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   Colaboración

Familia “como si”, deseo inaudito
  Por Alejandro Del Carril
   
 
Que la familia burguesa está en crisis es un hecho incontrastable. Que se defina a la familia como burguesa la sitúa históricamente. Las formas en que los seres hablantes se han agrupado para vivir y reproducirse a lo largo de la historia han ido variando. Pero esas variaciones están lejos de ser infinitas.

El nacimiento prematuro del animal hablante lo hace absolutamente dependiente, en un primer momento, de otro. De otro con un deseo decidido, en el mejor de los casos, hacia la criatura por venir. Ese deseo, al que llamamos materno, es muy específico. Se articula a los goces más extrañamente familiares. Su fundamento es sexual infantil y su producción depende de la capacidad de metaforizar esos goces pulsionales y el vacío que conllevan. Realizar la ecuación pene = niño, como decía Freud. Metaforizar implica sustituir un significante por otro produciendo así un plus de sentido y de goce, una metamorfosis del goce por la vía sublimatoria que le dé un nuevo sentido a lo gozado. Realizar una nueva articulación entre sexo y muerte que renueve los lazos con la vida. La metáfora es un trabajo que se realiza a través de la sustitución significante, habilitada por esa metáfora inaugural que Lacan llamó nombre del padre. Existe una dependencia mutua entre el deseo materno y el nombre del padre. No hay uno sin el otro. De los diferentes modos de articulación entre quienes encarnen las funciones, más las reacciones de la criatura, resultará la estructura anudada por los tres registros de la experiencia: real, simbólico e imaginario. Esta relación entre deseo materno y nombre del padre se encuentra moldeada sobre la imposibilidad de la relación entre los sexos, lo que sitúa al producto fálico de la metáfora como velo de lo real. Es así que un hijo será una de las formas de encarnación de lo éxtimo, lo extraño e íntimo a la vez.

Cuando la criatura que crece en el vientre materno no es revestida fantasmáticamente puede devenir, como Alien, un pasajero no deseado. Algunos abortos “espontáneos” develan esta oscura faz. Psicosis, adicciones y otros sufrimientos extremos también suelen hacerlo. Cuando la metáfora, generadora de la significación fálica, fracasa, el hijo suele quedar identificado al desecho y/o como metonimia consoladora del pene faltante, que fija goces incestuosos.

El complejo de Edipo es el conjunto de representaciones variables elaboradas entre los criadores y la criatura, que posibilita la fijación de goces pulsionales, a partir de las articulaciones discursivas que se le dirigen al niño/a. Es dador de sentido. Le permite a la criatura volverse familiar. Este complejo edípico se encuentra articulado por el complejo de castración, que no tiene resolución definitiva. Es la vía de entrada y de salida al Edipo. Lo sitúa como no-todo. No-todo es familiar, significa que eso extraño que se volvió conocido no disolvió su extrañeza, que continuará acosando hasta el último día.
El pasaje a lo social que comienza con la familia extensa, la escuela, etc. prolonga la producción de sentido edípico en las figuras de la maestra, el jefe, etc. La encarnación de los significantes fundamentales que sostienen esta producción simbólico-imaginaria no eliminan ese resto real, éxtimo, que no deja de perturbar. Por eso Lacan se encarga de subrayar que el complejo de castración no se reduce a su versión imaginaria: el corte del pene. Sino que es deudor de la articulación del lenguaje y su encarnación. El corte significante produce un real, imposible de significar. Real que articula sexo y muerte.
En la segunda mitad del siglo XX la izquierda libertaria creyó que la familia era fundamentalmente una célula reproductora de la organización represiva del capitalismo industrial. Depositaron sus esperanzas libertarias en la destrucción de la célula. Algunos intentos de socializar la maternidad y la paternidad llevaron al desastre, como ya lo habían mostrado las experiencias relatadas por Spitz. La maternidad y la paternidad no son una relación social más. Winnicott hablaba de un estado de locura transitoria en la madre suficientemente buena.

La evolución del capitalismo industrial en capitalismo financiero, gracias al desarrollo tecnológico que facilita el flujo de capitales en tiempo real, se ha acercado bastante al ideal anarco-izquierdista. Y está demostrando como decía el Indio Solari que la “libertad no es fantástica, no es tormenta mental que da el prestigio loco. Es mar gruesa y oscuridad”. Lacan advertía esto cuando decía que el verdadero hombre libre es el loco. El que no puede horadar lo real, haciéndose representar por un significante para otro significante y reanudar de este modo la estructura nodal de los tres registros que lo sostienen.
En septiembre de 2013 llegó a los medios el caso de dos mellizos y su madre1. Uno de ellos “demandaba” ser llamado Lulú y ser vestido y tratado como una niña. La criatura en cuestión, clasificada como niña trans, tenía 6 años de edad. El episodio salió a la luz a raíz del pedido de la madre de que se le otorgara un D.N.I. acorde a la “demanda identitaria” de la criatura. Es decir, que el conflicto que allí se mostraba venía desarrollándose desde hacía un tiempo. Al menos hacía dos años que estaba bajo tratamiento psicológico.

