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   Sexualidad adolescente

Los mitos de la iniciación sexual
  Por Silvia Wainsztein
   
 
El protagonista de la novela del gran escritor japonés, Haruki Murakami, Los años de peregrinación del chico sin color, descubre el enigma que en su adolescencia ignoraba por completo. Años más tarde cuando se reencuentra con algunos de los integrantes de su “pandilla” de la adolescencia cae en la cuenta de una verdad que toca lo real de su existencia. Lo dice así:

“En ese momento, por fin lo captó. En lo más profundo de sí mismo, Tsukuru Tazaki lo comprendió: los corazones humanos no se unen sólo mediante la armonía. Se unen, más bien, herida con herida. Dolor con dolor. Fragilidad con fragilidad. No existe silencio sin un grito desgarrador, no existe perdón sin que se derrame sangre, no existe aceptación sin pasar por un intenso sentimiento de pérdida. Estos son los cimientos de la verdadera armonía.” Este fragmento literario tan intenso y tan claro en su decir, nos expone la falta radical que nos habita a los seres hablantes y que cobra todo su valor cuando abordamos la sexualidad en sus diversas variantes.

Si hablamos de iniciación sexual en la adolescencia, la pregnancia de la no relación es el hallazgo con el cual cada uno de los partenaires se topa. Es el tope que la inhibición, el síntoma y la angustia exponen a los “iniciados”, a los que no se animan, a los que se lanzan bajo la forma del acting y en casos extremos aquellos que llegan a consumarlo a través del pasaje al acto.
Adolescencia y sexualidad componen un sintagma al modo de la implicación material que nos legaran los estoicos: no es una sin la otra. Es el recorrido inevitable que el estallido pulsional, en este momento de la vida de un sujeto, lo sitúa bajo el imperio de la alienación ante la inminencia del encuentro con el otro.

Nuestro sentido común nos indica que la iniciación sexual es posible a partir de la pubertad ya que están dadas las condiciones que el cuerpo requiere en el encuentro sexual con el otro. Esta afirmación confunde iniciación sexual con acto sexual. Si hablamos de iniciación ésta comienza con el advenimiento del la libido infantil gracias a la oferta del Otro que trasmite su propia falta y que culmina en lo que Freud nombra primer despertar sexual. Inaugura la serie que la adolescencia cumplimenta en el segundo despertar y en el mejor de los casos, adviene un tercero a partir de la edad media de la vida.1 La lógica que subyace a las series que cada despertar convoca, es del orden de lo necesario y su lectura la creamos por après coup, aportando la letra que para cada quien tiene una exquisita singularidad.
La esencia de la sexualidad en la adolescencia es la misma en todas las épocas y en cualquier cultura. Lo que cambia es el modo de manifestación de la misma: la vestidura imaginaria, el rito simbólico, las modalidades del lazo social, la relación a la Ley, como así también la jerga que cada lengua permite crear.
Recordemos las tres novedades que Freud expone en su ensayo “La metamorfosis de la pubertad”.

El hallazgo de objeto, entendido como causa del deseo y articulado lógicamente en el fantasma. Definimos el fantasma como el recurso del lado del sujeto para responder al deseo del otro. Su función hace posible la segunda novedad.

El acto sexual es posible. Para ello el sujeto debe de haber logrado una identificación sexual, ya sea hetero u homo sexual.
La reproducción es el efecto del acto sexual que implica la responsabilidad del pasaje del individuo a la especie.

Pero resulta que las condiciones de la anatomía no alcanzan para que estas novedades sean subjetivadas por el sujeto de la adolescencia. Hay suficiencia del cuerpo pero la falta de anticipación psíquica a las respuestas del mismo, invierte la lógica que el estadio del espejo instaura en el infans, tal como lo leemos en el ensayo de Lacan acerca de la función del espejo en dicho estadio.
La distancia entre el cuerpo que reclama la salida del ardor pulsional, y la falta de recursos para responder a ello, instaura un abanico de los mitos que suponen que hay iniciación sexual. Esta cumple la función de suplencia al quedar desanudados los registros de lo simbólico, de lo real y de lo imaginario.
El recorrido de cada joven a lo largo de su adolescencia, producirá un anclaje cuando encuentre el modo de hacer apto el goce pulsional al placer en el encuentro erótico con el partenaire que atesora el objeto causa del deseo.

Ahora bien, un anclaje no significa lo definitivo. Es lo que caracteriza a la sexualidad humana. Para el tiempo de la adolescencia el anclaje es efecto de anudar de otro modo lo que el estallido puberal desarmó cuando hubo estabilidad del anudamiento en el primer despertar sexual.

Los mitos de iniciación. Adán y Eva representan, en el relato bíblico del Génesis, la metáfora de la iniciación a la cual aludimos. En el Jardín del Edén se encuentra el fruto prohibido que los árboles del conocimiento del bien y del mal por un lado y el de la vida por el otro, tientan a estos jóvenes a probarlos.
Son intocables y el pecado por ser probados es efecto de la prohibición que cada uno de ellos conlleva, pero las consecuencias de la transgresión no son las mismas en un caso que en el otro.
El árbol de la vida, si es probado a través de sus frutos, condena al humano a ser inmortal.

El árbol de la sabiduría o del conocimiento apunta a diferenciar el bien del mal, por lo cual la vida no es sin la muerte. Aunque parezca abusivo el salto en la analogía, es el modo de abordar el sintagma freudiano “sexualidad y muerte”.
Por haber probado el fruto del saber, Adán y Eva se conocieron, en el sentido bíblico del conocimiento, y advino un saber nuevo que arroja la conjugación de la sexualidad y la muerte.
Es por la vía de la curiosidad en tanto virtud del sujeto, que la investigación sexual infantil se torna en deseo de saber acerca del goce del cuerpo. Cuando se pone el saber delante de la curiosidad, lo que mata es al deseo.

