas sexuales originarias, aun el tierno devoto, aun el amigo, el admirado busca la proximidad corporal”.
En otro trabajo señala: “La vida amorosa de estos seres permanece escindida en las dos orientaciones que el arte ha personificado como amor celestial y terreno (o animal). Cuando aman no anhelan, y cuando anhelan no aman” (Freud 1912, p. 176).

d) Estimo finalmente importante incluir los efectos provenientes de las relaciones de dominio en la dinámica intersubjetiva del campo analítico con adolescentes en sus aspectos no sexuales y sexuales de la pulsión de dominio (Bemachtigungstrieb). Este término utilizado ocasionalmente por Freud no ha sido codificado con precisión. Entiende por tal una pulsión no sexual que sólo secundariamente se une a la sexualidad y cuyo fin consiste en dominar el objeto por la fuerza.

La finalidad de la relación de dominio es siempre el deseo del otro, en la medida que resulta fundamentalmente ajeno y, por su propia naturaleza, elude cualquier posibilidad de ser capturado (Dorey).
El nexo que se establece entre él (Bemachtigungstrieb) y las corrientes sensuales y tiernas de la sexualidad que se manifiestan en la dinámica transferencial-contratransferencial me ha sugerido diferenciar la presencia del enamoramiento, del amor y de la amistad como tres manifestaciones elocuentes y a la vez diferentes de la sexualidad y del poder en la clínica con adolescentes.
Estimo que el tema de la amistad, escasamente estudiado hasta ahora en la teoría psicoanalítica en la que se desactivan y se mantienen en suspenso las pulsiones de dominio y en donde se satisfacen las pulsiones de meta sexual inhibida en su fin, posee un elevado valor heurístico en la clínica con adolescentes.

Su presencia, por exceso o por falta, puede operar como una otra via regia para esclarecer a través de sus cinco funciones: estructurante, defensiva, elaborativa, sustitutiva y ontológica (Kancyper, 2014), el lugar y los efectos sensuales y tiernos de la sexualidad, y su nexo con lo inconsciente, conceptos básicos de nuestro quehacer clínico que representan, sin ambages, una shibbolet que distingue al psicoanálisis de otras disciplinas.


Bibliografía:
Balthus: “Los adolescentes”. Diario Clarín: 23-VII-2.000
Bergeret J.: La personalidad normal y Patológica. México, 1983.
Dorey R. (1986): “La relación de dominio”, Libro Anual de Psicoanálisis, Lima.
Freud S. (1912): “Sobre la más generalizada degradación de la vida amorosa” Buenos Aires, A. E., XI.
Freud S. (1916): “Conferencia 21: Desarrollo libidinal y organizaciones sexuales”, Buenos Aires, A. E., XVI.
Freud S. (1921): “Psicología de las masas y análisis del yo”, Buenos Aires, A. E. TXVIII.
Freud, S (1922): “Observaciones sobre la teoría y la práctica de la interpretación de los sueños”. Buenos Aires, A. E., XIX.
Freud S. (1926): “¿Pueden los legos ejercer el análisis?” Buenos Aires, A. E., XX.
Kancyper, L. (1985) “Adolescencia y a posteriori”, Revista de Psicoanálisis XLIII, 1985.
Kancyper, L. (2003): La confrontación generacional, Buenos Aires, Lumen.
Kancyper L. (2004): El complejo fraterno, Buenos Aires, Lumen.
Kancyper L. (2007): Adolescencia, el fin de la ingenuidad, Buenos Aires, Lumen.
Kancyper L. (2014): Amistad, una hermandad elegida, Buenos Aires, Lumen.
Zimmerman H. (2000): Tres mil historias de frases y palabras, Buenos Aires. Aguilar.
 
 
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