Relata la madre: “Lulú es una nena que desde bebé nunca tuvo paz, era una bebé que no dormía. Se le caía el pelo. Neurológicamente el bebé era perfecto. Se le caía el pelo por una cuestión emocional. El nene tenía un año y yo no sabía qué hacer.” La conciencia de la madre invierte el orden causal: conjeturo que porque ella no sabía qué hacer con un bebé neurológicamente perfecto, éste se vio afectado emocionalmente. Su pelo caía como caía el bebé de los brazos maternos. Se nota también la ambigüedad y ambivalencia respecto del sexo de la criatura.

“Cuando empezó a hablar tenía un año y ocho meses y lo primero que me dijo fue: yo nena y yo princesa. ¡Es una nena en un cuerpo de un nene!”. La madre le da al enunciado conciente un valor de certeza absoluta, lo que revela el deseo de que el lenguaje sea tan perfecto como supone al funcionamiento neuronal. La certeza con la que pasa del enunciado del bebé a afirmar que es una nena en el cuerpo de un nene es al menos llamativa. Esa certeza me lleva a conjeturar si no era una nena lo que la madre inconscientemente deseaba tener, o, si teniendo que aceptar un segundo hijo, no deseado, sólo lo haría si fuera mujer. Y preguntarme si el bebé, luego de haber resistido (la caída del pelo como rechazo de lo femenino) no se habrá aferrado al semblante femenino para lograr ser aceptado y salvar así su vida.
“No es un balde de agua fría.” La frase puede ser interpretada como una negación: fue un balde de agua fría que el bebé hablara. No era eso lo deseado.

“Se te viene el mundo abajo, entonces decidí llevarla a un psicólogo, que me digan por qué mi nene me dice que es una nena. No me dice: me gusta jugar con una muñeca, no no, me dice soy una nena, mamá, soy una nena. Ella eligió su nombre, o sea la personalidad y el deseo de ser, el deseo de existir de ella, todo lo que yo no le había dado se lo proporcionaba ella misma, hasta su propio nombre.” Se puede leer claramente en estos dichos todo lo que la madre no le dio, que no fue deseado, al menos decididamente. La ambigüedad y ambivalencia en la madre (“llevarla… mi nene”) respecto de la sexualidad de la criatura (¿y la propia?), ¿habrá llevado al bebé a intentar sobrevivir adoptando el semblante femenino a través de una identificación imaginaria con la madre?
Más allá del caso particular, lo planteado por la madre pone sobre el tapete la lógica filicida que vehiculizan algunos discursos humanistas. Esconden el deseo de muerte de los adultos tras el manto libertario de los niños. Esta madre no se pregunta nada acerca de su posición subjetiva, va al psicólogo para que le digan por qué el bebé dice lo que dice. No se pregunta nada acerca de lo que le pasa a ella. Arroja así todo el peso de lo que sucede sobre su hijo, en nombre de los derechos del niño, la identidad de género, etc.
Hasta aquí el drama de la madre y sus bebés. Veamos ahora cómo aborda la cuestión uno de los profesionales de la Salud Mental involucrados.

Alfredo Grande, presentado como psiquiatra y psicoanalista, dice: “el tema de la identidad es un tema muy profundo y básicamente hay una identidad… hay un componente ideativo y un componente afectivo. El componente ideativo es cómo yo me veo y el componente afectivo es que yo… qué es lo que siento en relación a cómo me veo. Habitualmente eso coincide pero a veces no y es muy importante señalar la diferencia entre conflicto y enfermedad.” Se apoya en un cliché pre-freudiano acerca de la complementariedad entre la idea y el sentimiento. Resulta llamativo que alguien que se presenta como psicoanalista sitúe de entrada el conflicto a nivel de la conciencia, ignorando al inconsciente. Continúa, así, con la lógica planteada por la madre de la criatura.

“La cultura represora toma todo conflicto como enfermedad, aborrece el conflicto.” Aquí toma un concepto freudiano, represión, para banalizarlo y diluir su capacidad explicativa, valorizándolo moralmente, como rasgo malo de un modo cultural de funcionamiento.
“Bueno, evidentemente la situación de Lulú es un conflicto y para la madre ha sido un conflicto y es un conflicto todavía. Y esto que pasa con el registro de las personas de la provincia es un conflicto. La solución más fácil, para muchos y muchas, es patologizar el conflicto, entonces ahí aparece otro tema muy importante que es la posibilidad que tenemos hoy de discutir la despatologización de las identidades sexuales, incluyo travesti, transgénero, transexual…reconocemos que hay conflictos y conflictos que a veces son muy difíciles de afrontar pero de ahí a saltar que esto es patológico y que, por ejemplo, un varón con genitales masculinos y que hace su vida como… de familia, es normal por eso, ahí nos equivocamos y mucho. No se entendería la violencia de género, no se entendería el femicidio, digamos, no se entendería nada.” Comienza hablando de Lulú y rápidamente se desplaza a la defensa de la despatologización de las identidades sexuales y luego a la puesta en duda de la normalidad del varón que hace su vida “como… de familia”. Grande, sin darse cuenta, diferencia entre “vida de familia” y “vida como de familia”. Se puede interpretar que, inconscientemente, dice que lo patológico es la “vida como…”, el puro semblante, el “como si”. ¿Será que esta familia, a la cual intenta ayudar es una familia “como si” y allí radica la gran dificultad del caso?