Es frecuente encontrarnos en los análisis con adolescentes con las argumentaciones típicas de no animarse al encuentro erótico con un partenaire, porque no cuentan con el conocimiento suficiente para salir airosos de la experiencia que se juega en la primera vez. El mito de un saber consagrado es causa de las más diversas inhibiciones que sólo la contingencia de algún encuentro abrirá los diques de la incidencia del superyó que ordena gozar… pero que no se sabe cómo. En ocasiones la respuesta es la a-sexualidad al torbellino que se hace presente sin dar tregua al sujeto de la adolescencia.
Los ritos de iniciación que ofrecen ciertas culturas tienen el valor de atenuar los efectos que hemos señalado, pero no suplen un saber universal que no hay acerca del goce del cuerpo que para cada quien es particular y propio.

Cabe señalar la diferencia entre el acto psicoanalítico y el acto sexual en lo referente a la iniciación. El acto psicoanalítico es del orden de lo inaudito ya que sus efectos subvierten la posición del sujeto respecto del saber. Del acto sexual, en cambio, nadie sale con un saber acerca de su posición en tanto ser sexuado. La creencia en el acto de iniciación tiene el carácter del mito que como tal procura fundar un origen para responder a la pregunta por la identidad sexual.

La iniciación sexual es contingente. Los padres de un joven consultan por ver a su hijo demasiado retraído en lo que atañe a su relación con las chicas. El joven se nombra a sí mismo “asexuado”. Identidad a la que recurre porque lo deja tranquilo. Estabilización un tanto precaria cuando en las entrevistas comienza a hablar de aquello que lo aqueja. A las mujeres les tiene pánico ya que siempre quieren algo más, cosa que lo conduce a un fantasma de engullimiento voraz atribuido a ellas. Supone que con un varón no le pasaría lo mismo y estaría a salvo de la devoración del partenaire. Intenta incursiones por esa variante a través de las páginas de Internet. Pero hete aquí que en una cena familiar escucha que el padre nombra a los gay “comilones”. Palabra emitida por la voz del padre que se torna signo para él. El efecto es inmediato. Decide nombrarse “asexuado”, ni con varones ni con mujeres.

“Comilón”, es la voz del padre que sanciona el goce devorador del Otro imaginado como La Mujer sin barrar. La respuesta es la inhibición, uno de los Nombres del Padre en el registro de lo imaginario y queda a la espera del anudamiento que hará la función Padre Muerto según la Ley, con la eficacia de la misma.

Se le plantea al joven una paradoja tal, que por un lado “comilón” opera como letra que pacifica, atenúa y desplaza la opacidad de lo real del sexo, que lo mantiene a distancia del partenaire sexual, y por otro lado se priva del goce del órgano ya que su cuerpo se sostiene aún como falo. El análisis apuesta en sus diferentes tiempos, a que el objeto oral de la pulsión sea comandado por el régimen fálico. El recorrido será posible gracias al discernimiento entre el goce fálico y el goce peniano, vía de separación –del órgano– del cuerpo para poder hacer uso de él2.
Declararse asexuado es sostener el cuerpo como falo. Salida sintomática al fantasma anclado en el tiempo de la pulsión oral. Para restarse al fantasma de devoración del Otro, retiene el falo bajo la peculiar falta en ser que la nominación “asexuado” le aporta. La misma que lo protege de la inquietud que cualquier encuentro le provoca.

Tiempo después relata que descubrió, al modo del hallazgo que implica la contingencia, la fascinación por el sexo oral, en la relación con una mujer.
Si como dice Freud, el padre de la ley trasmite que de lo que se debe gozar está al mismo tiempo prohibido, el mandato a gozar y la prohibición recaen sobre el mismo objeto, en este caso una de las especies privilegiadas para este joven, que es el objeto de la pulsión oral.
Inferimos en este caso, que la iniciación fue vehiculizada por la vía de la inhibición, cuyo efecto produjo la caída de la versión del mito para este adolescente. No es lo mismo ser objeto del goce oral de la voracidad del otro, que gozar en el encuentro sexual del nombrado por él “sexo oral”. Invención de un nuevo mito cuya versión es deducible luego de haber atravesado el campo de la inhibición, reduciendo la cara gozosa del síntoma.

Los mitos actuales de iniciación. El discurso social que nos habita, incide en la cultura desde un rasgo que podríamos definir desde la lógica del todo es posible. Su incidencia en la tribu de adolescentes tiene la connotación del mito de la libertad sin Ley que llega a extremos tales que impiden abordar las diferencias. Es el Ideal de la Igualdad que confunde la discriminación con las diferencias que hacen que un lazo social sea posible. Es lo que notamos en algunos casos que conducen a los jóvenes a pasajes al acto y manifestaciones bizarras en la relación con el semejante. La libertad pasa de ser una conquista del sujeto, a un mandato a obedecer. El efecto más importante de esta posición es que queda “fuera de servicio”, el amor. Devaluado ideológicamente, el amor pierde esa condición tan fundamental que Lacan acuñó en el aforismo “sólo el amor permite al goce condescender al deseo”.
______________
1. Silvia Wainsztein Los tres tiempos del despertar sexual. Letra Viva Buenos Aires (2013).
2. J. Lacan. El Seminario 23. El sinthomme. Paidós. Buenos Aires (2006), pp.55-56
 
 
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