“Pensemos que es una nenita que está sosteniendo su deseo contra el mundo hostil… sostener el deseo en este marco cultural no es poca cosa y Lulú lo está sosteniendo y la familia de Lulú también.” De nuevo Grande niega el conflicto familiar, no ubica que el mundo para un bebé está constituido por la madre y sus referentes (encarnaciones del nombre del padre).
“En la vida hay que saber elegir, pero ¿qué hay que saber elegir? Entre lo legítimo y lo legal. Lamentablemente ha habido un pequeño derrape en el registro de las personas porque ha elegido lo legal y se ha olvidado lo legítimo. Y si lo legal no está fundado en lo legítimo es una legalidad vacía, yo diría represora, incluso reaccionaria. ¿Cuál es la legitimidad de Lulú? La legitimidad de Lulú tiene que ver con su derecho pero con su deseo.” El “pero” señala una disyunción entre derecho y deseo. Allí donde el doctor pretendía hacerlos converger su inconsciente los diferenció. Es decir, que la legitimidad del derecho esgrimido por el doctor se opone al deseo de Lulú. Grande se ubica como represor del deseo que pretende defender, al escuchar sólo lo que el discurso conciente dice.

“Ella desea ser nena y lo manifiesta con las palabras, con las conductas, con los juegos, con la actitud… Es una nena, y ese deseo la mamá lo escuchó, cosa inaudita…” ¿Para Grande que una mamá escuche un deseo es inaudito? ¿O habría que poner el acento en lo inaudito, lo no escuchado por la madre? ¿La insistencia y apuro por darle consistencia al ser (“ser una nena”) está destinada a taponar la carencia que causa el deseo?
“Y lo que tuvo que soportar la mamá de Lulú de los que le decían y aún hoy le dicen que su deseo de tener una nena metamorfoseó… bueno, ese tipo de disparates…”
El doctor trata de disparate la hipótesis de la existencia de un deseo inconsciente en la madre. Tal vez lo que el inconsciente de Grande esté diciendo es que la madre no tenía ni siquiera el deseo de que fuera una nena.

“…el D.N.I. es un espejo, funciona, dice documento nacional de identidad, de identidad. Dejemos lo de nacional y lo de documento, habla de la identidad. Si yo veo mi D.N.I. y me reflejo en algo que yo, en esa identidad ideativa y afectiva no me representa, si yo no soy ése, se produce una vivencia, que diríamos, de cualidad psicótica, es decir, una despersonalización. ¿Quién es éste o ésta que está ahí? No soy yo. Es lo que le está pasando a Lulú en este momento cuando su D.N.I. muestra otra cosa.” La metáfora del espejo remite a la formación de la imagen visual, reducción que Grande produce de los efectos de la palabra y más específicamente de la adjudicación de un nombre propio. Por otro lado su temor a la psicotización de Lulú desmiente el discurso anti-patologización sostenido anteriormente. ¿Piensa el doctor que se encuentra ante un caso de psicosis y procura compensarla con identificaciones imaginarias2?

“Entonces, el D.N.I. tiene una función de espejo y el espejo tiene una función estructurante en la subjetividad. Entonces la mirada de la madre es un espejo, la mirada de sus amigos es un espejo, la mirada de los terapeutas es un espejo pero también hay otro espejo que es el D.N.I.”. Aquí vuelve a centrar todo en el registro escópico, realizando una reducción enorme de la función de la madre, amigos y hasta del terapeuta. Nuevamente degrada la función de la palabra hablada al registro de la imagen visual.

“Someter a esta nena a una especie de tortura simbólica de verse y no verse al mismo tiempo”. Lo confirma otra vez: lo simbólico tortura.
Pareciera que el médico quedó respondiendo a la demanda materna: que se le diga por qué su hijo le dice que es una nena. Y por lo tanto no pudo interrogar el deseo inconsciente (ni el de la madre ni el de la criatura) que, de esta manera, resulta inaudito. Entonces responde con la teoría… de la identidad de género, en este caso. Así lo insoportable del trabajo con lo simbólico y con el significante, que representa al sujeto para otro significante, se reduce al juego de las imágenes especulares, dificultando la subjetivación de goces y deseos inconscientes. Lo que no fue escuchado pasa a ser exhibido. Y el consultorio se traslada al canal de televisión, donde el caso es usado para defender una ideología.
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1. Programa televisivo en http://www.youtube.com/watch?v=OvB3nVSdg1w.
2. Las identidades de género, tal vez, deberían pensarse principalmente como identificaciones imaginarias.
 
 
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